
Noelia Pace, la médium que asegura comunicarse con los muertos y llena teatros en todo el mundo
La vidente y tanatóloga contó cómo fueron sus primeras experiencias durante la infancia, explicó de qué manera asegura recibir mensajes de quienes ya no están y recordó los casos que más la marcaron; además, reflexionó sobre el duelo, los riesgos de su práctica y la necesidad de encontrar respuestas frente a una pérdida
Hay conversaciones que empiezan desde la certeza y otras que necesitan partir de una pregunta. Frente a Noelia Pace, médium, vidente y tanatóloga, la propuesta fue la segunda: sentarse con la mente abierta, una cuota de escepticismo y muchas preguntas sobre un territorio que, para buena parte de las personas, sigue siendo tan desconocido como intrigante.
Pace asegura que comenzó a ver y comunicarse con personas fallecidas cuando tenía seis años. Desde entonces, construyó su vida alrededor de una convicción que atraviesa toda su mirada: “La muerte no es el fin, es transformación”. Habla de almas, energía y conexiones entre distintos planos, pero también del duelo y de quienes buscan respuestas después de una pérdida. Su trabajo, sostiene, consiste precisamente en ocupar ese lugar intermedio: “Médium significa eso: mediar”.
En esta nueva edición de Conversaciones, Noelia recorre su historia desde aquellas primeras experiencias en la infancia hasta las sesiones que hoy lleva a teatros con cientos de personas. Cuenta los casos que más la marcaron, explica cómo dice recibir los mensajes y cuáles considera que son los límites de su práctica.
-Primero quiero saber, para los que no conocemos tanto el tema o que lo único que vimos fue la película Sexto sentido, ¿qué es ser médium?
-Ser médium para mí es maravilloso porque es poder unir planos, hacer que la gente entienda que la muerte no les quitó nada, permitirle a un alma manifestarse de manera clara frente a quien queda aquí, muchas veces con ese duelo partido, con esa sensación de abandono. También permitirles a los que están aquí poder terminar de decir todo aquello que nos queda atragantado cuando alguien muere.
Y, si lo miro desde el lado de la terapia intensiva o los cuidados paliativos, muchas veces hay personas que atraviesan el proceso hasta la muerte y no pueden hablar, y hay un montón de cosas por decir. Yo soy ese médium que les permite terminar de comunicarse.
-¿Médium significa mediar?
-Sí. Es quien transmite, quien conecta planos. También me permite, desde la evidencia, que fue lo primero que desarrollé frente a la mediumnidad ya a mis seis años, es esta posibilidad de ver qué pasó con ese ser y, en mi caso, con los años, incorporar el escucharlos, sentirlos, olerlos, incorporarlos, verlos. Eso permite una transmisión más clara y le da confirmación al mensaje, tranquilidad a quienes están aquí y, yo digo, evoluciona las almas.
-Todo esto que me contás parte de una creencia principal: la muerte no es el fin. Hay algo después de la muerte.
-Hay todo.
-¿Qué es ese “todo”?
-Hay todo. El ser humano se limita a este cuerpo físico, y lleva siete en total, se limita a lo que puede ver y tocar y, a la vez, necesita creer en algo desesperadamente. Utiliza el escepticismo y el miedo como prevención. Todos lo tenemos.
Pero hay algo que el ser humano es, y que la gente no termina de entender todavía, a pesar de que con los años se ha hablado más: es energía. El ser humano es energía. Ocupa este plano terrenal, este cuerpo físico, esta materia, para que esa energía pueda generar este proceso llamado vida.
Ahora bien, ¿qué nos pasa frente a esa muerte, frente a ese fin? Cuando voy a mis inicios, tengo que agradecer una familia donde me enseñaron que la muerte no era el fin.
-¿Estás hablando de la familia en la que naciste?
-En realidad eran los Pace, los Drogo, que eran de parte de mi abuela materna, y los Díaz, de parte de mi abuelo materno. Era una composición donde mitad italianos, mitad españoles vivían los duelos de diferentes maneras, pero intensamente, con un ADN del duelo que te lo transmitían. Por ejemplo, estar de luto: había que estar de luto.
