
Malena Guinzburg: los límites del humor, la autoexigencia y cómo se vive en la comedia
La comediante habló sobre el detrás de escena de su oficio, los límites del humor y la autoexigencia; contó cómo cambió su forma de reírse de sí misma y reveló qué le pasa cada vez que termina un proyecto

Malena Guinzburg hizo del humor una forma de mirar el mundo, pero también de mirarse a sí misma. Sus citas fallidas, la ansiedad, la terapia, el paso del tiempo, los vínculos, el trabajo y hasta sus mascotas pueden convertirse en historias para contar. Porque para ella, en la comedia, “todo es material”. Aunque algo cambió con los años: si antes podía ser implacable consigo misma con tal de conseguir una risa, hoy busca hacer humor desde un lugar más amoroso.
Comediante, actriz y guionista, lleva cinco años sobre el escenario con Las chicas de la culpa, pasó por teatros de la Argentina y Europa y se animó a interpretar personajes alejados de sí misma. Sin embargo, cada vez que un proyecto llega a su fin reaparece el mismo vértigo: “¿Y ahora qué hago?”.
En esta nueva edición de Conversaciones, habló del detrás de escena de la comedia, los límites del humor, la autoexigencia, el miedo a quedarse sin trabajo, el amor, la familia y esa necesidad que atraviesa casi todo lo que hace, encontrar algo de qué reírse, incluso cuando la realidad no ayuda demasiado.
-Hacés mucho humor en primera persona, ¿no?
-Sí. En general, cuando hago stand up o con Las chicas de la culpa, siempre escribo sobre mí. De hecho, mi unipersonal, que ahora no lo estoy haciendo, se llama Querido diario, y más personal que eso no hay. Era mi diario de la adolescencia. También, con Connie Ballarini hacíamos un podcast que se llamaba Correo no deseado, que eran nuestras cartas de amor. Sí, soy muy de usar lo que me pasa. De hecho, ayer estaba con una amiga que está tinderando a full, tiene citas, y le digo: “Ay, tenés mucho más material que yo ahora”, porque estoy en pareja hace cinco años. Estoy feliz y todo, pero tenía mucho más material antes, cuando tenía historias desastrosas.
-Es clave eso que acabás de decir para todos los que hacemos algo creativo. Yo escribo, por ejemplo, y digo: “Soy un embole desde que estoy enamorada y feliz”.
-Para hacer humor, el amor me parece que no es gracioso. Es más gracioso tener citas fallidas, encontrarte con aparatos por la vida. Ahora estoy más feliz, tal vez con menos material.
-¿Pero la creatividad se vio afectada?
-Puede volver desde otro lado también. Para mí es más fácil cuando me pasan cosas. Por ejemplo, aprendí a manejar de grande, a los 35. Me daba pánico, pero pánico de verdad. En ese momento no existía Instagram, estaban Facebook y Twitter, y me acuerdo de que escribía sobre la “P” de principiante, que tenés que llevar durante seis meses. En Facebook escribía Historias de una P al volante.
A mí me servía, aunque estuviera pasando un momento horrible porque se me quedaba el auto o por lo que fuera, saber que después lo iba a escribir en Facebook a la noche y lo iba a convertir en humor. Me encantaba. Era como: “Bueno, por lo menos va a valer la pena”.
-¿Y te servís solo de anécdotas propias o también de tu grupo de amigos y amigas?
-Con las chicas todo el tiempo nos nutrimos de todo lo que sea.
-Contanos un poco cómo es eso en Las chicas de la culpa.
-Con Connie, Fer y yo hacemos humor de lo que nos pasa. A veces nos nutrimos de noticias también: se descubrió tal cosa y la usamos. Pero, obviamente, todo lo nuestro, todo lo que nos pasa, es material.
Creo que para todos los que hacemos humor, lo que nos pasa es material. De hecho, a veces decimos: “No, no, no me lo cuentes en el camarín. Lo hablamos después”, porque es material. Todo es material.
-Ellas son amigas y compañeras de trabajo, básicamente. Pero, fuera de ellas, ¿también recogés material de tus relaciones y vínculos personales?
