De Poliladron a “Yo, Narciso”. Las claves de cómo Adrián Suar se convirtió en un emprendedor serial
El actor, director y productor, describe las alzas y bajas de cuatro décadas de carrera, asegura que quiere “jugar su último gran slam”, cómo se enciende el “éxito” y por qué decidió dejar de opinar públicamente sobre política
Pelito, La banda del Golden Rocket, Poliladron, Verdad consecuencia, Vulnerables, Tratame bien, La noche del 10. La lista podría seguir. Adrián Suar lleva más de cuatro décadas construyendo algunos de los mayores éxitos de la televisión argentina, primero como actor y después también como productor y gerente de programación. Un emprendedor serial que creó Polka, estuvo detrás de ficciones que marcaron época y sobre todo un gran descubridor de talento.
Si tuviera que resumir los resultados de todos esos años, él mismo ensaya una estadística: “Creo que fueron 30% fracasos y 70% éxitos”.
Pero después de tantos años de estar acostumbrado a encontrar la fórmula, también hubo un momento en el que dejó de hacerlo. Suar habla sin demasiadas vueltas de los últimos años difíciles de la televisión abierta, del final de una etapa para Polka y de sus propios errores. “El barco hacía agua por todos lados”, reconoce. Hoy siente que algo cambió: asegura haberse “reenamorado” de la televisión y quiere volver a apostar por aquello que mejor conoce, la ficción. A los 58 años, lo explica con una comparación deportiva: “Ya me siento como Rafa Nadal en el retiro: quiero jugar mi último Grand Slam”.
En esta nueva edición de Conversaciones, con José del Rio, Suar recorre los grandes momentos de su carrera, pero también se detiene en lo que ocurrió cuando el éxito dejó de acompañarlo. Habla de la competencia, el ego, el talento y el costo de mantenerse vigente, de su relación con sus hijos, del presente del cine y el teatro, y de una Argentina sobre la que todavía tiene “un signo de pregunta”. Y revela un proyecto que quiere concretar antes de cerrar su recorrido profesional: crear una escuela de producción para transmitir lo que aprendió después de una vida entera haciendo televisión.
-Adrián, tu tarjeta dice actor, director, productor, gerente de programación. Vas a Aduana, ¿y qué decís?
-Siempre digo actor. Podría decir productor, pero digo actor cuando me preguntan.
-Te llevo a los 13 años. Arrancaste con El papá de los domingos, con Guillermo Bredeston y Nora Cárpena. ¿Cómo llegás ahí?
-Por un casting. Había ido a Canal 9, me tomaron una prueba. Hice ese programa y, la verdad, debuté muy bien. Mi ingreso al mundo del espectáculo y a la televisión fue de la mano de ellos. Muy cálido, muy lindo, muy familiar.
-Y después explotás con Pelito…
-A los seis meses, ocho meses, con Martín en Pelito, en el 13, en el año final del 82, más o menos.
-Pero era otro contexto. La popularidad era mucho más fuerte cuando alguien explotaba en la tele. ¿Cambió eso?
-Sí. Al no haber tanta competencia ni estar todo tan fragmentado, el espectador tenía muchas menos opciones. Veías cuatro canales o ibas al cine. Entonces todo explotaba mucho más.
-¿Y lo tomabas como un juego en esa época o como un laburo?
-Como un laburo, como siempre. Aunque también es un juego porque trabajar de actor es una profesión, es un trabajo, pero al mismo tiempo tiene algo de lúdico: interpretar, actuar. Ahora me río, ahora soy gracioso, ahora hago una escena más triste, interactúo con el otro. Nos miramos, termina una escena y nos podemos tentar, aunque haya sido dramática.
-Sigue la carrera de actor, todavía no llegamos al productor. Más adelante aparece La banda del Golden Rocket. ¿Qué fue de la vida de ese auto?
-El otro día una persona me dijo: “Yo tengo el auto de La banda”. Ya varios me lo dijeron. Se ve que se lo fueron comprando unos a otros.
-¿Pero es real que alguien lo tiene?
-Sí, es verdad.
-¿Y tenés ganas de volver a hacer algo de eso? Por ejemplo, ahora Cris Morena volvió con Erreway y demás. ¿Te gustaría hacer algo así tantos años después?
-A veces lo hablamos de modo lúdico: “¿Y qué tal si...?”. Pero no sé. No es que me vuelva loco por volver a hacer La banda del Golden Rocket.
-¿Qué te genera esa época?
-Mucha felicidad. Fue un momento muy importante de mi carrera como actor, un salto enorme de popularidad. Yo tendría 22, 23 años. Éramos un grupo enorme, con Diego Torres, Fabián Vena, Araceli González, Gloria Carrá, Marisa Mondino. Me trae mucha alegría.
-¿Y se hicieron amigos en ese momento?
-Sí, quedó mucho cariño. La verdad es que recuerdo La banda con una sonrisa.
-¿La gente cuando te ve te trae todo el tiempo recuerdos de distintas épocas?
-Sí. Me pasa con los programas en los que actué y también con muchos de los que produje. Porque, en proporción, produje mucho más de lo que actué.
-Me decías que el 20% de tus producciones fueron fracasos y el 80%, más o menos, éxitos.
-Voy a resetear eso: creo que fueron 30% fracasos y 70% éxitos.
-Gustavo Yankelevich tiene una frase respecto de los éxitos: el puchero puede ser el mismo, los ingredientes son los mismos, pero no todos salen buenos, no todos son exitosos. ¿Qué definición tenés del éxito?
-Coincido con lo que dice Gustavo. Yo a veces uso el ejemplo de una receta: querés hacer un bizcochuelo, tenés la manera de hacerlo, tenés los ingredientes, y a veces te sale alto y está buenísimo; otras veces se pincha. Hay algo de azar.
A veces digo: “Esto está muy bien, tiene un porcentaje muy alto de ser un éxito”, y me doy cuenta. Pero la profesión es tan democrática que, cuando creés que lo tenés todo, te falta lo más difícil: el público. Podés pensar que tenés todo para que funcione y después no lo tenés.
