El pueblo santiagueño que unió a ciudadanos de todo el mundo

Micaela Urdinez
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8 de junio de 2019  • 23:50

Viajé por todo el mundo por mi trabajo o por vacaciones, de una forma privilegiada, y nunca había tenido contacto con una pobreza de esta magnitud", afirma Jorge Romero Day, sobre lo que vio y sintió al visitar la comunidad de Piruaj Bajo hace dos meses. Después de leer las notas de Hambre de Futuro, un proyecto de LA NACION que mostró como son las infancias en los lugares más vulnerables del país, se sumó a ayudar. En cuanto pudo organizar el viaje, se subió al auto para ir a conocer a esas personas, cara a cara.

Lo impactó la historia de Nilo, un adolescente de 14 años que pasaba todas las mañanas hachando quebrachos con su padre y a la tarde iba a la escuela en el monte santiagueño. Su sueño era poder tener una cama para él solo porque compartía la suya con su hermano.

"Me conmoví y enseguida lo llamé al hermano Rodrigo que figuraba como contacto porque quería becar a Nilo para que pudiera seguir estudiando y recibirse de maestro de matemáticas como quería. Fue muy emocionante poder conocerlo y charlar con él. Generamos un vínculo muy lindo", dice este hombre de 62 años, que vive en Martínez y ahora tiene una parte de su corazón en Piruaj Bajo.

El hermano jesuita Rodrigo Castells fue y es el encargado de organizar todas estas ganas de ayudar, de explicar en detalle las necesidades y de poner en marcha las soluciones, siempre con el protagonismo de la comunidad.

Jorge Romero Day con Nilo y su familia
Jorge Romero Day con Nilo y su familia

"Yo creo que esta es una hermosa oportunidad de acercar mundos muy distintos. Ese encuentro desde una mirada constructiva tiene un valor intangible enorme. Todos los chicos del monte pueden tener una historia nueva sólo si se involucra el mundo de la ciudad que es el que tiene la fuerza y las capacidades de abrirles caminos", explicó Castells.

Fueron cerca de 400 llamados los que recibió, muchos los que colaboraron y 25 los que se transformaron en "padrinos" de la comunidad. No se conocen entre ellos pero cada uno, a su manera, forma parte del mismo objetivo: mejorar la calidad de vida de estas personas y las posibilidades de futuro de sus chicos.

"Yo soñaría con impulsar una sensibilidad a nivel país sobre la importancia de cuidar los bosques y su gente. La red que se armó fue generando apoyos para cuestiones de emergencias pero también nuevas oportunidades de vida para los hijos del monte", agregó Castells.

Se consiguieron muchas cosas. Desde donaciones de camas y bicicletas, pasando por la instalación de antenas de Internet o paneles solares, hasta la construcción de cisternas de agua. Algunos, incluso financiaron proyectos productivos que la comunidad quería llevar adelante.

La mayoría de las personas que pasaron a conformar esta red invisible y solidaria, decidieron que antes de ayudar, hacía falta ir a pisar esas tierras, recorrer esos bosques, compartir mates y charlas con esas familias. Entender para poder actuar.

Para Romero Day conocer a Nilo y a sus padres fue una gran emoción. "Son más reservados. Pasé casi todo un día con Nilo en el monte. Hasta el día de hoy, dos o tres veces por semanas, me contacta para preguntarme cómo estoy. Me causa emoción cada vez que se contacta conmigo y me dice "hola padrino"", explicó.

Jorge Romero Day visitando a Nilo
Jorge Romero Day visitando a Nilo

Estando allá, Romero Day tuvo la oportunidad de recorrer la zona y conocer toda la problemática del bosque. "Es una experiencia única la que viví. Lo que más me impactó es la dignidad de esta gente. Ellos quieren estar mejor en base a su propio esfuerzo y no a la política. La mayor convicción que traje de vuelta, es que voy a volver", concluyó.

Según Castells, lo que más caló hondo en la audiencia fue el sacrificio de Nilo por ser hachero y el deseo de Camila de querer ser veterinaria. Osvaldo Puente, un artista plástico que conoció la historia de Camila, aportó los fondos para que hoy pudieran con energía eléctrica gracias a un panel solar. "Por suerte pude ayudarlos y el día de mañana, quizás ella sienta una gratitud que haga que ayude a otro y así el círculo se va multiplicando", contó Puente.

Camila Romero sueña con ser veterinaria
Camila Romero sueña con ser veterinaria

Para él, la condición antes de colaborar, era ir hasta allá. "Roa Bastos dice que "Para entender al otro, hay que ser el otro" y yo estuve casi una semana tratando de entender su idiosincrasia, sus valores, cómo viven en esos lugares. Estoy muy agradecido porque me dieron una lección de vida importante, me mostraron otra forma de encarar las prioridades", contó.

La red está compuesta por personas de lo más diversas desde sus profesiones hasta sus lugares de residencia. Además de diferentes provincias argentinas como Buenos Aires, Córdoba o Jujuy, son muchos los argentinos que viven en el exterior y quisieron sumarse. "Se acercó gente principalmente que está en Estados Unidos pero también en Australia, Colombia y España. Son personas con cierto dolor de estar en el exterior y de enterarse que todavía en la Argentina siguen existiendo estas situaciones", comentó Castells.

