Leandro González creció en un hogar vulnerables; cuando se propuso buscar un empleo formal, se encontró con muchos prejuicios; con la articulación de dos fundaciones, pudo estudiar y hoy trabaja en una empresa tecnológica
7 minutos de lectura'

Leandro González creció con una certeza: todos los sueños de progreso que tenía solo se podrían hacer realidad fuera de su barrio. Por eso, cuando cumplió 19 años, se propuso cortar con las changas que hacía desde los 14 para ayudar en su casa y quiso buscar un trabajo formal.
—El problema era que no sabía cómo buscar trabajo —dice.
Su primer impulso fue comprarse un traje en la feria de usados de Lomas de Zamora donde su mamá tenía un puesto. La ropa que tenía no estaba en buen estado y los trajes eran las prendas más baratas.
En Villa Albertina, el barrio en el que se crió desde los 5 años, solo se usaba traje para ir a la iglesia.
Leandro pensó que con ese traje iba a encajar perfecto en el mundo corporativo al que aspiraba pertenecer. Que su historia de carencias podía esconderse perfectamente debajo de ese ambo.
—Imaginate a un chico de 20 años trajeado para un puesto de vendedor. El efecto que logré fue el contrario al que buscaba: la gente me miraba raro —recuerda hoy sobre ese choque de realidades.
Aquella anécdota resume una de las tantas barreras invisibles que separan a los jóvenes de contextos vulnerables del empleo formal: la falta de un referente que les enseñe los códigos de un mundo que les resulta ajeno.
Trabajar para sobrevivir
La vida de Leandro era una vida de clase media. Nació en Salta y creció junto a su mamá, ama de casa, su papá, gendarme, y dos hermanos mayores. Cuando tenía 5 años, su familia se mudó a Buenos Aires.
Cuatro años más tarde, su padre murió en cumplimiento de su trabajo. A partir de ese momento, su hogar dejó de ser un refugio y se convirtió en un ejercicio permanente de supervivencia.
Mientras su hermana mayor lidiaba sin obra social con los primeros síntomas de lo que después sería un diagnóstico de esquizofrenia, su otra hermana atravesaba un cuadro de depresión.
Su mamá, que nunca había trabajado, vendía chucherías que le donaban en la iglesia en una feria del barrio. De repente, las aspiraciones no pasaban por viajar o comprarse un electrodoméstico, sino por cubrir lo mínimo, como la comida.
En ese contexto, a Leandro le tocó asumir un rol activo en la economía familiar. Tenía 14 años. Hizo changas de lo que pudo: fue ayudante de albañil, armador de cajas y vendedor de ropa.

En paralelo, se esforzaba por hacer el secundario. “En la iglesia me inculcaban el valor del estudio. No tanto por lo que me decían, sino por lo que yo veía”, dice en alusión a las familias que progresaban y hasta podían irse de vacaciones: en ellas siempre había un profesional o el estudio era un valor.
En ese contexto, empezó a soñar con la idea de tener un trabajo en el mundo corporativo, vinculado con el marketing, la administración o el comercio exterior. “En mi familia vivíamos al día. Y cuando estás tan justo, tenés que saber administrarte”, explica.
Pero para poder estudiar, primero tenía que trabajar. Cuando Leandro decidió buscar un empleo formal, lo primero que encontró fueron barreras.
—Como vivís cerca de una villa, la gente piensa que capaz no vas a rendir igual o vas a hacer algo malo, como robar —relata con crudeza.
En aquel momento sentía que, para las empresas de CABA, un joven de Lomas era sinónimo de impuntualidad o falta de capacitación.
Pero, para un joven de Lomas como él, rápidamente esa búsqueda se convirtió en una inversión imposible.
“Buscar trabajo es un trabajo. Yo sentía que perdía plata”, dice. Y enumera: imprimir el CV, pagar el boleto de dos colectivos y el tren para viajar dos horas hasta el centro, pasar el día sin comer y volver con las manos vacías. Todo un lujo que su economía no permitía. “A veces no tenía ni para la SUBE. Subía al colectivo con mi hermana, que tiene carnet de discapacidad. Ella se bajaba en la siguiente parada y yo seguía viaje”, recuerda.
A esto se sumaba la brecha digital: Leandro no tenía computadora ni sabía qué era LinkedIn o cómo debía ser el formato de un currículum. Sus primeros intentos incluían fotos gigantes y datos que, sin saberlo, le podían cerrar puertas, como que había sido vendedor en una feria. De aquella época, le sobran anécdotas. “A veces iba a las agencias de trabajo a dejar mi CV y me decían con desprecio: ¿no sabés que esto se hace por el portal?”.
El llanto por su primer sueldo formal
A principios de 2018, alguien le habló de una fundación que iba a dar una charla de empleabilidad. “Me acuerdo que me dijeron que era en el Sheraton y yo no sabía que era un hotel”, recuerda.
Esa fundación era la Fundación Forge, que se dedica a ser puente entre los jóvenes de contextos vulnerables y el mundo del empleo.
Poco tiempo después, empezó un curso que ofrecía la organización. En Forge no solo aprendió habilidades técnicas, sino también las “habilidades blandas”: cómo presentarse ante los demás, cómo hablar y cómo usar una computadora por primera vez.

