“El juez me dijo que mis chances eran bajísimas”: la revancha de un joven que nunca fue adoptado
Néstor Carrizo tiene 22 años y creció en hogares; al cumplir 18, tuvo que arreglárselas solo; ahora que tiene trabajo, armó un plan para sacar a pasear a niños institucionalizados
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Cuando piensa en los seis años que estuvo en hogares y familias de acogimiento, Néstor Carrizo siente agradecimiento. “La pasé bien, nunca me sentí maltratado”, dice este joven de 22 años que entre los 14 y los 18 años vivió en esos contextos, siempre en La Rioja, su provincia natal.
Una vez que egresó, trabajó de lo que pudo para poder mantenerse y pagar un alquiler. “El problema era que no había trabajo”, recuerda. Por eso, a los 20 años vino a la ciudad de Buenos Aires en busca de mejores oportunidades. Consiguió trabajo de recepcionista, alquiló una habitación para vivir en Saavedra y ahora está por mudarse a un departamento. Además, está por empezar la carrera de Derecho en la UBA después de haber cursado y aprobado el CBC.
Pero de todos sus logros, el proyecto que más lo entusiasma no ocurre en CABA sino en la provincia de donde vino. Desde hace unos meses, Néstor organiza actividades recreativas y de entretenimiento con 26 chicos que crecen en hogares de La Rioja.
Así, por ejemplo, durante el verano organizó una salida a un camping, donde los chicos comieron asado y disfrutaron de inflables y otros juegos. Otro día, pasaron toda una tarde en una pileta, donde además festejaron el carnaval con espuma y un show de títeres. En una de sus últimas visitas, les llevó útiles escolares y mochilas.
“Mientras estuve dentro del sistema de cuidados, nunca me faltó nada para estudiar. Pero me tenía que conformar con la mochila que me daban. Esta vez quise que cada uno de los chicos eligiera la mochila que quería y se la llevé”, cuenta orgulloso. Y enseguida aclara que todos los gastos se pagan con dinero de su bolsillo.

Néstor llamó a este proyecto Travesía Compartida. “Sé que estas actividades significan mucho para los chicos, pero también para mí. Volver con esta propuesta es reparador”, se sincera.
La iniciativa cuenta con el aval de la Secretaría de Inclusión y Desarrollo, la Subsecretaría de Niñez, Adolescencia y Familia y la Dirección General de Gestión y Promoción de la Familia de La Rioja. Esto permite que Néstor pueda articular con los responsables de los hogares y organizar las actividades. “Los chicos participan siempre acompañados por referentes de cada institución”, explica.
Cuando habla en su cuenta de Instagram sobre Travesía Compartida y el motivo que lo llevó a encarar este proyecto lo resume así: “A diferencia de quienes crecen con sus familias, los niños, niñas y adolescentes institucionalizados tienen menos oportunidades de construir recuerdos positivos fuera del ámbito del hogar”, puede leerse en uno de sus posteos.
Néstor está convencido de que las salidas fortalecen la salud emocional de los chicos. “Busco que además de lo recreativo, esté lo afectivo. Cada vez que voy, conecto con los chicos. Ellos me esperan, me abrazan, se genera algo muy fuerte”, dice.

Durante o después de cada actividad, el agradecimiento que recibe de los chicos es inmenso. “Me agradecen por no haberme olvidado de los que están ahora en el mismo lugar que estuve yo”, dice con emoción.
En nuestro país hay alrededor de 9 mil chicos que viven en 605 hogares, según el censo más reciente. El 18,1% tiene de 0 a 5 años; el 35,2% entre 6 y 12 años; el 35% de 13 a 17 años, y el 11,7% 18 años o más. Es frecuente que haya grupos de hermanos y también chicos con alguna discapacidad.
A medida que crecen, bajan sus chances de ser adoptados. En todo el país, hay 1874 mujeres, hombres y parejas anotadas para adoptar: el 85% están dispuestos a recibir a niños de hasta 3 años, pero menos del 5% adoptaría a chicos de 11 años o más.
“El deseo de tener una familia sigue estando”
Néstor ingresó por primera vez al sistema de cuidados cuando tenía 12 años. Pese a cargar con una infancia atravesada por la violencia y el abuso por parte de su familia de origen, cuenta que la Dirección de Niñez insistía con que debía vivir con su mamá y sus hermanos, las personas que lo maltrataban.
Debieron pasar dos años más hasta que la Justicia dictara una medida de protección excepcional y Néstor se alejara de ellos definitivamente.
“Viví con dos familias de acogimiento y después en un hogar hasta que cumplí los 18”, dice. Como no pudo cumplir el sueño de tener una familia que lo adoptara, hoy es parte de Guía Egreso, un colectivo integrado por jóvenes que, como él, egresaron de hogares y otros dispositivos de cuidado.