Y mi nona, de Calabria, dominaba el ritual de la muerte a la perfección y, sobre todo, lo transmitía. Esto de no tener miedo, de preparar al muerto, de preparar el espacio, de honrar ese cuerpo. Entonces, para nosotros, la muerte era unirnos. No era salir corriendo porque algo estaba mal.
Ahí comienza también esto de transmitirle a la gente que no hay abandono, que no hay ausencia. Y cuando me preguntan qué hay después de la muerte, hay más, porque energéticamente estamos liberados de este cuerpo que muchas veces creemos que nos transporta, que nos permite todo, pero que también nos encarcela.
-Y algún día nos traiciona y se apaga…
-No sé si nos traiciona. Creo que dice: “Bueno, hasta acá llegaste”. Tenés ventaja, podés seguir. Y eso es lo que permite esa otra vida después de la muerte. Muerte que vivimos a diario y no nos damos cuenta.
-¿Por ejemplo?
-Vos te vas a dormir hoy a la noche. ¿Tenés certeza de que mañana te despertás?
-Ninguna. Y me angustia.
-No te preocupes, viví plena. Porque el punto es este: lo que vos estás viviendo hoy ya pasó. Energéticamente, tu doble cuántico está viviendo otras vidas a otras velocidades.
-¿Mi doble cuántico, que es otra Carola Gil?
-Es otra Carola en energía superior que ya tiene esto resuelto, armado, divino. Esto ocurre porque tenía que ocurrir y vos ya estás programando otra cosa. Vamos a llamarle futuro, aunque para lo cuántico es el ahora: no es ni pasado ni futuro.
Pero lo más importante es entender que esta energía, que nos permite en este plano terrenal ocupar un cuerpo físico, nos permite desarrollarnos y evolucionar. Somos una conciencia superior. El alma todo lo puede, todo lo ve, todo lo lleva adelante y te permite que vos hagas esta experiencia.
-Entonces ya partimos de dos supuestos: que la muerte no es el fin...
-Es transformación.
-Y que hay algo que se llama alma.
-Alma que tenemos todos, pero que en cuerpo físico la llamamos espíritu, porque para activar la materia necesitamos respirar. Cada inspiración y cada exhalación hacen que las células se activen y el alma se aloja en los microtúbulos de las células cerebrales. Todo es en expansión.
-¿Qué quiere decir que todo es en expansión?
-Nosotros vivimos bajo una conciencia limitada. Acá y ahora vos te levantás, sabés lo que tenés que hacer, el horario que tenés que cumplir… Me gusta, me fascina hablar con los médiums, pero todavía dudo. Me quedo ahí y miro. Está todo armadito en mi cabeza, limitado, correcto, como tiene que ser ante la sociedad. Pero hay una Carola distinta, con expansión, con esa conciencia amplificada que está en la conversación acá y, a la vez, está resolviendo mil temas, está súper intuitiva, quiere conectar con los suyos y necesita saber cómo están. Esa es tu alma.
Ahora, cuando estamos en plano terrenal, respiramos. El alma activa esta materia y otros cuerpos (energético, emocional, mental) que permiten esta actividad llamada vida. En realidad, no venimos a vivir: venimos a recordar, a tener otra experiencia más donde el alma te dice: “Che, ¿y si esta la hacés mejor?”
-¿En una próxima oportunidad o en esta misma?
-En esta misma. ¿Te ha pasado tener déjà vu?
-Sí, muchas veces.
-Esta es tu alma. Y eso es cuando tu conciencia, alma pura, está en expansión, haciendo una mirada como de 360 grados, y vos sos la que decide cómo querés vivir esto ahora.
-Una que sabe más que yo, evidentemente. Tiene menos prejuicios.
-Exacto, pero te está probando. Hasta cuándo te vas a mantener en esos prejuicios y hasta cuándo te vas a limitar.
-Lo que me decís del déjà vu es muy básico. A vos te sucedió algo mucho más fuerte y a una edad mucho más temprana. ¿Nos podés contar cómo fue?
-Lo único que hice fue contárselo a mi mamá.
-¿Pero qué pasó en ese momento?
-Yo estaba en mi habitación. Tenía seis años. Miraba y veía a un hombre parado ahí que me hablaba. Me quería mostrar cosas, me pasaba imágenes como si estuviera mirando la televisión. Era una mezcla de: “Tengo miedo, ¿esto qué es?”, pero también: “Dame más, yo quiero saber”. Empezó a darme toda la información que necesitaba.
