
Marcelo Larraquy: Aníbal Gordon encarnó la violencia de los años 70 y las zonas oscuras del poder
El escritor e historiador presenta “Gordon, el aniquilador” y reconstruye la historia de uno de los personajes más enigmáticos de los años setenta, entre la investigación histórica y la ficción

Hay personajes que, aunque ocuparon un lugar decisivo en la historia argentina, permanecen en los márgenes de la memoria colectiva. Aníbal Gordon es uno de ellos. Delincuente común, integrante de la Triple A, agente inorgánico de la SIDE y único civil al frente de un centro clandestino de detención durante la última dictadura, su historia reúne algunos de los episodios más oscuros y difíciles de comprender de los años setenta. En su nueva novela Gordon, el aniquilador, Marcelo Larraquy reconstruye ese recorrido con una investigación que combina el rigor histórico con los recursos de la ficción.
En esta edición de Conversaciones, Hugo Alconada Mon dialoga con Marcelo Larraquy sobre el origen de este libro, el ascenso de Gordon desde la delincuencia común hasta el aparato represivo del Estado y las disputas de poder que atravesaron a la Argentina de los años setenta. También reflexionan sobre la violencia política, el funcionamiento de la SIDE, el Plan Cóndor, el valor de la novela histórica como herramienta para comprender el pasado y las lecciones que esa etapa deja para el presente democrático.
—Vamos a arrancar a toda orquesta con un amigo, Marcelo Larraquy. Hola, ¿qué tal? Bienvenido.
—Muchas gracias. Es un verdadero placer.
—¿Te parece si, para los menores de cuarenta, presentamos a Aníbal Gordon, lamentablemente? Otra vez, Marcelo: vos, como editor de periodismo de investigación, editame si me equivoco. Aníbal Gordon fue el lugarteniente de la Secretaría de Inteligencia del Estado, la SIDE, en los centros clandestinos que funcionaron bajo su órbita: Bacacay, Automotores Orletti y Pomar. Su prontuario policial empezó en 1951, con un caso de defraudación, y rápidamente se fue poblando con otros delitos, como el robo a un Banco Nación. O sea, picante. También integró la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, que era la banda paraestatal de ultraderecha que respondía a José López Rega. Para cerrar la presentación: actuó como agente inorgánico de la SIDE, donde se lo conocía como el coronel Silva o el coronel Ezcurra, y fue responsable, entre otros, de los asesinatos de Silvio Frondizi y Rodolfo Ortega Peña, y también del secuestro de Guillermo Patricio Kelly, por el cual fue detenido y murió en prisión. ¿Correcto?
—Sí. A mí me interesó contar un libro sobre Gordon porque era un personaje que había pasado de manera muy lateral por la historia de los setenta. Muere apenas llega a prisión, en democracia, e incluso ni siquiera lo juzgan por los centros clandestinos que tuvo a cargo. La singularidad es que es el único civil a cargo de los ochocientos y pico de centros clandestinos de la dictadura. El único civil es Gordon.
—¿Todos los demás estaban en manos de militares o…?
—Sí: policías, Prefectura, Marina. Gordon era un delincuente al que se conoce en 1983 por el secuestro de Kelly y, de alguna manera, la dictadura lo marca como diciendo: “Bueno, estos son los excesos de los que hablamos. El hombre que cometía los excesos no tenía nada que ver con nosotros”, o relativamente. Yo creo que le hacen una emboscada con el secuestro de Kelly: le dan un secuestro por encargo y rápidamente la esposa de Kelly…
—Pisa el palito.
—Pisa el palito y rápidamente la esposa de Kelly da los nombres. Su nombre aparece por primera vez. Decía que tenía un taller mecánico para la lucha contra la subversión. Esa era la explicación que se daba. Pero los propios militares ya empiezan a dar el currículum de él para tapar lo que estaba pasando con Massera, Astiz…
—Que se lleve la marca.
—Claro, exactamente: que se lleve la marca. Lo detienen; se mantiene prófugo muy poco tiempo. En febrero de 1984 lo detienen y va a prisión. Es un personaje que, en el libro, es difícil de creer. Es poco conocido y, a la vez, difícil de creer.
—¿Por qué este libro y por qué ahora?
