Indigentes urbanos: casi todos tienen un oficio pero, sin redes, terminan en la calle

Según un estudio, los indigentes urbanos son hombres y mujeres que cayeron del sistema por falta de trabajo o su precarización; sin apoyos, muchos quedan sin techo. Rosa, hoy vive en un hogar y gracias a que pudo reinsertarse en el mercado laboral sueña con poder alquilar algo para vivir con sus hij
Según un estudio, los indigentes urbanos son hombres y mujeres que cayeron del sistema por falta de trabajo o su precarización; sin apoyos, muchos quedan sin techo. Rosa, hoy vive en un hogar y gracias a que pudo reinsertarse en el mercado laboral sueña con poder alquilar algo para vivir con sus hij Crédito: Victoria Gesualdi/AFV
Gastón Rodríguez
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6 de septiembre de 2019  • 17:08

El hombre que empuja un carro en la calle tiene un oficio con el que alguna vez él y su familia vivieron bien. No tiene problemas de adicción y jamás pisó la celda de una comisaría. La mujer que duerme en un parador de la ciudad cursó, no hace mucho, el primer año de una carrera universitaria. Lo hacía de noche porque de día era cajera en un supermercado y cuidaba a sus hijos.

A contramano de prejuicios instalados o de interpretaciones que buscan estigmatizar, un informe de una organización que trabaja con personas en condiciones socioeconómicas desfavorables reveló que la mayoría de estos indigentes urbanos no superan los 40 años, tienen un nivel educativo más que aceptable, experiencia laboral comprobable y casi ninguno, antecedentes penales. La pérdida de redes de contención y lazos afectivos, en gran medida, convierten a estos hombres y mujeres, portadores de experiencias y conocimientos, en vidas descartadas.

Bajo el título El saber hacer de los más vulnerables, un informe de la Fundación Cultura de Trabajo, que se ocupa del proceso de reinserción laboral de personas que asisten a paradores nocturnos, hogares de tránsito, comedores comunitarios, y otras redes de asistencia, enumeró las principales características sociodemográficas de estos trabajadores devenidos en desocupados o ya instalados en los márgenes del sistema.

Según los últimos datos publicados por el Indec, en el país existen 1.920.000 desocupados urbanos (el 10,1%). L a subocupación llegó al 11,8%, dato que se traduce en que 2.250.000 personas -los que hacen "changas" o labores de subsistencia como, por ejemplo, los cartoneros- trabajan menos de 35 horas semanales y no porque quieran sino porque no consiguen otra cosa.

El problema del empleo en la Argentina trae consecuencias: hay casi 3.000.000 de indigentes urbanos según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Dicho de otro modo: son personas que no tienen ingresos suficientes para hacer frente, ni siquiera, a las necesidades alimenticias básicas y que en muchos casos terminan en la calle.

Rosa Gallardo se acuesta todas las noches en una cama del hogar para mujeres Puente 1, en Flores. Con 30 años ya tiene un extenso historial de empleo: solo en el último tiempo hizo tareas de manicura en una peluquería, fue empleada en una empresa de limpieza, cuidó a adultos mayores. El currículum también dice que tiene secundario completo. Nada de eso impidió su caída libre.

"Yo atravesé una situación muy dura con mis hijos -cuenta- con juzgados de por medio. Me ocupé de eso y dejé la búsqueda activa de trabajo. Cuando me di cuenta ya había perdido la estabilidad económica y paraba en distintos lugares. No tenía dónde vivir. Si no quedé en situación de calle fue porque me anticipé y me reuní con una asistente social. Le pedí por favor que me consiguiera un lugar para dormir".

Entre las conclusiones del informe -realizado entre 1133 casos que llegaron a la organización en busca de empleo entre 2016 y 2019-, se destacan que el 55% son mujeres y el restante 45% son hombres. Del total, la edad promedio es de 39 años y menos de la mitad, el 49%, tiene hijos menores a su cargo.

