
La escuela donde la mayoría de sus egresados trabaja o estudia una carrera: “Tienen una materia de desarrollo personal desde el jardín”
Mientras en el país el 59% de los adolescentes del quintil más bajo no logra imaginar qué profesión tendrá de adulto; un colegio de Zona Norte al que van chicos vulnerables consiguió revertir esa proyección

¿Pueden los adolescentes armar un proyecto a futuro cuando les faltan oportunidades en el presente? Un informe de Argentinos por la Educación da una pista desalentadora: el 59% de los chicos de 15 años que crecen en hogares pobres no puede imaginarse qué trabajo o profesión le gustaría tener a sus 30 años.
Sin embargo, hay una escuela bonaerense a la que van principalmente adolescentes vulnerables que logra revertir esa falta de proyección laboral. En ese colegio, el 87% de sus egresados estudia o trabaja y, en el 25% de los casos, hacen ambas cosas. Se trata del colegio María de Guadalupe, que funciona en Las Tunas, en Tigre, y en Garín, partido de Escobar.
“Cuando las necesidades básicas no están cubiertas, es muy difícil pensar a futuro”, reconoce la psicóloga especializada en orientación vocacional Catalina Ferreccio, directora del Programa de Orientación Vocacional, Mentoría e Inclusión Laboral del María Guadalupe, colegio que fue premiado internacionalmente en 2024.
A pesar de lo desafiante que puede resultar ese panorama, Ferreccio está convencida de que la transformación es posible. “Lo vemos a diario con nuestros egresados”, sostiene. Para lograrlo, dice, el trabajo debe comenzar en los primeros años: “Tenemos una materia de desarrollo personal y social desde el nivel inicial hasta la secundaria”.
—Según el estudio de Argentinos por la Educación, el 59% de los adolescentes del quintil más pobre no logra imaginar una ocupación a futuro, contra el 39% del quintil más alto. ¿Ese dato coincide con lo que ven en el Colegio María de Guadalupe?
—Nosotros trabajamos en contextos vulnerables y vemos que, cuando las necesidades básicas no están cubiertas, es muy difícil pensar a futuro. Muchas veces lo urgente tapa lo importante. Además, hay otro factor muy fuerte: los chicos no siempre tienen cerca ejemplos de otros recorridos posibles. Y no pueden elegir algo que no conocen. Nuestro desafío es abrirles ese mundo, mostrarles opciones, ayudarlos a imaginar que pueden construir un proyecto distinto.
—¿Esa dificultad para proyectarse puede revertirse?
—Sí. Trabajamos con ese objetivo desde el nivel inicial porque entendemos que estos procesos se construyen durante muchos años. Hoy uno de cada dos estudiantes accede a la universidad y el 87% de nuestros egresados estudia o trabaja. Eso nos habla de una transformación cultural muy profunda.

—¿Cómo lo hacen?
—Implementamos diferentes estrategias. Tenemos una materia llamada Desarrollo Personal y Social desde el nivel inicial hasta la secundaria, donde abordamos habilidades socioemocionales, autoconocimiento, toma de decisiones y proyecto de vida. Además trabajamos mucho el concepto de autoeficacia. Buscamos que los jóvenes puedan reconocer los logros que ya consiguieron. Cuando una persona descubre que pudo alcanzar ciertos objetivos, empieza a creer que puede proponerse otros más grandes.
—¿Por qué muchos de estos chicos responden “no sé” cuando les preguntan qué quieren hacer cuando terminen la escuela?
—Eso pasa mucho más de lo que creemos. Y no siempre tiene que ver solamente con la pobreza. Muchas veces la escuela no enseña a elegir. Elegir es una habilidad que se aprende. Muchos de nuestros estudiantes son los primeros de sus familias en terminar el secundario. Para ellos, eso ya representa una meta enorme. Entonces tenemos que ayudarlos a ampliar el horizonte. Así que los llevamos a conocer universidades, empresas y otros espacios. Hay chicos que se mueven con total naturalidad dentro de su barrio, pero cuando salen por primera vez a una universidad o a una empresa aparecen los nervios, la inseguridad y la sensación de estar en un lugar desconocido. Ahí vemos cuánto trabajo hace falta para acompañarlos.
