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La notable expansión de monocultivo de soja durante los últimos años ha generado importantes ingresos al productor y al fisco, en función de la creciente demanda internacional y los precios excepcionales. Si bien esta situación es beneficiosa para el país, plantea algunos interrogantes de tipo ambiental en el mediano plazo que es necesario considerar a los efectos de prevenir posibles aspectos negativos sobre los suelos y los recursos naturales.
En una situación especialmente vulnerable se ubican los ecosistemas frágiles tales como los semiáridos y, en particular, la región chaqueña, en la cual se ha intensificado el proceso del desmonte, con irreparables pérdidas de diversidad biológica.
La soja es un cultivo que provee escasa cantidad de rastrojos poscosecha, de rápida descomposición, quedando el suelo expuesto a la acción erosiva de la lluvia y el viento.
Por estas causas, con los años de monocultivo de soja, el balance de la materia orgánica del suelo es negativo. También el de la fertilidad del suelo. Del total de fósforo extraído por los principales cultivos, estimado en 300.000 toneladas, dos terceras partes (200.000 toneladas) corresponden a la soja.
De lo extraído por este cultivo, sólo se repone un 16 por ciento mediante la fertilización química. Reflexionar sobre la importancia de balancear los aspectos económicos, con los ambientales y los sociales, constituye los pilares para una agricultura sustentable.
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