Cultura: Ettore Scola, la herencia diez años después de su muerte
La ironía como detonador de la conciencia. Sus huellas de Virz a Zalone

A diez años de su muerte, el 19 de enero de 2016, es legítimo preguntarse qué lecciones y qué herencia nos deja un autor capaz de herir en el corazón los vicios y las virtudes de los italianos y de nuestra sociedad, utilizando magistralmente las claves de la ironía (Riusciranno i nostri eroi a ritrovare l'amico misteriosamente scomparso in Africa?), del fresco histórico (Una giornata particolare) y de la nostalgia (C'eravamo tanto amati).
El cine de Ettore Scola, nacido en Trevico, en la provincia de Avellino, el 10 de mayo de 1931, atraviesa un arco histórico que vio a Italia transformarse desde la reconstrucción de la posguerra hasta el inicio del nuevo milenio.
El "chico de las tres E" (se llamaba Ettore, Euplio, Emidio, todos nombres importantes) llega con apenas quince años a la redacción de Marc'Aurelio, el periódico satírico donde conoce a su primer amigo y compañero de ruta, Ruggero Maccari, y a colegas destinados a la fama como Federico Fellini.
A esa etapa le dedicará en 2013 su recuerdo más conmovedor y autobiográfico, Che strano chiamarsi Federico. Su relación con el cine comienza ya a principios de los años cincuenta, poniendo su talento fulgurante como creador de diálogos y su sabiduría como guionista al servicio de comedias populares como Fermi tutti… arrivo io (su debut oficial en 1953), Due notti con Cleopatra (dirigida por Mario Mattoli) y Un americano a Roma de Steno, con la que en 1955 se gana el reconocimiento como escritor cinematográfico, seduciendo también a Alberto Sordi, quien hasta entonces confiaba únicamente en su amigo Rodolfo Sonego.
El aprendizaje detrás del escritorio dura una década, hasta que, tras el éxito de Il sorpasso y La marcia su Roma (ambas de 1962), Mario Cecchi Gori le confía la dirección de Se permettete parliamo di donne (1963), de la que también firma el guion junto a Maccari.
La lista de éxitos y títulos memorables en la filmografía de Scola es larguísima y, como escribió Walter Veltroni en un sentido recuerdo del amigo y compañero de opciones políticas (Ettore fue también ministro sombra de Cultura del PCI), tiene un hilo rojo claramente visible en el tema de la amistad y la solidaridad.
En su cine hay un impulso bondadoso y generoso que, sin embargo, no le impedía fustigar con las armas de la sátira o de la denuncia los males que iban cercando a una sociedad progresivamente corrompida por el dinero, el arribismo y el cinismo.
Desde Il commissario Pepe con Ugo Tognazzi (1969) hasta La più bella serata della mia vita con Alberto Sordi (1972), desde la primera obra maestra (C'eravamo tanto amati, 1974) hasta la película de su vida (Una giornata particolare, 1977), desde los frescos corales (La terrazza y La famiglia) hasta los retratos históricos (Il mondo nuovo o Il viaggio di Capitan Fracassa), pasando por la rabia dolorosa de Brutti, sporchi e cattivi con Nino Manfredi y la nostalgia desconsolada de Che ora è? y Splendor, ambas escritas para Marcello Mastroianni, junto a un singular "hijo adoptivo" llamado Massimo Troisi.
A lo largo de toda su vida artística, Scola supo modificar constantemente su lectura de la sociedad italiana, manteniendo siempre firme un fil rouge en su mirada que aún hoy nos interpela.
¿Qué queda hoy en el cine italiano de esta maravillosa herencia? Hubo epígonos y discípulos que recorrieron el mismo camino, empezando por Paolo Virz y llegando incluso a Nanni Moretti: autores capaces de combinar indignación y sonrisa, adhesión a su tiempo y voluntad de mirar hacia adelante. Hubo alumnos como Ugo Fabrizio Giordani y Gianfrancesco Lazotti que caminaron en la huella de su estilo. Incluso puede pensarse que ciertos rasgos de la gentileza irreverente de Checco Zalone hoy lo habrían divertido. Más difícilmente habría aprobado la deriva de nuestra comedia, que fue limando progresivamente los tonos de la crítica y de la sátira incisiva para complacer a un espectador ya anestesiado y carente de memoria.
Ettore Scola no era solipsista, no era moralista ni un severo castigador: cantaba en coro con Gillo Pontecorvo y Citto Maselli en las inolvidables veladas de cumpleaños; se apasionaba y discutía en las cenas de la trattoria Otello o en las reuniones de la ANAC (la histórica asociación de cineastas italianos), pero siempre encontraba la broma capaz de distender los ánimos; recordaba el pasado sin quedar prisionero de él y amaba profundamente a los jóvenes, cuyos desconciertos y sueños intentaba descifrar.
Pero permanecía intransigente en sus valores fundacionales, desde la política hasta la ética profesional, y por eso hoy cuesta encontrar raíces similares en la cultura contemporánea.
La mayor lección de Ettore Scola se remonta a su formación: lector curioso y culto, siempre capaz de conjugar temas "elevados" con la cultura popular, enamorado de la gente común, fue ante todo un intelectual plenamente inmerso en su tiempo, capaz de usar la ironía como detonador de la conciencia.
La suya era el arte de Molière y de Dumas: una manera de narrar la vida proyectándola sobre el escenario de la Historia.
(ANSA).



