Bayo, el cerro boutique donde se impone el blanco
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Una fila de nenes de 4 o 5 años, abrigados para la Antártida, sube a lo más alto de la pista de principiantes por una cinta mecánica llamada magic carpet. Parece la línea de producción de una fábrica de miniesquiadores. Otra hilera baja en dirección contraria por la pendiente, haciendo la cuña con los esquíes.
A pocos metros se montó una cancha de rugby sobre la superficie blanca, donde cuatro contra cuatro se taclean de lo lindo mientras Serafo Dengra, ex-Puma y actual arengador serial y viral, los alienta "¡Purasangres!". Junto al rugby, en los paradores Oso Point y Tronador, las lentejas son furor y, pocos pasos y algún resbalón más allá, alumnos e instructores se encuentran para empezar las clases en la escuela de esquí y snowboard.
Esta especie de downtown por donde los esquiadores van y vienen, en la cota 1500, concentra buena parte de la actividad de Cerro Bayo. Pero en ese mismo lugar, apenas detrás del Oso Point, hay una pequeña cabaña sin público ni sponsors que pasa casi inadvertida. Aunque parece usarse solo cómo depósito, es una pieza fundamental en la historia de esta montaña. Por lo que indica un viejo habitué, ese es el refugio que utilizaron, casi cuarenta años atrás, los primeros esquiadores de estas laderas a seis kilómetros de Villa la Angostura.
Los comienzos
A fines de los setenta, quienes se atrevían a deslizarse por esta montaña debían estar dispuestos primero a subir caminando y después a dormir arriba unas cuantas noches. Llegar hasta acá era demasiado duro como para hacerlo solo por unas horas. Daniel Silva, uno de esos pioneros, lo recuerda bien: "Subíamos grupos de diez o doce amigos, pibes y pibas. La primera parte del camino, en camión. Después, a pie, cargando comida para varios días y los esquíes de madera que nos prestaba la Gendarmería. Y si nos agarraba una tormenta, nos quedábamos? ¡más de una semana!", cuenta el hombre, que acaba de jubilarse de una empresa de transporte de larga distancia y hoy es chofer de los transfers entre el pueblo y el Bayo.

Entonces se lanzaban por la pendiente sobre ruedas de camión, como en trineos, para pisar algo parecido a una pista. Y después la esquiaban con la técnica rudimentaria ensayada en alguna tímida inclinación en el Cruce del pueblo.
Cuesta creer que aquella era esta misma montaña que hoy cuenta con más de una docena de medios de elevación, incluyendo dos telecabinas, catorce kilómetros de pistas, seis paradores gastronómicos, un rental aceitadísimo y surtido, escuela y más de 200 empleados directos. Lo único que no cambió en el Bayo son las pendientes y la increíble vista del poderoso lago Nahuel Huapi, quizá la mejor panorámica en un centro de esquí argentino.
¿Habrá soñado con tanto Jean Pierre Raemdonck?
Hay personas que no se atreven a esquiar y hay personas que se animan hasta a montar un centro de esquí ahí donde no existe nada y se deben abrir paso con bueyes y hachazos. Este emprendedor belga encajaría en esa última categoría.
Llegó a la Argentina en moto desde Estados Unidos. Y se instaló en Villa La Angostura poco después, alentado por un compatriota que acababa de visitar la Patagonia y de percibir su carácter de tierra de oportunidades. A mediados de los setenta, Raemdonck consiguió adquirir las 60 hectáreas iniciales del cerro Bayo. Abrió senderos a pulmón y consiguió la inversión económica de vecinos del Cumelén Country Club, el mismo donde el presidente Mauricio Macri suele retirarse con su familia.
Alrededor de aquel refugio se desarrolló el centro de esquí, que en 2007 comenzó otra etapa de ampliación al ser adquirido por nuevos inversores. Junto con Las Leñas, el cerro Bayo es uno de los pocos centros privados y no una concesión, como la mayoría en el país.
Capricho en la Cornisa

La montaña creció. En la última década, su sumó y actualizó infraestructura, tecnología, servicios, aunque la estación de esquí sigue siendo de una escala más acotada y de funcionamiento más familiar que vecinos de altura como Catedral y Chapelco.
Ahora, la acción asciende por una telecabina hasta los 1800, la nueva altura máxima del centro. Al dejar la cabina y el parador El Capricho, se puede admirar otra vista panorámica increíble del Nahuel Huapi desde un punto de observación marcado por una bandera argentina. Hacia abajo, es posible esquiar casi media hora ininterrumpida por el camino Provinciales, pistas mayormente azules, o combinando con Cornisa, una roja ancha, muy entretenida.