—Yo venía de Galimberti, de López Rega; hice libros de Bergoglio. Me parecía que Gordon ameritaba un libro porque era prácticamente un desconocido que había quedado como un flash en la memoria de los años setenta. Probablemente nunca se iba a volver a hablar de él, pero era muy mencionado dentro de las causas judiciales de Orletti. Era como una nebulosa: había un jefe que se llamaba Gordon.
Después, obviamente, había secuestrado también a Mariano Grondona en 1976 y lo lleva a Orletti, y también a Luis Brandoni. Tenía un posicionamiento político nacionalista, contrario al de Martínez de Hoz, y secuestraba figuras de la farándula para dar una explicación política. Quería charlar con ellos, explicarles quiénes eran. Pero el recorrido de él me parece que es el de un hombre que viene de un lugar de donde no viene nadie de los setenta: la delincuencia. Esa es la novedad.
—¿Cómo es que este hombre da ese salto de la delincuencia común a los crímenes políticos?
—Creo que él ve una oportunidad. Para marcar un poco el panorama: era del Bajo de San Isidro, del centro del casco histórico. Provenía de una familia, de un matrimonio, común. Tenía antecedentes por robo de autos porque había tenido una educación técnica. El padre trabajaba en el correo. Era un muchacho de clase media que trabajaba como mecánico en agencias de autos y que tuvo robos de autos en San Isidro a inicios de los cincuenta.
Después hay un silencio jurídico tremendo, que a mí me sorprende muchísimo. Por informaciones, entiendo que se dedica al contrabando, pero sin detenciones. Las detenciones saltan enseguida en el archivo. Él se va a Colón, provincia de Buenos Aires, y arma una fachada familiar: los hijos estudian ahí, la esposa saluda a los vecinos; es muy querido, muy amable, y lleva una avioneta al aeroclub. Es un hombre de cierto poder. Se asocia al aeroclub de Colón y ahí organiza el robo al banco de Bariloche, el Banco de Río Negro, que es el banco provincial: el robo más importante de la historia de la Patagonia. La fuga es cinematográfica porque se escapa en una avioneta.
Entonces aparece la confusión de la época, en 1971: si era un robo de la guerrilla, porque uno de los que lo acompañan deja una bandera argentina frente al gerente, como un acto patriótico, robar un banco, que era también la visión de la guerrilla. La diferencia es que la guerrilla se llevaba la bandera, como diciendo: “Ustedes no merecen tenerla; la bandera nos corresponde a nosotros”. Gordon tiene un raid impresionante de robos. La banda con la que se mueve es muy pesada. Mata a un policía porque le pide identificación y él ya estaba prófugo. Lo mata de una manera como mataba también la Triple A: con las manos atadas y el cuerpo tirado en un descampado, en octubre de 1971.
Ya tenía la expertise de esa violencia criminal que después va a utilizar la Triple A. Esto no es casual. Después cae en un pabellón de presos políticos porque, en uno de sus autos, tiene una granada. Entonces lo juzga el tribunal antisubversivo.
—En esa línea, en la página 17, ponés, hablando de Aníbal Gordon: “Es un perfecto simulador, un paciente y estudioso observador de la conducta humana”. Te invito a dar un paso previo: ¿quién fue Aníbal Gordon?
—Exactamente eso: un artista del robo y de la violencia. Donde ve el crimen, ve una oportunidad; una oportunidad para escalar en el poder, en el poder político que da la violencia. La violencia como herramienta para crecer después políticamente. Yo cuento mucho cómo era la violencia en La Plata entre los grupos que salen de la universidad. Empieza esa violencia en el grupo que yo llamo la Concentración, en La Plata, y Montoneros. Empieza como una pelea porque acá hay una capa que es la pelea entre la izquierda y la derecha del peronismo.
Es una capa de violencia que se da a partir del regreso de Perón. Los de la Concentración están del lado de Rucci para defender la doctrina; son realmente peronistas nacionalistas. Pero después llegan los pistoleros. Ya es directamente un crecimiento armado en agosto de 1974. Ahí lo empiezan a convocar a Gordon como alguien pesado para actuar y ya actúa como parte de la SIDE, con un alias, como capitán del Ejército.
-Página 81 de este libro: “Si se lee al revés, suena bizarro. El delincuente Gordon reclama apoyo a la sección Investigaciones de la Policía, que tres años antes lo perseguía por el robo al banco de Bariloche y otras tropelías. Ahora se ponían a sus órdenes”. A vos, todavía hoy, Marcelo, ¿te sorprende el nivel de locura colectiva que vivió este país?