Me levanto, le digo a mi mamá que había un hombre y mi mamá me decía: “No hay nadie”. “Sí, hay un hombre que dice así...”. Yo le expliqué todo lo que me decía y lo que me dejaba ver. Lo veía como un hombre común y corriente parado ahí.
Cuando termino de hablar, mi mamá me escuchó muy atenta, me miró firme, como diciendo: “No jodas con esto”. Pasaron unos días y cae mi abuela Lucrecia, la madre de ella.
-¿Esta era la nona de la que me hablaste?
-Esta era la hija de la nona. Se sienta, vuelve a preguntarme, me muestran fotos y me dicen: “¿A quién viste?”. Y les digo: “A este”. Mi mamá me dice: “Es mi hermano, el que murió antes de que vos nacieras”.
-Un tío.
-Un tío. Ahí mi mamá empezó a tomar cartas en el asunto. Primero me llevó a todos los médicos especialistas que te puedas imaginar.
-¿Se asustó un poco?
-Yo creo que se asustó, pero que a la vez algo le atrapó. Después me llevó a todo curandero que te puedas imaginar, espiritista... hasta que resolvieron. Esto llevó unos cuantos años. Mi papá, imposible. Él no quería saber nada. Negado, hombre de campo, que creía en la Llorona, pero que no le vengan a hablar de que la piba hablaba con un muerto. Pero mamá acompañó.
Y mi médico de cabecera, el doctor Tabaco, de Lanús, ahí donde me crié, hizo todos los estudios y le dijo: “Nora, no tiene nada. Está bien”. Y mientras él le decía eso, yo, sentadita arriba de la camilla, le empecé a dar un mensaje de su madre. En medio de eso recuerdo que le dijo: “Bueno, mirá, Nora, si vos no la querés, me la quedo yo, porque está bien”.
A partir de ahí fue que mamá relajó y empezó la otra etapa: “¿Qué hago con esta piba?”. Así que nos escapábamos juntas para ir a mesas de espiritismo.
-¿Cómo encontraba tu madre por dónde empezar?
-Mi mamá era una mujer... Es un ser elevado. Una mujer, en plano terrenal, sumamente inteligente. Sagitariana, accionaba rápido, no perdía tiempo en absoluto y enseguida resolvía. Entonces buscaba y nos íbamos a encuentros espiritistas, que a papá obviamente no le contábamos. Pero fue maravilloso.
-¿Y qué mundo se abrió para vos?
-Un mundo difícil. Un mundo de pruebas, un mundo donde la gente te señala. Ahí sí mi mamá me preservó mucho. Imaginate: escuela de monjas.
-Claro. Partimos de algo que para el cristianismo, el catolicismo, no está bien.
-Una Noelia muy centrada, muy cerrada, muy introspectiva, pero que también sabía lo que quería a pesar de tener poca edad. Y ahí comenzó esto hasta los 12 años, cuando me sientan directamente en una mesa de espiritismo con otros espiritistas y otros médiums. Porque no todos los espiritistas son médiums ni todos los médiums son espiritistas.
-¿Cuál es la diferencia?
-El médium es el que transmite y el espiritista hace de soporte. Es una creencia, una forma de vida también. Acompañan con rezos, con oraciones, con lo energético.
-El médium recibe el mensaje y lo transmite. ¿Es como un canal?
-Exacto. Ellos hacen como de contención. Y a los 16 llega a mi vida quien es mi madre espiritual, como digo yo, que es Valentina, una señora ucraniana. La primera vez que me ve, me habla en ucraniano. Yo le contesto en castellano. Mi papá casi se infarta. Ella le decía que yo era de ella y él le decía: “No, pero es mi hija”. Entonces ella le explicaba como podía, en su castellano medio raro. Y fue la que me ayudó a poder ordenarme energéticamente.
-¿Esto te angustiaba? ¿Al principio lo sentías como un don o una maldición?
-Al principio era una mezcla rara. Era entre “esto me gusta” y “me da miedo”. No sé hasta dónde puedo hablar, quién me va a creer. De por sí era bastante solitaria. Entonces no era tan fácil decirle a alguien: “Hablo con muertos” o “Estoy viendo lo que te pasa”.
