EEUU: adiós a Aldrich Ames, el espía que traicionó a la CIA por la URSS
Descubierto por su esplendorosa vida

Hijo de un agente de la CIA, alcohólico como él, Ames transmitió secretos a Moscú durante casi una década, asestando el golpe más devastador en la historia de la inteligencia estadounidense: como resultado de su traición, al menos diez agentes soviéticos y del Pacto de Varsovia que colaboraban con Occidente pagaron con sus vidas.
Ames, cuya carrera en Langley había sido mediocre hasta entonces, los había entregado a la KGB gracias a su puesto como jefe del contraespionaje de la división soviética, lo que le había dado acceso a los informes ultrasecretos de los espías que colaboraban con la Company: un restringido grupo reclutado por la CIA a lo largo de dos décadas y ubicado en puestos clave en Moscú y las embajadas soviéticas de todo el mundo.
En la era Reagan, con la Guerra Fría en su apogeo, Ames decidió entonces cambiar la historia revolucionando un antiguo juego entre naciones, el desafío de espía contra espía, protagonista de innumerables películas y novelas, desde 007 hasta Le Carré.
En abril de 1985, ocurrió la primera traición: el "topo" entregó personalmente varios secretos —incluidos los nombres de dos espías— a la embajada soviética en Washington, recibiendo US$50.000 a cambio. Se identificó por su nombre y rango, y la relación se selló durante un almuerzo con alto contenido de alcohol en un elegante hotel cerca de la Casa Blanca.
Empero, era un juego de alto riesgo. Temiendo ser descubierto, Ames entró en pánico y decidió traicionarlos a todos a cambio de la promesa de más de US$2 millones.
Además de encargarse de él, la KGB se encargó de sus propios renegados. Durante el resto de la Guerra Fría, los soviéticos hicieron todo lo posible por llenar el vacío con desinformación y agentes dobles cuyas mentiras alimentaron la idea de que la Unión Soviética seguía siendo una superpotencia, justo cuando el imperio de la URSS se derrumbaba.
Mientras tanto, a medida que los "soviéticos" de la CIA desaparecían gradualmente, Langley empezó a temer que tuvieran un topo en su interior. No obstante, la búsqueda del traidor pronto se detuvo. En 1986, Ames fue transferido a Roma durante tres años, donde pasó gran parte de su tiempo compartiendo secretos con sus nuevos jefes y bebiendo alcohol: en una ocasión, se desmayó en la calle después de una fiesta en la embajada estadounidense.
Al regresar a Washington, su inexplicable riqueza llamó la atención de un colega —había pagado US$540.000 en efectivo por una casa nueva cerca de Langley y conducía un Jaguar flamante—, pero incluso entonces, las alarmas pasaron desapercibidas durante meses. Solo en 1993 (con Bill Clinton ya presidente y la URSS ya en el pasado) fue investigado formalmente por el FBI: esposado el 21 de febrero de 1994, Ames pasó desde entonces el resto de su vida en prisión. (ANSA)