-Sí. Creo que, sobre todo cuando estás escribiendo, estás ávido de material, de cosas. También me pasa que empiezo a pensar: “Bueno, a ver, ¿qué me está dando vueltas en este momento? ¿Cuáles son los temas de los que hablo con mis amigas?”. Y ahí empiezo a estar mucho más atenta.
Igual, la paso re mal en el momento creativo, cuando tengo que escribir un monólogo. Siempre la paso mal. Siento que no se me va a ocurrir nada, que ya dije todo lo gracioso que tenía para decir. Siempre lo hablo en terapia.
-Y cuando sale algo de ese proceso creativo, cuando tenés un primer borrador, ¿quién es el primer juez? ¿A quién se lo das?
-Trato de mostrárselo a amigos comediantes porque me parece que entienden el proceso. Si se lo mostrás a alguien que no lo entiende, tal vez no entiende lo borrador que hay ahí. Entonces Fernando Sanjiao, Pablito Fábregas, mis compañeras de Las chicas de la culpa... puedo ir por ahí.
También se lo puedo dar a Adrián, mi novio, para que lo lea. Le he dado cosas, aunque tal vez no tanto de stand up sino de otro tipo.
-Y esa gente a la que le mostrás ese primer borrador que ya saben cómo sos vos haciendo stand up, ¿qué te devuelven? ¿Te marcan cosas? ¿Sos receptiva?
-Sí. Cuando uno muestra algo es para eso. A veces es: “Che, a ver si se te ocurre un remate mejor para este chiste”. Fer Sanjiao, por ejemplo, fue mi profe de stand up y a veces se lo mando casi como un coacheo: “Che, ayudame”, porque suelo estar muy desesperada.
Yo también necesito, en algún momento, poner una fecha y decir: “Bueno, tengo que estrenarlo”, porque si no nunca siento que está bien y que ya está. Después también pasa algo con el stand up y con el humor: se va puliendo en el escenario, porque ves qué funciona y qué no.
-A ver, contanos, porque es medio fascinante para los que no conocemos ese proceso. ¿Vos te sentás y escribís palabra por palabra o partís de una idea?
-Al principio, cuando empecé, anotaba palabra por palabra y no cambiaba ni una coma. Después, no. Con mi monólogo Querido diario había algo que me ordenaba mucho porque leía un poquito del diario y de ahí partía. Tenía siempre un disparador.
Pero después tal vez se te ocurre algo en el momento y lo vas agregando, y eso queda. También te aburrís de algunas partes que funcionaban y, de pronto, perdieron la magia. O intentás recuperarlas o decís: “Bueno, ya está. No lo hago más”. Uno también va cambiando. Hay cosas que te van aburriendo y otras que van apareciendo. Entonces el monólogo está recontra vivo.
Yo no soy de agregar tanto. Pablito Fábregas, por ejemplo, tal vez agrega 15 minutos en cada función. Yo no tanto, pero si ves el primer monólogo y el último, no son iguales.
-¿Y volvés a tu casa pensando: “Che, hoy salió esto”?
-Cuando hay algo, sí, tratás de acordarte porque tal vez pasó en el momento y después decís: “Ay, no lo quiero perder”. A veces lo perdés.
-¿Andás con un cuadernito, con notas de voz?
-No, notas de voz no tanto porque después me da fiaca escucharlas. Notas escritas sí. Y cuando estoy pensando en que tengo que escribir material nuevo voy muy atenta a eso. Se me ocurre algo y lo anoto. Después lo ves y tal vez no hay nada, pero en el momento puede parecer una genialidad.
-¿Hubo materiales que generaste en algún momento y desestimaste porque dijiste “esto no va ni para atrás ni para adelante”, pero años después les encontraste una vuelta y los recuperaste?
-A veces sí. Tenés cosas que podés recuperar y, a veces, al contrario, cosas que decís: “Esto ya no me pertenece”. No es que no me pertenezca, pero no lo siento hoy. Chistes que tal vez hoy son políticamente incorrectos y que hacía hace un tiempo, hoy no los haría.
