Explotó una burbuja en Damasco
La antigua ciudad capital siria, en plena transición del socialismo hacia una economía de mercado libre, está perdiendo su identidad debido a la especulación inmobiliaria, el éxodo de sus habitantes y la polución ambiental
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DAMASCO (AP).- En el sector antiguo y amurallado de Damasco, un vendedor de alfombras que habla varios idiomas trata de convencer a unos turistas de que entren a su negocio. Se escucha el golpeteo rítmico del martillo de un artesano que trabaja en una bandeja de plata. Una mujer hace las compras en una feria, parando en una carnicería, una panadería y un puesto de venta de aceitunas.
En la encantadora parte vieja de la capital siria hay un delicado equilibrio y los turistas recorren callejones y mercados cubiertos sin alterar la vida del barrio. Pero este distrito, en el centro de lo que se cree es la ciudad habitada ininterrumpidamente más antigua del mundo, corre peligro de perder su personalidad.
Inversionistas agresivos llenos de dinero han provocado una escalada tal en los precios de las propiedades que los residentes de siempre están vendiendo sus casas y yéndose a otra parte. Otros le escapan a la contaminación y la congestión derivadas de decenas de restaurantes y hoteles boutique para gente adinerada, tanto turistas como sirios.
La ciudad vieja –que según un cálculo tiene hoy 30.000 habitantes, la mitad de lo que tenía hace 15 años– peligra como consecuencia de la desorganizada transición del socialismo hacia una economía de mercado libre, que comenzó a principios de la década del 90 y se aceleró tras la llegada al poder del presidente Bashar Assad en 2000.
El giro ideológico abrió las puertas a empresarios ambiciosos que se sintieron con derecho a hacer lo que quisiesen, al tiempo que aumentaba la brecha entre ricos y pobres.
Ahora cobran fuerza los sectores que dicen que hay que ponerle límites a la empresa privada y las autoridades tratan de encontrar formas de revitalizar la ciudad antigua, preservando al mismo tiempo todos sus tesoros. Ya hay unos 50 hoteles y 120 restaurantes, incluidas algunas imitaciones burdas de la arquitectura tradicional árabe.
"Están convirtiendo esta ciudad en un parque de diversiones –se quejó Hikmat Shatta, arquitecto educado en Francia, al describir los cambios que se están produciendo en el barrio donde pasó su infancia y en el que vive ahora–. Hay lugares por los que camino mirando al piso. Me avergüenza ver lo que está sucediendo. Estamos pasando de lo auténtico a lo ridículo’’.
Shatta vive en una casa de dos pisos del siglo XIX, y precisamente esas construcciones árabes viejas son el principal objetivo de los empresarios. Son edificios amplios y esplendorosos, con magníficos mosaicos en los pisos y techos de madera con delicadas incrustaciones. Por afuera no llaman mucho la atención, pero cuando uno entra se tropieza con algo especial.
La idea de que desaparezcan los residentes de siempre de este conjunto de callejuelas de piedra, baños turcos y sitios históricos que dan forma a la ciudad vieja es particularmente descorazonadora, porque la zona era un ejemplo de la armonía étnica y religiosa que reina en Siria. Ya no quedan casi judíos, pero cristianos y musulmanes viven en paz, con sus templos a veces pegados el uno al otro.
Los sitios históricos reflejan la diversidad del lugar. La mezquita Omayyad, del siglo VIII, ocupa un lugar que previamente albergó un templo dedicado al dios romano Júpiter y una iglesia cristiana. Se dice que en sus altares están las cabezas de Juan el Bautista y de Hussein, nieto del profeta Mahoma.
No muy lejos se encuentra la tumba de Saladino, el guerrero musulmán del siglo XII que combatió a los cruzados cristianos. En la ciudad vieja se halla también la calle donde, según la Biblia, San Pablo recuperó la vista y fue bautizado.
La ciudad vieja, que se cree está habitada desde el 5000 antes de Cristo, tiene cientos de pequeños comercios en los que se vende de todo, desde especies y joyas de oro hasta alfombras, muebles, madreperlas y maderas con incrustaciones de diseños geométricos.
Nazir Awad, de la Autoridad de Antigüedades, dice que las autoridades deben enfrentar varios desafíos: combatir la contaminación, preservar las viviendas viejas, atraer nuevos residentes y revitalizar la zona sin cambiar su personalidad.
"No es fácil, por ejemplo, eliminar el tráfico para reducir la contaminación, pero estamos limitando la actividad industrial y buscando formas de desplazarla a otros sitios, –expresó–. Necesitamos inversiones que protejan la ciudad y generen trabajos. La ciudad vieja no puede seguir siendo un sitio estrictamente residencial."
Algunos residentes de años ven con buenos ojos la llegada de obras nuevas porque dicen que la zona estaba muriendo, ya que mucha gente se iba a barrios más modernos, cansada de los altos costos de estas viviendas viejas.
Como resultado de esto, llegó mucha gente de zonas rurales pobres y el sector decayó. "Ahora tenemos el menor de dos males’’, sostuvo Samer Antoine Kozah, vendedor de obras de arte que vive en una casa de ocho habitaciones, que pertenece a su familia desde hace 150 años. "Sí, la ciudad antigua corre peligro. Pero seamos realistas: se estaba muriendo. Los restaurantes y los hoteles me cambiaron la vida, me molestan, pero le agradezco a sus dueños el que hayan venido’’, expresó Kozah, de 51 años.
Cerca de allí, el arquitecto Hakam Roukbi supervisa la restauración de una enorme vivienda estilo árabe que fue propiedad de una prominente familia judía. La casa está siendo restaurada en un proyecto de dos años y varios millones de dólares.
La vivienda, indicó, será un hotel de 22 habitaciones opulentas, para gente adinerada: "nos pasamos seis meses limpiando los escombros. Hicimos todo el trabajo con los mismos materiales empleados cuando fue construida’’.



