Pura aventura: once días aislados en la remota carretera de Pamir

Un viaje épico de Kirguistán a Tayikistán, países de la ex Unión Soviética
Un viaje épico de Kirguistán a Tayikistán, países de la ex Unión Soviética
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3 de noviembre de 2019  

El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Ignacio Rico. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 5000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar

Fin de julio en Osh, en Kirguistán, uno de los países de la ex Unión Soviética. A las siete de la mañana ya picaba el sol cuando Jomart nos pasó a buscar por la puerta del hostel.

Habíamos pasado los últimos cuatro días friéndonos a 40ºC en esta ciudad milenaria para organizar el próximo tramo. Lo que venía era completamente diferente a lo que estábamos acostumbrados: una travesía de 11 días en la famosa Pamir Highway cruzando una de las regiones más inhóspitas del continente asiático. Ahí, donde los pueblos son pocos y las distancias grandes, no es fácil encontrar agua potable, luz eléctrica y ni hablar de comunicación con el mundo.

El término Highway le queda un poco grande a este camino que construyeron los rusos a finales del siglo XIX un poco para conectar una serie de aisladísimas comunidades en el corazón de la cordillera Pamir y más para marcarle la cancha a los ingleses que avanzaban con sus pretensiones asiáticas desde el Sur. Hoy es una carretera de a ratos mala y otras veces peor que pasa de Kirguistán a Tayikistán empezando en Osh y terminando en Dusambé, recorriendo valles, pasos de montaña y parajes hermosos y variados.

Durante los cortos meses del verano en los que es transitable, viajeros de todo el mundo la recorren para admirar los paisajes, conocer la cultura y la gente que vive casi desconectada del mundo, y por que no también para probar su temple en estas tierras implacables. Los más aventureros la transitan en bicicleta o hasta caminando, los demás organizamos una 4x4 con un conductor local con quien se coordina el itinerario. Así es como conocimos a Jomart, un kirguís de veintitantos nacido en Tayikistán (nacionalidad y etnia son cosas muy diferentes por estos lares), que se pasa los veranos recorriendo este camino de una punta a la otra hasta que el frío y la nieve cierran los pasos. Hombre simpático pero de pocas palabras Jomart: esas palabras eran con suerte en ruso, por lo que una vez más Erika, mi mujer, se tuvo que poner el equipo al hombro con las traducciones; para mí nada como quedarme afuera de todos los chistes soviéticos durante semana y media.

Nos pusimos en camino y pronto nos adentramos en los valles todavía verdes del Alay, el límite norte de la cordillera Pamir, hacia nuestro primer destino: los lagos glaciales al pie del Pico Lenin. Esta montaña además de hacer de recordatorio de la afición soviética a renombrar todo punto de interés que se cruzaran, es también la más accesible de las cumbres de más de 7000m en el mundo, lo que lo hace un lugar muy visitado por montañistas.

Los kirguís, relacionados con los mongoles, tienen una fuerte tradición nómada y ecuestre, cosa que sus deportes reflejan casi literalmente, como la lucha de a caballo, el secuestro de la novia (de a caballo, obviamente) y el kokboru, ese especie de polo donde en vez de pelota usan un cadáver de cabra. Más que polo parece una batalla campal de las épocas de Genghis Khan, donde la seguridad de las personas, los caballos y mucho menos las cabras está lejos de ser garantizada.

La fría noche en un yurt

Al final de este un tanto intenso día tuvimos la oportunidad de dormir en un yurt, esa vivienda tradicional nómada, construida con madera y fieltro de lana que todavía usan cuando llevan sus rebaños de un lugar a otro. En la estufa en el centro queman bosta de yak para cocinar y calentar en invierno, pero como era verano y para ellos 0ºC no es ni fresquito no tuvimos ese lujo, así que nos fuimos a la cama con gorro y todo para tratar de dormir algo.

Tras el derrumbe de la Unión Soviética muchos de sus países miembro entraron en tensiones internas y externas, muchas veces fruto de los límites dibujados a dedo por el infame Josef allá por los años 50, la frontera entre Tayikistán y Kirguistán no es la excepción. Cansados de tirotearse por años llegaron a la muy salomónica solución de declarar una franja desierta de 30 km de tierra donde ninguno de los dos reclama soberanía.