—¿Cómo trabajan concretamente para destrabar ese “no sé”?
—Tenemos tutorías, mentorías y espacios de orientación vocacional. La figura del mentor es clave porque entran en contacto con un profesional que trabaja dentro del área que a ellos les gusta y se vuelve un modelo a seguir. A veces un estudiante dice que no es bueno para nada o que solo le gusta jugar al fútbol. Entonces empezamos a hacer preguntas: qué logros tuvo, cuándo sintió orgullo, qué hizo para conseguir algo importante. Quizás cuenta que ayudó a alguien de su familia en un momento difícil o que logró acompañar a una persona cercana. A partir de ahí empezamos a identificar habilidades que ni siquiera sabía que tenía: capacidad de escucha, empatía, perseverancia, liderazgo. Es un trabajo lento. No ocurre en una charla ni en una clase. Es un proceso de años.
—¿Hay algún momento de quiebre?
—Sí. El cambio aparece cuando descubren que pueden. Cuando un estudiante empieza a reconocer lo que fue construyendo, cambia la forma en que se piensa a sí mismo. Ahí empieza a cambiar también la manera en que imagina su futuro.
—¿Recordás algún caso concreto?
—Tenemos a muchos chicos que no se veían estudiando y hoy están haciendo tecnicaturas en programación o estudiando administración de empresas. A veces el contexto no los acompaña y hay que ayudarlos a construir su camino con metas realistas. Hay una exalumna que, durante la secundaria, trabajaba en paralelo. Recuerdo que en las clases de orientación vocacional decía que le gustaría estudiar administración de empresas pero en ese momento parecía una posibilidad lejana. Sin embargo, siguió insistiendo, participó de capacitaciones, se animó a dar pasos concretos y hoy está estudiando esa carrera mientras realiza una pasantía en una empresa.
—¿Cómo influye el entorno en las profesiones que imaginan los chicos?
—Influye muchísimo. Muchas veces los jóvenes conocen solamente los trabajos que ven en su entorno inmediato. Si crecieron en un barrio donde los ejemplos cercanos son la albañilería o el trabajo en logística, es lógico que esas sean las primeras opciones que aparecen cuando piensan en el futuro. Si no conocen una profesión, difícilmente puedan elegirla.
—¿Qué profesiones suelen elegir?
—Durante mucho tiempo aparecieron con mucha fuerza programación, docencia y profesorados de educación física. También son muy frecuentes carreras como criminalística o derecho, muchas veces asociadas a películas y series. En los últimos años empezamos a ver una mayor diversidad. Aparecen diseño, marketing, comunicación, psicología, kinesiología, ingeniería e inglés, carreras que antes prácticamente no formaban parte del universo de opciones imaginadas por los estudiantes. Eso es una señal de que el horizonte se está ampliando.
—¿Qué papel cumplen las familias en este proceso?
—Los chicos necesitan adultos que los miren, los acompañen y crean en ellos. A veces hablamos de cosas muy concretas: alguien que los despierte para ir a la escuela o que los sostenga cuando toman la decisión de invertir tiempo en una capacitación en lugar de salir a buscar cualquier changa. La escuela sola no alcanza. Necesitamos familias, tutores, referentes comunitarios y adultos que acompañen los procesos. Cuando un joven siente que alguien confía en él, eso tiene un impacto enorme.
Más información:
La Fundación María de Guadalupe trabaja con 1.200 niños, niñas y adolescentes en sus dos colegios ubicados en Las Tunas y Garín. Si querés contactarte o conocer más sobre la institución, podés hacer clic acá
Vidas Desiguales
Esta nota forma parte de Vidas Desiguales, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca promover oportunidades reales para adolescentes y jóvenes que crecen en contextos vulnerables



