Alfonso Aguilera: "Irse solo hace que te abras de una manera nueva, casi intuitiva, a los demás"
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Comió tripas de mono, aprendió a cazar con arpón y ayudó a construir una escuela con sus propias manos. Estas son algunas de las vivencias que Alfonso Aguilera tuvo durante el año que estuvo en el sudeste asiático.
A los 19, Aguilera tenía una empresa de barras móviles, pero se sentía frustrado porque no encontraba nada que lo apasionara. Estaba en segundo año de Economía en la UBA y sentía que se aburría. Por eso, con 2000 dólares en el bolsillo, sacó un pasaje sin regreso a Malasia, "al otro lado del mundo", para encontrar nuevos incentivos.
"En el viaje tuve experiencias fuertes, varias relacionadas con el sector social. En Tailandia me hice amigo de un cura jesuita que trabajaba con un grupo de jóvenes refugiados de la etnia karen, que son indígenas de Myanmar, y viví con ellos durante un mes. Además, en ese proceso visité cárceles y conocí aldeas", cuenta Aguilera.

Así, durante un año, viajó por Tailandia, Myanmar, Camboya y Malasia, entre otros países. Gastaba lo menos posible: hizo couchsurfing (alquilar un sillón para poder dormir), se quedaba en hostels o en casas de personas que conocía, hacía dedo o caminaba los kilómetros que fueran necesarios.
"El viajar solo hace que te abras de una manera completamente diferente a los demás, casi intuitiva. En Tailandia fui tutor de un grupo de jóvenes refugiados de 18 a 35 años que habían vivido en una aldea aislados del mundo. Yo hice mucho trabajo social, pero siempre había una barrera. Cuando iba a una villa, si bien empatizaba con los jóvenes, no eran mis pares. Esta fue la primera vez que me pasó, que eran las personas más distintas culturalmente, pero realmente se transformaron en mis amigos", cuenta Aguilera.
Después de generar vínculos muy profundos con las personas que conocía, lo más difícil eran las despedidas. "El principal aprendizaje del viaje es que la gente es muy buena. En todos los lugares a los que fui siempre alguien me ayudó".
Empezar de nuevo
Volvió en 2016, con la decisión de dejar la facultad, capacitarse en temas de tecnología y dedicarse a ser un emprendedor social. "Al principio me frustré bastante, estaba perdido. Fue un año muy difícil. Finalmente decidí organizar un Hakaton Social, que fue el puntapié para después fundar Impacto Digital, una organización social que desarrolla soluciones digitales con impacto social", recuerda Aguilera.
Después de agotar todos sus contactos y un millón de reuniones fallidas, consiguió el apoyo de Global Logic. Más tarde se sumaron Techo y Digital House. El año pasado trabajaron pensando soluciones para Enseñá por Argentina, Surcos, Techo y el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.
“Este año vamos a empezar a implementar las soluciones y estamos lanzando un nuevo concurso. Nunca pensé que iba a poder unir lo social con lo digital. Me encanta la charla de Steve Jobs en la que habla de lo importante que es unir los puntos. En mi caso, yo nunca hubiera podido llegar acá si antes no empezaba con lo de las barras porque así conseguí un montón de contactos; si después no viajaba, si no volvía para frustrarme, para llegar a ese momento de desconcierto. Y ahora estoy contento de haber confiado en lo que quería”, agrega este joven de 23 años.
Un máster en percepción. Eso es lo que Aguilera siente que fue el viaje para él. “Cuando te encontrás con una persona puede ser que te robe o que te de todo. Ahí aprendí a confiar en mis instintos. Nose si viajar es algo para todos o para cualquier momento. Mi único consejo es que hay que moverse, y si no estás contento con tu vida, hacé algo diferente. La única manera de saber si algo te gusta, es probando”, concluye.
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