-Pasó mucho tiempo desde ese origen. Si hoy pudieras volver atrás y encontrarte con ese chico de 13 años, ¿le dirías que tendría que haber hecho algún cambio en su camino?
-No. Obviamente cometí algunos errores, pero fueron parte del aprendizaje. Ese chico no podría creer el camino ni los logros. Si le dijera: “Vas a hacer todo esto”, no lo podría creer. De verdad diría: “No puede ser”.
-¿Tenés gratitud con alguien, además de Bredeston?
-Con Hugo Di Guglielmo, que me dio la posibilidad en Canal 13. Con toda la gente del canal, sus directivos, que siempre me trataron muy bien, demasiado bien. Y con los actores, porque ayudaron a enriquecer los personajes que les dimos junto con los autores. A veces enganchás a un buen actor y decís: “Esto estaba bien, pero él lo llevó a otro nivel”. Y ahí decís: “Gracias”.
-Ya habías disparado tu popularidad con La banda del Golden Rocket. Llega 1994 y decidís tocar la puerta para convertirte en productor con algo muy disruptivo, Poliladron. Cambiaste la imagen de la televisión, hiciste una producción con tiros y demás. ¿Cómo fue pasar de actor a emprendedor?
-Fue muy movilizante para mí, muy disruptivo. En realidad, yo siempre intenté ser productor. Desde La banda del Golden Rocket, incluso desde Pelito. Siempre lo digo: tenía una parte que quería estar adelante de cámara, pero también otra que quería estar atrás, hablando con los productores, con los directores, con los autores. Eso ya lo tenía.
Después estuvo el impulso de la juventud, las ganas y tener una idea. Y también necesitás que alguien te abra la puerta. Porque podés tener muchas ideas, pero si no te dan el puntapié para arrancar, es muy difícil.
-Pero ese puntapié también tenía, por un lado, una inversión bastante más grande que la del resto y, por otro, un salto en la imagen que fue el principio de una etapa.
-Ese fue el upgrade, el salto. En ese sentido, siento que le saqué 2000 kilómetros al resto porque la imagen fue disruptiva. Y la gente que veía televisión lo aceptó, aunque podría haber pasado algo distinto porque no sabían bien qué era. Se parecía un poco más al cine. No teníamos la cuarta pared, los decorados eran reales. También estaban la edición, la música y, por supuesto, la suerte.
-Muchas veces se habla del actor o del talento, que tiene una mirada creativa muy fuerte, pero después hay que bajarla al mundo de los negocios: que cierren los costos, que cierren los ingresos. ¿Cómo convivían esos dos hemisferios?
-Al principio fue difícil para mí porque no vengo del palo financiero ni lo estudié. Lo fui aprendiendo, también a partir de los errores. Tenía gente al lado, tenía un socio que me ayudaba. Me habrá llevado siete u ocho años aprender bien esa parte.
-¿Y Polka, en su momento, se inspiraba en alguien? Entre tus referentes mencionás a Romay, a quien respetabas, o a Alberto Migré, que te gustaba. ¿Cuáles fueron tus fuentes de inspiración?
-Los ciclos que hacían ellos: Alberto Migré, Abel Santa Cruz, Hugo Moser y tantos otros. Uno se va nutriendo porque uno también es lo que ve. No cerrás los ojos y la inspiración viene de la nada. Seguramente como periodista te habrá pasado: tenés referentes y, aunque no te guste todo lo que hacen, decís: “Esto de él me gusta”. Lo vas mamando y después vas cocinando lo tuyo.
Es muy difícil copiar. No es: “Quiero ser como Alberto Migré”. No me gusta eso. Es una manera de decir que algo te inspira para después reversionarlo. Y yo lo reversioné con mi naturaleza, con mi estilo.
-Después de ese salto de imagen y calidad que fue Poliladron, otro salto fue Verdad consecuencia, cuando apostaste por actores muy consagrados, muchos provenientes del teatro, de esos que hacen la diferencia. ¿Cómo fue ese camino?
-Fue una decisión mía porque forma parte de mi naturaleza como productor: mezclar lo popular con lo prestigioso. Siempre quise hacer eso a lo largo de mi carrera. Ese es el estilo que intenté construir. Hacer cosas prestigiosas y cosas populares, y tratar de que convivan.
Muchas veces me salió y muchas otras no. Verdad consecuencia, Vulnerables, Tratame bien fueron ciclos muy buenos.
-Vos solés decir que no querés hablar de fracasos para no estigmatizar a las personas que trabajaron en esos proyectos. Pero ¿cuál fue el mejor fracaso? Ese del que decís: “De esto saqué una lección”.
-Tengo varios. Por ejemplo, hice una novela, Lobo, que me gustaba mucho y no funcionó bien. Yo pensaba que iba a funcionar. Pero tengo muchos.
-¿Y con Primicias en el que te metiste en el mundo del periodismo? ¿No funcionó como querías?
-No explotó, pero funcionó muy bien.
-¿Qué te había llevado a contar esa historia?
-A la hora de elegir, vos tenés un universo determinado: puede ser una gomería, un colectivo, un periodista, boxeadores, jugadores de fútbol... Vas mezclando mundos de la sociedad.
Uno refleja lo que conoce. Generalmente echás mano a esos universos. No vas a contar de un tipo que vive en Marte, se levanta y toma un cohete, porque ¿a quién le vas a contar esa historia? Podrías hacerlo, por supuesto, si fuera ciencia ficción, para el cine o para una serie. Se han hecho cosas como Alf: hay una convención, aceptás que hablan con un muñeco y seguís la historia.
-Cuando mirás toda esa carrera como productor, ¿qué fue lo más difícil?
-Lo más difícil es mantenerse. Como productor, como actor, en todo. Para mí es lo más difícil porque es una competencia con uno mismo y con el resto. Siempre hay un examen nuevo y también está tu propia vara, el desafío de seguir. Eso también tiene un morbo lindo: los nuevos desafíos. ¿Podré hacerlo otra vez?
Pero después de tantos años ahora lo disfruto más, estoy más tranquilo. También está la responsabilidad. Cuando estás manejando un canal y llevás una idea, pensás: “Confían en mí, van a poner tanta plata, ¿esto va a funcionar?”. Y después puede no funcionar. Son las reglas del mundo del espectáculo. Si hiciste seis programas y embocaste tres, date por satisfecho. En general, embocás un 30%.
