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Vanina Yensen dice que no estaba en sus sueños dedicarse a la confección de indumentaria. No porque soñara con otra cosa, sino porque no tenía sueños. Apenas estaba transitando la adolescencia cuando el consumo problemático de sustancias le hizo tocar todos los fondos posibles, incluyendo el robo, la prostitución y también la venta de droga para algunos narcos.
Ahora tiene 36 años y cuenta su historia como una pesadilla que dejó definitivamente atrás. Está en pareja y todos los días recorre el trayecto que separa su casa, en el partido bonaerense de Moreno, y su trabajo, ubicado en el barrio porteño de Barracas, en el Centro Metropolitano de Diseño. “Es cansador el viaje, después de trabajar ocho horas, pero estoy orgullosa y agradecida de cómo cambió mi vida”, dice.
Desde hace tres años, Vanina forma parte de la Cooperativa San Cayetano, integrada por personas que, como ella, estuvieron en consumo y se recuperaron. Se trata de una organización donde abundan historias como la suya, de personas que, en el contexto de su consumo problemático, llegaron a ser mano de obra de alguna agrupación narco.
Pero ahora, como parte de la cooperativa, esas mismas personas son el motor de Laburo, una marca de indumentaria que promueve el valor del trabajo digno como un arma clave para combatir el narcotráfico.
Laburo es, en rigor, una iniciativa de la Asociación Civil Sinodar, que trabaja para generar diferentes tipos de políticas contra el crimen organizado. Con ese marco, la asociación generó alianzas con organizaciones de diferentes países con el objetivo de diseminar el siguiente mensaje a escala global: “+ Laburo, - Narco”.
En la página web de la organización puede leerse: “En Laburo nos organizamos, planificamos, dialogamos y trabajamos junto a otras organizaciones que quieren mejorar el mundo en el que vivimos. Desde Argentina, Italia y Costa de Marfil nos reunimos para darle vida a un proyecto que intenta crear una nueva narrativa, solidaria, creativa e igualitaria”.
La Cooperativa San Cayetano es, desde febrero de 2025, la pata local del proyecto, del que también participan otras organizaciones similares: Pibiesse, de Italia, y Dawnlight, de Costa de Marfil. En los tres casos, trabajan en la confección y venta de remeras básicas y bolsos de tela. En nuestro país comenzaron a venderse hace menos de un mes y están a partir de 38.000 pesos y 12.000 pesos respectivamente.
Un porcentaje de lo que las tres organizaciones recaudan con la venta se destina a proyectos de prevención en sus territorios. En el caso argentino, la organización beneficiaria es el Club Sparta, en Rosario, ubicado en el barrio Parque Casas, que lleva el waterpolo a chicos de bajos recursos.
“Podés trabajar para que la gente no vuelva a consumir pero si después no pueden desarrollarse y tener trabajo, vas a fracasar en el mediano o largo plazo”, dice Lucas Manjon, integrante de Sinodar, quien sostiene que es clave una nueva mirada sobre el tema. Una mirada que apunte más a cambiar las bases que las consecuencias.
Fue, justamente, la necesidad de cambiar las bases lo que impulsó el nacimiento de la Cooperativa San Cayetano, en 2019, como un emprendimiento laboral para quienes se recuperaban del consumo en el Hogar de Cristo que funciona en la Parroquia de San Cayetano, en el barrio de Liniers.
Los Hogares de Cristo son los espacios que tiene la Iglesia para ofrecer contención y tratamiento contra las adicciones, una red conformada por más de 200 dispositivos y con presencia en 19 provincias del país.
“Lo que empezó a pasarnos es que, una vez que los chicos se recuperaban empezaba otra odisea, la de la inserción laboral. Si hoy es difícil conseguir trabajo, imaginate para ellos”. Quien habla es Rosario Anchorena, presidenta de la cooperativa, quien hace ocho años empezó como voluntaria en ese Hogar de Cristo.