En relación al historial de empleo, las experiencias mayoritarias de esta población y, por consiguiente, los oficios con los que se identifican, son los de auxiliar de casas particulares, maestranza, administrativo, venta, cajero, construcción, atención al cliente, cuidado de personas (niños o ancianos), ayudante de cocina, bachero, operario fabril, vigilancia, seguridad y camarero.

Otro de los hallazgos tiene que ver con una de las supuestas barreras de acceso a un nuevo empleo: el máximo nivel educativo alcanzado. En ese sentido, e l 45% de los casos relevados finalizó el secundario mientras que otro 41% lo tiene incompleto. Los que detentan credenciales educativas más elevadas (terciarios o universitarios), conforman el 14% de los encuestados. También, señala que el 96% de la población analizada no tiene antecedentes penales.

Ya instalada en el hogar, Rosa se enteró del trabajo de la fundación Cultura de Trabajo. Se contactó con voluntarios y pactó con ellos una visita a la sede. Sin saberlo había dado el primer paso para salir del pozo.

"La organización me brindó un espacio de capacitación para insertarme en lo laboral y hasta me dio ropa para estar presentable en las entrevistas. Era cuestión de ver las cosas que una tenía, lo que era capaz de hacer y valorarlas un poco más", remarca. Gracias a esa oportunidad, Rosa ya consiguió dos empleos. Uno de lunes a viernes en una empresa de maestranza y limpieza y otro los fines de semana en un salón de eventos.

De repente, su ánimo y confianza están por las nubes. "Soy sola con dos nenes de siete y 12 años. El más chico está conmigo, pero el mayor no puede quedarse en el hogar por la edad, así que está con mi mamá. Ya conseguí trabajo; ahora mi plan es alquilar una casa y llevarlos a los dos conmigo", se entusiasma.

Pedro estuvo en situación de calle hasta hace algunos meses; gracias a la ayuda de la ONG Cultura de Trabajo, empezó a trabajar
Pedro estuvo en situación de calle hasta hace algunos meses; gracias a la ayuda de la ONG Cultura de Trabajo, empezó a trabajar Crédito: Victoria Gesualdi/AFV

Una inclusión posible

Pedro Bustos desmiente lo que la mayoría, apenas, puede suponer. "Lo peor no es el frío -dice-. Uno se acostumbra y se vuelve lo más normal del mundo. Me lavaba con agua de una canilla, me ponía la ropa otra vez y me acostaba. Solo pensaba en dormirme rápido, en pasar el momento". Para él, lo peor en la calle es no tener noción del tiempo. "No sabés qué día es ni qué hora", dice.

Fueron al menos cuatro años de vivir en la intemperie. En los últimos meses sobre un colchón tirado al costado de las vías del Ferrocarril Mitre, a la altura del cruce de Correa con Tres de Febrero, en Núñez.

En aquella geografía, Pedro destacó enseguida. Es joven -tiene 24-, de aspecto prolijo, nunca se lo vio tomando alcohol o fumando ni se lo escuchó alzando la voz. Cuando los primeros vecinos se acercaron, Pedro les contó que había trabajado -ayudando en la cocina de un bar, haciendo limpieza, repartiendo volantes- y que tenía familia, pero no quería ser un estorbo porque las cosas andaban mal y en la casa ya eran bastantes.

"El tema de los saberes previos no es la causa principal por la cual muchas personas quedaron en la calle", afirma Carlos Frías, trabajador social del Centro Solidario San José de Parque Patricios. "Las razones -continúa- son múltiples y entrelazadas, pero tienen en común la pérdida de redes vinculantes y lazos afectivos que, asociadas a la inestabilidad laboral, empujan a situaciones de vulnerabilidad".

La Red de Hogares de Cáritas Buenos Aires alberga a 420 hombres mayores de edad que se encuentran en situación de calle. La mitad de ellos tiene algún problema de salud, un tipo de discapacidad o ya superó los 60 años. Para Frías, la otra mitad "está potencialmente preparada para ingresar al mercado laboral".

