Creencia vs realidad: nos creemos muy solidarios pero nos cuesta comprometernos

Micaela Urdinez
Micaela Urdinez LA NACION
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9 de septiembre de 2019  • 14:58

A las personas que viven en un contexto de pobreza les falta de todo. Y esto sucede porque tienen la mayoría de sus derechos vulnerados. Además de no llegar a fin de mes, todo lo que los rodea es precario: la alimentación, la salud, la vivienda, el acceso a servicios básicos, los espacios de socialización.

En la infancia, todas estas vulnerabilidades se profundizan. Hoy en la Argentina, hay chicos que nacen de madres desnutridas, que se enferman por tomar agua contaminada, que tiemblan de frío en sus camas, a los que nunca les festejaron un cumpleaños o que no conocen un médico. Todos ellos, ya tienen parte de su futuro hipotecado.

Son muchos los que se conmueven con esta brecha e injusticia social y quieren hacer algo. Pero no alcanza solo con darles plata o un plato de comida. Lo que necesitan estos chicos son más y mejores oportunidades. Y personas que estén dispuestas a acompañarlos en estos procesos, que para ellos, van a ser mucho más complejos que para otros. Y que también quieran aprender de ellos, de su cultura, de su cosmovisión, de sus valores y descubrir todo el potencial que tienen para dar.

Esto no es lo que sucede. Lamentablemente, todavía ayudamos desde una mirada "asistencialista". Según el relevamiento "La pobreza en los ojos de los argentinos" realizado por la consultora Voices! en exclusiva para el proyecto Redes Invisibles de LA NACION, el 89% de los argentinos declara que realizó alguna acción para contribuir a mitigar la pobreza.

Los datos son de abril de este año y muestran cómo casi toda la sociedad siente que tiene algún tipo de compromiso social en su vida cotidiana. Pero cuando uno escarba un poco más en los datos, encuentra que las principales acciones están vinculadas con la donación de materiales que con un compromiso a largo plazo.

El 73% de las personas declaró haber donado ropa, juguetes, alimentos, medicamentos y útiles; el 49% haber acercado alimentos a una persona en situación de calle y el 36% haber dado dinero a una persona en situación de calle.

Apenas dos de cada 10 personas declararon tener un compromiso a largo plazo al ayudar a una persona de bajos recursos a estudiar o conseguir un trabajo. Esta es, quizás, la mejor apuesta para que puedan romper con el círculo de pobreza, que en general se transmite de generación en generación.

Para poder generar un quiebre positivo, hay que empezar por mirar a estos adolescentes y jóvenes desde su humanidad, conocer su historia y su contexto, intentar comprender la infinidad de desafíos que tienen que enfrentar en su día a día y construir con ellos las posibles salidas.

Sólo es posible desnaturalizar la pobreza y desprejuiciar a la persona pobre a través de la empatía. Solo el 11% de los encuestados señaló tener ese sentimiento. "Con empatía se disuelven los prejuicios culturales, se percibe menos amenazante la presencia de un pobre, se achica la percepción de las distancias culturales, sociales e incluso económicas, y se promueve una interacción más igualitaria", explica Constanza Cilley, directora ejecutiva de Voices!

En la Argentina existe una red invisible de miles de personas que todos los días ayudan a otros a poder estar un poquito mejor. Pero no alcanza. Se necesitan más vecinos, amigos, maestros, padrinos y tutores que quieran cambiarle la vida a los chicos de contextos vulnerables. Cada uno, en su metro cuadrado.

Porque un chico pobre no tiene red ni referentes que les sirvan de guía. Cuando esta trama humana los acompaña estos jóvenes pueden animarse a soñar, estudiar, conseguir un trabajo formal o cumplir con la meta que se propongan.

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