-Me sorprendés. Pensé que no ibas a tener límites con el humor.
-Yo siempre, cuando me preguntan por el límite del humor, digo que para mí el límite es que el chiste sea bueno. Ese es básicamente el único límite, porque creo que se puede joder con cualquier cosa. Pero si el chiste es bueno, va a estar bien.
Hay cosas que tal vez ya no me interpelan, me hacen ruido o son polémicas. También, cuando empecé, era muy de darme con un caño a mí misma. Era muy de autoflagelarme para hacer humor.
Pero era casi como hacerme bullying a mí misma. Hoy trato de ser más amorosa. Para mí está buenísimo reírse de uno y soy la primera que se va a reír de mí. Soy de blanquear todo lo que me pasa.
Me divierte joder con eso. Soy muy espontánea y auténtica con lo que me pasa. He grabado historias con el celular y después me dicen: “Se te veía algo verde en el diente”, y no la borro. Me encanta que haya pasado, me río de eso. Pero siento que al principio me hacía más bullying y ahora trato de ser un poquito más copada conmigo. Me puedo seguir riendo de mí, pero no de la misma manera. Tal vez desde un lugar un poco más amoroso. Parece que la terapia hizo algo.
-¿Y también sumó tener a alguien muy amoroso en tu vida?
-Sí, creo que todo suma. La edad también. Ir creciendo y diciendo: “Che, es hora de quererme un poco más”. Son muchas cosas que hacen que sea más cuidadosa.
-Decías que no hay límite mientras el chiste sea bueno. Cuando dijiste eso pensé en Ricky Gervais, que puede decir cualquier cosa sobre cualquier tema. ¿De quiénes te reís vos hoy? ¿Qué humor consumís?
-En general, mis compañeras de Las chicas de la culpa me hacen reír. También los que trabajaban conmigo antes. Pablo Fábregas, Sanjiao... Hay un montón de comediantes acá que son realmente muy buenos. Me sentiría mal nombrando porque son muchos, por eso nombro a los que tengo más cerca.
Después, Ricky Gervais. Todo lo que hace lo voy a mirar.
-¿Estás viendo la de los gatos?
-Sí. Con esa me pasa que no me río tanto. Hay como una sonrisa, me gusta. Pero él logra también enternecerte. Como en After Life. No sé si te reís a carcajadas; por momentos sí, tiene situaciones muy graciosas, pero también hay una cosa de angustia, de drama por momentos, que es un montón.
-Sí. En la misma persona conviven el sarcasmo, la ironía y una ternura inusitada. Es bastante increíble eso que logra.
-Sí. A mí me gustaba mucho, por ejemplo, Louis C.K., que después fue cancelado. Lo último que había visto no me gustó tanto, pero también me gustaba cuando hacía la sitcom Louie, que me encantaba.
Fleabag en su momento me partió la cabeza. Me gustó mucho. Lena Dunham, con Girls, también me parece muy capa.
-Pero consumís humor.
-Sí, trato. Sobre todo cuando me recomiendan algo. La de los gatos callejeros de Ricky Gervais me la recomendó Carlitos Belloso, que fue compañero mío en Casual y la vi.
-¿Cómo fue esa experiencia? ¿Más coral?
-Sí. Para mí también fue rarísimo porque venía de hacer stand up, de hacer monólogos, y de pronto tenía que hacer un personaje. O sea, ser actriz, no comediante. Estaba muerta de miedo. Por momentos me sentía de madera, por el miedo y por estar con actores muy buenos.
Estaban Carlitos Belloso, Diego Gentile, Mica Lapegüe, Claudio Martínez Bel, Juli Ponce Campos... un elenco hermoso. Y yo, al no estar acostumbrada, me sentía insegura. Después lo recontra disfruté y, sobre todo, se armó uno de esos grupos con los que decís: “Che, vuelvo a laburar con ellos en cualquier proyecto”.
-¿Y cuál era el desafío para vos? ¿Trabajar con un texto que no fuese tuyo?
-No, era un personaje que no me quedeba tan cerca. Al contrario, me quedaba lejos. El desafío era hacerlo gracioso, hacerlo creíble, saber hasta dónde me podía ir a la mierda y hasta dónde no, cuánto exagerar. Estar en el código.
