Irán: Divine Comedy, una sátira contra el horror del régimen
Una sátira del fundamentalismo religioso de Ali Asgari

Esa es la fórmula de Divine Comedy, la nueva película de Ali Asgari, presentada en la última Mostra de Venecia y que llega a salas europeas a partir del 15 de enero mientras Irán parece sacudirse bajo el impacto de las protestas.
¿Qué cuenta esta vez el director de La niña secreta y Kafka en Teherán? En una operación a medio camino entre el metacine y el teatro, Asgari retrata la frustración de Bahram (Bahman Ark), un cineasta cuarentón lleno de silencios, una mezcla precisa entre Allen, Moretti y Buster Keaton, cuyos filmes nunca han recibido autorización para ser exhibidos en Irán. Para él, una obsesión dolorosa.
Tras el enésimo rechazo del Ministerio de Cultura iraní, el director, obstinadamente convencido de sus razones, intenta persuadir a un funcionario anónimo que en apariencia se muestra dispuesto a escuchar su obra.
El suyo es un diálogo kafkiano, en el que todo se pone en cuestión a la luz de una estricta ética islámica, donde incluso la presencia de un perro en la película está prohibida. "¿Quién pone un animal en una película? No es algo correcto", dice en un momento el funcionario. No hay nada que hacer: el filme de Bahram es considerado "indecente" y, por lo tanto, no merece una proyección pública.
Pero Bahram no es alguien que se rinda. Así, se sube a la Vespa rosa de su joven productora Sadaf, de cabello azul y un hiyab mínimo (interpretada por Sadaf Asgari), en busca de una solución.
Primero visita a un amigo, un actor extremadamente vanidoso que parece administrar una sala de cine; luego pide ayuda a su hermano, también director, pero integrado al sistema, quien le presta un proyector. Finalmente, será una adinerada señora de la burguesía de Teherán quien tenga la respuesta.
Todo ocurre entre innumerables citas cinéfilas —de Matrix a Godard— y con una banda sonora de jazz al más puro estilo Woody Allen.
"El objetivo de esta película es retratar la burocracia iraní, estática y asfixiante, en la que el protagonista está atrapado", explica el director, que estará en Italia por la retrospectiva que le dedica la Cineteca de Bolonia.
"El público experimenta así la rutina de la censura en tiempo real, y la rigidez de los encuadres refleja la inmovilidad del propio sistema, que se niega a cambiar y atrapa a los ciudadanos en un ciclo de espera, súplicas y negociaciones", agrega.
"El humor de la película —continúa Asgari— nace en gran medida de la propia absurdidad de la opresión. Los rígidos y complejos procesos de censura y control estatal se vuelven tan ilógicos que colapsan bajo sus propias contradicciones. Los protagonistas, en lugar de reaccionar con una rebelión abierta, enfrentan estas absurdidades con una ironía y un sarcasmo silenciosos y conscientes. El humor es aquí un mecanismo de supervivencia, una herramienta para resistir en un entorno donde el desafío directo implica consecuencias peligrosas. El acto mismo de hacer esta película es una extensión de sus temas: una afirmación de que la verdad, incluso cuando es silenciada, siempre encuentra su camino".
Entre tanta ironía cargada de matices, el filme deja también una frase destinada a volverse de culto. Frente a otro rechazo para proyectar su obra, el protagonista dice, abatido: "Quiero proyectar mi película para volverme humano". (ANSA).