Gustavo Pérez Navarro y su mujer Mónica Palant viven en Brisbane, Australia. Ella encontró la nota de Camila y se la compartió a su marido. "Nos indignó y dolió saber que no tenían un baño. Mónica se contactó con Rodrigo y a partir de eso, él es nuestro amigo", explicó Pérez Navarro desde la otra punta del planeta.

Envió el dinero por Western Union para que Camila y su familia pudieran tener un baño instalado. También compraron algunas bicicletas para los chicos del paraje.

"Fue muy gratificante tener la posibilidad de conectar con algo real, con gente de carne y hueso. Nosotros somos los que estamos agradecidos de que ellos se dejaran ayudar y nos permitieran ingresar a sus vidas", agregó Pérez Navarro, quien tiene intenciones de viajar en Julio a Santiago del Estero a conocer la comunidad. "Me muero de ganas de ir y de conocer a Rodrigo y a toda esta gente", concluyó.

Las necesidades en las zonas rurales son infinitas. Una de ellas, es la comunicación porque no cuentan con señal de teléfono ni de Internet. Cuando Marcela Cairoli se enteró de esta situación, supo que era ahí en donde quería hacer una diferencia. Hoy ya son cuatro las comunidades (Murishka, La Firmeza, Vilmer y Aibal) que están conectadas al mundo.

"La antena iba a ser mucho más poderosa que cualquier otra cosa. Porque tener acceso a Internet no solamente era una herramienta de trabajo para los campesinos que estaban haciendo una cooperativa agropecuaria sino también para la gente que no tiene teléfono para hacer un trámite, para comunicarse con sus familiares o para llamar a un médico", aseguró.

La posibilidad de aportar dinero surgió porque justo Cairoli acababa de vender su empresa conservando los puestos de trabajo de la gente y al leer la nota, sintió que era un buen momento para agradecer lo que le había pasado.

Un rasgo increíble de las familias de Piruaj es su capacidad para ser anfitriones y hospitalarios. "Reciben de muy buena manera al que llega, y mucho más si es alguien que se ha interesado en ellos y sus dificultades. Se establece un vínculo que va mucho más allá de la cosa que te doy, que es mucho más humano y que lleva a trascender la relación", contó Castells.

Por su parte, los lectores rescataron el impacto que sintieron al constatar de primera mano, la realidad que vieron por una ventana lejana a través de los artículos. Eugenia Morello vive en Almafuerte, Córdoba. En su caso, compartió las notas de Hambre de Futuro en las redes, y fueron varios los familiares o amigos que quisieron hacer algo. "Yo sola no hubiera arrancado nada pero si somos un red, siempre es más fácil. Con un amigo, mi novio, mi hermana, mi papá y Manuel, un chico que viaja al norte con los camiones, nos decidimos a juntar donaciones para llevarlas a Santiago", dijo Morello.

Apilaron ropa, colchones, ropa y camas. La motivación de viajar hasta Piruaj Bajo tenía que ver con conocer cómo vivía esta gente y tratar de pensar soluciones a largo plazo. "Es un ratito dejar de mirarse el ombligo y ayudar a otros. Fue muy movilizante. Te encontrás con gente recontra agradecida, nos invitaban a tomar mate. Me volví con ese gusto a poco de cuántas cosas estamos haciendo mal como Estado. Saber que los chicos van a crecer en esa realidad. Fue una mezcla de gratitud y alegría. Creo que cada uno juega el papel que puede", recalcó Morello.

Castells remarca que con mucho trabajo, también se construyeron cuatro cisternas de agua, se multiplicaron las madrinas de APAER y eso permitió que Nilo, Cami, Pochi y sus hermanos hoy tengan sus becas educativas. Los impactos se siguen multiplicando hasta hoy.

Romero Day invitó a otros a sumarse: "No duden porque esta gente lo necesita para mejorar su situación y la de sus hijos. Ellos saben que los chicos tienen que tener un mejor futuro que el de ellos".

Un puente colgante para comunicarse

Joyce Seward es una docente jubilada de 88 años que vive en Luján. Su hijo ya colaboraba con la instalación de antenas de Internet para Piruaj Bajo y ella decidió ponerse en contacto con el hermano Rodrigo.

"Me contó que tenían que construir un puente rústico, de manera, porque hay gente que tiene que hacer muchos kilómetros para cruzar al pueblo. Somos gente común y corriente pero aportamos desde nuestro lugar. Son granitos de arena que uno da", explicó.

Seward envió la plata y de a poco se fue construyendo el puente al que pusieron de nombre Padre Pío. "La vida no vale la pena ser vivida si no estás ayudando al prójimo.

El momento que estamos viviendo es súper difícil y cada uno desde sus pequeñas posibilidades tiene que ayudar al que tiene al lado, porque siempre alguien necesita ayuda", agregó Seward.

Cómo colaborar

Quienes quieran seguir colaborando para mejorar la calidad de vida de la comunidad, pueden comunicarse por Whatsapp con el Hermano Rodrigo Castells al +54-911-6974-9665.

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