Para eso también estaba Pablo Fábregas como director, que además me conoce mucho porque somos muy amigos. Pero sí, me daba miedo estar a la altura de actores que admiro. Estaba muy asustada y después lo recontra disfruté.
-¿En qué momento lo empezaste a disfrutar? ¿Desde la primera función o ya durante el trabajo previo?
-Los ensayos me costaron en ese aspecto, aunque la pasábamos muy bien. El grupo, desde el minuto uno, fue el mejor que me podía haber tocado en la vida.
Una semana antes de estrenar le dije a Pablo, llorando: “No me bajo porque no me voy a bajar, pero si querés echarme, echame. Decímelo. No te quiero arruinar la obra”. Así, llorando y riéndome al mismo tiempo, porque yo cuando lloro me río.
Y él me dijo: “Dejate de hinchar las bolas y jugá”. Básicamente era lo que me tenía que decir.
-¿Cuánto opera la neurosis en vos?
-Todo el tiempo. Sobre todo la autocrítica, está muy presente. Conozco comediantes que tal vez estrenan un show sin tener un remate y se mandan, lo van haciendo. Yo tengo que tener el mejor remate, o por lo menos creer que lo tengo. Entonces esa autoexigencia me cuesta mucho. Es algo que sigo laburando constantemente.
-¿Terapia?
-Terapia, por supuesto.
-¿Hacés terapia con un hombre o con una mujer?
-Ahora con una mujer. Empecé hace poquito.
-¿Encontraste alguna diferencia?
-Hace bastante que no hago terapia con un hombre. Sí, creo que hay diferencia. Me parece que ahora estoy más para mujer. Hay algo también de la edad, tal vez de cosas hormonales que van pasando. Tengo 48, no me considero vieja, pero sí hay cosas que van pasando. Me impresionan los 50, llegar a los 50 me impresiona.
-Pero no necesariamente como algo negativo.
-No. Si me decís: “¿Volverías a la adolescencia?”, me mato. Prefiero ahora. Sí hay cosas de la edad y de lo hormonal que me rompen las bolas. La perimenopausia y esas cosas.
-¿Sentís los cambios? ¿Pensás que algo de lo que te está pasando puede tener que ver con eso? ¿Cuánta bola le das?
-Un poco y un poco. A veces es: “Bueno, no hinches”, y otras es: “Bueno, a ver qué hacemos con esto”.
-Hablábamos de un mundo de mujeres, pero ¿tenés buenos amigos varones? ¿Qué te aporta la amistad con los hombres?
-De todo. En una época fui más varonera. Ahora creo que está bastante parejo mi nivel de amistad con hombres y mujeres, pero sí, tengo muchos amigos varones y me divierto mucho con ellos.
No me gusta calificar el humor como masculino o femenino, pero soy medio jodona, algo que suele atribuirse más a los varones. En el camarín, por ejemplo, la mayoría son hombres y con la guarangada me río de todo. Tengo amigas que no entienden ese humor.
-Pero en Las chicas de la culpa...
-Sí, ahí vale todo. Hasta entre nosotras contamos cosas. A mí, si alguien te dice “tirame el dedo” y se tira un pedo, me causa gracia. Y tengo amigas que, si el novio hace eso, es motivo de divorcio. A mí me causa gracia.
-En Las chicas de la culpa se escucha una gran presencia femenina en el público, pero también van muchos hombres.
-Sí, es mayoritariamente femenino, pero los hombres que vienen se divierten mucho. Yo siempre digo que hay un prejuicio que todavía no se desterró: pensar que el humor hecho por mujeres es para mujeres.
Te preguntan: “¿Pero es para hombres?”. Nunca te va a pasar al revés. Nunca vas a preguntar por un espectáculo hecho por hombres: “¿Pero es para mujeres?”. Hay algo de pensar que nosotras solo vamos a hacer un humor que entiendan las mujeres, y me parece que sigue siendo muy machista.