Gracias al apoyo de la fundación, consiguió su primer empleo en blanco como camillero en el Hospital Británico a fines de 2019.
—Recuerdo que con el primer sueldo me puse a llorar. Nunca había ganado tanta plata junta —confiesa y cuenta que con ese dinero compró comida para su casa y una bicicleta para su hermana.
Sin embargo, su ambición seguía siendo el Comercio Internacional. “Había intentado estudiar la carrera en la Universidad Nacional de Quilmes, pero no había podido sostener la carrera, me resultó muy difícil, no tenía una base de conocimientos suficiente”, reconoce.
A través de Forge, logró que la Fundación ICBC le otorgara una beca para estudiar la tecnicatura en Comercio Internacional en su propia sede.
El apoyo de la ONG fue más allá de lo económico. Leandro destaca el seguimiento humano: la directora y la rectora estaban pendientes de él, enviándole mensajes para alentarlo.
Aun así, sentía que el desafío de estudiar era enorme: “Había chicos de 18 o 19 años que al lado mío volaban porque tenían otra base”, cuenta. Leandro tuvo que compensar la educación básica de su secundaria con horas de tutoriales en YouTube para entender lo que para otros era obvio.
La carrera le llevó un poco más de tiempo, pero después de cinco años se recibió de Técnico en Comercio Internacional. Leandro es uno de los diez graduados que lograron estudiar gracias a la articulación de ambas fundaciones. Hoy trabaja en una empresa tecnológica. Allí se ocupa de la logística y las alianzas comerciales con marketplaces de bancos como el Provincia y el Galicia. Trabaja en modalidad híbrida y vive junto a su mujer en Villa del Parque.

Su vida actual está marcada por logros que va naturalizando hasta que vuelve al barrio para visitar a su ma. “Veo a los chicos con los que jugaba a la pelota y los encuentro en situaciones vulnerables: sin trabajo, haciendo changas, viviendo con sus padres”, reflexiona.
Cuando piensa en qué lo diferencia de aquellos amigos, cree que no solo fue la voluntad. “Yo tuve oportunidades que me permitieron insertarme en el mundo del trabajo”, dice. Y concluye: “El barrio me cerraba puertas, pero pude abrir otras”.
Vidas desiguales
Esta nota forma parte de Vidas Desiguales, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca promover oportunidades reales para adolescentes y jóvenes que crecen en contextos vulnerables
1Quiénes están detrás del monto récord destinado a 9 comunidades del Chaco
2Crecieron en un barrio sin computadoras y ahora trabajan en una tecnológica que exporta a Latinoamérica
- 3
“Lo volvían loco por traga”: sufrió bullying durante años, dejó de salir de su casa y ahora la Justicia condenó al Estado por no intervenir
- 4
“¿Por qué no van a la escuela si la educación es pública?”: la experiencia que cambió la vida de una joven y su mirada de la pobreza