Justo antes de encarar por la Cornisa, Darío Puig dibuja con el dedo una serie de eses en la nieve. La montaña es su pizarrón. Tiene los términos técnicos exactos para explicar la manera correcta de hacer giros sobre una tabla de snowboard en una pendiente demasiado pronunciada. Y también tiene la onda para transmitir cierta mística propia del deporte en las laderas. Puede indicar, serio: "Esto es física aplicada: hay un momento de carga y otro de absorción en la vuelta". O simplemente pedir: "Acompañá el cambio de dedos a talones haciendo con el brazo izquierdo el gesto de abrir la puerta del baño?".
Snowboard y rock
"Usamos la técnica de enseñanza argentina, que es muy distinta de otras, como la austriaca. Enseñamos a alumnos que vienen por unos pocos días a disfrutar, no lo preparamos para la alta competencia. Así que el concepto es darle herramientas para que disfrute de una manera segura", explica Puig (cerro, elevación del terreno, en catalán), uno de los expertos instructores de la escuela del Bayo.
Llegó desde Pinamar. "Vine a la Villa para tocar con una banda por unos meses. ¡Hace quince años!", dice Fofo, que en verano no hace temporada en el hemisferio norte, como tantos colegas, sino que se queda en la Patagonia para trabajar como bajista. "Hay bastante laburo tanto en La Angostura como en Bariloche y San Martín de los Andes".
Puig maneja un tono pausado y amable, aunque sea igualmente capaz de largarse a mil por un fuera de pista imposible. No llama la atención: es lo que se encuentra en los distintos sectores de esta particular montaña, desde el rental de equipo en la base hasta la última estación de la telecabina, a 1800 metros de altura.
El mismo dueño tiene ese estilo relajado. Para la hora del cierre, alrededor de las 17, a Pablo Torres García, presidente del cerro y también de la Cámara Argentina de Centros de Esquí, se lo ve en la base saludando, muy campechano, a todo el mundo. Le pregunta qué tal le fue a una pareja de brasileños (cada vez más presentes en la montaña), bromea con algún nene de la escuelita, come un choripán (glorioso) junto con algunos de los rugbiers de Serafo afuera del refugio de American Express. Como esos dueños de cantinas que van por las mesas asegurándose de que todo el mundo esté bien atendido. Solo que en este caso se trata del centro de esquí en uno de los destinos turísticos premium del país.
"Como en todos mis negocios, mi objetivo es ofrecer el centro de esquí al que a mi me gustaría ir, con el servicio que yo esperaría y en una escala que nosotros llamamos boutique", explicará Torres García a la noche en una mesa de Tinto. Es el restaurante de Martín Zorreguieta en La Angostura, que desde hace unos meses se mudó a una nueva locación, con capacidad para veinte cubiertos más y una vinería instalada dentro de un gran tonel recuperado de una bodega mendocina, pero por siempre con el aroma de su historia. Zorreguieta además de gastronómico es músico y compartió banda con el profe Darío Puig varios años. Los seis grados de separación que, según una teoría, conectan a todo el mundo, en un pueblo como este se reducen significativamente. A una escala boutique, como la del Bayo.
Aramburu vuelve a la base
Cada vez más hoteles y hasta aerolíneas convocan a cocineros de renombre para potenciar su gastronomía. En este caso, es un centro de esquí el que incorpora una celebridad de las hornallas: Gonzalo Aramburu, uno de los cocineros más relevantes en la escena porteña, debuta esta temporada en Amex Snow House, del Cerro Bayo. Una incorporación innovadora, en línea con el tipo de cocina que Aramburu propone hace tiempo en sus restaurantes: en otros centros de esquí, suelen aparecer cocineros famosos para eventos puntuales, no por la temporada. "Trabajar en la montaña es un desafío. Pero estoy seguro que nos vamos a divertir", dice Aramburu, aunque duda si reincidir en el snowboard luego de una lesión en la rodilla mientras jugaba con su hija.
En Amex Snow House, con foco en la leña y el horno de barro, los clientes de American Express Platinum, Black y Centurion cuentan con 15% de descuento en sopas, guisados, carnes a la parrilla y hasta fondue de chocolate y queso.
Datos útiles
Pases 2018: diario en temporada baja para un adulto: $ 950; en temporada alta: $ 1530; media, $ 1220. Menores, $ 810 (alta), $ 970 (media) y $ 1230 (alta). Por tres días, $ 2330 (adulto) y $ 1730 (menores). Baja: del 2 al 23 de septiembre; media, del 29 de julio al 1 de septiembre; alta, hasta el 28 de julio. Alquiler de equipo, desde $ 710 diarios en temporada alta. Clases, tres días, $ 2815 en media/baja. Existen infinidad de paquetes, combinaciones y descuentos en www.cerrobayo.com.ar



