La experiencia de las tres M en la lejana isla de Tasmania

El lienzo viviente. Tim Steiner exhibe durante un par de horas al día, sentado sobre una tarima negra, como si fuera una estatua en el museo MONA de Tasmania
El lienzo viviente. Tim Steiner exhibe durante un par de horas al día, sentado sobre una tarima negra, como si fuera una estatua en el museo MONA de Tasmania
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6 de marzo de 2020  • 18:34

El siguiente relato fue enviado a LA NACION por Maria Inés Heidenreich . Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 5000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar

A todos aquellos viajeros en búsqueda destinos pintorescos y menos transitados, recomiendo conocer Tasmania. Incluso resulta una buena alternativa, si se visita Melbourne ya que esta isla australiana queda a solo 240 km de la ciudad.

Lo más práctico es ir en avión. En escasos 50 minutos se aterriza en Hobart, su capital portuaria. Existe también la opción del ferry pero el viaje lleva varias horas.

Tasmania, inicialmente llamada isla Van Diemen, debe su nombre a Abel Tasman, marino y explorador holandés, primero en divisarla en 1642 y quien seguramente habrá quedado deslumbrado con sus imponentes paisajes, su geografía privilegiada y su fauna tan particular.

Hoy, un tercio del territorio de la isla constituye una reserva natural y sus parques nacionales fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

En Hobart, mi marido y yo, hicimos el tour de la ciudad (Hidden Hobart) y la visita a la cervecería Cascades, la más antigua de Australia, donde paramos a almorzar disfrutando del lindísimo jardin lleno de flores. El guía nos recomendó luego experimentar al menos una de las 3 M. En primer lugar subir en auto (30 minutos) al Monte Wellington (1270 m). La ruta es algo zigzagueante pero vale la pena para apreciar una increíble vista panorámica de la ciudad. Sugiero hacerlo de tardecita y si el día es diáfano. Conviene llevar abrigo porque la temperatura baja considerablemente. En segundo lugar visitar el Mercado de Salamanca abierto los sábados y por último conocer el MONA (Museum of Old and New Art).

Este museo privado, a orillas del río Derwent, pertenece al excéntrico y controvertido matemático David Walsh, quien hizo su fortuna con las apuestas y hoy es, además, propietario de un viñedo, una cervecería y un hotel.

El MONA, descrito por el propio dueño como una suerte de Disneylandia para adultos está ubicado a 11 kilómetros al norte de la ciudad y resulta fácilmente accesible en auto (15 minutos) o en ferry (30 minutos).

El museo es realmente original, desde su diseño subterráneo, con una superficie de 6000 m2 en medio de un parque de 3.5 hectáreas. Después de atravesar una cancha de tenis, se ingresa por una escalera en espiral que desciende tres subsuelos para iniciar un desconcertante recorrido por salas y corredores que albergan obras antiguas (momias egipcias) y contemporáneas de artistas nacionales e internacionales.

Vimos entre otros, la Bit Fall (Cascada de Bits), una máquina de lluvia de palabras creada por el artista Julius Popp; el Fat Car (auto gordo) un Porsche Carrera convertible, obra del austríaco Erwin Wurm que cuestiona el exceso de consumo, el mural de la serpiente gigante del australiano Sidney Nolan; la Cloaca Profesional, del belga Wim Delvoye, Velocipedia, de Gianluca Gimini que a partir de dibujos de bicicletas hechos por el público, construye distintos modelos inspirados en las ilustraciones. Resulta cómico el resultado ya que los bocetos no se condicen mucho con la realidad.

Lo que más nos impactó fue el lienzo viviente. Tim Steiner, exhibe durante un par de horas al día, sentado sobre una tarima negra, como si fuera una estatua, su espalda completamente tatuada por el controvertido artista Wim Delvoye. Un galerista adquirió esta obra, con el compromiso de Tim de exhibirse al menos tres veces al año en distintos museos. A su muerte, su piel quedará enmarcada en un cuadro.

El MONA con su provocativa, irreverente y única colección artística merece ser explorado.

Un dato a tener en cuenta es que en verano, el museo organiza un festival de música y arte (MOFO) y en invierno otro llamado Dark MOFO inspirado en los milenarios rituales del solsticio de invierno, celebrando la oscuridad con arte, música, gastronomía y cine.

Nuestro próximo destino fue la costa este, famosa por sus parques nacionales. Paramos en Swansea y desde allí recorrimos el Parque Nacional Freycenet, con sus increíbles senderos hasta la Bahía de Wineglass. Conviene llevar zapatillas cómodas, sombrero, protector solar y suficiente agua porque las caminatas pueden ser largas y no hay donde aprovisionarse una vez iniciada la excursión. Imperdible el mirador de la Bahía de Wineglass.

Las playas son paradisíacas, muy extensas, de arena fina y mar turquesa. Lindísima Hazard's Beach. También visitamos algunos viñedos como Devil's Corner y Milton Winery donde almorzamos. Es fundamental tener presente que el almuerzo australiano tiene un horario acotado y si uno llega luego de las 14.30 va a encontrar la cocina cerrada.

Nuestro último destino, en dirección al noroeste, fue el Parque Nacional Saint Clair, considerado unos de los paisaje más lindos de Australia. Lago, ríos y cascadas se alternan logrando una geografía única poblada por variedad de animales (wallabies, echidnas, wombats) que atraviesan las rutas de manera intempestiva lo que obliga al conductor a un manejo atento para evitar accidentes. Aquí también hay innumerables caminatas de distinta intensidad y duración.

Y así, luego de una semana muy intensa, concluyó nuestro periplo por esta isla de ensueño que vale la pena conocer.

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