-¿Y cuánto necesitás ser competitivo? En su momento estaban siempre los números, el rating, el minuto a minuto. ¿Cuán competitivo tenés que ser?
-Yo soy competitivo, pero también trato de regularme porque hay veces que te pasás y empezás a tener un grado de toxicidad que no le hace bien a nadie. Competir, sí, pero hay un momento en el que tenés que regularte. Yo nunca saco los pies del plato: entiendo las reglas del juego. Competir, sí; asesinar y matar al otro, no.
-El ego es un factor que cuesta. ¿Es algo que tenés bien manejado?
-Yo creo que sí. Hay veces que menos, pero siempre trabajé mucho eso, sobre todo porque creo que te permite sacar ventaja.
-¿Por qué?
-Porque creo que cuando tenés el ego más domado le sacás ventaja al resto.
-¿Y cómo gestionás el talento? Porque los grandes actores y las grandes actrices son brillantes en muchas cosas, pero también hay que saber llevar ese talento.
-Conozco muy bien la profesión. Yo siempre digo que soy un productor que se mete en la jaula con los animales y les puede gritar, les puede decir las cosas, porque formo parte de la fauna. Yo sé cómo hablarles a mis colegas.
-¿Y a veces cuesta? En el mundo de las empresas también pasa: cuando pasás de colega a jefe, la relación cambia.
-A mí me costó. Habrá sido difícil para todos, pero fundamentalmente para mí durante los primeros años. Hay una regla natural: ya no te ven de la misma manera. Con los amigos es distinto, pero alguien con quien tenías buena onda de repente te ve como el jefe, se cuida. Con el tiempo entendí que es así y que los roles hay que separarlos.
Está bien que cuando llega el productor se callen porque quizá estaban hablando de cosas de las que el productor no tiene que enterarse.
-Es como estar o no estar en un grupo de WhatsApp.
-Totalmente. Me han limpiado de grupos y al principio me dolía. Pensaba: “Pero soy yo, ustedes me conocen”. Pero después lo trabajé en terapia y entendí que son cosas lógicas. También tenés que hacerte cargo del rol. Yo me armé mi propio librito sobre qué tipo de productor quería ser: respetuoso, pero con cierta distancia; hablar claro, mirar a los ojos y decir lo que pienso. Y cumplir.
-En los 90 explotan las productoras. Arrancás vos creciendo de manera exponencial, empieza la venta de formatos al exterior, después aparecen Sebastián Ortega, Underground. En ese momento de boom, donde todos te pedían ser parte, ¿cómo lo viviste?
-Con mucha felicidad. Había muchísimo estímulo creativo. Además, yo no soy un productor económico, de los que ponen la plata y se quedan mirando. Soy un productor creativo, soy un hacedor, con lo bueno y con lo malo que eso implica.
Eso es una droga. Es una droga linda, pero, como todo, cuando se lleva a una medida excesiva también tiene su costo.
-Se habla muchas veces del estrés positivo: te gusta tanto lo que hacés que te subís a esa dinámica y no te das cuenta. ¿Lo viviste así?
-Sí.
-¿Y cuándo te diste cuenta?
-En algún momento te das cuenta solo. Va llegando la madurez y el paso del tiempo también te va colocando. Si estás atento, llega un momento en el que el cuerpo y la cabeza te dicen: “Hasta acá”.
-¿Quiénes son los mejores para bajarte a tierra?
-Tengo dos o tres amigos que me bajan. No tengo un gran entorno, tengo poca gente, cinco o seis personas que me pueden decir las cosas y me hablan con sinceridad.
Pero yo también siempre fui bastante tranquilo. Los que me conocen saben que nunca voy a gritar ni un gol, no soy arengador. Odio ese tipo de cosas, soy lo opuesto. Siempre trato de mantenerme tranquilo porque creo que tiene que ser así. Tampoco me gusta verme demasiado arriba. Cuando me veo así digo: “Ay, Dios santo”.
-Después de esa etapa del boom vino el cambio de paradigma: las plataformas, las redes, la audiencia de la televisión masiva empezó a migrar y llegó también la caída de muchas productoras. ¿Te costó esa etapa?
-Sí, me costó. Además, lo de Polka y la pandemia fue muy abrupto. Pero yo ya venía viendo desde hacía cinco años que algo estaba cambiando. En 2015, 2016, ya decía: “Esto está cambiando”.
Teníamos 200, 230 personas trabajando entre Polka y el Grupo Clarín, y yo ya veía que la cosa iba mal. Era un poco como el Titanic: estaba la orquesta tocando y yo decía: “Paren un poquito de cantar porque esto se está hundiendo”.
Después la realidad fue mucho más abrupta y eso movilizó mucho. Pero, en algún sentido, también me hizo bien. Porque si no hubiese sucedido así, a lo mejor yo hubiera querido seguir con ese barco. Esto me obligó a parar, me colocó en otro lugar y me dio una nueva oportunidad para reinventarme.
Y estoy muy agradecido por todo lo que me ayudó el Grupo Clarín con Polka, que fue tremendo. Por lo que hice yo por el canal y por todo lo que el canal hizo por mí.
-Además, arrancaste en el 13 como número uno de programación en 2001. Un año tranquilo para empezar... Ahora, con el 13, ¿cuál es tu desafío de cara a lo que viene?
-Volví a estar bien después de varios años en los que me fue mal en el 13.
-¿Te reenamoraste un poco?
-Sí, me volví a enamorar. Son muchos años. Tengo una relación muy particular con el canal, de mucho amor y mucho cariño mutuo. Me siento respetado. Tengo un vínculo muy fuerte con el 13, tengo amistades, vínculos personales. No sé si me iré algún día.
A veces amago con irme porque, por una cuestión lógica, sentís que se terminó un ciclo, como les pasa a los técnicos de fútbol. Pero me volví a enamorar porque la televisión me está dando una nueva oportunidad. Hubo un momento en el que sentía que no la podía agarrar, como cuando en el fútbol te están volviendo loco y no tocás una pelota. Me estaba pasando eso.
