Cortina 1956 y Turín 2006, los dos anteriores JJOO de Invierno en Italia
En 1956, la retransmisión televisiva era la novedad de unos Juegos Olímpicos de Invierno que visitaban Italia por primera vez, en Cortina d'Ampezzo, mientras que Turín 2006 inició una nueva era para...

En 1956, la retransmisión televisiva era la novedad de unos Juegos Olímpicos de Invierno que visitaban Italia por primera vez, en Cortina d'Ampezzo, mientras que Turín 2006 inició una nueva era para el evento, más tendente a la grandilocuencia.
Así fueron las dos anteriores ediciones de este evento celebradas en Italia, antes de la edición de Milán Cortina, que comienza este viernes:
. 1956: huyendo de los estereotipos
Los séptimos Juegos Olímpicos de Invierno de la historia se celebraron en Cortina d'Ampezzo, una localidad de montaña de 6.500 habitantes, apodada "La Perla de los Dolomitas" y considerada un destino preferente de la burguesía italiana.
"Que Italia después de perder la guerra fuera capaz de organizar los Juegos de Invierno en 1956 fue algo extraordinario", recuerda Nicola Sbetti, historiador del deporte de la Universidad de Bolonia.
Esos Juegos en Cortina tendrían que haber tenido lugar inicialmente en 1944, pero la Segunda Guerra Mundial lo impidió: "El objetivo era mostrar la eficacia y la modernidad del país, lejos de los estereotipos sobre Italia (...) Todas las obras estuvieron terminadas antes de tiempo, las infraestructuras deportivas y las de carreteras y tren eran vanguardistas", continúa este experto universitario, que considera que fue además "un ensayo general" para los Juegos de verano de Roma 1960.
"Se quería demostrar que Italia era un país pacífico, que no quería más guerras, que no quería aprovechar el deporte para mostrar su poder", añade.
Italia renunció por ello a seleccionar al campeón olímpico de 1952 de descenso, Zeno Colò, un símbolo del profesionalismo rechazado entonces por el Comité Olímpico Internacional (COI), desde que había dado su nombre a una línea de ropa para esquiadores.
En ausencia de Colò, las pruebas de esquí fueron dominadas por el austríaco Toni Sailer, el primero en ganar las tres carreras en el programa (gigante, eslalon, descenso), delante de las cámaras de televisión.
"Técnicamente se pudieron ver imágenes en directo", recuerda Grégory Quin, investigador del Instituto de Ciencias del Deporte de la Universidad de Lausana (UNIL).
"No eran decenas de horas, eran unos minutos por aquí, otros por allá (...) Todavía era algo pequeño, no había eclosionado la mediatización", puntualiza.
. 2006: una nueva dimensión pero con elefantes blancos
Si Cortina marcaba el final de "la primera época del Olimpismo de Invierno, el de estaciones mundanas como Chamonix y St Moritz", señala Grégory Quin, los Juegos de Turín 2006 marcaron el inicio de "un tercer tiempo".
"Una especie de locura por la grandilocuencia, un poco neoliberal, en donde todo es posible, sin limitaciones medioambientales ni económicas", señala.
Como luego en Vancouver 2010, Sochi 2014, Pyeongchang 2018 y Pekín 2022, "los Juegos de Turín se organizaron en un lugar donde no había tradición específica de deportes de invierno", recuerda este profesor de la UNIL.
En Turín 2006 se citaron 2.500 deportistas de 80 países diferentes, en siete deportes y quince disciplinas.
No tuvieron, eso sí, ni el coste faraónico de Sochi 2014, ni el impacto medioambiental de las ediciones de 2018 en Corea del Sur y de 2022 en China, donde hubo que construir todo en la montaña.
Sin embargo, dejaron tras de sí dos "elefantes blancos" (grandes infraestructuras luego en desuso) en la zona de Sestriere, que son señaladas como símbolos de un proyecto mal concebido.
Se trata de la pista de bobsleigh de Cesana y de los trampolines de saltos de esquíes de Pragelato, construidos especialmente para el evento y que pronto dejaron de utilizarse después de los Juegos por estar "en valles nada fáciles de alcanzar" y por "sus costes elevados de gestión", explica Nicola Sbetti.
Detrás de los Juegos de 2006 estaba también el deseo de la poderosa familia Agnelli, señala Sbetti, que quería "hacer con Turín, una ciudad industrial dirigida casi exclusivamente a la fabricación de automóviles, lo que Barcelona logró gracias a los Juegos Olímpicos de 1992".
"En ese aspecto, fue un éxito. Turín se convirtió en un ciudad de servicios, más verde, más moderna, más internacional", constata este investigador de la Universidad de Bolonia.



