EEUU: un año de Trump, 12 meses de vértigo
Adiós al multilateralismo, paz en Gaza y desafío inédito a Europa

Lo cierto es que se ha convertido en uno de los presidentes más poderosos de la historia moderna de Estados Unidos, al expandir el poder ejecutivo más allá de todo límite y recurrir a la ley del más fuerte, dentro y fuera del país.
En apenas 12 meses de montaña rusa, ha sacudido a Estados Unidos y al mundo entero, poniendo en cuestión la arquitectura multilateral surgida tras la Segunda Guerra Mundial y lanzando un desafío sin precedentes a los aliados europeos.
A diferencia de su mandato anterior, se rodeó exclusivamente de leales y no encontró contrapesos, señalando como único límite a su poder global "mi propia moralidad".
Quienes aún lo respaldan exhiben varios logros: la frontera con México está sellada; el radicalismo woke de izquierda en muchas instituciones ha sido eliminado o está a la defensiva; la guerra en Gaza terminó y los rehenes israelíes sobrevivientes regresaron a casa; el programa nuclear iraní fue significativamente ralentizado; un dictador como Nicolás Maduro fue capturado en una operación relámpago; la "big, beautiful bill" se convirtió en ley con enormes recortes fiscales; el desempleo es bajo (aunque en realidad más alto que el que dejó Biden) y la economía marcha bien. En suma, un año de éxitos.
Sus críticos, en cambio, relatan otra historia: Estados Unidos se ha aislado, perdiendo credibilidad y debilitando sus alianzas; las acciones de política exterior han arrojado resultados solo temporales, mientras la paz en Ucrania sigue lejana; los aranceles encarecieron los precios y el costo de vida continúa alto; la justicia y las fuerzas de seguridad han sido doblegadas al servicio de los resentimientos del presidente; las ciudades fueron militarizadas y escuadrones de agentes enmascarados persiguen a inmigrantes en todo el país con métodos brutales.
Dos narrativas opuestas, pero tras 12 meses las encuestas coinciden: alrededor del 60% de los estadounidenses desaprueba al magnate en todos los frentes, desde la economía hasta la inmigración, los dos caballos de batalla con los que ganó las elecciones.
No hay, en definitiva, ninguna edad dorada y el panorama es un pésimo presagio para las elecciones de medio término de noviembre.
En su primer año, el ritmo de los acontecimientos pareció en ocasiones más veloz que los propios hechos. Recién reasumido, Trump volvió a retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el clima y luego abandonó una avalancha de organismos y acuerdos internacionales "contrarios a los intereses estadounidenses", desmantelando además la Usaid. Después sacudió al mundo y a los mercados con su ofensiva arancelaria del 2 de abril, el llamado Liberation Day, utilizando los gravámenes como un garrote para negociar sobre cualquier tema.
En el frente externo, renegó de la promesa electoral de un Estados Unidos aislacionista bajo el lema America First y, tras rebautizar de un plumazo el Golfo de México como Golfo de América, pareció jugar con el mapamundi como Charlie Chaplin en El gran dictador: humilló a Volodímir Zelenski en el Salón Oval y coqueteó con Vladimir Putin sin lograr aún negociar una tregua; consiguió la paz en la Franja de Gaza tras evocar el controvertido proyecto de una "Gaza-Riviera", aunque la segunda fase se presenta cuesta arriba; apartó a Maduro, pero dejó intacto su régimen, priorizando el petróleo sobre la democracia; puso en la mira a Colombia, México y Cuba.
Y, tras insinuar que Canadá podría convertirse en el estado 51 de la Unión, ahora amenaza con quedarse con Groenlandia por las buenas o por las malas, incluso a costa de imponer aranceles a países europeos que han enviado tropas y de abandonar la OTAN.
Con Irán, en cambio, después de los bombardeos a sitios nucleares en junio, mantiene el arma cargada, pero por ahora no ha enviado la ayuda prometida a los manifestantes.
En política interna, Trump siguió el guion del Project 2025, la agenda elaborada por el think tank conservador Heritage Foundation. La justicia fue utilizada para premiar a amigos o aliados —como el indulto a los 1500 asaltantes del Capitolio— y para intentar castigar a enemigos, entre ellos el exdirector del FBI James Comey, la fiscal general de Nueva York Letitia James y el exasesor de seguridad nacional John Bolton.
Las ciudades gobernadas por demócratas fueron militarizadas con el despliegue de la Guardia Nacional y convertidas en escenario de confrontación con los ciudadanos a la caza de inmigrantes, como ilustra el caso de Minneapolis.
El objetivo de las deportaciones masivas se combinó con un endurecimiento de las visas y de las políticas de acogida hacia decenas de países. La guerra contra la ideología woke golpeó a las universidades con recortes a los fondos de investigación, tras las draconianas podas aplicadas por el DOGE de Elon Musk al aparato federal.
Los tambores de guerra sonaron para todos, desde los medios de comunicación hasta el presidente de la Reserva Federal, que sigue bajo el ataque del mandatario y de una investigación penal que amenaza la independencia del banco central estadounidense.
Tampoco faltaron escándalos, polémicas y tragedias: desde el chat-gate del jefe del Pentágono, Pete Hegseth, hasta los archivos de Epstein aún no publicados en su totalidad —que provocaron las primeras grietas en el mundo MAGA—, pasando por la controvertida sala de baile en la Casa Blanca, la toma del Kennedy Center y el atentado contra Charlie Kirk. (ANSA).