-Ahí tenés dos espadas: Coco Fernández por un lado y Pablo Codevilla por el otro. ¿Hace cuánto forman ese triángulo?
-Desde que entré, en 2001.
-¿Se entienden sin hablar?
-Sí. Pero en televisión te podés entender muy bien y después hay que gestionar. Y hubo momentos en los que no la agarramos. Por varios factores: errores nuestros, virtudes y mejoras del otro. No todo son errores propios.
A veces simplemente no se te arma. Es como un equipo de fútbol: de golpe encontraste un buen cinco, un dos, un arquero y decís: “Mirá cómo se me armó el equipo”. Lo mismo pasa en la tele.
-Empezaste a encender la mañana con Moria…
-¿Cómo sabés que Moria puede venir todos los días a la mañana y funcionar? Vino y le fue bien. Después vino Mario, que cuando lo llamé decía: “La tele no existe más”. Más allá de que lo dijera jocosamente, lo pensaba. Pero tenía ganas. Porque el veneno de la tele no te abandona jamás.
-¿Cuál es el veneno de la tele?
-Que a la tele, por ahora, todavía no le ganó nadie. Lo que genera la televisión no lo puede generar el streaming. El streaming es un nicho, está fragmentado. La tele, aunque haga seis puntos, después replica en las redes, en otros medios. Salís a la calle y te das cuenta.
-Y eso sigue pasando…
-Seguro que no es como antes. Pero cuando dicen: “La televisión está muerta, esto le va a ganar”, no. Todavía no.
Y a veces se te da encontrar un equipo y la tele vuelve a funcionar. El problema es que el televidente hoy tiene tantas opciones que, si no le das algo que realmente le interese, se va. Para el programador es mucho más difícil: tenés que pegar fuerte para llamar su atención. Si no, next. ¿Pero no pasa lo mismo en las plataformas?
-Dicen que le dedicamos 17 segundos a elegir.
-Sí. En las plataformas también: next, next, next. “No me gustó”, next. Mirá cómo cambió. Las plataformas tienen el mismo problema porque el ser humano se acostumbra rápido. Dicen que son 20 segundos. Y eso que estamos hablando de las grandes. Imaginate Netflix, que estrena a lo loco, y también tiene ese problema. Imaginate entonces lo que significa para un programador de televisión.Pero yo le encontré de nuevo la vuelta. Estoy feliz. Siento que la televisión está viva.
¿Cómo se piensa la programación? ¿Pensás, por ejemplo, “hay que ganar la mañana”? ¿Es como un TEG en el que vas diciendo “vamos a jugar acá” o no?
-No. Yo sé mis debilidades, sé dónde tengo que mejorar. Lo que pasa es que venía de cuatro años en los que el barco hacía agua por todos lados.
-¿Y por qué se daba eso?
-Por errores míos, por virtudes del otro, porque otros canales también crecieron y porque yo no encontraba la fórmula. A veces ves un programa comparado con el de la competencia y decís: “Son parecidos”. Pero la televisión tiene algo muy democrático: a uno le dice que sí y al otro le dice que no.
Y es tan democrática que, cuando te vas de boca y creés que sos campeón del mundo, la tele te chifla y te dice: “Ahora vas a ver”.
-¿La gente se enoja cuando un artista se la cree?
-El público te pica el boleto. Y eso es lo más lindo que hay.
-¿Lo viste muchas veces?
-Sí. Por eso siempre aconsejo, y también me lo digo a mí mismo: “Cuidado”. Primero está la naturaleza real de cada uno y, si no te sale naturalmente, actuá con cuidado. Siempre digo que no podés ser soberbio cuando te va bien en todos los órdenes, porque después todo vuelve.
-¿Y quién te gustaría tener en el canal que no tenés hoy?
-Hay varias cosas. Me gustaría tener una ficción en el canal, que hoy no tengo.
-¿Puede volver?
-Sí, puede volver. Estoy haciendo todo lo posible, ojalá.
-¿Una historia de qué estilo?
-Lo que le gusta a la gente: una historia costumbrista, una novela, una historia que pueda conectar. Es difícil volver a pegar con ficción en la tele, pero lo quiero volver a intentar. Ya me siento como Rafa Nadal en el retiro: quiero jugar mi último Grand Slam.
-Hablando de ese Grand Slam, te llevo por algunos éxitos. La noche del 10, ¿qué lugar ocupa en tu carrera?
-Desde el punto de vista emocional está fuera de la lista. Porque yo hago ficción, tengo mis diez ficciones favoritas. No me dedico al entretenimiento, no soy un productor de entretenimiento, no es mi palo. Pero ahí me tiré de palomita. Estaban Pablo y Coco. Para mí fue un momento increíble de los tres, por hacer un programa con Diego, por lo que me generaba a mí el fanatismo y el amor por el Gordo. Fue tremendo. Nos salió todo bien.
-Seguimos con otra etapa. Vino la pandemia y te convertiste también en productor de teatro. ¿Qué importancia tiene el teatro en estos últimos años?
-Muchísima. Está ocupando un lugar muy importante. Le encontré la vuelta. Así como hago series para plataformas, como Envidiosa, cuando tengo la posibilidad de entrar y les gusta una historia mía, con el teatro me pasó algo parecido.
Algunas obras se compran, pero muchas de las que hice las fui armando como armaba mis unitarios para televisión. Me ha ido muy bien y me gusta. Hay muchos autores nacionales que escriben sus obras. Eso se da mucho en el mundo off, en el circuito independiente, que ahora se está acercando más al circuito comercial. Para mí es un romance nuevo.
-¿Y cómo es ese proceso creativo? Por ejemplo, Sottovoce, que ahora estás protagonizando.
-Sottovoce la dirige Mariano Pensotti. Ya habíamos hecho con Mariano Felicidades, que también surgió de un proceso creativo. Nos juntamos, la armamos y la dirigió él junto con Daniel Veronese. Nos fue fantásticamente bien. Antes había hecho Inmaduros, con Juan Vera y Diego Peretti, que fue una idea original nuestra y también la armamos.La dupla con Diego funciona muy bien.
-¿Cómo es ese proceso creativo?
