
Luis Novaresio: “La ficción es un espacio de libertad; el periodismo muchas veces te aprieta”
El periodista y escritor presenta su nuevo libro, La vida que importa, y habla de sus inicios como abogado, de la política y del paso del tiempo y de la decisión de ser uno mismo: “Cuanto más soy yo, más feliz soy”

“Uno se levantó de la cama y se miró en el espejo. Por instinto, llevó sus manos a la altura de su abdomen para ocultarlo. Se vio desnudo y se rio. Como si su conciencia se lo indicara, dejó sus brazos al costado del cuerpo para verse entero y no ocultar nada. Incluso su panza que lo perturbaba. Cuarenta años largos, pelirrojo y con rulos, lampiño.”
Así comienza La vida que importa, la nueva novela de Luis Novaresio que publica la editorial Planeta. En ella, Novaresio se aparta del vértigo cotidiano de estar cuatro horas en el aire frente a una cámara de TV en sendos programas diarios para bucear en vínculos y sentimientos contradictorios de la compleja modernidad que nos toca vivir.
“La vida que importa –nos cuenta el periodista y escritor en su visita a Conversaciones en la redacción de LA NACION– es una novela autónoma, aunque retoma algunos personajes de la primera, Todo por amor, pero no todo. No hace falta haberla leído para entender esta. A través de sus personajes, plantea una pregunta: ¿Estamos viviendo la vida que realmente nos importa o la que otros esperan de nosotros, por mandatos familiares y sociales? Aparecen distintos conflictos. Una profesora de filosofía es acusada de homicidio después de darle una pastilla para poner fin a la vida de su esposo, que está postrado por una enfermedad terminal. Eso abre el debate sobre la eutanasia. También se plantea cuánto de nosotros mismos resignamos para sostener un vínculo. Y vuelve a ser un homenaje a uno de los amores más lindos de la vida: la amistad.”
En las últimas semanas, Novaresio alterna su pesado trabajo cotidiano de auscultar la realidad con entrevistas y presentaciones de su nueva obra. Pero eso no es todo: también tiene que lidiar con que el presidente Javier Milei lo venga insultando gravemente al deformar escatológicamente su apellido.
-¿Qué te pasa cuando recibís esas agresiones?
-Lo primero que siento es sorpresa. ¿Tan importante soy como para merecer semejante reacción? Después trato de aplicar algo que aprendí de Carlos Fechenbach, un periodista autodidacta con el que trabajé en Rosario, que me decía: “Si te discuten un dato que tenés comprobado, defendelo hasta el final. Pero si te insultan, no te sumes. No juegues ese juego porque no es el tuyo”. Intento hacer eso. Moria Casán tiene una frase maravillosa: “No me importa lo que dicen los que conozco, ¿me va a importar lo que dicen los que no conozco?”. Me parece de una sabiduría enorme.
-Es el presidente de la Nación, no estamos hablando de cualquier persona.
-Exactamente. Por eso repudio esas situaciones y me enojo cuando les ocurren a otros periodistas. Ahí no estoy defendiendo una cuestión personal, sino un principio. Estamos hablando de la persona que ocupa el cargo institucional más importante del país. También me molestan algunos republicanos intermitentes, que se escandalizaban ante determinadas situaciones en otros gobiernos y ahora se quedan callados. El Pro es un ejemplo de eso. Les recuerdo que, en algún momento, los ciclos cambian.
-Estás cuatro horas al aire todos los días y, sin embargo, encontrás tiempo para escribir no una sino dos novelas. ¿De dónde lo sacás?
-Soy muy organizado. Creo que el bien más preciado que tenemos es el tiempo y lo valoro muchísimo. En los últimos años, escribir es lo que más estoy disfrutando. Es una pasión a la que le dedico mucho tiempo. Escribo sistemáticamente. De alguna manera, logro organizarme.
-El título de tu primera novela plantea un límite: Todo por amor, pero no todo. ¿Qué es lo que no darías por amor?
