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Se nos cae la mandíbula cuando nos enteramos, recién aterrizados en Merlo, que el moderno e impecable aeropuerto Valle del Conlara recibe apenas dos vuelos semanales (tres con suerte, contando algún vuelo privado).
San Luis tiene sus particularidades, como sus autopistas o eso de que hay Wi-Fi en todas partes, desde las plazas hasta los baños. Y Merlo tiene también lo suyo, en escala chica; empezando por su reloj solar, el más grande del mundo ?dicen? diseñado por Pérez Celis. O la publicitada historia del "tercer microclima del mundo" (detrás de Suiza y California). Más allá de los slogans, la pureza del aire es aquí un hecho. Se debe a un exceso de ionización negativa que deja los pulmones como nuevos y reaviva el ánimo más castigado. Una especie de spa natural.
Al menos, el famoso clima mostró sus cualidades revitalizadoras con respecto al turismo, que no para de crecer, mientras la infraestructura hace lo propio sumando más y más complejos de cabañas, hoteles y barrios cerrados.
Lo cierto es que Merlo sigue firme entre los destinos elegidos por los turistas argentinos, que abarca desde los niños hasta los abuelos, a la medida de los que buscan tranquilidad o los que prefieren adrenalina. En auto, a pie, con equipo de mate a cuestas, algún libro, simple espíritu contemplativo? cada uno elige.
Vida urbana y alrededores
Para corroborar que la hotelería sigue creciendo, hacemos base en el flamante apart Visión de Vida. Agustín Álvarez y Betina Nieva, sus jóvenes dueños, llegaron de Buenos Aires como casi todos los emigrados, buscando aire puro. Lo encontraron en la zona de Barranca Colorada (al lado del Parque Recreativo), a cinco imperceptibles minutos del centro. Ellos mismos diseñaron los aparts, que se levantan sobre un alto y miran hacia la piscina, rodeados de un prolijo parque con juegos para los más chicos y parrillas.
La calma periférica se puede alternar con el movimiento continuo de la principal avenida del Sol, para descubrir la convocatoria exitosa de los bares, el casino, el aroma del chivito asándose y los contingentes que van y vienen como la brisa serrana.
Todo eso lo vemos desde arriba un rato después, cuando con el guía Claudio Alaniz subimos a la cumbre de la sierra de los Comechingones, a 2.200 metros de altura. El filo serrano es uno de los puntos predilectos para observar el valle del Conlara y el límite con la provincia de Córdoba.
Avanzamos en un camión Dodge del año 40 por un escarpado camino de tierra y el segundo tramo lo hacemos a pie. Es una hora y media de marcha entre grandes cuarzos, micas, cóndores y las huidizas Pristidactilus achalensis, una especie de lagarto endémico regional color verde fluorescente que desvela a biólogos por su particular transición evolutiva de anfibio a reptil (aparentemente conserva pequeñas branquias). El broche final es el Salto de Tigre (llamado así porque su sonido se asemeja al rugir de dicho felino), una cascada de 30 metros cuyas aguas se estrellan en un piletón irresistible para los menos friolentos, que se pasan las horas a puro chapuzón.
Después de andar y andar, descubrimos que la noche de Merlo también tiene su agite. En el bar Montana, sobre la principal, se puede hacer "el aguante" tomando un Martini apple con música electrónica, para cerrar la noche en Bonanza, un boliche de aire far west sobre la rotonda, donde se presentan grupos folclóricos. Si hay entusiasmo, la historia se puede extender hasta el amanecer. Otra opción es el Irish Pub, frente al casino, con música más tranquila y una amplia carta de cervezas artesanales e importadas. Como curiosidad, el bar ofrece lockers para que los clientes guarden sus propias botellas de whisky.
Bajo de Véliz
"¿Les explicaron ya lo del microclima?", nos pregunta Pucho, guía y alto personaje local, para descartar de entrada el tema de rigor. Resuelta la explicación climática, vamos a lo nuestro. Pucho promete adrenalina mientras maneja su Land Rover. Con un pasado de rockero que lo hizo recorrer el país de punta a punta, pelo largo y tatuajes, se puso una empresa de aventuras cuando Merlo no era el boom que es hoy. Así que conoce estas sierras como la palma de su mano.
Nos lleva esta vez con rumbo oeste, al Parque Provincial Bajo de Véliz, a unos 50 km desde la villa, previo paso por el pueblo de Santa Rosa de Conlara, donde se filmó la película "Un lugar en el mundo".
El bajo es una depresión angosta y profunda de poco más de 12 km de largo generada hace más de 320 millones de años y surcada por el arroyo Cautana. Paramos en un balneario sobre el río Conlara, uno de los pocos que corre de sur a norte, como el Nilo en Egipto.
Al rato, descendemos un buen trecho por un camino de tierra del que sólo puede salir airosa una 4x4. Pucho lo sabe bien y vadea varias veces el arroyo sin escatimar en agua y sacudones.