-Generalmente llevo una idea y ahí empieza la parte más linda. Digo: “Tengo esta idea” y empezamos a debatir, a hablar. Al principio pensás libremente, hacés asociaciones de ideas. Podés estar 40 días viendo si lo que tenés sirve y descartando cosas.
Después se escribe durante tres o cuatro meses. De todo eso, por ahí sirve la mitad y volvés a empezar. A veces llegás a una obra y a veces no llegás a nada. Después vienen los ensayos.
Me pasó con Felicidades y también con Las hijas, que hicimos con Florencia Peña, Soledad Villamil y Pilar Gamboa; primero estuvo Julieta Díaz. Con la dramaturgia de Ariadna Asturzzi , que es actriz y dramaturga, nos juntamos y ella escribió Las hijas. Fue un éxito tremendo. Nos vamos a Mar del Plata ahora; fue un éxito el año pasado y también este año. Esa experiencia con el teatro la estoy teniendo también ahora con Con la nuestra, que fue otro proceso.
-¿Esa es política?
-No. Bueno, el nombre remite un poco a “con la nuestra”, “con la tuya”, pero en realidad es la historia de un tipo que los estafó. Los hizo entrar en un circuito de préstamos de plata en negro, donde les prometían un porcentaje mayor: en lugar de darte un 5%, te decían: “Ponela un año y te voy a dar el 12%”. Y se quedó con la plata. A partir de ahí se arma un lío tremendo. Es muy graciosa.
-Últimamente aparecen mucho las familias en las historias. En Las hijas y también ahora en Sottovoce, donde hay una familia un poco disfuncional que quiere vender una empresa. Por otro lado, en esta nueva obra aparece la economía. ¿Se cruzan las historias?
-No necesariamente, pero vuelvo a lo que hablábamos antes: también en el teatro trato de hacer historias nacionales. En Sottovoce, por ejemplo, hay una empresa familiar que heredaron de sus padres y los primos empiezan a pelearse por la plata porque se la van a vender a unos norteamericanos. Empieza el “yo merezco más que vos”. Son historias nuestras, aunque podrían pasar en otro país.
Las hijas, por ejemplo, tiene un tema universal: una madre con un principio de Alzheimer. Después te podés equivocar o no, pero yo voy buscando por ese lado. Me gusta apoyar y hacer teatro nacional con autores nacionales.
-¿Y qué ves desde el escenario cuando estás actuando en medio de una obra? ¿Qué mirás?
-No miro. Sentís la energía de la gente, que es hermosa. La risa, los remates. En este caso, con Sottovoce, es muy absorbente. Dura una hora, una hora y cuarto, una hora veinte, y es a mucha velocidad.
Nada te cansa más que hacer teatro porque la energía que se produce entre lo que vos actuás y el público absorbe muchísimo. Terminás con poca energía.
-¿Y te pasa que hay días en los que decís “estos espectadores no fluyen” y te lo llevás al cuerpo?
-Sí. Tenés que hacer un esfuerzo mayor porque a veces no funciona. Son 900, 1000 personas y puede pasar que esa energía colectiva no fluya. Pero yo siempre tiendo a pensar que, si eso sucede, el problema está en los actores que estamos arriba del escenario.
-Seguimos por el camino del cine. Muchos también dicen: “El cine ya no va”. Es cierto que cayeron los espectadores a nivel mundial y también local, pero cuando uno mira hoy la taquilla aparece tu película como la argentina más vista, lejos. ¿Por qué se da?
-Porque el cine empezó a levantar. Hace tres años parecía que las plataformas iban a cambiar definitivamente los usos y costumbres, que salir de tu casa era cada vez más difícil. Pero todo cambia, nada es definitivo. El mundo del espectáculo va girando y dentro de diez años seguramente vamos a tener otros modelos.
Yo creo que ver cine en el cine es algo histórico, es un espacio único. A mí me gusta: la pantalla gigante, el espacio colectivo, la risa, el llanto, la emoción. Eso es extraordinario.
Volvió también porque aparecieron algunos tanques que lo volvieron a mover. El año pasado Homo Argentum la sacó de la cancha. Guillermo hizo un exitazo total. Este año me fue muy bien a mí.
Creo que lo que está más difícil en el cine argentino es otro tipo de películas. Yo hago una película popular, una comedia para determinado público: vas, pasás un buen rato, te reís —o espero que sí—, que no es poca cosa.
Después hay un cine independiente muy bueno que la Argentina tuvo siempre y que nos ha dado muchísimo. A ese cine hoy le está costando un poco más. Pero, por ahora, porque yo creo que todo vuelve.
-¿Y vas como una especie de cliente fantasma? Más allá de lo que hicieron ahora con Natalia Oreiro, de aparecer en una función, ¿te sentás atrás sin que nadie te vea para observar las reacciones?
-Me vuelvo loco. Es muy lindo ver esa energía del cine en un espacio colectivo y escuchar al público. Y además aprendés: dónde se rieron, dónde no.
-El narcisismo como eje de un argumento, ¿por qué te tentó?
-Porque sabía que había una historia, que había un personaje. Y porque dialoga mucho con la realidad: es algo que está en las oficinas, en las empresas, en la calle. A veces se confunde egocentrismo con narcisismo y no es lo mismo. Un narcisista patológico, en un vínculo con una mujer, te puede arruinar la vida.
-Pero también me dijiste que es una historia de amor no tradicional. No vamos a spoilear nada porque la gente tiene que verla, pero como espectador te sorprende la evolución de la historia.
-Sí, esa fue una decisión. Pero me parece que acertamos porque es algo que la gente rescata mucho: “Ah, pensé que iba para un lado y fue para el otro”.
-La película tiene un impacto directo, pero ¿es rentable hacer cine?
-Mirá, yo creo que si el INCAA no ayuda —y debería ayudar—, para muchos es muy difícil. Si no tenés una major o una plataforma que te ayude, en este caso Disney, con la taquilla sola tenés que meter muchísima gente para recuperar el costo de la película. Después va a la plataforma y a lo mejor se termina de armar el negocio. Si no, no tenés industria.
De diez películas, en dos te salvaste económicamente, en cinco empataste y en tres perdiste. Esa es, en general, la dinámica de la industria del cine. También pasa en Estados Unidos.