Así que ella fue la que ordenó más esa parte. Me explicó cómo manejarme, cómo cuidarme, cómo transmitir en el momento justo, cómo no avanzar si alguien no está preparado. Pero también que nosotros nos debemos a las almas. Mi trabajo es con ellos. Cuando un alma necesita transmitir, yo paro lo que tengo que hacer y transmito.
-Es decir, tu obligación es con los del otro lado.
-Y con los que estamos en este plano también. Pero si el alma necesita transmitir, yo dejo todo.
-Esta comunicación, este mensaje, ¿es algo que llega? ¿Es algo que vos buscás? ¿Es algo para lo que te tenés que preparar en un estado anímico o espiritual especial? ¿Cómo sucede?
-Esto llega. Se empieza a adoctrinar. No se estudia en cursos de tres meses. Se lo pido por favor a la gente: tengan cuidado. Tené en cuenta que cada vez que yo estoy en conexión, ese minuto hay un stand by en todo mi organismo. El cuerpo físico queda como frenado.
-¿Y eso lo generás o te sucede?
-Durante muchos años sucedía y después empecé a ordenarlo. Ahora yo permito cuándo y cuándo no, excepto que sea algo extremo. Cuando a mí me llaman por búsqueda de personas, ahí activo, trabajo. Es el momento en que me meto como en mi cápsula y tengo que buscar y ver qué información dan para que esa alma o espíritu, de acuerdo con si está muerto o vivo, transmita dónde está, qué pasó, cómo pasó todo.
-¿Y ahí, por ejemplo, te encerrás en silencio?
-Si es inmediato, yo me aíslo. Puedo estar sentada, vos me podés estar viendo tranquila, tomando un café, y ya no estoy ahí. Pero, si es posible, mucho mejor en un espacio de tranquilidad, silencioso, energéticamente preparado.
-Entonces, hoy por hoy, en tu vida como médium, es algo que podés buscar y activar a voluntad, salvo estos mensajes que llegan. Y en un momento dijiste algo interesante e importante: “Esto no se estudia. Cuidado”. ¿Cuidado con qué?
-Porque, como de costumbre, hay cosas que se van abriendo. Imaginate: en el año 86, cuando yo empiezo, hasta el 92, el espiritismo era algo oculto. Poca gente tenía el manejo de lo que era. No se mencionaba mucho que las criaturas estaban involucradas; siempre se relacionaba con la gente grande. Era una época en donde, de hecho, el ocultismo le daba mayor importancia. Así que era todo muy cuidado y cerrado.
Con el correr de los años, las terapias transpersonales, la forma distinta de ver el mundo y la apertura de lo espiritual... En ese caso, yo considero que espirituales somos desde el momento en que el alma decide llegar al plano terrenal y hay una gestación. Ahí comienza tu camino espiritual. No sos más espiritual porque hoy hagas yoga y mañana reiki.
Pero el ser humano tuvo como un despertar entre los años 2000 y 2010, que fue un boom en Occidente. Era como: “Ay, tenemos que ser espirituales, elevados y recibir mensajes”. Y esto viene de mucho más atrás, de antes de que nosotros llegáramos aquí. Estamos mucho más conectados, pero a veces estamos más desconectados que antes.
Ahí es donde empiezan a aparecer estos cursos intensivos: “Te enseño a ser médium en tres meses”. Y el riesgo es que te podés quedar muerta en medio de una sesión si no sabés abrir, contener y cerrar un portal.
-¿Cuál sería el riesgo de dejar un portal abierto?
-Filtraciones energéticas que después generan determinadas cuestiones en el ser humano. No por nada la mesa de espiritismo, si nosotros nos vamos, por ejemplo, a la mesa redonda, era todos sentaditos, agarraditos de la mano. Bajamos información, contenemos el espacio. No se hacía en cualquier lado.
Para poder hacerlo en cualquier lado, vas a tener que respetar códigos de trabajo energético y esotérico, que es lo que no se cuenta. Ahora, todos los seres humanos, por el solo hecho de ser energía, conectamos.
