Bullying: Si no era "la esclava" y limpiaba el banco de "la reina" no podía ser parte del grupo

Cecilia Zolezzi
(0)
30 de abril de 2019  • 20:29

Zoe (12) tenía 6 años y cursaba 1º grado en una escuela bilingüe de la Ciudad, cuando comenzó a decirle a su mamá que le tenía miedo al patio del colegio. Al preguntarle acerca de los motivos que la llevaban a sentirse así, la pequeña respondía con un desconcertante "Porque sí". "A esta primera señal de alarma, le siguieron muchas otras con el correr del tiempo", relata Verónica, quien tardó años en reconocer que su hija estaba siendo víctima de bullying.

Un año después, cuando ya estaba en 2º grado, Zoe le contó a su madre que una amiga, líder del grupo, le había dicho que nunca más nadie de su clase le hablaría ni estaría con ella. La razón: ese día, durante el recreo, la pequeña se había negado a ser "su esclava", rechazando la orden de limpiar su silla. Como represalia, "la reina" le había ordenado al resto de sus "esclavas" que le pegaran. Afortunadamente, una maestra pudo frenar a tiempo la violencia. A partir de ese día, Zoe quedaría excluida del grupo y se convertiría en blanco constante de burlas y agresiones.

Al principio Verónica lo tomó como "una cosa de niños" y le aseguró a su hija que "pronto todo se solucionaría", pero no fue así. Con el tiempo las cosas fueron empeorando. Zoe volvía triste de la escuela y comenzó a apagarse cada día más. "Yo siempre decía que tenía una hija alegre y feliz los fines de semana porque disfrutaba a pleno de sus amigos del barrio, y otra niña seria y triste de lunes a viernes", rememora Verónica.

Los eventos sociales vinculados al colegio le generaban mucha angustia. En los cumpleaños la pasaba mal. Cuando había un campamento no tenía con quien sentarse en el micro escolar. "Todo lo que hacía Zoe estaba mal visto", cuenta su madre y agrega: "Si se peinaba le decían que se hacía la linda; si no se peinaba, que era una desprolija".

Formar parte del grupo de las populares aseguraba no ser blanco de burlas, eso implicaba vivir en paz, sin miedo. Por eso, todas sus compañeras de clase hacían esfuerzos denodados por "pertenecer" y muchas se distanciaron de Zoe, ya que ser su amiga disminuía las chances de ser parte de este codiciado puñado de chicas. Así se lo hizo saber un día quien era su mejor amiga: "Dice mi mamá que no me junte más con vos porque si no, no voy a pertenecer, así que de ahora en más busquemos nuevas amistades". Zoe lloró desconsoladamente durante toda la noche. Le habían roto el corazón. "¿Qué problema tengo yo para que nadie quiera estar a mi lado?", preguntaba sollozando a s-u mamá.

"¿No será un problema de nuestra hija?", empezó a ser la pregunta constante que se hacían sus papás. Así hasta llegar a 5º grado, Verónica y su marido probaron distintas estrategias para ayudarla: fueron al colegio, hablaron con los otros padres, la llevaron al pediatra y a la psicóloga. Nada funcionó. Desde la institución decían que estaban trabajando, "pero nunca tenían respuestas", asegura Verónica. Por otro lado, cuando intentaron hablar con los padres de "las populares", advirtieron que era inútil. "Son cosas de chicos, esto siempre sucedió", recuerda que solían responder. "Nos dimos cuenta de que ellos estaban felices y cómodos porque sus hijas pertenecían a un grupo y no les importaba si actuaban mal o dañaban a otros", reflexiona Verónica. A su vez, la psicóloga que habían elegido para Zoe se enfocaba en evaluarla a través de juegos de mesa para intentar determinar qué podía estar haciendo mal la niña para estar sola. Mientras tanto, Zoe seguía sufriendo en la escuela y toda la familia lo hacía a la par. "Es terrible ver a tu hijo infeliz, saber que lleva una carga", confiesa Verónica.

"Sonreí más, sonreí menos, llevá caramelos", le aconsejaban sus padres. El problema siempre era Zoe. La culpa siempre recaía en ella. Algo debía estar haciendo mal para generar ese rechazo, pensaban. Tal vez porque era muy seria, o muy madura o muy responsable o no sabía relacionarse con sus pares. "Me sentaba y le decía: dale, vamos, hacé un esfuerzo, mirá que los chicos crecen, el grupo se cierra y vas a quedar afuera, vamos hablá, no hagas lo que a vos te gusta, jugá a lo que ellas quieren", recuerda Verónica.

Frente a esta actitud de los padres, Zoe jamás volvió a confiar en ellos y optó por no contar nunca más nada de lo que pasaba en el colegio. "Bien mami, me fue bien", respondía ante sus preguntas. "¿Y qué hicieron?", indagaba siempre su mamá. "Tantas cosas que no me acuerdo", contestaba entre evasivas.