-Eso depende de cada uno. Yo descreo de los amores incondicionales. Creo que son tóxicos. Los vínculos de pareja siempre suponen acuerdos explícitos o implícitos. Los psicoanalistas hablan de no “desotrarse”. Yo me analizo desde hace muchos años y creo que se trata de eso: no dejar de ser quien sos para sostener un vínculo.
-Y en La vida que importa, ¿qué sería lo que no importa?
-Los personajes se enfrentan a una pregunta: ¿quién es el dueño de nuestros días? Uno responde rápidamente: “Yo”. Pero ¿estás seguro? ¿No dependés también de tus afectos, de las leyes y de los mandatos? El debate sobre la eutanasia, por ejemplo, plantea justamente eso: ¿tiene una persona derecho a decidir cuándo termina su vida? Cuando presenté la novela por primera vez, dije algo que lamento no haber incluido en el libro. Yo no quiero cualquier prolongación de la vida solamente para justificar la existencia. Para mí, la autonomía física es fundamental. Cuando se pierde definitivamente, prolongar la existencia no me convence. Entiendo a quien piensa distinto. La pregunta de fondo es si estoy viviendo la vida que me importa o si la estoy postergando por expectativas ajenas.
-Cuando te hacés esa pregunta a vos mismo, ¿qué te respondés?
-En los últimos años estoy viviendo lo más parecido a la vida que me importa. Decir “esto no lo quiero para mí” te acerca a tu propio deseo. No me gusta el paso del tiempo, pero debo reconocer que cierta experiencia te permite elegir mejor. Y esos límites que ponés hacia afuera hacen que te sientas más confortable con vos mismo.
-¿Cómo convivís con dos mundos tan distintos como el de la ficción, cuya elaboración requiere de tiempo, y el periodismo, donde tenés que contar lo que sucede mientras está ocurriendo?
-En especial, el breaking news es muy difícil porque estás contando algo mientras sucede, cuando todavía no tenés completa toda la información. Ahí hay que volver a lo más básico del oficio: hacer una crónica rigurosa de los hechos, no apresurarte con los adjetivos y, sobre todo, no sacar conclusiones antes de tiempo. En ese contexto, el riesgo de equivocarte es enorme. También puede pasarte que te gane la emoción. Me ocurrió cuando reaccioné al aire frente a una decisión judicial vinculada con la baja de la edad de imputabilidad. Me enojé muchísimo y después pedí disculpas. Ahí me ganó el hartazgo por la inseguridad y mi mirada crítica sobre cierto garantismo. Fue un error mío. El periodismo en vivo te expone a eso: tenés que reaccionar inmediatamente, pero sin perder el rigor.
-¿En qué lo diferenciás de la escritura?
-La ficción me da un espacio de imaginación sin el corsé de la rigurosidad periodística. Escribo desde que tengo uso de razón. Cuando falleció mi madre, encontré cajas con textos que había escrito de joven. En aquel momento creía que era Cortázar. Eran horribles, pero el deseo de escribir ya estaba. En esta segunda novela entendí, gracias a mis editoras Mercedes Güiraldes y Adriana Fernández, que la libertad del autor consiste en no juzgar a sus personajes, sino en dejarlos avanzar, incluso cuando toman decisiones contrarias a lo que uno piensa. Escribir me da mucha felicidad. Para mí, la escritura es muy erótica.
-¿La ficción te permite descansar del periodismo?
-Sí, me hace mejor. Me obliga a leer, investigar y buscar cosas que de otra manera no buscaría. Con esta novela me pasó algo que nunca había experimentado: después de escribir uno de los capítulos, lloré de emoción por su desenlace. La ficción es un espacio de libertad. El periodismo, en cambio, muchas veces te aprieta.
-¿Sos metódico para escribir o aprovechás los momentos libres?
-Soy muy metódico y matutino. Me levanto a las cinco de la mañana. Escribo durante la semana y los fines de semana suelo releer.