-¿Lo mismo ocurre con el teatro?
-Sí, lo mismo. Pero creo que esos espacios culturales hay que apoyarlos por la sinergia que generan en todos los sentidos. Generan gente trabajando en blanco, se pagan impuestos. A veces se interpreta mal lo que significa apoyar al cine.
Tampoco nadie te salva. El INCAA te ayuda, pero su aporte en el costo de una película no debe representar más del 12%. Por eso, cuando te dicen: “La hacés con la plata del INCAA...”, no es así. En una película grande, que necesita superar los 350.000 espectadores para llegar al punto de equilibrio, el costo mayor lo tiene que poner un privado. Todo ayuda, pero la inversión grande viene por otro lado.
-¿Cómo te va en el rol de padre? Digo, con Margarita y con Toto, que están en edades muy distintas. ¿Qué lugar ocupa ese rol en tu vida?
-Es muy importante. Es un rol que amo y también una responsabilidad. Lo llevo con mucho amor y mucha felicidad.
-¿Lo llevás sin estrés? Viste que hay padres que somos más estresados.
-A lo mejor soy más irresponsable.
-¿Pero lo disfrutás más?
-Sí. Tanto Araceli, la mamá de Toto, como Griselda, la mamá de Marga, son madres que llevan muy bien su rol con sus hijos, y yo también trato de hacerlo desde mi lugar de padre. Siento que nunca fui un padre demasiado estresado, salvo en algunos momentos. También creo que cuando los padres son muy neuróticos terminan transmitiéndoselo a los chicos.
-Y a nivel de exposición, Toto eligió un camino similar al tuyo. Distinto, pero dentro de la actuación. ¿Te gusta? ¿Lo esperabas?
-Sí, me gusta. Cuando tenés un hijo que es actor, lo primero que pensás es: “¿Cómo lo va a hacer?”. Y cuando vi que es un fenómeno, que está muy bien en lo que hace, me dio mucha tranquilidad. Dije: “Este actúa, este es actor.
-Además, eligió un camino de menos a más.
-Y no se cambió el apellido. Mi apellido es Kirzner y él se quedó con el suyo. Yo le decía: “Te tenés que llamar Tomás Suar”, y no quiso.
-¿Eso te enorgulleció?
-Sí, me gusta por la personalidad que demuestra. Yo le decía: “Dale, Toto”, pero no quiso. Además, durante muchos años no quiso trabajar conmigo. Hizo su propio camino, cosa que me da mucha alegría. Ahora lo tuve que convencer para que venga a Con la nuestra.
-¿Y ves en ellos, en Toto y en Margarita, algo tuyo?
-Sí, en los dos. En Toto veo lo histriónico y en Margarita también. Pero también lo tienen de sus madres: Araceli es histriónica y Griselda también. Son dos madres fuertes.
-¿Y cuál es tu kriptonita? ¿Qué decís “esto es mi debilidad”?
-La injusticia, a veces en los vínculos o en la vida. La mala intención, hacer daño por hacer daño. El poco fair play. Eso, en algunos casos, me deja mal.
-Hablando de eso, cuando buscás talento, cuando identificás a alguien, ¿cómo te das cuenta de que hay algo que traspasa?
-El talento fuerte lo ve todo el mundo.
-¿Y el talento es método o es natural?
-Para mí es natural, aunque se puede mejorar. El que es un fenómeno tiene algo natural, pero también tiene que mejorar y seguir trabajando. El que no es tan bueno puede mejorar mucho: puede practicar, ensayar, estudiar. Aunque no todo pasa por el estudio. Hay gente que puede estudiar muchísimo y no necesariamente tiene ese talento.
-¿Viste más casos de gente con un don que lo desperdicia por ego o de gente que no tiene tanto ese don, pero lo trabaja, se esfuerza y llega?
-Las dos cosas. Quizás vi menos casos del que lo desperdicia por ego, aunque también los hay. Hay gente a la que el talento le sobra, que tiene un gran instrumento y va bien.
Pero también es lindo ver el crecimiento de una actriz o un actor. Y hay otra cosa: depende mucho de dónde ponés a un actor. Podés tener a un buen actor en un lugar que no le funciona y preguntarte: “¿Es bueno o no es tan bueno?”. Y también hay actores que se refugian en los lugares donde se sienten cómodos y ahí decís: “Este es buenísimo”. Pero lo corrés un poquito de ahí y quizás no funciona igual. También puede pasar al revés: estás poniendo a alguien en un lugar en el que sabés que no va a rendir.
-¿Cuántas conversaciones difíciles tuviste de ese estilo? Que alguien te diga: “Adrián, la estoy rompiendo, soy el mejor”, y tener que responderle: “Mirá, no es tan así”.
-Varias. Me recibí de productor. Empecé a producir cuando tenía 24 años y al principio me costaba mucho hablar con alguien mayor que yo o incluso con un par. Me daba vergüenza, miedo.
Pero cuando encontré mi estilo pude atravesar todas esas situaciones. Pude mirar a alguien a la cara y decirle: “Esto no es así, no sos el mejor”, y también felicitar cuando correspondía. Pasé por todas las escenas que atraviesa un productor, las buenas y las malas.
-Antes te daba la máquina del tiempo para volver a los 13 años. Ahora te la doy hacia adelante: nos encontramos acá dentro de diez años. ¿Qué querés haber logrado que todavía no lograste?
-Yo ya no le pido nada a la profesión en ese sentido, porque me dio todo. Tengo sueños, pero tienen más que ver con seguir haciendo cosas distintas o parecidas dentro del marco de lo que hago.
Me gustaría seguir hasta el final de mi carrera produciendo y actuando. Actuar siempre, aunque sea para despuntar el vicio. Eso lo haría hasta el final.
-¿Y siempre te gustó más hacer reír? Hay mucho menos drama en tu carrera como actor.
-Soy menos dramático. Tengo más facilidad para la comedia. Mejoré mucho y me preparé mucho para ser comediante, con lo bueno y lo malo que eso implica. Pero siempre digo lo mismo.
-Dicen que es más difícil hacer reír que hacer llorar. ¿Vos creés que sí?