A cada metro avanzado vemos cómo la vida remota fue dejando sus huellas. Por ejemplo, aquí se encontró el fósil de araña más grande del mundo, de 36 cm de diámetro, sin patas. Quien puede explicar bien todo esto es doña Ramona, una cumbrana célebre que tiene junto a su casa una exposición de enormes piedras encontradas por ella y sus ocho hijos en la zona, muchas con restos petrificados de hojas, helechos e insectos.
Cuesta arriba
De vuelta al pueblo nos disponemos a hacer el Circuito Chico, el clásico paseo de los merlinos donde además se puede apreciar el trabajo de los artesanos locales, en puestos o comercios. La avenida del Sol se transforma, hacia la izquierda, en Dos Venados y corre al pie de la sierra, cruzando el arroyo Tigre. En auto es un tirón hasta Pasos Malos y por ese camino serpenteante se llega hasta el arroyo, que desciende entre cortaderas y concluye en una cascada para pasar el día con lo mínimo indispensable y animarse al asado de chivo de algún puestero.
Volviendo por el camino asfaltado, un desvío de tierra lleva al restaurante Cabeza del Indio. La subida vale la pena, primero porque desde sus mesas de troncos con techo de paja se obtiene una de las mejores vistas del valle, y segundo para probar cualquiera de los exponentes de su menú criollo: chivito, empanadas y verduras asadas, en versión disco u horno de barro, acompañados de frescas ensaladas. Los mozos vestidos de gauchos y las peñas completan el cuadro campestre.
Si en cambio se toma la bifurcación hacia el otro lado, desde la avenida Dos Venados, se llega al barrio Piedra Blanca, impregnado de la frescura del arroyo homónimo, el límite natural con la provincia de Córdoba. Este recodo verde que trepa la sierra, exhibe en sus viejas casonas un pasado señorial, de la época en que las primeras familias se instalaron en la villa. El escritor Leopoldo Lugones solía frecuentarlo y se sentaba a escribir debajo de sus algarrobos.
Para cerrar la exploración de la zona, nada mejor que un buen té de hierbas con tortas caseras en la cabaña Merlín. Después, el propio Mario Scardapane, su dueño, puede guiar por un sendero hasta el arroyo Piedra Blanca.
Cerro de Oro y Cortaderas
El sur también existe para Merlo. La avenida José Mercau (la bifurcación a la derecha de la avenida del Sol) conduce a los diferentes barrios, que se suceden sin pegotearse porque, a diferencia de otras zonas más pobladas de la villa, aquí sobran las hectáreas como el aire de campo.
El primer paraje en aparecer es Cerro de Oro, el barrio en ascenso de los últimos años. Por allí despunta el complejo La Herradura, el emprendimiento agro-turístico de Fernando Messina, un ex productor de televisión, y su mujer Marcela, que es equinoterapeuta y profesora de equitación, una garantía para los huéspedes que pueden andar a caballo todo lo que quieran dentro de la finca.
A pocos metros se encuentra otra novedad hotelera: Los Antiguos, nuestra última morada merlina. La posada rompe con la monotonía de construcciones de ladrillo a la vista y techo de tejas rojas, una constante en toda la villa. Se trata de seis módulos construidos al mejor estilo casa de campo con cierta reminiscencia colonial, galerías y piscina, rodeados de un jardín de frutales y vista a las sierras, sin interferencias. Detrás de todos los detalles están Norma Brugnera y Julio Guerra Scaffo, ex Buenos Aires, seguidos siempre de cerca por sus mascotas, los patos Pelopincho y Cachirulo.
"Siempre nos gustaron las cosas antiguas. Fuimos toda la vida a remates de campo y ahí compramos máquinas viejas, carretas y juntamos todo sin saber qué hacer. ¡Hasta pensamos en abrir una casa de antigüedades!", cuenta Norma, mientras intenta dominar a "Cachi" que se le escapa de los brazos. Y pusieron todo acá. Pero más que rejunte lograron una linda atmósfera, sin descuidar comodidades, como Wi- Fi, hidromasaje (la tele está omitida intencionalmente), sumadas a su vocación de anfitriones.
Más al sur, a 20 km por la ruta Nº 1, se llega a Cortaderas. Se trata de un pueblo tranquilo, sin ninguna atracción turística, aunque digno de andarse a pie. Del otro lado de la ruta está el poblado de Villa Elena. Su hermosa quebrada, las casas de veraneo y la cascada Esmeralda merecen una buena recorrida, pero la llegada hasta este paraje se justifica más aún si incluye el paso por el restaurante de Joan Coll, chef catalán afincado en la Argentina hace añares, dueño aquí de la Posada del Sol, donde funciona su reducto gourmet. Su cocina, téngalo en cuenta, es la expresión más consistente de la gastronomía local.
