"Me miran por mi discapacidad. Si supieran lo que soy, no lo harían"

Maria Luisa Chirinos
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8 de junio de 2019  • 23:25

El mayor prejuicio que tiene la sociedad es el desconocimiento y el no ponerse en el lugar del otro. Yo lo sufro todo el tiempo cuando escucho comentarios racistas hacia mi familia porque mis papás vinieron de Bolivia, cuando la gente estaciona el auto en las rampas para personas con discapacidad o deja la caca de perro en la vereda.

Nací a los 7 meses en un hospital Público de la Ciudad de Buenos Aires. Tuve una infección a los días de nacimiento y eso me ocasiono una secuela que me acompañó toda la vida y se llama Paraparesia. Eso hace que hoy me movilice en silla de ruedas.

Mis papás nacieron en Bolivia y se mudaron a la Argentina buscando una vida mejor. Sus planes eran volver a su país con su familia, sus amigos y su cultura. Pero, al darse cuenta de que yo tenía una discapacidad, tuvieron que renunciar a ese sueño. Lamentablemente en Bolivia la salud es paga y ellos no tenían los medios para cubrir mi tratamiento.

Vivíamos en una villa, en el Barrio Inta. Nuestra casa tenía un baño en la parte de afuera, dos piezas chiquitas y un patio. Para salir a la calle teníamos que pasar por un pasillo que compartíamos con los vecinos. No era nada fácil para mí, por ejemplo, estar cubierta completamente de yeso en todo el cuerpo y que todos los vecinos me miraran.

Éramos seis hermanos y teníamos muchas carencias. Mi mamá recibía una caja todos los meses con mercadería (nosotros éramos tan felices, que la esperábamos siempre). Era muy loco pero con un paquete de fideos mi mama hacia comidas espectaculares. Mi papá siempre cuenta que no teníamos nada y que la carne en la comida se veía muy poco.

Cuando nací mi papá consiguió trabajo como playero en una estación de servicio en la que sigue trabajando. Iba a trabajar en bicicleta y en invierno le quedaban los dedos congelados por el frío y eso le dolía mucho. Con ese ingreso, de a poco pudo llenar mi casa de muebles.

No sufrí situaciones de discriminación por vivir en la villa pero si porque mis padres nacieron en el extranjero. Recuerdo que mi hermano que es morocho venía llorando a casa porque los chicos le gritaban "boli", mi mamá solo lo abrazaba. La verdad es que todos somos argentinos.

Hace poco mi papá tuvo un altercado con otro automovilista y el señor le gritó: "Andate de acá, ándate a tu país, que este es mi país". Mis papás vinieron a la Argentina por necesidad, no a robar. Y siempre trabajaron. Mi papá fue albañil, remisero y después playero. Mi mamá trabajó limpiando casas, en verdulerías, pero tuvo que dejar el trabajo para poder cuidar a sus cinco hijos.

Fui consciente de que tenía una discapacidad cuando era chica. Empecé a ir al colegio primario y todos me miraban y señalaban porque caminaba con valvas, andadores o bastones. Tenía una celadora y siempre me acompaña a todos lados. Desde el primer día mis compañeros me hicieron participe de todo, en el recreo se turnaban para ayudarme en algún juego. No se olvidaban de que yo a mi manera también podía jugar.

El proceso de inclusión en la escuela con mis compañeros siempre fue muy bueno. Pero los adultos a veces no lo entienden de la misma manera. Por ejemplo, la mamá de un compañero no quiso que su hijo estuviera en el mismo grado conmigo. Decía que yo tenía que ir a otra escuela, alguna especial y estar con gente como yo.

En la escuela no había ascensor y nos cansábamos de pedir que hicieran uno. Finalmente lo logramos para cuando yo estaba por terminar la primaria. En la secundaria el rector no quería que me anotara ahí, nunca supe porque. Entonces mi papá tuvo que hacer un reclamo en el Ministerio de Educación y ese mismo día ya tenía el pase. Claro el rector me hizo la cruz y se admiró cuando en mi último año me toco ser abanderada gracias a mi mejor promedio.

Tomarme el colectivo siempre fue una odisea. Mi papá me tenía que alzar y plegar la silla. En ese momento no había colectivos adaptados, si el chofer era copado te paraba y si no me tocaba seguir esperando. No era lindo viajar incomodo, sin tu espacio físico propio. Sentía la incomodidad de la gente, pero yo también necesitaba ir al hospital a hacerme los estudios y usar el colectivo como todos los demás.

Cuando termine la secundaria sabía que quería seguir estudiando pero no es tan fácil cuando tenés una discapacidad. De todas las carreras que averigüe me gustó Ciencia Política, me anoté en la Universidad de Buenos Aires. Aprobar el CBC me costó dos años. Durante mi primer viaje sola en colectivo, el 28, hacia Ciudad Universitaria estaba súper nerviosa. El chofer me maltrató y como no le contesté una pregunta, dijo: "Ah, tampoco escucha".

Me levantaba a las 5 de la mañana para llegar a cursar a las 7 y encontrarme con el ascensor fuera de servicio. Una vez mis compañeros me levantaron con silla y todo. Otra, el profesor bajó y me explico muy brevemente los temas. Finalmente tuve que dejar.

En este tiempo conocí a la gente de Cilsa, Ellos me ayudaron a que yo dejara de ver solo mi silla. Me abrieron la puerta, me dieron una beca de Educación Superior para que pudiera seguir estudiando y la posibilidad de trabajar en su Programa Nacional de Entrega de Elementos Ortopédicos. También me dieron una silla de ruedas, acorde a mi lesión, más liviana y más chiquita.

El sueño de estudiar seguía firme y decidí anotarme en Relaciones Públicas en la Fundación de Altos Estudios en Ciencias Comerciales. El único problema es que no había baño adaptado pero tuvieron la buena predisposición de armarme uno. Actualmente estoy cursando las últimas 4 materias para recibirme.

Mi coordinador en el trabajo, Daniel Copa, me invitó a ver un partido de básquet sobre silla de ruedas, porque él practicaba el deporte y estaba en la selección Nacional desde hacía varios años. Hoy es mi DT de Segunda División y mi compañero del equipo en Primera División.

El deporte cambió mi vida. Pude aprender en distintos torneos, conocer otros países, otras culturas, y ver que otros deportistas con discapacidades más complejas que las mías, siguen y no se quejan. No tienen la idea que yo tenía de chica y que muchas veces me marcaba límites "por qué a mí".

Hoy formo parte de la Selección Nacional y compito en torneos locales e internacionales, con los que sueña cualquier deportista de alto rendimiento. Este año estaremos viajado al país vecino Perú, en donde se realizaran los próximos Juegos parapanamericos en donde buscaremos poder clasificar a los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020.

No hay que dar por sentado que una persona con discapacidad no puede salir adelante, no puede trabajar, no puede estudiar, no puede practicar un deporte, no puede tener una pareja o no puede tener hijos. Esas son las barreras que hay que derribar.

Cuando estoy con mi novio - tiene parálisis cerebral y le cuesta caminar - en la calle, en el cine o en el colectivo, todas las personas nos miran. Si supieran todo lo que soy, todo lo que hago y todo lo que me queda por vivir, seguramente no lo harían.

Yo tenía todo para terminar en casa, acostada, mirando la tele, viendo por la ventana como pasaba la vida. Nada fue fácil, pero decidí salir adelante. Porque la vida se trata de eso, de seguir intentándolo una y mil veces más.

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