Podemos tocar temas que nos pasan a nosotras y los hombres se ríen igual. Un chabón me puede hablar de algo que no me pasa a mí, pero si me lo cuenta bien, me voy a reír. No necesito tener pito para reírme.
-Y estuvieron con el espectáculo no solo en Argentina: también en Uruguay y en Europa.
-Sí. Estuvimos en España y pasó algo que fue increíble. Muchas veces, cuando van argentinos a actuar a España, la mayoría del público es argentino. En nuestro caso, el 80% era español. Y eran teatros de mil personas llenos. Fue una locura.
Creo que hay algo del humor que es muy universal. Estuvimos también en Londres y en Ámsterdam y funcionó en todos lados.
En Ámsterdam y Londres había más público latino por el idioma. Pero después tal vez hay cosas que tenés que pensar un poco más: si van a entender determinado término o que los juegos no tengan consignas demasiado argentinas. Es pensar algunas cosas de una manera más universal. Pero después, el humor es el humor y funcionó perfecto.
-¿Y qué te pasa cuando no podés conectar con alguien a través del humor? ¿Es una barrera importante?
-En el escenario, alguien con cara de culo es horrible. Uno trata de enfocarse en otra cosa y la pasa mal. Pero en la vida, cuando alguien no tiene sentido del humor, siento que hablamos idiomas distintos. Como si me estuviera hablando en chino y yo en alemán.
Y encima trato de hacer un chiste para revertirlo y es peor. Se genera una cosa que no sé manejar. No sé tratar con gente que no tiene sentido del humor.
-Si hacés un recorrido por las personas que te rodean, ¿todas tienen sentido del humor?
-Sí. No puedo de otra manera. Es de las cosas más importantes para mí. Me aburriría muchísimo con gente que no tiene sentido del humor.
-¿Y tu pareja tiene sentido del humor? ¿Te hace reír?
-Muchísimo.
-¿Seguís siendo vos la divertida de la pareja o está repartido?
-En la intimidad está repartidísimo. Después, socialmente, él es un poco más tímido que yo. Al principio, hasta que entra en confianza, es más callado. Pero es muy gracioso. De verdad.
-¿De verdad no podrías estar con alguien sin sentido del humor?
-No, no me atraería.
-¿Siempre fuiste extrovertida o tenés un lugar más tímido?
-Soy medio timidona. De hecho, a veces parezco cortita o con cara de culo, pero estoy seria, concentrada. Tengo facciones de cara de culo. Entonces a veces parece que estoy reenojada.
Cuando entro a un lugar nuevo soy medio tímida. Después entro en confianza y sí. Además, tengo algo muy de piel con la gente: me tienen que caer bien. Me cuesta caretearla. Cuando se establece el humor, ahí sí, ya está. Pero tampoco es el chiste por el chiste, tiene que haber un código, un lenguaje. En el camarín de Casual estamos todo el tiempo con humor.
-Hace un rato te preguntaba por Ricky Gervais y la serie de los gatos. Ahora te quiero hablar de las mascotas. Contame de Vito y de Chave.
-Chave era mi gata, que murió hace dos años, a los 21. Una siamesa hermosa. Fue mi primera mascota mía, una cosita así.
Ayer justo hablaba con unos amigos sobre la diferencia entre gatos y perros. Chave al principio me hacía reír mucho, jugaba mucho con ella. Era muy compañera. Lo que pasa es que murió a los 21 años, entonces hacía como diez que era vieja. En sus últimos años era una gata más de estar, de mimos y de compañía.
Y ahora apareció Vito, que es nuestro perro callejero. Es mediano, creo que pesa 25 kilos, ocupa media cama y duerme con nosotros. Lo amo. Estoy madre boluda. Ahora lo vamos a llevar a que conozca el mar, a ese nivel. Supongo que en algún momento lo vamos a castrar, pero por ahora no. Perdón por esto, pero me encantan los huevos de mi perro, me parecen hermosos. Estoy a ese nivel.
Yo soy la que más juega con él, entonces me ve y ya quiere una pelota, ya trae algo para jugar. Tenemos varios juegos distintos.
-¿No concebís tu vida sin un bicho en casa?