Seguramente vos habrás tenido alguna muerte que te atravesó más. Y hay momentos en que decís: “Yo siento que va conmigo, siento que me acompaña”. ¿O a quién no le ha pasado pensar en ese ser que físicamente no está y decir: “Uy, hoy me dirías tal cosa”? Eso es conexión natural. Porque eso es energía.
Te debe pasar que hay personas con las que te topás y decís: “Qué energía rara, no me gusta”. Y otras que decís: “Qué bueno, me gusta estar al lado de esta persona, me eleva”. Eso es energía, eso es conexión.
Ahora, para poder transmitir acerca de alguien hay que tener mucho cuidado, porque la transmisión del alma tiene que ser limpia. El mensaje tiene que ser esclarecedor y, sobre todas las cosas, darle evolución a esa alma y a quien te vino a consultar.
-¿La idea de este mensaje es dar un cierre a algo?
-A veces un cierre, otras veces poder dar calma, liberar a quien quedó acá. Por ejemplo, cuando vienen las madres y los padres por muertes, accidentes, muertes trágicas o enfermedades que duraron mucho tiempo. Vos te preparás, pero siempre hay un punto en donde ese ser deja de existir. Yo digo que se te quemaron todos los papeles, todos los apuntes que tomaste.
Entonces esa familia necesita, a veces, un mensaje claro, saber cómo murió porque no lo saben, e incluso poder ayudar en una causa.
-¿Vos podés acceder a esa información?
-Me han pasado casos en los que han venido y, con la información, después pudieron reconstruir y encontraron que así era, y dar claridad a ese acto, a ese hecho.
Pero también hay que saber contener, porque muchas veces la persona queda anclada en el duelo, en ese proceso y en lo que vivió, sin permitirse entender que la vida continúa y que esa alma continúa estando. Entonces hay que ser muy claro, muy conciso en el mensaje. No se puede decir a la deriva la típica: “Ay, tu papá está bien. Te quiere un montón”.
La típica que decimos todos en un velorio: “Tranquila, te quiso bien. No llores, está bien”. Noelia te diría todo lo contrario. Te diría: “Llorá, descargate, porque es el proceso de duelo. Y después vemos si está todo bien”. Porque puede no estarlo, pero no porque esté mal. Simplemente porque el tiempo del alma es uno y el tiempo de quienes estamos aquí, como espíritu, es otro.
-Si partimos de la base de que hay seres humanos buenos y seres humanos malos, ¿también hay almas buenas y almas malas? ¿Y las almas malas tienen algún poder de daño?
-Hay almas evolucionadas e involucionadas. Almas de alto astral y almas de bajo astral. Todo lo que sea bajo astral, involucionado, causa malestar en el campo energético de quienes quedaron aquí y de los espacios. Y eso tiene que ver con que esa alma necesita liberarse para poder evolucionar o necesita transitar ese proceso de bajo astral.
-¿Y, en cuanto a las repercusiones que pueden tener en este plano, son simplemente energéticas?
-Las repercusiones son energéticas. Lo que hacen es generar en los campos energéticos, tanto del ser humano como del espacio, inestabilidad. Por ejemplo, ¿es cierto que hay casas que manifiestan hechos paranormales y que se tornan imposibles de habitar? Sí, es cierto.
Hay que distinguir por qué. Algunas veces esas almas se tornan guardianes del espacio y consideran que es suyo. Entonces es tanto el choque energético que no podés vivir ahí. En otras suceden cosas, como en todos lados: algunos perciben, otros no, pero no nos generan ningún tipo de malestar. Y otras sabemos que están, pero sentimos que son nuestro reparo, nuestro seguro. Eso ocurre en la mayoría de las casas.
Ayer estuve en una sesión abierta en un teatro, en Lomas de Zamora, y recuerdo que un muchacho me dice: “Puse una cámara, Noelia, porque lo que me pasaba no había cómo contarlo”. Y lo registró: cómo se caían las cosas de la nada, estando todo en orden, sin que nada pudiera moverlas.
Ahora, ¿eso está mal para nosotros? No. Cohabitamos con almas. En este espacio donde estamos es incalculable. Estamos rodeados, siempre estamos rodeados. Caminás por la calle y estamos rodeados. Estamos viviendo distintas dimensiones constantemente, distintas existencias. Mientras estamos aquí, estamos viviendo otras existencias.