Cuando llegamos al control fronterizo tayik nos dimos cuenta que debido a un error de cálculo nuestras visas recién serían válidas a la medianoche, por lo que debíamos pasar 12 horas en el limbo geopolítico. Sabiendo que a pesar de ser verano la temperatura descendería por debajo de los 0ºC en cuanto se pusiera el sol volvimos a tocar la puerta de la única persona a la que se le permite habitar la tierra de nadie, el encargado de mantener el camino. Finalmente nos quedamos con el hasta la mañana siguiente conversando sobre como es su vida ahí perdido en la montaña.

Ya en Tayikistán nos adentramos en los desolados valles del Pamir propiamente dicho. Es asombroso ver como los kirguís y tayik se adaptaron para vivir en estos parajes lunares donde casi nada crece, con algún lago de agua salada acá y allá y no mucho más. La mayor parte de la población lleva una vida semi nómada, pasan el verano en yurts en las pasturas de altura, regadas por el deshielo donde llevan sus cabras y yaks a engordar. Durante el invierno vuelven a refugiarse a los pueblos y mantienen el ganado en corrales cobijado por la paja que recolectaron para alimentarlos. Es por eso que los pueblos en julio y agosto están casi deshabitados.

Durante 3 días recorrimos estos caminos desérticos parando en casas de familia que se organizaron para atender a los turistas. Las comodidades son pocas, dormir en el piso y una letrina afuera es generalmente la norma, pero por suerte las estufas de bosta acá sí se prenden a al noche. La comunicación es difícil, muchas veces hablan dialectos que hasta a Jomart le costaba entender.

En la ruta de Marco Polo

Finalmente el cuarto día tomamos el desvío y descendimos hacia el corredor Whakan. Atravesamos el último paso de montaña en Khargush y el primero de mucho controles militares para bajar hasta el famoso río Pamir, muy cargado y turbulento en esta época del año; del otro lado a unos pocos metros, Afganistán. El corredor Whakan es la zona más o menos definida por los valles de los ríos Pamir, Panj y Whakan, el agua de los cuales usan para sus cultivos y es la razón por la que siempre hubo interés por el Pamir. Comercial y estratégicamente es la llave entre el centro y sur de Asia, comunicando también con China al este e India del otro lado de la cordillera Hindu Kush. Hasta acá llegó Alejandro Magno con sus ejércitos, pasó Marco Polo durante sus viajes y le dejó su nombre a esas ovejas tamaño Fiat 600 de la zona y también la Dinastía Han buscando los Caballos Celestiales del Khujand.

Ignacio Rico y Erika, de luna de miel en
Ignacio Rico y Erika, de luna de miel en

Habitado por los campesinos más hospitalarios que uno pueda encontrar, es un lugar fascinante donde son palpables lo siglos de historia que se superponen en cada rincón. Para subir hasta los 4000m de las praderas bajo el Pico Engels hay que trepar una cuesta tapizada con petroglifos de la edad de bronce, entre sus símbolos hay graffiti de soldados rusos apostados ahí durante la guerra en los 70.

Aunque árido, las comunidades captan el agua de deshielo en larguísimos canales en las laderas de las montañas para regar sus plantaciones que son una explosión de verde.

Los siguientes días recorrimos el valle hacia el Oeste, río abajo encontramos las ruinas de los antiquísimos fuertes de civilizaciones zoroástricas que aún hoy los soldados siguen usando como puestos de observación, acá donde el río se abre y se hace más lento las raíces de la ruta de la seda siguen vivas; dicen que el 90% de la heroína que llega a Europa cruza desde Afganistán por este sector en algún momento.

El Corredor Whakan serpentea a lo largo de la rontera hasta Khorog, que es la capital de toda la región y para nosotros fue también reencontrarnos con la civilización y con esos lujos que muchas veces damos por sentados, luz eléctrica, ducha de agua caliente, Internet a velocidades de 1995 y por que no un inodoro de porcelana.

Allí en Khorog finalmente nos despedimos de Jomart, quien ya tenia arreglado un grupo de gente que haría el camino a la inversa hacia Osh.

¿Vacaciones con un giro inesperado? ¿Una aventura que marcó tu vida? ¿Un encuentro con un personaje memorable? En Turismo, queremos conocer esa gran historia que siempre recordás de un viaje. Y compartirla con la comunidad de lectores-viajeros. Envianos tu relato a LNturismo@lanacion.com.ar. Se sugieren una extensión de 5000 caracteres y, en lo posible, fotos de hasta 3 MB.

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