—Bueno, sí. Es como la necesidad de un personaje así. La SIDE necesita a alguien que actúe operativamente de esa manera. Yo también cuento que se mete en el Concejo Deliberante de Quilmes, que va a hacer allanamientos y que después se mete en la pelea interna del peronismo, como más adelante se va a meter en el Plan Cóndor.
Obviamente sorprende porque es un caso poco estudiado. Nadie, desde la violencia del delito común, llegó a este tipo de violencia política. Vos podés tener un militante armado que atacó un cuartel en Formosa, o un militante de la derecha del peronismo que mató a tal o cual. Pero este no era un militante. La violencia le da la herramienta; el poder es su propia violencia. Además, no es la violencia de un marginal: es la violencia de un tipo que operaba de traje.
—Hay un momento, ya en plena dictadura, en el que se abren los centros clandestinos de detención bajo el control del Ejército, de la Marina y algunos de la Policía, y la SIDE decide tener uno propio. Son los tiempos de Otto Paladino al frente de la SIDE.
En la página 217 decís que el general Otto Paladino le dice a Aníbal Gordon que quiere que el inmueble donde están, que va a ser el centro clandestino de detención, “funcione al estilo del Mercado de Abasto: acopio y distribución de mercaderías, con estadías cortas, lo más cortas posibles” Así es como la SIDE tiene su propio centro clandestino de detención, Bacacay, como parte del Plan Cóndor y bajo el mando de Aníbal Gordon".
— Esta investigación de Bacacay es absolutamente nueva. Mucha gente que declaraba no sabía dónde había estado. Hacía una descripción que no coincidía con Orletti, pero daba a entender que era el mismo grupo de la SIDE porque eran los mismos apodos de Orletti. Esto se descubrió hace tres o cuatro años. La Justicia descubre que es la casa de la calle Bacacay, un inmueble que Gordon usurpa. Esto está directamente en la causa judicial. Dice: “No tenía dueño, no se sabe”. Se quedan dos meses ahí y pasan alrededor de treinta personas. Es una base del Plan Cóndor.
Yo planteo también como tema político y herramienta de poder el campo de concentración. Massera tiene la ESMA, Suárez Mason tiene Campo de Mayo, ¿y la SIDE cómo interroga?, ¿dónde interroga? Interrogatorio, tortura y conseguir delaciones para hacer caer las estructuras del enemigo, en el lenguaje de la represión. No tiene lugar. Gordon consigue uno y se lo entrega a la SIDE. Entonces van a buscar, como es una base del Plan Cóndor, a los uruguayos que tienen mucho dinero.
—Recordemos: el Plan Cóndor era el plan coordinado entre las dictaduras de Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay y Chile, donde se pasaban información y decían: “Mirá, este chileno que viene escapando de Pinochet me parece que está en Argentina; rastrealo”. O: “Este uruguayo que viene escapando de la dictadura de Bordaberry, fijate si no está dando vueltas por la provincia de Buenos Aires”. O al revés: “Un argentino me parece que cruzó a través de Entre Ríos; me parece que lo tienen guardado en Uruguay”. Esa coordinación entre grupos de tareas de los distintos países llevaba a esto. Ahí es donde juega ese rol la SIDE.
—Sí, ese es el rol de la SIDE, que va por encima de la Policía. Por eso digo que es un espacio de poder. La Policía Federal tenía su propio campo de concentración, que era Seguridad Federal.
—Donde estaba Villar.
—Donde estaba el comisario Villar, al que vuelan en noviembre de 1974. Queda a cargo el Departamento de Extranjeros. ¿Por qué? Porque ahí tienen fichados a todos los uruguayos y chilenos que entran y salen. Al general Prats, de Chile, lo matan como parte de esto; la propia Policía le da cobertura a un agente chileno.
Entonces, para disputar poder con la Policía Federal, que tenía su campo de concentración en lo que se conoce como “los tubos”, donde los guardaban —que ya venían del año 1971—, la SIDE arma una casa al lado de un colegio. En la esquina hay una cervecería, vecinos que barren la vereda y caminan. Yo hablé con gente que después estuvo en Orletti y con quien alquiló el lugar. Empezaron a llegar denuncias por ruidos y gritos. En un momento se produce un tiroteo entre la custodia de Orletti y la Policía porque, claro, no había un cartel que dijera “Centro clandestino Orletti”. En el caso de Orletti, la fachada era un negocio de importación y exportación.