Somos tan superiores que yo digo que nos traen a este plano terrenal para que entendamos que la vida no va solo por lo material o por poseer. Es mucho más que eso.
-¿Ese es uno de los aprendizajes que deberíamos llevarnos de nuestro paso por este plano?
-Para qué hacés lo que hacés.
-Bien. Mientras te escuchaba, mucho de lo que vos contabas, nosotros, los que tocamos de oído y hacemos preguntas, lo vimos un poco retratado en Hollywood. Dijiste casas y pensé en Poltergeist. Estamos rodeados de almas y, obviamente, pensé en el chiquito de Sexto sentido que decía: “Veo gente muerta”. Después hablaste de los riesgos y pensé en El exorcista, y jugar a un juego que no es un juego. Pensé en la tabla Ouija. El conjuro es más moderno. ¿Cuánto hay de real en la ciencia ficción?
-Un 50% es totalmente real. El resto, por ahí, está un poco más exacerbado. Las cosas que suceden a nivel esotérico sucedieron siempre. Que hay objetos con cargas energéticas superiores y negativas.
En el esoterismo se utilizan muchas veces elementos que portan determinada carga y se puede trabajar para elevar a una persona o para destruirla. Hablamos de diferentes estilos de magia.
Lo que pasa es que para la gente es un juego. La gente cree que magia es agarrar, poner en el congelador y congelar a alguien. No. Hay un trasfondo más importante. Y hay un trasfondo que nadie dice: vos podés hacer magia sentado, solo con tu conciencia. No necesitás mover un alfiler. Ahora, todo ese poderío energético es el alma.
-Y en tu historia debés tener 200 millones de anécdotas. Pero siempre hay experiencias que a uno lo marcan profundamente. ¿Cuál sería una de esas que a vos te marcó?
-No solamente me marcó, sino que me pegó al revés en un momento en que dudé.
-¿Qué pasó?
-Porque estaba en el consultorio que tenía en la calle Montevideo, acá en Capital. En realidad fueron dos experiencias, pero hubo una que me atravesó completa, que me desestabilizó.
Yo estaba atendiendo. Ingresa una pareja que había pedido un turno. Normalmente, en ese momento, lo único que pedía era un número de teléfono y un nombre de pila. Nada más. No me digas ni para qué ni por cuánto.
Ingresa esta señora con el señor que la acompañaba. Me siento en el escritorio y le digo: “Discúlpeme, pero déjeme hablar”. Y empecé a transmitir. Era cómo lo habían matado, cómo lo habían quemado después de matarlo, cuál era el lugar, qué había pasado, cuáles eran sus heridas. Hablaba y hablaba, y lo único que registraba cada tanto era la imagen de la señora llorando.
Yo no podía parar. Cambiaba mi voz, mi incomodidad, el dolor en el cuerpo. Cuando termino, la señora saca un expediente y lo pone arriba del escritorio. Abre la parte donde estaba la pericia forense y me dice: “Noelia, lo describiste como si hubieses hecho esto”.
Él, en la transmisión, me permitió detectar a dos personas que después, con el correr de los años, me enteré de que pudieron dar con ellas. Había sido un caso policial en la zona de Burzaco. Uno de tantos casos policiales de los que nadie se entera.
Para esta madre fue aliviador poder saber más, porque era todo como que la culpa era de su hijo y medio que se escondía la situación. Y ese día a la mañana, antes de empezar a atender, yo le había comentado a mi marido: “¿Será valedero todo esto? ¿Valdrá la pena tanto sacrificio? ¿Estaré haciendo las cosas bien desde este lugar?”. Bueno, me fui a trabajar y, después de esa sesión, me senté a llorar un rato largo. Y dije: “Bueno, si confiaste en mí para darle tranquilidad a tu madre y que puedan saber la verdad, quiere decir que no estoy tan mal”.
-¿Y eso confirmó que esta era tu tarea en este plano, que viniste a hacer esto?
-Y después muchos más. ¿Sabés que cada vez que tengo ese momento en el que se mete el escepticismo, que nos pasa a todos, siempre viene alguien? Siempre llega alguien a confirmar.
-¿Y en algún momento, en algún caso que te haya tocado, tuviste que decir: “No, esto no puedo”?