A la falta de oportunidades laborales para quienes se recuperaban se les sumaba el temor de que esa frustración fuera la antesala de una recaída, Por eso, en ese Hogar de Cristo empezaron a idear un proyecto propio. “Ninguno sabía de costura. Pero justo nos habían donado unas máquinas de coser así que buscamos la mejor manera para que los chicos y chicas aprendieran y arrancamos”, recuerda Anchorena.
Hoy la cooperativa confecciona prendas básicas, en muchos casos para empresas u organizaciones como Cáritas. También se dedica al estampado y el empaquetado de prendas. La búsqueda de nuevos clientes es permanente. El objetivo es siempre el mismo: que las personas que salen del consumo cuenten con una fuente genuina de trabajo que las aleje de las redes narco. Una filosofía que engarzó perfecto con el proyecto Laburo,
Vanina cuenta que tenía ocho años cuando llegó desde la provincia de Chaco a Buenos Aires junto a su mamá y su abuela. “Como mi mamá no podía trabajar por temas de salud, yo salí a vender cosas y a pedir”, recuerda.
Tiempo después, dice, la misma calle la vinculó con chicas más grandes, que la iniciaron en el camino de la noche y del consumo de sustancias. “Empecé a faltar mucho a la escuela y a los 11 me fui de mi casa”, cuenta.
En los años que siguieron estuvo en situación de calle y fue probando diferentes tipos de drogas, hasta llegar a la pasta base. “Eso fue lo peor de todo, el peor infierno”, describe. Para hacerse de las sustancias llegó a robar, prostituirse y hasta vender para algunos narcos. “El problema era que me fumaba todo lo que me daban para vender. Una vez me agarraron y me cagaron a palos”, recuerda.
Era tal la enajenación que le producía el consumo de la pasta base que una vez, cuenta, se despertó contra uno de los paredones de la cancha de San Lorenzo rodeada de un grupo de narcos. La buscaban por haber robado plata y drogas, pero ella no recordaba nada. “Me gatillaron en la cabeza pero no salió la bala. Me escapé como pude y terminé en un centro de día del Bajo Flores, al que yo iba a bañarme. Ahí dije que no quería más esa vida y empecé mi camino para la recuperación”, cuenta.
Vanina se llena de orgullo cuando habla de los doce años que lleva limpia. En ese proceso se hizo acompañante terapéutica y se dedicó a contener a otros que llegaban con historias como la suya. Pero si quería buscar trabajo por fuera de la organización, la respuesta siempre era una negativa. “Te ven los tatuajes o ven tu historial y enseguida te cierran la puerta”, se lamenta. Por eso, la cooperativa hoy es mucho más que un trabajo para ella. “Me siento útil. Sé hacer un montón de cosas”, dice con tono incrédulo.
Anchorena cuenta que, en la cooperativa, casi todas son historias de chicos y chicas que trabajaron de diferentes maneras para las organizaciones delictivas mientras estaban en consumo. “Cuando se recuperan, se les abren dos caminos: volver a esa vida, que es más rentable pero destructiva. O apostar por el trabajo ganando menos, pero construyendo la propia dignidad”, dice.
Entonces recuerda el caso de un chico que había vendido para los narcos desde los 8 años. Después de hacer su camino en la recuperación, a los 21 empezó en la cooperativa. “Con el tiempo recayó y volvió a venderle al narco. Pero ahora se está recuperando. Al final eligió el buen camino”, agrega con esperanza.
Al ser parte de Laburo, dice, espera que más gente conozca todo lo que hacen en la cooperativa. “Y que con eso podamos transmitir que la gente que está en consumo y en la calle sí tiene una salida”, agrega. “Se necesita un poco de esfuerzo, pero cuando se logra ves que todo valió la pena”.
Si bien se trata de un año desafiante para la industria textil, Sinodar aspira a fortalecer la marca en el transcurso de este año, sumando, incluso nuevas organizaciones y países. El objetivo es claro, amplificar el mensaje y, con él, generar más puestos de trabajo.