"Un alto porcentaje tiene estudios secundarios, terciarios o universitarios y muchos otros un oficio: son carpinteros, relojeros, gasistas, herreros, panaderos o electricistas", detalla.

Eugenia Sconfienza, especialista en políticas de empleo y cofundadora junto a Alexandra Carballo de Cultura de Trabajo, recuerda: "Nos llegó un mail de alguien que se había acercado a charlar con Pedro y que quería ayudarlo a salir de esa situación. Lo describió como un chico saludable, inteligente y muy asustado por el futuro. Le pasamos las fechas para que Pedro asistiera a nuestras entrevistas mensuales. Así pudimos conocerlo y registrar su experiencia y trayectoria ocupacional". Ahí, empezó el trabajo en red de esta organización.

Hace unas semanas apareció una vacante de maestranza en una empresa y, a través del intermediario (la persona que había mandado el mail), se le avisó a Pedro el día y el horario en que debía presentarse. Antes pasó por la sede de la Fundación, donde se bañó, se le dio ropa y dinero para viáticos y se lo asesoró para la entrevista. Previamente se había coordinado con Buenos Aires Presente (BAP), el servicio del Gobierno de la Ciudad que brinda atención social inmediata a personas en situación de calle, que lo pasara a buscar por el lugar donde tenía la entrevista para que lo llevaran a un parador y no tuviera que dormir más al costado de la vía.

La Fundación también le proporcionó un celular para que pueda ser ubicado y suele citarlo en la sede para realizar talleres de acompañamiento post inserción laboral, donde se afianzan algunos aspectos claves para el sostenimiento del empleo. El círculo virtuoso se cierra, entonces, cuando se conectan las necesidades de los empleadores con las de quienes necesitan un empleo, mediante la intervención de organizaciones de la sociedad civil que ponen a disposición los medios necesarios para que la inclusión sea posible (ver aparte).

Pedro comenzó a trabajar la semana pasada. En palabras de su empleador "es un chico fenómeno con muchísimas ganas". Ya planea retomar el secundario en algún momento y ahorrar el dinero que le permita mudarse del parador a una pieza. También se propuso dejar de llegar tarde a todos lados: el tiempo para él dejó de ser un agujero negro.

Brindan herramientas para acceder a un trabajo o impulsar proyectos propios

Las ganas de trabajar a veces no alcanzan. Ese es justamente uno de los problemas de los más vulnerables: la falta de oportunidades y de mecanismos de intermediación.

"Si bien hay 630 oficinas de empleo en todo el país, actualmente la intermediación laboral no está en la agenda de las políticas de empleo. Por lo tanto, los más pobres de los pobres, quienes viven en la calle, duermen en paradores u hogares de tránsito o asisten a comedores o merenderos, no suelen tener un aliado público en sus transiciones al empleo", explica Eugenia Sconfienza. Por eso, hace hincapié en la importancia del trabajo de las organizaciones sociales en la contención y la respuesta a estas necesidades.

El equipo de voluntarios de la organización Cultura de Trabajo junto a Rosa y Pedro
El equipo de voluntarios de la organización Cultura de Trabajo junto a Rosa y Pedro Crédito: Victoria Gesualdi

"Buscamos la forma de implementar prácticas que puedan transformar la vida de la gente -explica Sconfienza-. En estos casos, la intermediación laboral requiere no solo ocuparse de la búsqueda de vacantes de empleo, también acompañar en aspectos tales como la vestimenta, la elaboración de un currículum, el asesoramiento para el correcto desenvolvimiento en las entrevistas y la provisión de dinero para viajar, cargar crédito en un teléfono celular o directamente adquirir uno".

Gracias al empeño de organizaciones como Cultura de Trabajo, muchos empleadores decidieron abrir sus puertas para dar una oportunidad a quienes más lo necesitan. Es así como hogares particulares, comercios, pequeñas, medianas y grandes empresas realizaron más de 500 entrevistas laborales, incorporando a un tercio de los postulantes a un empleo. De esta forma, esos empleadores se convirtieron en agentes de inclusión.