—Claro: si no lo tenés coordinado como una zona liberada…
—Sí, pero tampoco lo podés coordinar mucho porque no podés hacerlo público. Tiene que entrar un auto y salir. Lo mismo ocurre con esta casa de la calle Bacacay, que es nueva. Creo que tiene un sótano de tortura y dos o tres habitaciones. Hacían asados; yo lo cuento en la novela. Los torturados cuentan: “Escuchábamos el timbre del colegio”. Esa es una cosa del terror cotidiano. El terror que no veíamos en la ESMA lo podíamos escuchar en un barrio.
—Vos venís del periodismo de investigación duro, por el cual has ganado múltiples premios, los Konex. ¿Por qué tomaste la decisión de, en vez de seguir el camino de la no ficción, incluso novelada —el recorrido de Truman Capote en A sangre fría o de Rodolfo Walsh en Operación Masacre—, jugar también con toques de ficción?
—Primero, tomé la literatura como una herramienta para contar cosas que la no ficción no te permite. En la no ficción tenés el dato duro, vas encadenando los datos, mostrando los conflictos y los personajes. Acá se trata más de la psicología del personaje. Por ahí tenés un hecho y después conducís hacia ese hecho a través de la ficción. Además están los diálogos, que, si bien son de ficción, tienen mucho respaldo en lo que investigué sobre los setenta. Obviamente, sé cómo hablaban, qué pensaban y qué decían. Para este libro también entrevisté a gente de la Concentración, gente que estuvo y que estuvo presa. La novela te da esa libertad y la única prueba es si resulta verosímil, si resulta claro.
—Es que por momentos es bizarro, pero es bizarro porque sabés que es posta. Ahora, otra pregunta de la cocina: ¿cómo hacés? ¿Te sentás, escribís quinta a fondo y después te ponés a editar, o vas capítulo por capítulo, puliéndolo para luego avanzar con el siguiente?
—Primero tengo la idea a partir de una escena. Me vienen escenas. Digo: “Bueno, quiero contar la Navidad de 1973 con Perón, Isabel y López Rega atrás; el árbol de Navidad; que haya un conjunto folclórico y un presentador que cuente los logros del peronismo”. A partir de ahí ya trabajo. Pongo todo y le hago el discurso al presentador; le invento un discurso con cosas que también leí. Hablo del corazón artificial, que era una cosa de la época, de las realizaciones del peronismo y del pan dulce que se entrega. De repente hay dos guardaespaldas que escuchan un sonido raro, como si fuera una bomba, y no saben de dónde viene.
En la cocina de la escritura, la bomba no sonó en ese momento, sino el día anterior. Entonces acomodás la escena con esa intriga, en la que sacan a Perón. Esto es lo único que voy a decir sobre ficción y no ficción. Ahí armo lo que es la presentación de 1973.
—Entre otros libros, escribiste la trilogía Marcados a fuego, De Perón a Montoneros y Los 70, más allá de lo de Bergoglio. Pero dejame mirar esto: Galimberti. De Perón a Susana, de Montoneros a la CIA; López Rega. El peronismo y la Triple A… tu archivo debe ser una cosita...
—Sí, tengo un archivo fuerte, incluso porque guardo los papeles. Muchos los he donado a universidades. A veces, en este libro, tenía papeles sueltos que no pensaba usar, pero aparece un detalle y después lo ponés en la novela. Por ejemplo, las ametralladoras Sterling.
—Que le da verosimilitud.
—Claro. Las ametralladoras Sterling y la Ingram: había una competencia entre una ametralladora inglesa y otra norteamericana. Son cosas importantes para la novela.
—¿Te das cuenta de lo que acabás de decir? Había una competencia en las calles argentinas entre el armamento inglés y el norteamericano, a ver cuál prevalecía. Como si fuera lo más normal: “Yo, en el baúl de mi auto, tengo una M16 o un Kalashnikov”.
—Para la novela tenés que tener eso. También saber, cuando hago una escena de cine, qué película daban en el cine de Quilmes, porque es una escena muy importante y eso tenía que ser real.