-No, pero hubo un momento en que me descompuse y tuve que parar la sesión. Fue el caso de una chiquita con la que conectaba y me mostró cómo la violaron. Llegó un momento en que tuve que cortar la sesión porque interfería Noelia como mamá con lo que veía, lo que sentía, lo que me dejaba ver, qué había pasado, cómo había pasado. Era mucho.
La nena tenía unos rasgos muy similares a mi hija en ese momento y una edad muy parecida. Llegó un momento en que no pude. Entonces tuve que parar, volver a centrarme y después sí.
-¿Y hacés algo vos con todo eso? Supongo que debés quedar, no sé si “cargada” es la palabra, o afectada. ¿Hay que limpiar algo después de una sesión?
-Antes, durante y después. Yo hago trabajos muy internos, algunos de meditación, otros a nivel esotérico, otros que llevan mucha más explicación y que tienen que ver con... No sería bloquear, sino, para que me entiendas, es como una coraza de protección donde yo hago entender a mi ser que corro mi alma, mi cuerpo queda a disposición para la transmisión y no interfiero.
Y el acuerdo, a mis 16 años, en un ritual muy especial que hizo mi madre espiritual, entre quienes acordamos, entre los superiores y los de aquí, es que el día que mi materia se vea dañada por estas conexiones y yo no pueda tener una vida plena, será el momento de retirarme.
-¿Y cómo sabrías que eso sucedió? ¿Conocés gente a la que le haya pasado?
-Mi madre espiritual. Llegó un punto en que lo hizo durante un tiempo.
-¿Ya no trabaja?
-Sí, continúa con su trabajo espiritual y demás. Pero hay determinadas cosas que ya no hace. Es una preservación.
-Y también tenés muchas presentaciones en teatros. Hace un rato, antes de que empezáramos, me contabas que te vas de gira, que incluso te espera España.
-Sí.
-Yo dije: “Fue casi un milagro encontrarte”. México también para el Día de los Muertos, me habías contado. Me imagino que en una sesión espiritual más ortodoxa están dadas todas las condiciones para que vos puedas recibir estos mensajes. ¿Qué pasa en un teatro, con gente, luces, aplausos?
-Para mí es gente y alma. Me da igual que estén todos sentados acá o un teatro con las butacas llenas.
Cuando decidí llevar esto al teatro fue en plena pandemia. Estaba sentada en la cama tomando mate y le dije a mi marido: “Voy a sacar el consultorio al teatro”. Me miró y me dijo: “¿Ahora?”. “Sí, porque la gente tiene que saber que puede conectarse. No se puede estar muriendo la gente y otra muriendo de angustia porque no sabe”. Me dijo: “Bueno, Noelia, si vos querés”, me pasó el mate y yo seguí craneando.
Lo llevé al primer teatro, el Teatro Victoria, en Mar del Plata. El dueño del teatro, que era el productor, me dice: “Yo no entiendo nada de esto, pero acá tenés la sala”. Y pasamos de 50 a 300. Después, con otro productor, pasamos de 300 a un poco más.
Empecé a atender en la calle porque yo hacía uno a uno. No era solo una escena abierta y la explicación, sino que conectaba uno a uno. Después pasamos a otro productor y ahí hubo que rearmar la estructura porque ya pasábamos a más de 700.
-¿Y cómo se da? ¿La gente levanta la mano y pregunta?
-La gente puede levantar la mano y preguntar lo que quiera. Esas cosas que vos no le preguntarías a nadie en tu casa. El otro día una señora me dijo: “Yo no quiero que me inhumen porque quiero que me coman los gusanos y no sé cómo decírselo a mis hijos”. Causó mucha gracia y le digo: “Vas a estar muerta, vos no lo vas a sentir”.
Son esas cosas que se le ocurren a todo el mundo, pero que nadie se atreve a decir. O: “Tengo esta señal, pero si cuento esta señal van a creer que estoy loco”. Y, por otro lado, yo voy caminando por toda la sala y voy diciendo quiénes aparecen, nombres, cómo murieron, qué pasó, qué buscan, a quién buscan. Y si no, tengo un láser mágico, hago así, marco, los traigo y empiezo a comunicar, porque no elijo yo.
-Esto no es a pedido. No es que yo te puedo decir: “Noelia, ¿hay alguien que quiera comunicarse conmigo?”.