-Yo creo que sí. Igual nada es fácil. Emocionar y traspasar la pantalla tampoco es fácil, eso también es un don. Pero, si me preguntás a mí, al buen actor que no es comediante se le nota enseguida cuando hace comedia. En cambio, agarrás a un buen comediante, lo pasás al drama y decís: “Ah, lo puede hacer”.
-Ya tenés grabada la película para 2027 con Guillermo Francella. ¿Por dónde va?
-Va muy bien. Es Muerte en un funeral, aquella película francesa. La verdad es que es una película extraordinaria. Y está esta dupla de Guillermo y yo. Tenía muchas ganas de trabajar con él porque siempre le decía: “Guille, me parece que en esta vida no nos vamos a encontrar nunca en cine”. Habíamos hecho teatro dos veces.
Además, se suma Pablo Codevilla en el elenco. Para mí, una razón fundamental para hacer la película fue tener un recuerdo con Guillermo y con Pablo, los tres juntos en pantalla.
Eso me pasa ahora. Estoy en un momento de mi vida en el que digo: “Bueno, me quiero dar algunos gustos”. Seguiré filmando, pero llegás a una edad en la que empezás a pensar: “¿Con quién me gustaría hacer una película para tener ese recuerdo, para disfrutarlo?”. Guillermo es uno. Y después hay otro también.
-¿Y cómo te llevás con la finitud? Digo, esta película arranca con el fin de una vida. ¿Cómo te llevás con la finitud?
-No, todavía no tengo la finitud tan presente en mi cabeza. Pero cuando tengo un drama fuerte recurro a pensar: “Adrián, un día es tres, dos, uno... y se termina”. Cuando ponés las cosas en esa perspectiva, el drama me baja un 90%.
A veces uno discute o se preocupa por determinadas cosas y, de golpe, te llega una noticia dura y la vida te dice: “¿Querés ver lo que realmente es difícil? Abrí este sobre”. Y no tardás más de 12 segundos en pensar: “¿Y yo me preocupaba por esto?”. Eso lo tengo muy presente en mi vida. He visto situaciones en otras casas y digo: “Esto sí es un drama”.
-¿Sos de los que sienten que la vida se les pasa rápido?
-Muy rápido. Y yo me divierto mucho. Hago lo que me gusta. ¿Sabés lo que significa eso para la salud mental? Por eso siempre digo lo mismo. En los últimos años parezco una especie de pastor, pero pienso: “¿Vos te das cuenta de que elegiste una profesión que te gusta, te pagan por hacerla, sos feliz, la gente te saluda por la calle, te invitan a comer a un restaurante?”. No podés ser tan estúpido de no decir gracias.
Además, para mí es un milagro. A veces me miro al espejo y pienso: “Es un milagro que los haya convencido”. Ahora ya no tanto, pero durante mucho tiempo pensaba: “Es un milagro que haya convencido a todos”. Me dicen: “Qué buen comediante” o “Qué buenas producciones”, y yo pienso que es un milagro.
Lo digo en chiste, pero nunca lo tomé como algo natural. Tampoco lo vivo como si Dios me hubiera dado un don y listo. Podría haber sido otro. Y no me quito méritos: aprendí a reconocer mis atributos y sé lo que hice. Pero tampoco es para volverse loco.
-Te llevo a un zapping final, con preguntas y respuestas más cortas. ¿Qué es Susana Giménez para el mundo del espectáculo?
-Susana no solo es una grande. Mirás su trayectoria, lo que generó en el país, su magnetismo, su estilo. Es una de esas figuras que van a ser recordadas durante muchos años. Por su carisma, por su manera de conducir, por su estilo. Yo le tengo mucho cariño a Susana.
-¿Y Mirtha Legrand?
-Es única. Llegar a la edad que tiene y seguir conduciendo un programa es impresionante. Vos estás conduciendo ahora, me estás haciendo una entrevista: no es fácil llevar una conversación. Y ella lo sigue haciendo a una edad increíble. Es extraordinaria, es distinta.
Y también mejoró mucho. Si ves la carrera de Mirtha desde su etapa cinematográfica hasta convertirse en entrevistadora, tuvo todo un proceso. Además, se fue ganando el cariño de la gente.
-¿Y a qué atribuís el éxito de Moria Casán a esta altura de su vida?
-A que viene trabajando para el éxito desde que es Moria Casán. Y lo fue logrando siempre, con altas y bajas, como todos los artistas. Pero es una marca argentina. Moria Casán, Susana Giménez, Mirtha Legrand forman parte de una época. Moria, además, se hizo a sí misma. Tiene otra genética. Ana María Casanova, para mí, sí.
-La historia mostraba que al teatro llegaban los éxitos de la televisión y, a partir de ahí, se iban formando nuevos talentos. Hoy hay muy poca ficción y la mayoría de las obras en cartel tienen a las figuras de siempre. ¿Quién va a cortar tickets en el teatro del futuro?
-Es un tema que venimos hablando con Carlos Rottemberg, que es empresario. Estoy de acuerdo con esa inquietud, pero también creo que es una foto del momento. La vida te da sorpresas y el teatro va a seguir existiendo.
Yo digo: esperemos, no nos adelantemos. La televisión abierta va a volver a hacer ficción y, si no, estarán las plataformas. Y si no, se armarán grupos en otros espacios que irán acumulando público. A lo mejor ya no será alrededor de una gran figura como nos pasó a mí, a Darín, a Guillermo y a muchos actores y actrices que tuvimos el privilegio de estar muy cerca de la gente. Yo estoy feliz de haber vivido esa época de la televisión. Para la gente soy “el Chueco”.
-¿Quién te puso el apodo?
-En Pelito.
-La escena por la que más te preguntaron en las últimas entrevistas que vi es la de “Gachi Pachi”, con Valeria Bertuccelli. Pero nadie te preguntó por el detrás de escena. ¿Se tentaron? ¿Se rieron? ¿Cómo fue?
-Sí, me acuerdo de que me reí con Vale porque eso lo inventó ella.
-¿Fue de ella?
