Julieta Herrera tiene 26 años y creó un grupo de jóvenes que da apoyo escolar en barrios populares; “creía que estudiar era algo accesible hasta que conocí sus casas”, cuenta en un texto escrita por ella
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Apenas vi el mensaje que me llegó al celular, pegué un grito de felicidad. Es increíble cómo una frase tan corta puede resumir algo tan grande. Y aunque yo no sea la protagonista de esa historia, ese mensaje me recordó por qué seguimos volviendo todos los sábados.
Decía: “Juli, quiero volver a la escuela”.
Lo había mandado Gonzalo, un chico de 10 años que durante mucho tiempo creyó que su futuro era dejar el colegio para trabajar. Y aunque ese mensaje parece pequeño, para mí decía muchísimo más. Decía que alguien había vuelto a imaginar un futuro distinto.
Eso es un poco lo que hacemos en Brigadas Educativas.
Hace seis años un grupo de jóvenes empezamos a dar apoyo escolar en barrios populares de San Juan. Somos estudiantes, trabajadores, amigos. Al principio creíamos que íbamos a “ayudar”. Después entendimos que también íbamos a aprender a mirar.
Todo empezó durante la pandemia. Yo tenía 20 años -hoy tengo 26- y ya había empezado a estudiar Derecho. Como muchos, había vuelto a vivir a la casa de mis padres, en San Juan capital. Mi mundo en ese momento era bastante conocido: facultad, clases virtuales, amigas, redes sociales y esa sensación extraña de encierro que compartíamos todos.
Unos amigos me invitaron a colaborar en un merendero. Fui sin entender demasiado qué era un merendero, ni todo lo que iba a encontrar ahí.
Los chicos empezaron a llegar con cuadernos y guías impresas. Muchos no entendían las tareas, otros ni siquiera podían conectarse a las clases virtuales porque no tenían internet o un celular disponible. Entonces improvisamos aulas donde pudimos: tablones al costado de una canchita, pizarras prestadas, lápices desparramados en el piso.
Y algo empezó a pasarme.
Yo había crecido escuchando que la educación era fundamental. En mi casa estudiar nunca fue una opción, sino algo natural.
Mis padres son profesionales: mi papá es médico y mi mamá es piscopedagoga. Mis dos hermanos menores también estudiaban en la universidad pública. Mi hermano Pedro hoy es licenciado en publicidad, y mi hermano menor, Fede, estudia para ser ingeniero agrónomo. Ambos en la uiversidad pública de San Juan.
Pero de pronto tenía enfrente chicos que querían aprender y aun así no podían sostener la escuela. No porque no quisieran, sino porque había hambre, hacinamiento, falta de agua, un solo celular para familias enormes.
Recuerdo volver a mi casa después de esos primeros días y pensar: “Yo voy a volver a estudiar por Zoom, a leer mis apuntes, a dormir en una cama calentita. ¿Cómo hacen ellos para estudiar acá?”.
Creo que ahí empezó a romperse algo en mí. O tal vez empezó a abrirse.
Yo tenía muchos prejuicios que ni siquiera sabía que tenía.
Nunca había entrado a un barrio popular.
Si pasaba cerca de uno en auto, sentía miedo.
Me preguntaba por qué había chicos que no estudiaban, si existe la educación pública.
Pensaba que entendía la pobreza porque había participado en colectas o campañas solidarias, pero en realidad nunca había mirado de cerca ciertas realidades.
Y el barrio tiene eso: te obliga a mirar.
Te obliga a escuchar historias que no entran en las estadísticas. A conocer chicos que pasan toda la tarde jugando y riéndose, aunque no hayan cenado la noche anterior. A entender que hay cosas que para vos serían una urgencia, pero para ellos son parte de la rutina.
Una tarde, Brisa, una nena de siete años, me dijo: “Juli, tengo sed”. Yo me ofrecí a acompañarla a buscar agua a su casa. El municipio les da unos tanques que usan para lavar, bañarse, cocinar. Ella, con total naturalidad, me explicó que ya no quedaba agua para todo el fin de semana.
Habíamos pasado horas jugando, dibujando, abrazándonos. Y recién ahí entendí que quizás tenía sed desde hacía rato.
Ese tipo de cosas te dejan pensando mucho tiempo.
También hubo historias hermosas. Como la de dos hermanitos que siempre se quedaban mirando mientras los demás hacían la tarea. Nunca traían cuaderno. Nunca pedían ayuda. Un día entendí que hacía tiempo no iban a la escuela.
Con ayuda de otras organizaciones y organismos públicos pudimos acompañar a la familia para que volvieran a clases. Tiempo después la mamá me mandó una foto: estaban con guardapolvo, sonriendo y llevando la bandera.
Todavía guardo esa foto.
Con el tiempo entendimos que el apoyo escolar era apenas una parte. Entonces, empezamos a articular con otras organizaciones, a hacer colectas, a acompañar trámites, a generar talleres y espacios para adolescentes.
Pero sobre todo aprendimos a estar.
Porque muchas veces lo más importante no era explicar matemática o imprimir una guía, sino que ellos sintieran que alguien preguntaba cómo estaban, que alguien volvía el sábado siguiente, que alguien se acordaba de su nombre.
A veces pienso que eso fue lo que pasó con Gonzalo.
Los barrios me cambiaron mucho más de lo que yo imaginaba. Me hicieron cuestionarme prejuicios, incomodidades y miedos. Me hicieron entender que hay desigualdades enormes que muchas veces preferimos no mirar porque duelen.
Pero también me mostraron algo muy distinto: la fuerza de la comunidad, el deseo de aprender, la importancia de sentirse visto. Y aunque hay días difíciles, historias que pesan y problemas que parecen imposibles, sigo volviendo.
Después de todos estos años todavía me emociona recibir mensajes como ese: “Juli, quiero volver a la escuela”.
Cómo ayudar
Brigadas Educativas es un grupo de jóvenes de San Juan que cree en la educación como una herramienta de transformación que promueve la igualdad de oportunidades.
Vidas Desiguales
Esta nota forma parte de Vidas Desiguales, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca promover oportunidades reales para adolescentes y jóvenes que crecen en contextos vulnerables
Este texto tiene la edición y el acompañamiento de la periodista Paula Soler.
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