-A veces sucede también que mucha gente me dice: “No puedo más, Noelia. Es por mi hija, es por mi hijo”. Y, a decir verdad, tengo que decir esto: cuando a mí una madre me dice “Se me acaba de morir un hijo”, paro donde sea y lo que sea. No puedo dejarla sin respuestas.
De hecho, muchas de las cortesías que doy, porque mi agenda está cerrada hasta enero, tienen que ver con estos casos. Porque no puedo dejar a una madre o a un padre sin saber cómo murió su hijo. No puedo.
-Y ahora acabás de tocar un tema crucial que te tengo que preguntar. Estamos hablando de gente que está atravesando un dolor terrible y que, probablemente, producto de ese dolor, es muy vulnerable a que cualquiera le diga cualquier cosa, a que venga un chanta, le llene la cabeza y, lejos de ayudar, empeore la situación. ¿Cómo se tiene que proteger frente a eso?
-Primero, cuando yo trabajo con los papás, les explico también la parte más, vamos a llamarla, científica, más corporal, para que entiendan, más allá de la conexión que vendrá después, que hay una unión energética, física, que también existe.
Por ejemplo, cuando una mamá va a parir, hablamos de una mamá biológica, hay un cordón umbilical que se corta. Dentro de ese cordón hay células madre. Esas células madre tienen un registro de ADN de padre, madre e hijo. Hay un reservorio, queda un flujo que tracciona sobre el cuerpo físico de la madre, que queda dentro de la mamá, y otro que queda dentro del hijo.
Cuando un hijo muere, la madre respira y activa otra vez esas células. Se queda con lo que formó en materia a ese hijo. O sea, no hay fin.
Luego de hacer eso, les explico cómo activarlos energéticamente y a través de la respiración. Entonces logro que se calmen, porque hay un detalle: el cerebro comanda muchísimo y hay un ADN del duelo. Esto es primicia para ti: es mi próximo libro.
Hay un ADN del duelo que tiene que ver con el registro que hace el cerebro frente a cómo expresa el dolor y el impacto que causa la muerte. Si vos a una persona le decís: “Lo perdiste”, “Te lo mataron”, “Se murió”, “No lo vas a ver más”, “No lo tenés más”, entra en un estado de ausencia, de agobio, de tristeza, angustia, que el cerebro registra automáticamente. A nivel neurológico es activar todas las hormonas, todo el cuerpo, porque acá hay dolor.
De hecho, la madre siente, y esto lo he comprobado en varios estudios, dolor de entrañas cuando muere un hijo, como si lo estuviera pariendo. El mismo dolor de trabajo de parto. Entonces hay que activar y reeducar la forma en que le hablo a mi cerebro para entender que ese ser cambió. Hay una transformación, sigue estando. No hay ausencia, no hay abandono. Cómo lo sentimos, y las vuelvo a traer aquí.
Después de eso conectamos. Después de eso hablan sus hijos. Después de eso, los mensajes son íntimos entre ellos. Y la información, como siempre les digo, nunca la den ustedes.
-¿En qué sentido?
-No contar antes. Cuando están en el teatro, yo los reto. Se matan de risa porque, ojalá puedas venir algún día, pasan del llanto a la risa constantemente. Porque empiezan: “No, porque vine y mi hermano murió...”. “No me digas. ¿Cómo se llama tu hermano? ¿Qué querés preguntar?”.
Si necesito algún detalle más para poder entender la transmisión que estoy recibiendo, te lo voy a pedir. Pero si no, “¿de qué laburo yo?”, les digo. Y ahí se relajan. Pero para toda la gente que esté atravesando esto, el mensaje lo da el alma. Entonces nadie te tiene que preguntar a vos demasiado.
Si vamos a buscar una persona, si vamos a trabajar en un hecho delictivo y necesito poder encuadrar dónde estoy, yo te voy a decir: “Última vez que lo vieron, ¿en qué lugar? Dirección”. Me planto ahí, trabajo y doy la información.
-Creo que después de esta conversación lo único que tiene fin es esta entrevista.
-Por ahora.
-Ya está, aprendí otra cosa más. Pero lo que sí sabemos es que no se termina todo acá.
-No se termina todo acá.