—Hay una escena que contás en la que está tomando mate. Es un tipo normal, que está tomando mate, y después agarra una Ithaca.
— Sí. Hay una parte en Bacacay donde los subordinados tienen secuestrados a sus propios jefes de la SIDE. De golpe viró la situación y se vuelven secuestrados. Les convidan mate y Gordon les hace un té. Ellos lo rechazan y él dice: “Bueno, está bien”.
—Ahora, Marcelo, te pido que demos un paso hacia atrás. Por los libros que has escrito: ¿por qué te has enfocado tanto en los setenta? ¿Qué hay ahí que hace que, aun cuando has escrito sobre otros períodos, vuelvas a los setenta?
—Yo hice la carrera de Historia en la UBA, que me dio mucha lectura, sistematicidad y materias hermosas: Historia Medieval, Moderna… Pero Argentina III llegaba hasta 1955. No había más bibliografía; se acababa la historia. Un día me toca hacer una nota sobre Galimberti trabajando en la revista Noticias y ahí se abre un mundo para mí.
Si bien había trabajado en Maldita Policía, cosas de Yabrán, el caso Coppola —las investigaciones fuertes de la época, en los noventa—, yo, de alguna manera, entendí los noventa a través de Galimberti. Para entender a Galimberti en los noventa tenía que comprender quién había sido en los setenta. Yo empecé a hacer tapas sobre Galimberti.
Después dije: “Los setenta son mucho más que Galimberti; son la historia argentina viva, un pasado por descubrir y abrir”. Cuando ibas a entrevistar gente en los noventa, te decían: “No, yo fui montonero”, con una sonrisa picarona. ¿Qué montonero fuiste? ¿Hasta dónde fuiste montonero? Era como una moda callada. No se hablaba de eso y había muy poca bibliografía. Entonces dije: “Este es mi territorio”, porque empecé a leer muchísimo, realmente a leer e investigar.
Encontré el pasado reciente, el pasado trágico, la memoria de nuestro país. Después apareció más bibliografía, escribí sobre los setenta y ya es como mi calle: la calle de mi trabajo.
—En esa línea, y ya entrando en la recta final, en la página 167, abordás “un suceso que cambia radicalmente el escenario político”: el ataque de Montoneros al Regimiento 29 de Infantería, en Formosa, en octubre de 1976, con veintisiete muertos. Decís que resulta “un paso decisivo para el golpe de Estado” y marcás que “ni el diablo ni los mil demonios entienden por qué cuanto peor, mejor”. Ahora te lo pregunto a vos: ¿cómo se explica?
—Este es el ataque de Montoneros que habilita el golpe, porque al día siguiente se firma el decreto de aniquilación, que justamente es el sentido del libro.
—Exactamente, el que le permite…
—Claro. La aniquilación es un concepto político de las Fuerzas Armadas para decir: “En este país hay que aniquilar a la subversión y, en realidad, a todo aquel disidente”, porque no es selectivo. Gordon encarna el oficio de aniquilador; yo cuento cómo es su oficio.
Montoneros ataca por primera vez al Ejército en Formosa. Ya se había ido del peronismo, o se había empezado a separar con Rucci, cuando mata a Rucci. Después, este ataque es abrir la puerta para que venga el enemigo, para que dé el golpe de Estado. En ese momento Luder es quien firma el decreto. Sin embargo, yo también cuento el 28 de agosto, la fecha en la que Isabel elige a Videla como jefe del Ejército. Frente al otro grupo de militares peronistas, elige al jefe liberal y profesional, que supuestamente viene a ordenar. Esto todavía es una intriga de la historia: ¿por qué le dan el mando militar a Videla, aun con el apoyo de algunos peronistas? No de Lorenzo Miguel, que se opone, porque el último enemigo del Ejército, de las Fuerzas Armadas, va a ser el sindicalismo encarnado en Lorenzo Miguel.
Lorenzo e Isabel. Isabel nunca entrega el poder, y esto es muy valorable en ella. Le pedían la renuncia porque el país era un desastre, pero aguanta firme hasta el final y va presa. Yo digo que Isabel es la primera víctima de la dictadura: va secuestrada. Este libro muestra a Gordon, pero también cómo se abre, como una flor, el golpe de Estado; y por qué Gordon, después del golpe, pide participar en la SIDE y ocupar un lugar de importancia que al principio la SIDE no le da. Él toma el campo de concentración y se pone en un nivel de represión equivalente al de Suárez Mason o Massera, aunque en un lugar mucho más chico.
