Asdf-ñlkj, una fórmula vigente
Por Luis J. Grossman Para LA NACION
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Cuando veo -y escucho, claro- a alguien tocar moderadamente bien un instrumento musical se robustece en mi espíritu un inocultable sentimiento de frustración. El de la lectura e interpretación musical es un universo al que no accedí en el momento adecuado.
Sin embargo, siempre agradecí a mis padres que no hayan interferido en mis despuntes vocacionales (el dibujo y la pintura primero, un paso por la publicidad, obviamente la arquitectura y -siempre- la lectura). En un tiempo, fusionando el dibujo y la lectura, hice historietas. Todos estos amagos, en un hogar que no disfrutaba de solidez económica, eran un privilegio digno de destacar.
Pero mi gratitud alcanza incluso a una iniciativa de mis padres dirigida a reforzar el costado económico. Fue cuando me aconsejaron que aprendiera dactilografía al tacto en las Academias Pitman. Como no había sucursal en el barrio de Almagro, asistí durante varios meses al primer piso de la esquina de Corrientes y Malabia, justo a la salida del subte. Mientras uno subía las escaleras se sentía inundado por los traqueteados compases que venían de las aulas.
En las de los primerizos, el sonoro repiqueteo de los teclados era más lento y vacilante, pero todos seguían religiosamente el código básico: asdf-ñlkj . Son las teclas que corresponden a cuatro dedos de cada mano: del meñique al índice de la izquierda imprime la primera parte de la fórmula, y un movimiento simétrico de la mano derecha la completa. Una vez dominado este código elemental, el resto del teclado es una destreza fácil de adquirir. Y uno estará entonces en condiciones de escribir sin mirar las teclas y a una velocidad que sigue muy de cerca la del pensamiento.
Aunque parezca raro, esta evocación surgió de la relectura de un texto de Umberto Eco ( Enfoques , abril de 1999) en el que el pensador italiano pone en duda la presunta riqueza inventiva del siglo que termina. Menciona asimismo objetos que ni siquiera fueron perfeccionados (el vaso, la cuchara, el martillo, por ejemplo) y no deja de señalar que Philippe Starck diseñó una nueva forma de exprimidor, bellísimo, que, sin embargo, deja caer las semillas en el vaso, en tanto que la exprimidora clásica las retiene junto con la pulpa.
Eco enumera también algunas cosas que utilizamos cotidianamente y fueron inventadas en el siglo XIX: el tren y el automóvil, la arquitectura de cemento armado y el rascacielos, la dínamo, la turbina, el motor Diesel, la máquina de escribir. La lista sigue, pero fue aquí que se produjo el clic que promovió los recuerdos de la primera parte de esta nota.
Porque ratificando lo que plantea U. E., aunque estoy rodea do por objetos novedosos (el monitor, la impresora electrónica, ese mágico aparato llamado mouse , sin hablar de los diskettes y los CD), el teclado de la computadora no difiere en esencia del de la vieja Underwood en la que aprendí aquella fórmula iniciática.
No se salva la computadora del análisis de Eco, porque destaca que el matemático inglés Charles Babbage (1792-1871) inventó una calculadora capaz de hacer 66 sumas por minuto. Y termina apuntando que la última conquista en el campo de las comunicaciones -Internet- supera a la telegrafía sin hilos inventada por Marconi mediante una telegrafía con hilos, lo que señala el retorno de la radio al teléfono.
Me parece oportuno el interrogante de si es válido cambiar por cambiar. En la nota de marras se apuntan dos inventos de nuestro siglo (los materiales plásticos y la fusión nuclear) que se está tratando de desinventarlos porque se cayó en cuenta de que corrompen la vida en el planeta. Es verdad: "El progreso no consiste necesariamente en ir adelante a toda costa". Todavía es bueno tener ventanas que se puedan abrir (para ventilar y para limpiar los vidrios) y asientos para sentarse sin trepar (como lo pretende Starck).