Promover la igualdad de oportunidades. Esa es la misión de Avanzar, otra asociación que brinda posibilidades a los sectores de menores recursos a través de microcréditos y capacitación. Ya llevan 14.000 microcréditos individuales entregados, el 70% de los beneficiarios fueron mujeres.

"Trabajamos con mucha gente en riesgo de calle, que duerme en hogares", destaca Marta Bekerman, presidenta de la asociación. Para ella, el principal problema es que en esos lugares lo único que se les da es un espacio para dormir y comer.

"Lo que faltan son políticas públicas que les den otro tipo de salida. Esa gente que llegó ahí atravesó distintos procesos y lo fue perdiendo todo. Nosotros les damos herramientas para que se puedan desarrollar", explica.

El sistema utilizado es el de "incentivos dinámicos" que funciona premiando a los beneficiarios a través de mayores montos en cada una de sus renovaciones cuando muestran un cumplimiento puntual en el pago de las cuotas.

El dinero que se presta para un microemprendimiento se puede utilizar para la compra de mercaderías o herramientas de trabajo, para refacciones en la casa o el negocio, inclusive, para adquirir anteojos o pagar un tratamiento en ortodoncia.

"A partir de darles un crédito, mucha gente pudo empezar a salir, a remontar su situación económica que de otro modo no lo hubiera podido hacer", destaca Bekerman.

El otorgamiento de cada microcrédito consta de cuatro etapas. La primera es de "Promoción y motivación", en la cual el equipo de trabajo de Avanzar se contacta con los posibles interesados y los incentiva a mejorar su situación personal o a cubrir una necesidad particular. Luego, se pasa a la "Evaluación socioeconómica", donde se visita la casa o el negocio del interesado para analizar el nivel de endeudamiento más conveniente.

La siguiente fase es la del "Otorgamiento del microcrédito", verificando referencias y estableciendo el plazo de la devolución. Por último, se llega al "Seguimiento del prestatario", que obliga a un contacto permanente con los oficiales de crédito, quienes constatan cómo fue utilizado el dinero y si el mismo está generando una mejora respecto a la situación inicial del solicitante.

"A muchas jefas de hogares -agrega Bekerman- que viven en asentamientos y que tenían un negocio primario como la venta de sándwiches, las hemos ayudado a empezar con otros emprendimientos, y el impacto fue muy fuerte".

Además, ofrecen capacitaciones gratuitas en oficios como peluquería, moldería textil, maquillaje artístico, depilación y reparación de PC, entre otros, en diferentes puntos de la Ciudad.

Para la presidenta de Avanzar, estas herramientas ayudan a cambiar las oportunidades: "Estamos convencidos de que la combinación de acceso al crédito con capacitación permite que los sectores marginales salgan adelante", concluye.

Cómo ayudar

  • Hogar San José de Cáritas: ofrece alojamiento y atención con foco en la recuperación de la salud y el fortalecimiento de lazos afectivos a hombres en situación de calle. Necesitan principalmente alimentos. Tel.: (011) 4911-0301.
  • Avanzar: se puede colaborar sumándose como voluntario o realizando una donación para financiar sus microcréditos y capacitaciones a emprendedores; www.avanzar.org.ar
  • Fundación Cultura de Trabajo: las empresas pueden colaborar ofreciendo vacantes de empleo para sus beneficiarios y los particulares se pueden sumar como padrinos. Además, el próximo domingo 15 de septiembre, a las 11, realizan la actividad "No calles", en el Planetario de Palermo, donde contarán su forma de trabajo y darán una charla bajo la consignas "Nadie merece la calle, por la Igualdad de oportunidades en el acceso al empleo". www.culturadetrabajo.org.ar / info@culturadetrabajo.org.ar

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