—¿Qué podemos aprender de los setenta?
—Muchas cosas. Primero, que reparar la violencia lleva muchísimo tiempo. Los traumas que deja la violencia, ese tipo de reparación jurídica, personal y social, son tremendos. Después, entender que la violencia dejó un país en crisis de una manera inimaginable. Este país era muchísimo mejor antes de la dictadura que después de ella. Prácticamente no pudo salir de la debacle económica que produjeron las Fuerzas Armadas.
Toda esta idea de que el capital financiero debe estar por encima de la producción, o de que va a dar mejores negocios que la producción, es para una élite. Acá hay tres focos de conflicto que confluyen en los setenta. Uno es la interna peronista, entre derecha e izquierda: una interna doméstica que Perón no puede encauzar. Otro es el conflicto que se da en el país en el marco de la Guerra Fría: la idea de que en la Argentina está el marxismo internacional y que Estados Unidos viene a protegernos de eso. Es otro bloque de conflicto que se da en el Plan Cóndor.
También hay una toma del poder por parte de lo que en los sesenta se llamaba el Partido Militar, que era bastante naíf comparado con lo que vienen a ser las Fuerzas Armadas de Videla. Estas llegan con un plan criminal y con una élite económica que dice: “La producción no va más, el Estado de bienestar no va más; vamos a hacer plata con el capital financiero”. Eso provoca el desmantelamiento de la producción, el crecimiento de la deuda externa y un país que nace despavorido con la democracia.
Alfonsín trata de hacer lo que puede y su último objetivo es mantenerla. Creo que la democracia tiene que seguir siendo un valor; el diálogo político tiene que seguir siendo un valor. Hay que terminar con ese lenguaje de los setenta: “Zurdos”, “bolches”, “te vamos a correr”, porque es un lenguaje setentista. Hay que volver a la convivencia democrática y apostar al desarrollo social, porque este es un país rico que tiene que volver a prosperar económicamente.
—Voy a cerrar con esto, que es una pregunta. En la página 110, decís: “Un país puede vivir en estado de conmoción y naturalizarlo, procesarlo, adaptarse a la nueva economía, a las costumbres más miserables y decadentes. El delirio es más difícil de tolerar. Un país con fábricas paralizadas, suba de precios desatada y la Presidente —por Isabelita—, encerrada, produce asfixia. El sol no es verde por más que el Brujo —por López Rega— diga que lo está viendo verde”. Mi pregunta es: ¿tenemos tendencia a convocar líderes delirantes? ¿El poder lleva al delirio?
—Claro, ¿cómo explicás a López Rega? Así como trabajé su biografía, también busco cómo gente que viene desde los márgenes llega a tener semejante poder. Los casos de Gordon y López Rega son muy parecidos. Pero López Rega viene del riñón de Perón y Gordon viene de la marginalidad de la delincuencia común. López Rega se para dentro del Estado y Gordon, en las cloacas del Estado.
Cuando muere Perón, todos le dicen que sí a López Rega. Hay una revista política, en especial, que lo designa “el hombre del año” a fines de 1974. Se pone por encima de las Fuerzas Armadas, de la comunicación, de la censura; es el hombre poderoso. El peronismo dice: “Bueno, está con Isabel, ¿qué podemos hacer?”. Pero hace la tarea sucia: le dejan hacerla con la Triple A y, cuando ya no sirve más, dicen: “Bueno, afuera”. Así, las Fuerzas Armadas van escalando en 1975 hasta tomar el poder, facilitadas también por este hecho de Montoneros y por su idea de enfrentar militarmente a las Fuerzas Armadas: aparato militar contra aparato militar. También es un delirio; el delirio de una cúpula encerrada que dice: “Vamos a dar el golpe maestro, como lo hicimos con Aramburu”. También había un grupo de poder delirante. Pero a veces el delirio no se ve porque es tan cercano y cotidiano que se va haciendo en la propia piel.
—Marcelo Larraquy, con Gordon, el aniquilador. Ha sido un gusto conversar con vos, escucharte y leerte. Muchas gracias por venir.
—Gracias, Hugo.