Así pasaron los años. La pequeña y sus papás acordaron que "aguantaría" hasta 7º grado y luego empezaría la secundaria en otro colegio en el que podría comenzar de cero y "ser ella misma".

Pero el día que Verónica vio a su hija llorar durante toda la noche porque su mejor amiga había decidido dejarla, tomó conciencia de que "aguantar" no era el camino correcto y supo que ya no podían seguir así. Algo tenían que hacer pero no sabía por dónde empezar ni a quién recurrir.

Despertar de la parálisis

De pronto, la abuela de Zoe, con quien Verónica solía conversar sobre este tema, le envió una foto de un noticiero que decía "Libres de bullying". En ese mismo instante, decidió contactarse para solicitar una entrevista con María Zysman, directora de esta ONG cuya misión es brindar contención y acompañamiento a niños que sufren bullying y a sus familias.

Al recordar el primer encuentro con María, Verónica se emociona: "Fue la primera vez que alguien dejó que yo abriera mi alma, que empatizó con lo que estábamos viviendo. El primer alivio fue saber que lo que estaba pasando no estaba bien".

Al finalizar este primer encuentro, Zysman le dijo a Verónica que quería conocer y escuchar a Zoe y antes de despedirse le adelantó que una de las posibilidades que veía era cambiarla de colegio. Si bien no es la solución frente a todos los casos de bullying, en este caso, parecía ser el mejor camino. "Mi reacción inmediata fue decir que no", cuenta Verónica. Solo pensar que Zoe empezara 6º en otro colegio, con los grupos cerrados y ya armados, donde ella suponía que resultaría mucho más difícil integrarse a un grupo, le causaba pánico.

Pero mientras viajaba en el colectivo de vuelta a su casa reflexionó y se cuestionó: "¿Por qué no?". Llegó a su casa y, siguiendo el consejo de María, habló con Zoe con toda la verdad. Le contó que estaba triste porque no la veía bien, que deseaba con todo su corazón verla feliz y que había entendido por primera vez que no era culpa de ella (ni de nadie), y que había que salir de ese entorno que le hacía mal e intentar ser feliz. También le contó lo que le había planteado María sobre la posibilidad de cambiarse de colegio y la reacción inmediata de Zoe fue idéntica a la de ella: "No, no, no. Yo puedo aguantar".

"Le dije a mi hija que María quería hablar con ella, escucharla, solo para charlar. No usé la palabra bullying porque me daba vergüenza", confiesa Verónica. Zoe aceptó la propuesta y pronto tuvo el primer encuentro con Zysman. Al día siguiente, salió de su habitación y le dijo a su mamá: "No dormí en toda la noche y me quedé pensando que me gustaría que me busques un colegio, uno que me guste." Verónica llora y se emociona al recordar ese momento.

Los últimos tres meses del año, sabiendo que se cambiaría de escuela, Zoe empezó a hablar más en casa y a sentirse más segura. Ya no le importaba si la burlaban y no iba más a los cumpleaños por compromiso. Estaba aliviada y en paz.

Verónica y su marido la llevaron a conocer la nueva escuela y quedó encantada con el que sería su nuevo grupo.Pasó el verano y llegó el primer día de clases. Luego de izar la bandera, se acercó la psicopedagoga y la introdujo con sus nuevos compañeros. Verónica se puso los anteojos de sol para que no se notaran sus lágrimas de emoción.

Cuando la fue a buscar al mediodía para almorzar la vio llegar desde lejos saltando de alegría. "No paró de hablar y me contaba las maravillas de su nuevo colegio, estaba eufórica", recuerda. Desde aquel día en adelante (ya pasaron dos años) Zoe hizo un cambio radical. "Está llena de amigas, superintegrada y feliz. Empezó a tener pijamadas, cumpleaños, vienen amigos a tomar el té o a hacer la tarea. Hasta logró integrar sus amigos del cole con los de los fines de semana", cuenta Verónica.

Siguió yendo a lo de María un tiempo más hasta que sintió que ya no la necesitaba y, en el último encuentro le dijo a la madre: "No era un problema de Zoe, era un problema de grupo y el cambio de colegio le hizo bien".

"Si hay alguien pasando por una situación así, lo que recomiendo es hablar con los chicos y conseguir apoyo, no quedarse con la idea de que esto es algo que sucede en todos lados", recomienda Verónica. Y concluye: "No hay que dejarse paralizar por el miedo, la vergüenza, el qué dirán o el pensamiento de que mi hija algo hará. Todos somos diferentes y dentro de las diferencias hay que saber convivir. Nada justifica el maltrato".

Más información: www.lanacion.com.ar/bullying

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.