Bateristas, marchas y fantasmas en el camino de la bohemia porteña
Hoy es imposible comprobar si, como apunta el mito, un adolescente Aristóteles Onassis le sirvió un café a Gardel en un bar de Corrientes
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Según el tango, en Corrientes 348 florecía el amor a media luz. Hoy cuesta imaginar cómo debe de haber sido esa época de gloria, ya que donde estaba el "pisito que puso Maple" sólo hay un estacionamiento. A pocas cuadras de allí, en la célebre (y cerrada) confitería Richmond, dos borrachines se pelean por una botella de Fernet junto a la puerta que alguna vez vio pasar a los escritores Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal y Alberto Gerchunoff. Y siempre en la misma zona, en Tres Sargentos al 400, el mayor rastro de la leyenda del Bar Baro es una placa que homenajea a los "artistas plásticos y personalidades de nuestra cultura" que enriquecieron su pasado. La bohemia es uno de los tantos sinónimos de Buenos Aires, pero para encontrarla en todo su esplendor hay que buscar en las hojas más amarillentas de los libros de historia. ¿O aún queda algo del espíritu que supo convertir a los bares de la ciudad en las sedes artísticas del arreglo del mundo?
En teoría, en Buenos Aires hay bohemia para todos los gustos: tanguera, literaria, rockera, teatral y hasta política. La tanguera es sin dudas la más rica y la única que evoca tiempos definitivamente idos. Sólo los historiadores del género recuerdan al mítico bar Domínguez, de Corrientes y Paraná, inmortalizado por Celedonio Flores en su poema "Tristezas" y visitado durante años por los próceres Francisco Canaro y Enrique Cadícamo. La leyenda cuenta que "La cumparsita" se habría estrenado en el vecino bar Iglesias, justo al lado del Domínguez, y es una pena que un tiempo tan pleno en anécdotas permanezca arrumbado en el olvido. Hoy es imposible comprobar si, como apunta el mito, en el también desaparecido El Estaño (Corrientes y Talcahuano) un adolescente Aristóteles Onassis le sirvió un café a Gardel; menos difícil resulta imaginar que en cada bar de Corrientes vibró la bohemia que construyó buena parte de la historia musical del país.
La bohemia rockera tuvo distintos epicentros (de La Perla al Parakultural) y durante los últimos años se coló en el bar Kim y Novak, en Palermo (hoy cerrado), el Guebara, en San Telmo, y el Rodney, en Chacarita, que el grupo La Portuaria hizo célebre en el título de una de sus mejores canciones. El Rodney está justo enfrente del cementerio y, la noche que yo me acerqué, una banda tocaba a un volumen sólo posible cuando los vecinos se encuentran varios metros bajo tierra. El show no estaba anunciado, empezó tardísimo y terminó porque alguien del público se lanzó al improvisado escenario para golpear al baterista. El resto de los presentes no se quejó y siguió en lo suyo. Arrebatos de los fans, indiferencia cruel, calaveras en el ambiente: ninguna escenografía resultaba más propicia para demostrar que el rock estaba vivo.
En el mundo de la literatura, la bohemia siempre encontró altares en Buenos Aires. El perfil alternativo lo marca el bar Varela Varelita, en Scalabrini Ortiz y Paraguay, donde el cruce de algunos escritores (Daniel Guebel, Ricardo Straface) con la tradición política (encarnada por "Chacho" Álvarez en tiempos aliancistas) le otorga un inesperado glamour a su atmósfera de bar de barrio. El mediodía que yo fui, todos los que entraban se saludaban entre ellos y en menos de media hora me descubrí sentado en una larga mesa rodeado de gente que no había visto nunca antes. Uno me contó que un tal Ernesto Guevara, vecino de Aráoz y Mansilla, llegó a vender diarios en el puesto de la esquina. Otro le contestó que, en realidad, el joven "Che" había sido repartidor de La Razón. Un tercero se rió de los que creían en lo que él consideraba una leyenda. Me levanté de la mesa sin que nadie advirtiera que me iba. También es probable que a nadie le importara. En términos de bohemia, lo valioso es la discusión, no los protagonistas.
Siempre a la búsqueda de las raíces de la bohemia porteña, del Varela Varelita me fui al bar La Paz, en Corrientes y Montevideo, catedral de la vertiente "psicobolche" de los 60 y 70. Mientras charlaba con Wilson, el mozo, una manifestación cortaba Corrientes. "Antes venían David Viñas, Ricardo Piglia, Alejandro Agresti; hoy llega sólo gente de teatro, como Carmen Barbieri y Miguel Ángel Cherutti –me dijo–. Pero yo no creo que el espíritu del bar haya cambiado; lo que cambió es la ciudad. Con manifestaciones así en la calle, ¿quién va a querer entrar a leer un libro?" Por miedo a que tuviera razón, no quise mirar afuera. Wilson me vio taciturno y me contó que, en los 80, algún intelectual se robó uno de los cuadros del bar. La manifestación crecía en ruidos y virulencia. "A la gente no le dan ganas de entrar", dijo. Aunque en el bar ya no hubiera rastros de bohemia, a mí me no me daban ganas de salir.