-Después de Chave necesité un tiempo, porque sus últimos tres o cuatro años fueron difíciles. El último año había que ponerle suero, llevarla seguido al veterinario. La pasé mal.
Yo me iba mucho de gira, entonces tenía armada una estructura de amigas y gente que venía a cuidar a Chave. Al final todos decían: “Por Dios, que no se nos muera a nosotros”. Y yo decía lo mismo: “Por Dios, Chave, esperame”. Estuve con ella cuando murió.
Pero sí, amo a los animales. Chave era muy compañera. Viste que dicen que los gatos son distantes... No, no los conocen. Ella estaba todo el tiempo encima mío.
-¿Y cómo fue el salto de un gato a un perro como Vito?
-Había tenido perros de chica, así que no era la primera vez. Pero Vito es mi primer perro de grande. Es de Adri y mío. Adri tiene dos hijas, que son como sus hermanas.
Con Adri no vivimos juntos toda la semana. Hay días que sí y días que no. Entonces Vito va y viene, se sube al auto, tiene sus rutinas.
-Lo veo en tus redes y es muy divino. Se lo ve muy querido y cariñoso con ustedes.
-Es lo más. También es bruto, como cachorro de pata grande. Me salta y me puede tirar. Pero es mi nene, mi bebé.
-Es uno de los personajes que aparece en tus redes. A Chave también la vimos y te tengo que preguntar por la tía Mirta.
-Sí, Mirtha es la hermana de mi papá. A veces deja unos audios que son espectaculares.
-La primera vez que los escuché pensé: “Esto está guionado”.
-No, no está guionado. Es muy graciosa, muy ocurrente. El problema es que el 99% de los audios que manda no los puedo subir.
-¿Hay censura?
-Sí, hay censura. O me dice: “Esto no lo subas”. Además, son larguísimos. Es un gran personaje. Creo que da para un documental.
-Las anécdotas que cuenta parecen inventadas. ¿Es real todo lo que le sucede?
-Sí, todo.
-¿Qué cosas te cuenta?
-De todo. También le digo: “Mirtha, aflojá con la hipocondría”. Tenemos la otra parte también. Todos tenemos un combo. Pero cuando le agarra por el lado divertido es maravilloso.
-De cualquier cosa te hace una anécdota larguísima.
-También es muy culta. Y todo lo que sea gratis le encanta.
-Como la anécdota del supermercado.
-Sí. Es orgullosa de conseguir un descuento. Es capaz de viajar una hora por algo que cuesta mil pesos menos y estar orgullosa. También te avisa cuando hay una oferta.
-¿El vínculo con ella es principalmente por mensajes y llamadas o también se encuentran?
-Nos vemos. También con mi hermana, en encuentros familiares, cumpleaños y esas cosas. No todas las semanas.
La verdad es que este último año estuve poco con mi familia. De hecho, mi sobrino me hizo con inteligencia artificial una canción que decía algo así como: “Tía, dame más bola porque te la pasás trabajando”. Y era espectacular.
Trabajé casi todos los días: los martes con Las chicas de la culpa y de miércoles a domingo en el teatro. Me cambió mucho la rutina. Antes hacía pijamadas con mi sobrino y este año no tuve tiempo. Los lunes eran mi único día libre y ellos tenían colegio al día siguiente. Así que estuve poco con mi familia.
-Pero estuviste trabajando mucho, que supongo que en la cabeza de una actriz también da cierta tranquilidad.
-Obvio. Así como ahora estoy diciendo: “¿Y ahora qué hago? ¿Qué se viene?”
-¿Te angustia todavía eso?
-Sí. Me hago un bollito y me pongo a llorar y pienso: “Ya está, nunca más voy a volver a laburar. Evidentemente estuvo bueno, la guita que hice hasta ahora es la que hice”. Entro fuerte en esa.
Si alguien tiene trabajo, por favor. No, por suerte sigo con Las chicas de la culpa. Sé que hay gente que la está pasando mal con el laburo en serio, pero sí me agarra angustia de pensar si voy a trabajar en otra obra o no, si tengo que generar un nuevo unipersonal, si va a estar bueno, si va a venir la gente. Entro en una. Ahora, en estos días, estoy en una media oscuridad.
