Abusos: Caso Epstein, arrestado exembajador británico Mandelson
Príncipe Guillermo: "Estoy disgustado"

El escándalo por las conexiones británicas con Jeffrey Epstein, el financiero estadounidense acusado de pedofilia y relacionado con ricos y poderosos en todo el mundo, golpea todos los niveles del establishment: desde Buckingham Palace hasta el gobierno laborista de Keir Starmer.
El último giro explosivo es la detención, en pleno centro de Londres, de Mandelson, de 72 años, exministro y excomisario europeo, figura influyente y polémica del blairismo, rescatado hace un año por Starmer como embajador en el Washington de Donald Trump, antes de ser apartado a regañadientes.
El antiguo estratega laborista fue arrestado por Scotland Yard bajo la misma acusación que pesa sobre el exduque de York: "conducta ilícita en el ejercicio de funciones públicas". En su caso, por presuntamente haber filtrado a Epstein, y a otros empresarios, información gubernamental confidencial susceptible de uso lucrativo mientras ocupaba cargos de poder a inicios de los años 2000.
Es el último eslabón de una cadena de presuntas irregularidades que amenaza ahora con rozar el trono de Carlos III, de 77 años. El monarca es interpelado cada vez más directamente, en su calidad de jefe de la familia real, por décadas de supuestas coberturas. Algunos medios incluso lo instan a "evaluar", más allá del reconocimiento por la batalla que libra contra el cáncer diagnosticado en 2024, el mayor tabú de la Casa Windsor: una eventual abdicación.
Quien se atreve a plantear esa salida como tabla de salvación institucional es, por ejemplo, la periodista Shelagh Fogarty, exrostro de la BBC. Fogarty sugiere considerar —aunque no de forma inmediata— un relevo en favor del heredero Guillermo como gesto de "generosidad", evocando el precedente de la renuncia el Papa Benedicto XIV; que abrió paso a Francisco.
A su juicio, el príncipe de Gales posee al menos el perfil generacional adecuado para intentar "modernizar —y salvar— la monarquía".
El propio Guillermo, de 43 años, alimentó las especulaciones al aumentar su visibilidad pública durante la ceremonia de los BAFTA Awards, los Óscar británicos, donde reapareció junto a su esposa tras dos años marcados por la lucha contra el cáncer que enfrenta la princesa de Gales.
"En este momento no estoy en un estado de calma", declaró, en palabras que algunos interpretan como un mensaje cifrado de inquietud, si no de impaciencia.
Mientras tanto, los contornos del escándalo que envuelve a su tío se vuelven cada día más incómodos. La figura de Andrés —hijo predilecto de Elizabeth II y veterano de la guerra de las Malvinas— arrastra nuevas acusaciones, más allá de los llamados "Epstein Files".
El ex primer ministro Gordon Brown denunció el presunto uso indebido de bases y aeronaves de la RAF cuando Andrés actuaba formalmente como enviado comercial del gobierno, y habría realizado visitas privadas a Epstein.
Además, el Gobierno de Starmer estudia un proyecto de ley sin precedentes para excluirlo formalmente de la línea de sucesión al trono, iniciativa que ya recibió el respaldo de otros gobiernos de la Commonwealth, como el del primer ministro australiano Anthony Albanese.
A ello se suman denuncias de ex altos funcionarios británicos que sostienen que, entre 2001 y 2011, el exduque habría cargado a los contribuyentes gastos personales —incluidos "masajes" y otros lujos— con costos "desorbitados" mientras ejercía como representante comercial.
El rey Carlos prometió plena colaboración con la justicia —al igual que Starmer— para que "la ley siga su curso". Sin embargo, la polémica se intensificó tras revelaciones de tabloides que apuntan a que el monarca habría sido informado desde 2019 sobre intercambios de información y negocios promovidos por Andrés con los controvertidos banqueros Rowland.
Incluso voces conservadoras endurecen el tono. El exministro tory Tom Tugendhat, veterano de las Fuerzas Armadas y nada sospechoso de republicanismo, llegó a evocar el estigma de la "alta traición", tanto en referencia a Mandelson como al propio hijo de Isabel II. Un terremoto político e institucional cuyas réplicas apenas comienzan. (ANSA).



