
El origen del sexo
De todos los misterios que echan leña al fuego de la ciencia, el amor es sin dudas el más hechizante. Es que esa alquimia irresistible que trueca el plomo en diamantes se resiste a ser descompuesta en arquitecturas moleculares y señales químicas.
Es más, los biólogos aún no se ponen de acuerdo en por qué la vida exige la existencia de dos sexos. Según Deborah Blum, autora de un libro sobre la cuestión, Sex on the brain (Penguin Books, 1998), "un planeta habitado por hermafroditas parecería tanto más lógico que el engorroso sistema que tenemos, con sus competencias, sus batallas y sus arrebatos emocionales".
Entre los ejemplos que se esgrimen para respaldar semejante aseveración figuran los estudios realizados por David Crews, biólogo de la Universidad de Texas. El calculó cuántos huevos produciría una hipotética raza de gallinas hermafroditas (sin gallos) y llegó a la conclusión de que, en 7 años, produciría... ¡diez veces más que las actuales!
Sin embargo, en materia erótica las cosas no siempre fueron como las conocemos. Créase o no, el sexo apareció en forma rudimentaria entre diminutas bacterias en los primeros días de la Tierra, cuando el oxígeno escaseaba, no había mucha capa de ozono y el planeta se bañaba en radiación ultravioleta, que, al contener una onda que encaja como una llave en las rendijas del ADN, resultó decisiva para producir los cambios.
Desde entonces, el sistema de dos sexos permite la variabilidad y minimiza la posibilidad de que se hereden genes defectuosos. Y la biología terrestre se rige por un principio draconiano: cuanto más distinto, mejor .
De allí que muchos crean que, en el amor, la última palabra no la tiene el corazón, ni siquiera el cerebro: desde su punto de vista, son nuestros genes los que eligen pareja por nosotros. Claus Wedekind, de la Universidad de Berna, hizo algunos provocativos experimentos para demostrarlo.
Se sabe desde hace algún tiempo que entre los genes que controlan nuestro sentido de lo propio y lo extraño se encuentra el complejo mayor de histocompatibilidad (CMH), que puede revelarse, por ejemplo, en fragancias particulares.
Wedekind demostró que las damiselas roedoras siempre se inclinan por el galán cuyo CMH es más diferente del propio. Pero a continuación le pidió a un grupo de hombres que durmiera con una camiseta de algodón durante un fin de semana y, luego, le dio esas mismas prendas a un grupo de mujeres. Al interrogarlas sobre sus sensaciones, descubrió que ellas encontraban tanto más sexy la remera cuanto más opuesto al propio CMH era el del hombre que había dormido en ella.
En fin, disecciones intelectuales de este tipo prueban que los adoradores del amor y el erotismo pueden estar tranquilos: las simulaciones de computadora que compararon la vida asexual con el sistema actual sugieren que la primera está destinada a la autodestrucción. Todo indica que el sexo, más allá de los detalles, es bastante saludable.







