El miedo recurrente a los pobres

Micaela Urdinez
Micaela Urdinez LA NACION
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8 de junio de 2019  • 23:51

Aeropuerto de Salta. Después de hacer migraciones dos policías eligen "al azar" a personas para hacerles un control más exhaustivo. Les piden el DNI, los llevan a un cuartito a hacerles preguntas, les revisan a fondo sus bolsos de manos. Todos los elegidos, tienen rasgos de pueblos originarios. Los "criollos" pasan de largo.

Omar, un chico wichi que está viajando con nosotros de vuelta a Buenos Aires, cae en la volteada. Obedece respetuoso, con la mirada en el piso, acostumbrado a estos episodios de violencia institucional.

Porque lo que le quieren hacer sentir es que ese no es su lugar. Que él no puede viajar en avión, estudiar Derecho en Buenos Aires, progresar. Que algo raro debe haber, que seguro trafica algo y que mejor se quede en su comunidad, sin molestar a nadie.

Lo mismo pasa cotidianamente en el resto del país, cuando detienen a chicos por "portación de cara", cuando les niegan trabajos porque viven en la villa, cuando por su lugar de nacimiento dan por sentado que no tienen futuro.

En la entrega de los Martín Fierro, en su discurso de agradecimiento por la estatuilla por mejor labor humorística, Lizy Tagliani hizo mención a sus orígenes humildes y apuntó hacia los fuertes prejuicios que existen en relación a los pobres.

"Quiero agradecer a mi mamá por los valores. Cuando tenía 7 años caminaba tres cuadras para sacar agua de una bomba. Ahora, cuando escucho tratar a los pobres como personas que no saben pensar, les cuento que sabemos y conocemos mucho más de lo que creen. Lo único que nos faltan son recursos, oportunidades, alguien que nos ayude a salir adelante", señaló orgullosa y con lágrimas.

¿Cómo podemos solucionar la pobreza en el país si el 58% de los argentinos cree que la mayoría de los jóvenes pobres consumen drogas y alcohol en exceso y son violentos? Este dato surge de un relevamiento de este año que la consultora Voices! realizó en exclusiva para LA NACION.

El resultado más revelador de este estudio es la poca información que la sociedad tiene sobre estos temas. Porque los datos que contradicen estos estereotipos están al alcance de todos, pero la gente prefiere mirar para otro lado y seguir alimentando sus prejuicios.

En este caso, cifras del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA indican que solo el 9% de los jóvenes del estrato trabajador marginal tiene un consumo problemático de sustancias.

A partir de hoy, a través del proyecto Redes Invisibles, LA NACION va a estar compartiendo estadísticas confiables para intentar derribar estos prejuicios, e invitar a la audiencia a sumarse a diferentes redes de apoyo para jóvenes que viven en estos contextos.

Esa es la pobreza más grande que tenemos como sociedad. El miedo a lo diferente, la soberbia, la falta de empatía, el individualismo. Porque todas estas actitudes lo único que hacen es reforzar los extremos, ampliar las brechas, lograr que cada vez estos jóvenes estén más excluidos.

Ser pobre no es no tener plata. Ser pobre es no tener oportunidades, es tener la mayoría de tus derechos vulnerados, es no contar con nadie para pedirle consejos, es no poder soñar con un mañana mejor. Es la sumatoria de todas esas privaciones las que los dejan fuera del sistema.

Otro dato llamativo del estudio de Voices es que el 60% de los argentinos considera que tiene una performance positiva para erradicar la pobreza en la actualidad, cuando la acción que más realizan es donar ropa, juguetes, alimentos, medicamentos y útiles (73%). Solo el 21% ayuda a una persona de bajos recursos a estudiar o conseguir trabajo y el 7% participa en una ONG.

El problema es que no alcanza con darles plata o donarles ropa. Lo que estos chicos necesitan es que se les abran puertas, reforzar su autoestima, contar con una presencia permanente, animarse a soñar, tener guías que los acompañen.

La apuesta es enorme y muchos se quedan en el camino. Pero cuando existe esta red de personas e instituciones que no les tuvieron miedo, que se acercaron, que los escucharon, logran salir adelante y ser enfermeros, abogados, tener su propia casa y muchas cosas más. La audiencia también va a poder conocer las historias de superación de estos jóvenes a través de Redes Invisibles.

No es magia ni estos chicos son héroes. Por supuesto que tuvieron que poner toda su pasión y esfuerzo, pero cuando las brechas son tan profundas, con eso tampoco alcanza. Estos jóvenes son también el resultado de un compromiso y una empatía que diferentes personas ponen en práctica, todos los días, con pequeños actos.

Tampoco hay que dedicar la vida a los pobres para poder ayudarlos. Quizás el desafío sea que cada uno, desde su lugar, pueda interactuar con los chicos que más necesidades tienen y les pregunten cómo los pueden ayudar. Para que un chico haya terminado en la calle, pidiendo limosna o vendiendo cosas en el subte, fallaron muchas cosas. Ojalá entre todos, podamos empezar a solucionarlas.

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