-¿Y qué lugar ocupa la plata en tu vida? ¿Es una preocupación?
-Soy muy ordenada. Muy gastadora tampoco. Tengo los gastos normales: la obra social, esas cosas.
-¿Los viajes? ¿Te gusta viajar?
-Últimamente viajé mucho por laburo. Casi todos mis últimos viajes fueron por trabajo y me hacía unas vacaciones en medio de una gira.
Ahora, por ejemplo, me voy a ir con Adri cuatro días a Mar de las Pampas para que Vito conozca el mar. Tiene que conocer la playa. Vamos al hotel de una amiga, por suerte con un canje divino, a un lugar hermoso.
Pero yo tengo un laburo en el que sé que en algún momento puedo no trabajar y no cobrar. Si no laburo, no cobro. No tengo un trabajo en relación de dependencia. Se terminó la obra, no cobro más. Tengo ahorros como para decir que hoy no estoy preocupada por eso y, por suerte, tengo mi casa, así que tampoco pago alquiler.
Pero no estoy en un lugar de decir: “Bueno, no trabajo más”. Aunque me gane la lotería, quiero seguir trabajando. A mí mi laburo me encanta. Amo este laburo, amo hacer reír.
-¿Te ves trabajando por mucho tiempo?
-Ojalá. Ojalá pueda laburar por mucho tiempo. Disfruto mucho mi laburo.
-Ojalá también te ganes la lotería.
-Tendría que jugar. La única vez que jugué soñé con disparos, jugué al revólver y salió la escopeta. Un poco triste, no reconozco los calibres, parece.
Pero no juego, así que no la podría ganar. Capaz aparece algún pendrive con criptomonedas.
-Para un actor que vive de proyectos que comienzan y terminan, ser ordenada con tus finanzas parece importante.
-Es una profesión muy inestable. Termina una temporada y no sabés qué viene después. Las chicas de la culpa, por suerte, estamos hace cinco años.
-¿Hace cuánto venís trabajando así, con trabajos que se van empalmando?
-Un montón. Por suerte tuve muchas seguidillas de laburos y, en general, terminaba una cosa y empezaba otra. También tuve algunos momentos de incertidumbre.
Por ejemplo, estuve tres años con Querido diario. Cuando tenés tu propio proyecto hay algo que depende de vos.
Pero también tiene la otra cara: “Depende de mí, lo tengo que hacer”. Por un lado: “Ah, depende de mí”. Y por el otro: “Me toca hacerlo, depende de mí, lo tengo que hacer”.
También podés llamar a un productor y decirle: “¿Esta obra te interesa?”. Pero, mientras tanto, yo siento que tengo que generar lo propio. Y después tiene que venir la gente. Se tienen que dar muchas variables: que el público te quiera ver. Eso me genera ansiedad, básicamente.
-Cuando les conté a mis amigas que iba a estar con vos, todas me dijeron que te quieren, que son muy fans tuyas. Les pregunté si había algo que quisieran preguntarte. Alguna dijo: “Por el padre”. Y yo dije: “No le voy a preguntar por el padre a Malena porque quiero hablar con Malena, no acerca de su padre”. Pero una amiga, que es muy graciosa, me dijo: “Bueno, está bien. No le preguntes por el padre, pero preguntale si es de Vélez. Lo que no podemos perder es la posibilidad de tener una fan de Vélez”.
-Soy de Vélez, orgullosamente. Hace bastante que no voy a la cancha, pero he ido mil veces. Tuve épocas más futboleras que otras. En el Mundial estaba re futbolera, obvio. Pero padecer el fútbol, con sufrimiento, es lo que no me dan ganas. Entonces, cuando no viene muy bien, digo: “No me gusta nada, no me gusta el fútbol, no me importa tanto”. Pero ahora estoy cada vez un poco más. Ahora que voy a tener más tiempo voy a volver a la cancha.
-¿Popular?
-No, voy a un palco. Está la sala de prensa Jorge Guinzburg y yo estoy como en mi casa.