-¿No te aliena estar expuesto constantemente al vértigo de la información?
-Tengo un reaseguro estupendo, que es mi familia. No pertenece al mundo de los medios y me baja a la realidad brutalmente. Hoy existe una especie de periodismo de periodistas, alimentado por las redes sociales, que resulta bastante intoxicante. Entonces llego a casa y pregunto: “¿Viste lo que dijo tal persona?”. Y me responden: “No, no tengo idea”. Eso te devuelve a lo importante. La vida que importa es esa, no la nuestra. Además, hago actividad física, leo y voy al teatro. Trato de vivir la vida que importa.
-¿Cuánto te identificás con periodistas como Bernardo Neustadt, que decía que solo dormía cuatro horas, o con Chiche Gelblung, que volvía a trabajar inmediatamente después de cada internación hasta en la última etapa de su vida?
-Ni una cosa ni la otra. Yo necesito dormir seis horas. Para mí es importante y procuro respetarlo. Puedo dormir con luz, con música, en distintas condiciones. No tengo problemas para conciliar el sueño. Pero sí me parezco a Chiche en algo: no me gusta tomarme vacaciones largas ni que otra persona haga mi programa. Fernando Bravo dice que la radio es “un negocio atendido por sus dueños”. Y tiene razón. Me cuesta mucho escuchar a alguien reemplazándome.
-Antes del periodismo trabajaste como cajero de supermercado y ejerciste como abogado. ¿Qué aprendiste de esas experiencias?
-Trabajé de muchas cosas. Mi primer empleo fue como cajero en el supermercado Tigre, en Rosario, cuando todavía no existían los escáneres y había que ingresar los precios a mano. Después trabajé en una escuela, en el Consulado de Italia en Rosario y como movilero en la radio, mientras estudiaba Derecho. Cuando me recibí, abrimos un estudio entre cuatro abogados que no teníamos antecedentes familiares en la profesión. Ese estudio todavía funciona. Me gustaba ejercer la abogacía y me iba bien. Pero llegó un momento en el que las dos profesiones se volvieron incompatibles.
-¿Tu vocación original era el Derecho o en tu casa te dijeron que tenías que estudiar algo más serio que periodismo?
-Fue por descarte. Terminé el secundario cuando estaba finalizando la dictadura. En Rosario, los militares habían cerrado las carreras de Música y Periodismo. En realidad, quería estudiar Ciencias Políticas, pero durante la dictadura habían desaparecido muchos estudiantes de esa carrera. Entonces mi viejo me dijo: “¿Por qué no Derecho?”. Y acepté. Después me enamoré de la carrera. No sería el periodista que soy si no hubiera pasado por la Facultad de Derecho. Siete u ocho de cada diez noticias tienen algún componente jurídico. Saber diferenciar una instrucción de un juicio es una herramienta que usás todos los días. Pero cuando tuve que elegir, me quedé con el periodismo, que era lo que siempre había querido hacer.
-¿Seguís pensando que el gobierno de Alberto Fernández fue el peor de la historia argentina?
-Yo hago esa evaluación cuando los gobiernos terminan. El actual ya está haciendo méritos para entrar en ese podio. Tengo claro, en cambio, que el mejor gobierno desde el regreso de la democracia fue el de Raúl Alfonsín. Tomo como criterio el desafío que enfrentó cada gobierno. Alfonsín tuvo que sostener la democracia y lo consiguió. En materia económica podemos hacer todas las críticas que queramos, pero ese logro fue fundamental. El gobierno de Alberto Fernández fue institucionalmente pésimo. Profundizó el aislamiento internacional que venía del kirchnerismo y, desde el punto de vista ético, episodios como el de la foto de Olivos degradaron enormemente la credibilidad de la palabra presidencial. Además, creo que fue un gobierno tan malo que terminó propiciando la llegada de un outsider sin experiencia política. Sin quitarle méritos a Milei, el mejor jefe de campaña que tuvo fue el gobierno de Alberto Fernández. Y ahí incluyo a Cristina Kirchner, Sergio Massa, los gremios y los movimientos sociales.