El día que llegamos al complejo, Joan está en Comodoro Rivadavia, a cargo de los fogones del hotel Austral. "Lleva lo sabores de España adonde sea", afirma una empleada del restaurante. En realidad, Joan le saca el jugo a sus frecuentes estadías en el sur, porque desde allá elige y manda la pesca que se come en esta posada puntana. Cuando él no está, cocina Martín Mana, uno de sus discípulos. Por él nos enteramos que la especialidad de la casa es, claro está, la parrillada de pescados y mariscos (para dos, híper abundante), un banquete de abadejo, lenguado, salmón rosado, langostinos, vieiras y almejas que se disfruta más aún en compañía de un bueno vino blanco. El equipo de LUGARES da fe.
Una casa de cuento
Está en Merlo, pero podría ubicarse en cualquier otro lado y por ello merece capítulo aparte. Se levanta en la esquina de la avenida de Los Césares y El Molino y la construcción no respeta en absoluto la normativa vigente para la villa. Es más, la corrompe. A primera vista, podría decirse que tiene forma de hongo, puertas y ventanas por doquier (89 en total), un horno de barro en el techo, una escalera caracol que se interrumpe abruptamente y ramas que entran y salen por todas partes. Se llama "Casa cuento".
La conocen también como "la casa del loco" y los guías la mencionan como un dato extravagante de la ciudad, a la vez que se encargan de tejer mitos sobre esta propiedad y su dueño. Dicen de él que duerme en un sarcófago, que no habla con nadie, que es peligroso, que la casa está llena de referencias sexuales?
Poco antes de partir, pasamos por la misteriosa morada. "Para algunos aquí no es, es en la otra cuadra", advierte un cartel sobre la puerta. El mensaje no nos intimida y seguimos adelante. Vemos a un hombre en el jardín. Es Jorge Carbotti, el dueño, el "loco". Nos hace pasar. "Chusmas no son, se nota", dice. Uff, qué alivio. Tenemos su aprobación. Convida algo para tomar y, así como así, empieza a contar su historia.
Jorge tenía un buen pasar, hasta que un día sufrió una descompensación física. Estuvo internado, semiconsciente, y en esos días "todo cambió", asegura. En ese momento entre el sueño y la vigilia sintió una conexión espiritual con una hija fallecida cuando era niña. "Mi hija me pidió una casa en un árbol, y entonces yo le construí una casa adentro de un árbol", relata. Así surgió esta atípica construcción, que no se puede interpretar desde la lógica. Es un regalo para su hija, una forma de reparar algo del dolor y, a la vez, "un viaje, un infinito donde nada empieza y nada termina".
Jorge pasa sus días recuperando materiales que otros desechan y los dota de sentido para su obra. Algunos vecinos pasan y saludan, y él responde según cómo se levante. No le molesta que lo llamen "el loco", o quizás le divierte. Nos quedamos hipnotizados con Jorge. Es difícil resistirse a su charla, a su particular modo de "patinar" la vida. El tiempo real nos pone de nuevo en órbita. Es hora de partir. Nos despedimos de Jorge, de su casa y sus historias, agradecidos de tener este último ratito de magia prestada.
DATOS ÚTILES
PASEOS Y EXCURSIONES
Cerro Azul
T: (02656) 47-5306/ 15 66-4802 I guiasbaqueanos@merlo-sl.com.ar I www.guiasdemerlo.com.ar
El guía Claudio Alaniz coordina la excursión ?de día completo? al Salto del Tigre.
Los Tabaquillos
T: (02656) 47-4010/ 47-8774 I www.lostabaquillosmerlo.com.ar I El guía "Pucho" y su equipo organizan travesías en 4x4, trekkings, cabalgatas y actividades.
Iahia-Titi
Malvinas Argentinas y Av. Dos Venados I T: (02652) 15 33-8866 I Paseos en cuatriciclo por la ciudad y Circuito Chico.
Casa del Poeta Antonio Esteban Agüero
Poeta Agüero y Sobremonte I Todos los días de 9 a 13 y de 16 a 19. Entrada gratuita.
Algarrobo Abuelo
Fermín Romero S/N I Inmortalizado por el poeta Antonio Esteban Agüero en la Cantata del Algarrobo Abuelo, este ejemplar de más de 800 años se puede admirar camino a Traslasierra.
COMPRAS
Minerva Leyes
Av. de los Incas 2500, Piedra Blanca I Tejidos, cerámicas, artesanías indígenas en madera y cestería. Todo el año, de 9 a 21.
Ayflo
Pasaje Las Lechuzas 50, Carpintería I www.ayflo.com.ar I Fábrica artesanal de alfajores. De noche, también preparan comidas a pedido.
Desde la montaña
Av. del Sol 165 I T: (02656) 47-8459 I Deliciosos alfajores, dulces, chocolates y colaciones caseras.
Facundo Montenegro
Borges 777, Los Nogales I T: (02656) 47-5662 I www.montenegroknives.com.ar I Este artesano de cuchillos trabaja ?también a pedido? con aceros inoxidable y damasco.
Por Cintia Colangelo. Fotos de Xavier Martín.
Nota publicada en la edición 179 de Revista Lugares.
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