-Sí, eso lo inventó Vale. “Gachi Pachi”... Creo que se cambiaron los nombres. La escena estaba escrita, obviamente, pero después está el aporte de los actores. A veces tenés un buen libro y el actor lo lleva de un seis a un ocho.
Vale, además, estaba iluminada en ese momento. Tenía una sensibilidad enorme para la comedia y volaba.
-¿Te imaginabas en ese momento que esa escena iba a quedar para siempre?
-No.
-Tres últimas. ¿Qué te gustaría que tus hijos tomen de vos y qué les dirías que eviten?
-Me gustaría que tomen algo que yo también tomé de mi padre: que la palabra vale. La honestidad, hablar con frontalidad, ser buena persona, hacer todo lo posible por serlo. Y no lo digo desde romantizar la idea de ser buena persona, sino desde tener buena leche, ser empático, no juzgar.
También tener mucho cuidado al hablar. Y, elijan la profesión que elijan, honrarla y llevarla adelante con seriedad y amor.
Yo fui a veces un poco neurótico y obsesivo en mi manera de ser. Eso no lo aconsejo. Pero estoy feliz con el camino que hice. Cuando ves a alguien en el deporte, en la ciencia, en el arte o, en mi caso, como productor popular de televisión, cine y teatro masivo, siempre hay algo de la pasión que te lleva puesto.
Y no me arrepiento de nada. Si miro cosas individualmente, puedo decir: “Esto no lo haría así, esto tampoco”. Pero cuando miro la foto general digo: “Es así. Este soy yo”.
-¿Y cómo te llevás con el prejuicio hacia lo popular? Con ese juicio sobre las cosas que, en definitiva, son masivas.
-A mí me gusta lo popular. Nunca me disfracé de algo que no soy. Soy un productor que siente de esa manera.
Cuando hice un unitario prestigioso, dirigido a otro tipo de espectador o que tenía otra recepción en la prensa, entendía por qué llegaban determinados elogios. Y cuando hago algo popular, que tiene otras características y busca abarcar a otro público, también entiendo lo que estoy haciendo.
Cuando me critican, a veces digo: “Tienen razón, esto no me salió tan bien”. No hay que ser botón.
-¿Y a la Argentina hoy cómo la ves?
-La veo en un momento de ebullición, de cambio respecto del gobierno anterior. Hace tres años que está Milei y yo todavía tengo un signo de pregunta. A mi país le deseo lo mejor.
Siempre fui un ciudadano que trata de ser crítico. Nunca tuve un partido político. No me enamoro de todo lo que hace alguien y tengo la capacidad de decir: “Esto me gusta, esto no me gusta”. Nunca entré en esa lógica que, para mí, te lobotomiza. Además, no me lo permito. Invertí mucha plata en terapia, más de un departamento... dos departamentos. No me voy a permitir no tener una mirada crítica y seguir repensando las cosas. Si me repienso a mí mismo, ¿cómo no voy a repensar el país en el que vivo? Hubo cosas que me gustaron del gobierno anterior y otras que no. Con este me pasa lo mismo: hay cosas que digo “esto está bien” y otras que no me gustan nada.
Lo que pasa es que dejé de hablar públicamente porque siento que no están dadas las condiciones para que un ciudadano o un artista pueda expresarse sin que se interprete que hay mala leche o que está operado.
Yo creo que el artista, como tiene llegada, también puede señalar lo que no le gusta, sin hacer lobby. Hay cosas que no te gustan y hay que poder decirlas. Pero hoy siento que no se está dando porque te salen a matar, y a mí eso me hace mucho daño.
Las veces que intenté hablar me encontré con eso. En privado sí hablo, pero en televisión me cuesta porque no tengo el cuero tan grande para bancármelo. A veces, del otro lado, hay gente con poco don de gente: si pensás distinto, sale a matarte. Entonces digo: “A este juego no juego. Nos vemos en la próxima”. Porque todo cambia, como cambia la vida.
-¿Ese es quizás tu costado más de actor, la sensibilidad? Porque después de tantos años de carrera y con tu trayectoria, uno imaginaría que tenés el cuero más duro.
-A veces lo tengo, pero cuando te pasa vivís situaciones feas, horribles. Yo estoy dispuesto a debatir. Puedo decir: “En esto no estoy de acuerdo” y aceptar que me respondan. Pero tiene que existir la posibilidad de hablar y expresarse.
Los que trabajamos en la cultura y tenemos la posibilidad de llegar a mucha gente tenemos que hacerlo. Repito: sin hacer un lobby extremo. Tener una mirada crítica, reconocer lo que te gusta y poder decir con respeto lo que no te gusta.
Yo hoy tengo un signo de pregunta sobre la Argentina. Me pregunto: “¿Cómo será? ¿Será un país para muchos? ¿Será un país para pocos? ¿Qué país vamos a tener?”. Y entiendo que eso no es algo que se resuelva en tres años.
Lo que no puedo creer es que hace años no podamos ponernos de acuerdo en diez o doce temas básicos: salud, educación, bajar la inflación, que el sueldo alcance para vivir, las jubilaciones. Latinoamérica es difícil, pero no puede ser que no podamos acordar diez puntos fundamentales para el bien de la gente, esté quien esté, sea más de derecha o más de izquierda. Pero se ve que no conviene porque siempre aparece la pelea por la caja.
-La última. ¿Tenés algo pendiente que digas: “Esto lo quiero hacer y lo voy a hacer”?
-Mi escuela de producción. Eso sí es lo que viene.
-¿Cómo la soñás?
-La sueño federal. Quiero poder transmitir mi experiencia y hacer algo relativamente grande, que abarque dramaturgia, dirección, televisión, todos los espacios que fui ocupando. Obviamente, con gente, con un equipo.
Y quiero poder dar clases de producción en algún momento. Quiero comunicar lo que aprendí, tanto lo bueno como lo malo. Tengo una experiencia enorme de haber hecho, como digo siempre, cosas que cociné muy mal y otras que cociné muy bien.
-¿Es para 2027?
-No sé si 2027, pero estoy buscando el espacio y la gente. Ya lo tengo más o menos pensado. Además, es algo que quiero dejar. No sé si llamarlo un legado, pero me gustaría dejar algo de todo lo que aprendí.