-¿A qué atribuís las oleadas de furia del Presidente contra determinados periodistas, entre ellos vos? ¿No creés que le juegan en contra?
-No estoy tan seguro.
-Quizás le sirven para consolidar a su votante más duro, aunque con ese electorado solo no le alcanza para ganar la elección del año que viene...
-También es cierto que la oposición está haciendo un trabajo denodado para revivir el tren fantasma, con candidatos impresentables. Esa es una ayuda invalorable para Milei. La tensión entre el poder y el periodismo existió siempre. Y está bien que exista. Pero creo que acá hay un grado de intolerancia evidente y una personalidad que interpreta el disenso como el comienzo de una enemistad. Cristina Fernández de Kirchner también tuvo niveles enormes de intolerancia. Recordemos cuando su jefe de Gabinete rompió un diario o aquellos afiches con imágenes de periodistas que escupían. No creo que eso haya sido menor. Pero en Milei hay una personalización muy directa. Parece sentirse atacado personalmente. No es necesariamente un dato lo que lo perturba. Lo que le molesta es el disenso.
-¿Cómo ves al periodismo argentino hoy?
-Me sigue pareciendo que hay muy buen periodismo en los medios gráficos. Soy un señor grande que todavía admira las columnas de opinión. Yo te leo en la página 2, leo a Jorge Fernández Díaz, a Joaquín Morales Solá, a Jorge Liotti. Me interesa saber qué piensan sobre la actualidad. También me gusta lo que escribe Alejandro Borensztein, que encontró una veta divertidísima para hacer análisis político con humor. En televisión, por otra parte, me parece que estamos recuperando el concepto de entrevista y de escucha. Durante mucho tiempo, el peor editor de la historia, que fue el minuto a minuto del rating, destruyó la posibilidad de mantener una conversación. Ahora se está demostrando que conversar también funciona desde el punto de vista de la audiencia.
-Hoy tenemos una sobrepoblación de periodismo televisivo en ocho señales de noticias que transmiten las 24 horas. Esa necesidad de llenar horas de programación genera una enorme presión y también conflictos entre periodistas. ¿Qué pensás?
-No me gusta cuando las discusiones se personalizan. Cuando dejamos de discutir el contenido y pasamos a discutir quién dijo qué, el debate se complica. Hoy la primera persona aparece por todas partes. Y eso alimenta cierta vanidad. Yo hago el esfuerzo por correrme de ese lugar. No suelo responder comentarios personales de colegas, aunque me mencionen con nombre y apellido.
-¿Las redes sociales transformaron también el funcionamiento del periodismo?
-Tienen cosas buenas. Con un teléfono celular podés generar una noticia de enorme impacto. Son también una herramienta de poder. Los gobiernos utilizan granjas de trolls para intentar condicionar a los periodistas. Hay que hacer un esfuerzo casi tibetano para mantenerse al margen.
-¿Estás pendiente del minuto a minuto del rating?
-Hace unos años desinstalé del teléfono la aplicación que me permitía seguirlo. Nuestro trabajo es coral. Dependemos de productores, camarógrafos y de todo un equipo. Hoy trabajo con Maxi Russo, un gran productor. Ya conozco tanto su manera de trabajar que, por el tono de voz, puedo darme cuenta de cómo vamos. Si pasamos rápidamente de un tema a otro, probablemente algo no esté rindiendo. Si nos quedamos en un tema, es porque está funcionando. Al final del programa siempre le pregunto cómo nos fue. Tenemos un piso de audiencia que conocemos y él me dice “quinto piso” o “sexto piso” para indicarme que estuvimos por encima de lo esperado.
-Hace un rato dijiste que sos un señor grande. ¿Cómo te llevás con el paso del tiempo?
