Arte: Las Alquimistas, de Kiever, en el Palacio Real
Un nuevo ciclo pictórico del artista alemán.

Los 42 grandes lienzos, dedicados a mujeres que a través de la alquimia hicieron un aporte fundamental al nacimiento de la ciencia moderna, dialogan con la arquitectura de la sala, donde el incendio provocado por los bombardeos aliados de 1943 dañó gravemente —casi hasta borrarlos— los cuerpos de las 40 esculturas de las mujeres de Caria (las Cariátides) que sostenían la balconada.
"Cuando visité la Sala de las Cariátides, en enero de 2024 —contó Kiefer al presentar la exposición, que abre el 7 de febrero en el marco de las Olimpiadas Culturales vinculadas a Milán-Cortina— quedé profundamente fascinado, quizá porque conserva las huellas de una destrucción pasada. Había leído mucho sobre las alquimistas, que realizaron experimentos al igual que los hombres, aunque muchos no lo saben, y así empecé a pintar, inspirándome en las Cariátides".
Así como las bombas aliadas dañaron gravemente, casi hasta borrar, los cuerpos de las Cariátides, la historia hizo algo similar con mujeres como Caterina Sforza —hija de Galeazzo Maria Sforza, duque de Milán—, a quienes Kiefer devuelve la fama que merecen con su obra. La muestra está promovida por el Ayuntamiento de Milán-Cultura y producida por Palazzo Reale y Marsilio Arte, con el aporte de Gagosian y la Galleria Lia Rumma.
La alquimia, explicó el pintor y escultor alemán, es también la base del trabajo de todo artista, "que une materiales distintos con un efecto sorpresa".
La pintura se convierte así en un lenguaje alquímico: cada cuadro se presenta como un acto de resurrección, con un rostro que emerge, un relato, una materia que se transfigura, en un recorrido casi iniciático subrayado por la sala que lo alberga, reproducida a escala 1:1 —con espejos incluidos— en el estudio de Croissy, a las afueras de París.
La exposición, curada por la historiadora del arte Gabriella Belli, rinde homenaje a alquimistas como Isabella Cortese, a quien se atribuye uno de los libros de secretos más célebres del Renacimiento; Cleopatra, una de las poquísimas mujeres a las que las fuentes griegas reconocen un rol autoral en la tradición alquímica; Cristina de Suecia, hija de Gustavo II Adolfo, quien transformó Estocolmo en un centro de mecenazgo europeo; Margaret Cavendish, una de las escasas filósofas del siglo XVII, autora de obras que entrelazaban metafísica, poesía y ciencia; Mary Anne Atwood, figura clave de la recepción "espiritual" de la alquimia en la Inglaterra del siglo XIX; Perenelle Flamel, rica benefactora, colaboradora y esposa del alquimista Nicolas Flamel; Marie Meurdrac, química autodidacta y pionera de la divulgación científica femenina; Anne Marie Ziegler, alquimista de corte en la Alemania reformada, condenada a la hoguera en 1575 por teorías consideradas temerarias y sacrílegas; y Sophie Brahe, figura puente entre la cultura cortesana y el laboratorio.
A través de una pintura matérico-simbólica de gran potencia, el artista hace visible aquello que fue sepultado: cuerpos y rostros femeninos emergen de los escombros como presencias intensas y perturbadoras, lejos de cualquier idealización. Las obras se configuran como verdaderos laboratorios alquímicos, en los que plomo, azufre, óxidos, oro, flores y ceniza se transforman bajo la violencia de la llama oxiacetilénica, cubiertos por una materia espesa de tonos plomizos, de la que van aflorando, poco a poco, los cuerpos y los rostros de las alquimistas. (ANSA).