Néstor reconoce que le encantaría tener una mamá, un papá o una hermana o hermano con quien compartir todo lo que está haciendo. “El deseo de tener una familia sigue estando, pero con el paso del tiempo se va apagando”, se sincera.
La muerte de su papá, cuando él tenía 6 años, quebró para siempre el vínculo entre él y sus cinco hermanos mayores que, en ese momento, tenían entre 8 y 16 años. “Nos vinculábamos a través de la violencia, que a veces escalaba y mucho. Tenía que intervenir la policía para frenarla”, recuerda.
Para escapar de ese entorno, pasaba el mayor tiempo posible fuera de su casa. “Hasta los 12 me crió mi madrina, que es una señora grande. No sé qué hacía mi mamá, pero nunca estaba en casa”, dice.
Cuando su madrina no pudo cuidarlo más, Néstor durmió en hospitales y hasta llegó a deambular toda la noche por la calle. Todo por no volver a su casa. “Cuando iba a la escuela, aprovechaba para dormir. También me daban de comer”, explica.
Hubo episodios en los que la propia escuela o el hospital denunciaban la situación ante la Justicia. Pero la Dirección de Niñez siempre resolvía que Néstor tenía que volver a su casa, aun en contra de su voluntad y de la de su progenitora. “Mi mamá ha llegado a decir que no quería tenerme con ella, que no le insistieran, pero no había caso, siempre me hacían volver”, recuerda.
Con cada regreso, la violencia de sus hermanos, que se sentían expuestos ante la Justicia con toda esa situación, no hacía más que recrudecer. Entre los 12 y los 13, Néstor alternó entre hogares convivenciales y su propia casa, hasta que a los 14 la situación se hizo insostenible.
“Me acuerdo de que hacía mucho frío y estaba anémico. Estuve tres días durmiendo en el hospital sin que nadie de mi familia se acercara a ver cómo estaba. Ahí la Justicia dictó la medida de protección excepcional”, relata.
“Primero estuve con una familia de acogimiento y lo pasé genial -continúa-. Éramos dos chicos nomás y Doña Ángela nos daba todo lo que queríamos. Por primera vez en mi vida tenía mi cajoncito con mis cosas, mi ropa, mis pares de medias”, recuerda.
La experiencia se truncó cuando la familia renunció porque el Estado no le pagaba. De ahí pasó a otra familia con quienes el cuidado era menos personalizado: eran 14 adolescentes más las tres hijas de la familia. “Con ellos pasé la pandemia. A veces los vecinos se quejaban porque poníamos la música fuerte”, dice como quien recuerda una travesura.
“El juez me dijo que mis chances eran bajísimas”
En ese tiempo, la Justicia resolvió su adoptabilidad. “Yo ya tenía 17 años y el juez me explicó que mis chances de ser adoptado eran bajísimas”, dice con resignación.
Los últimos meses antes de cumplir los 18 los pasó en un hogar. Ahí se vinculó con la asociación civil Doncel. “Me dieron muchas herramientas para enfrentar la vida una vez que egresé del hogar”, dice.
También se vinculó con Guía Egreso, un colectivo nacional de egresados o que están por egresar del sistema de cuidados alternativos, y se unió a ellos. Todavía es parte de la organización.
Gracias a ellos, por ejemplo, supo que, al egresar, tenía el derecho de cobrar un subsidio equivalente al 80% del salario vital y móvil como parte del Programa de Acompañamiento para el Egreso (PAE) al que acceden quienes, como él, egresan de un hogar sin haber sido adoptados. “El problema es que con ese subsidio no me alcanzaba para alquilar y mantenerme. Trabajé haciendo changas de lo que pude, pero no había trabajo”, dice.

“En La Rioja están mis amigos pero me falta trabajo. Me gustaría volver a mi provincia, pero acá en Buenos Aires tengo más oportunidades”, continúa. Gracias a una nota periodística logró que algunas personas lo ayudaran para establecerse en la Ciudad.
Además, este año arranca la carrera de Derecho. “No me imagino ejerciendo. Pero me siento un defensor de los derechos de los niños y quiero contar con más información para defenderlos”, dice.
En lo inmediato, le gustaría replicar la iniciativa en CABA. “Es más difícil lograrlo siendo yo solo, porque acá son 58 hogares y más de 300 chicos”, reconoce. Pero sueña con que Travesía Compartida sume voluntades y también contagie a otros. “Si no podés adoptar, quizás podés apadrinar a un chico o acercarte a algún hogar con alguna propuesta o actividad para todos”, dice.
Con cada iniciativa, Néstor espera dejarle este mismo mensaje a los mismos chicos que hoy están institucionalizados. “Ellos me agradecen por no olvidarlos. Ojalá que cuando se vayan, ellos tampoco olviden”, concluye.
Más información:
- Si querés conocer más o colaborar con Travesía Compartida podés escribir a nestorcarrizo275@gmail.com
- Para conocer más sobre las actividades de Guía Egreso podés ingresar en su sitio web o en su cuenta de Instagram
- Si querés postularte como familia de un niño, niña o adolescente sin cuidados parentales, podés navegar esta guía de Fundación LA NACION con todo lo que deberías saber antes de tomar la decisión de adoptar
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