-No me gusta nada. Hay algo de narcisismo infantil en eso, porque no siento la edad que tengo. Cuando alguien me pregunta cuántos años tengo, estoy tentado de responder que 35. Después el cuerpo se encarga de recordarme que no es así. Pero estoy muy contento. Siento que atravieso un momento muy pleno de mi vida. Conseguí cosas que nunca había soñado y que incluso había descartado: formar una familia, participar de la crianza de una niña, tener proyectos en común con alguien. Eso no significa que me guste envejecer.
-Vera [la hijita de su pareja] tiene tres figuras muy importantes en su vida: Braulio, Virginia y vos.
-Sí, pero aclaremos algo. Su papá es Braulio y su mamá es Virginia. Son dos amigos que se encontraron para ser padres. Yo aparecí cuando Vera tenía unos diez meses. A veces alguien pregunta si soy una especie de tío. No, no soy eso. Vera lo resolvió de una manera maravillosa en el jardín de infantes. Le pidieron que dibujara a su familia y dijo: “Tengo una familia grande y una familia chiquita”. En la grande puso a los primos, los tíos y los abuelos. En la chiquita dibujó a tres personas. Cuando le preguntaron quiénes eran, respondió: “Mi mamá, mi papá y mi Luis”. Y no hay más discusión. Yo soy “su” Luis. También dice: “Soy judía por mi papá, católica por mi mamá y rosarina por Luis”. Sus padres son muy generosos conmigo y me permiten participar de su crianza. Vera vive la mitad del tiempo con nosotros y es un regalo inesperado.
-Hay un dicho que sostiene que en la vida hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Vos ya escribiste dos novelas. ¿Plantaste un árbol?
-Sí, en Rosario, en mi queridísimo bulevar 27 de Febrero. Un camión había derribado el árbol que estaba frente a mi casa. Entonces fui a la Dirección de Parques y Paseos y pedí uno nuevo. Me dieron un liquidámbar hermoso. Lo planté hace unos treinta años y cada vez que voy a Rosario paso a verlo. Está altísimo y en otoño se pone rojizo.
-Y en cuanto a tener un hijo, llegó Vera.
-Vera no es mi hija, es mi hijastra. Nosotros nos declaramos públicamente hijastra y padrastro, un poco para escandalizar. Nos divierte. Hace poco tuve que llevarla al médico porque tenía fiebre. La pediatra me miró y preguntó: “¿Y el papá qué dice?”. Vera la corrigió: “No es mi papá, es mi padrastro”. La médica respondió: “Ah, es el esposo de tu mamá”. Y Vera insistió: “No, es el esposo de mi papá”. A mí me resulta inexplicable lo que siento por ella. Hoy, cuando terminemos de grabar, voy a buscarla a su clase de música. Me va a dar un abrazo y seguramente me va a pedir mirar televisión mientras come, para que yo le diga que no. Es un vínculo maravilloso.
-¿Cuánto te costó salir del clóset?
-Todas las personas que trabajaban conmigo o tenían un vínculo cercano sabían cuál era mi orientación sexual. Yo no la hacía pública por distintos motivos. Uno hace lo que puede, como puede y donde puede. En cierto modo, a mí me sacaron del clóset. Primero estuvo aquella foto de un gato que publiqué y en la que se veía una pestaña abierta de una página porno gay. Pero lo que terminó de exponerme fue una foto que nos sacaron a Braulio y a mí en un bar. Alguien publicó: “El chongo de Novaresio”. Braulio vino y me dijo: “Aclará esto. Yo no soy chongo de nadie. Tengo una inmobiliaria, tengo una hija”. Y lo aclaramos. Confieso que al principio me dio cierto vértigo.
-¿Fue mejor de lo que imaginabas?
-Mucho mejor. Fue todo ganancia. Hubo mensajes de odio, pero el afecto que recibí fue enorme. Lo más lindo fue cuando alguien me dijo: “Pude contárselo a mi viejo porque te vimos a vos en la televisión”. O una madre que me contó que su esposo se había reconciliado con su hijo después de verme hablar del tema. Con eso ya está. Me siento muy orgulloso. Yo milito estando en televisión y diciendo “mi esposo”. A veces lo hago deliberadamente para provocar cierta incomodidad. Me gusta mucho más la palabra esposo que marido. Esposo viene de una raíz vinculada con la promesa. Me parece mucho más linda.
-Hay otro clóset del que creo que todavía no saliste. Tiene que ver con la pregunta con la que cerrás tus entrevistas: “Nos morimos, ¿y qué pasa?”. Para alguien que se define como agnóstico o ateo, tenés una preocupación demasiado persistente por lo que ocurre después de la muerte...
-Me parece la incógnita existencial más interesante. Soy un tipo muy curioso. Nunca me definí como ateo. El agnosticismo supone reconocer que, con las herramientas racionales que tenemos, no existe una demostración de la existencia de Dios. Pero no soy un agnóstico orgulloso. A mí me encantaría creer. Me parece que la fe puede ser una ayuda y una compañía hermosa. Pero no me pasa.
-¿Tuviste una formación religiosa?
-Tomé la comunión, pero me escapé de la confirmación. Literalmente, fui a la iglesia y me escapé. Siempre fui a un colegio laico. Soy italiano por donde me mires. Fui a la Dante Alighieri, íbamos al Club Italiano y comíamos en la Familia Piamontesa. Tuve un tío cura, de quien llevo mi segundo nombre. Me bautizaron, tomé la comunión y después no seguí.
-¿A qué edad murió tu papá?
-A los 60 años.
-Ya sos mayor vos de lo que era él cuando murió. Si tu papá entrara ahora por esa puerta, ¿qué le dirías?
-Lo primero que le diría sería: “Sentate, no sabés todo lo que tengo para contarte”. Me pasaron tantas cosas buenas que necesitaría muchísimo tiempo para contárselas. Extraño enormemente escucharlo. Mi papá era un autodidacta. Había vivido la Segunda Guerra Mundial en Turín, Italia. Hablaba castellano mejor que yo y leía vorazmente. Era metalúrgico, tenía un taller de rectificación de motores. Quería ser ingeniero, pero no había podido estudiar. En los años noventa, la situación económica terminó destruyendo su taller y poco después murió, creo que de tristeza. Era un hacedor y tenía una energía extraordinaria. Todavía hay quien se acerca y me dice: “Yo conocí a tu papá. Era un gran tipo”. Eso me emociona muchísimo. A mí me gusta ser el hijo de mi viejo.
-Estás en plena promoción de La vida que importa. ¿Tenés algo en mente para un próximo libro?
-Ahora estoy muy entusiasmado con acompañar la novela. Me encanta esta etapa. El otro día mi esposo me preguntó: “¿No te aburrís de hablar de la novela?”. Y le respondí: “¿Cómo me voy a aburrir? Es mi novela”. Estoy muy feliz de haber vuelto a publicar.
-¿Te quedó algo en el tintero?
-El libro tiene varias dedicatorias que me gustan mucho. Una es una frase de Dante: “Non ti curar di lor, ma guarda e passa”. Es decir, no te preocupes por los demás, mirá y seguí. Otra dice: “No estoy para nuevas tristezas”. Durante un tiempo pensamos que ese iba a ser el título de la novela. Y hay una tercera frase que recordé a partir de una de mis últimas entrevistas con Jorge Lanata. Él llegó caminando con mucha dificultad física y fumando. Con esa manera tan particular que tenía de hablar, me preguntó cómo estaba y le dije que, sinceramente, estaba muy bien. Entonces me respondió: “Claro, porque estás siendo vos”. Y de ahí surge una frase que para mí es muy importante: “Cuanto más yo fui, más feliz fui”. No sé si es una receta para todos, pero en mi vida personal y profesional me está dando resultado. Cuanto más soy yo, más feliz soy. Quizás a alguien le sirva para animarse a vivir de esa manera.

