
“No creí que sirviera”. Casi la mitad de los jóvenes de barrios populares no tiene con quién hablar y muchos no buscan ayuda
Un relevamiento revela que el 47,2% no tuvo con quién compartir sus problemas y más de la mitad no busca apoyo cuando se siente mal; la desconfianza es el principal motivo entre quienes no recibieron atención psicológica

A los 15 años, Celeste había dejado de tener ganas de salir o hablar con sus amigas. Pasaba las noches despierta, encerrada en su cuarto. Estaba atravesando conflictos familiares y su novio de entonces se había alejado después de que ella le contara lo que estaba viviendo. Necesitaba hablar con alguien, pero no sabía con quién. “Un psicólogo, eso es lo que hubiese necesitado en ese momento. La pasé muy mal”, recuerda hoy, a los 18.
Sus tías se dieron cuenta de que necesitaba ayuda profesional e intentaron conseguirle un turno en el sistema público. Fueron a un centro de salud cercano a su barrio, la villa 1-11-14 del Bajo Flores, y a otro dentro del mismo. En ambos lugares les dijeron que no había turnos próximos y la espera era de meses. Para su mamá, que trabaja cuidando adultos mayores, pagar una consulta particular era muy difícil.
A través de TikTok Celeste llegó a un grupo de jóvenes que compartían experiencias similares. Allí le pasaron el contacto de “Pía”: “Era un chat de WhatsApp con una inteligencia artificial que hacía como de psicólogo, digamos”, explica Celeste. Durante tres meses, le habló de sus problemas.
“Le contaba muchas cosas, lo que me había pasado y lo que me estaba pasando. Me daba consejos, me consolaba”, cuenta la adolescente. “Sentía que me servía, me liberaba de lo que tenía. Había noches en que no dormía y me la pasaba chateando”, asegura. Hasta que el servicio dejó de funcionar.
Recién el 14 de febrero de 2025, después de cerca de un año de búsqueda, Celeste empezó a atenderse con una psicóloga particular que su mamá encontró gracias a una compañera de trabajo. Durante ese tiempo, reconoce, muchas veces se sintió sola y llegó a pensar que nadie podría ayudarla. La adolescente también dudó de que valiera la pena seguir buscando atención.
Su historia expone una dificultad que atraviesa a muchos otros chicos y chicas. En la Argentina, unos 4,1 millones de jóvenes de entre 18 y 29 años viven en condiciones de vulnerabilidad social, según una investigación del CBC de la Universidad de Buenos Aires. La mayoría no cuenta con cobertura de salud y, si necesitan ayuda, la única puerta de entrada es el hospital más cercano o la salita del barrio. Pero muchos ni siquiera llegan a golpearla.
El 47,2% de los adolescentes y jóvenes de barrios populares dijo que no había tenido con quién hablar de sus problemas de salud mental (como ansiedad o depresión) ni de sus preocupaciones (económicas, laborales, familiares, entre otras) en los últimos días. Por otro lado, el 53,7% afirmó que no busca ayuda cuando se siente mal, según un informe reciente del Instituto Periferias.
Entre quienes no se atendieron por temas de salud mental, el motivo más mencionado —por el 29%— fue que no creían que recibir atención les sirviera. Otro 19% no sabía a dónde acudir y el 17,7% mencionó vergüenza, dudas o miedo. El estudio registró estas respuestas en un contexto en el que el 45,4% declaró no contar con obra social, prepaga ni plan estatal para atenderse.
No se trata solamente de las dificultades para acceder a un turno o de la imposibilidad de pagar una consulta. Los resultados también exponen una barrera menos visible: la desconfianza en que alguien pueda escuchar, comprender o ayudar.
El malestar que se vive en soledad
El estudio de Periferias, basado en 1746 encuestas presenciales a adolescentes y jóvenes de barrios populares de distintas regiones del país, principalmente de entre 16 y 25 años, describe un malestar cotidiano que muchas veces no encuentra interlocutores. El 26,4 % declaró haberse sentido solo o aislado muchas veces o siempre; el 48,6%, irritable o de mal humor; el 38%, nervioso o ansioso; y el 25,4%, triste o deprimido. Además, el 25,4% manifestó haberse sentido sin esperanza.
“Muchas veces el malestar suele vivirse desde lugares muy íntimos: ‘no quiero molestar, prefiero resolverlo solo’ y hay mucho aislamiento”, explica Noelia Cárdenas, trabajadora social que coordinó el relevamiento de Periferias.
Algunos jóvenes sienten vergüenza, otros no saben dónde buscar ayuda o creen que deberían arreglárselas solos. “Creemos que no acercarse a espacios de salud tiene que ver con el prejuicio de ‘si me siento mal, es porque fallé’”, sostiene Cárdenas y lo vincula con los mensajes sobre éxito y autosuficiencia que circulan en las redes sociales.
Pero el descreimiento puede tener una causa todavía más concreta: haber pedido ayuda antes y no haber encontrado una respuesta. La investigadora habla de recorridos marcados por el “cansancio, desgaste, burocracia” o por experiencias en las que los jóvenes no recibieron la atención adecuada. “Para qué voy a ir si ya fui una vez y no me sentí bien”, resume al describir ese sentimiento.
Las dificultades para acceder a la atención también aparecen en el relevamiento de la UBA. Según explica Felipe Vega Terra, codirector de la investigación, el 78% de los jóvenes encuestados depende del sistema público de salud.
“Las posibilidades de inserción laboral y la calidad del empleo inciden directamente en el tipo de cobertura de salud que tiene un joven de sectores vulnerables”, señala Vega Terra. Y advierte que los hospitales y centros de atención primaria, a los que muchos deben recurrir, están saturados y ofrecen pocas posibilidades de conseguir atención en salud mental.
El peso de la pobreza
Otros estudios también echan luz sobre la problemática. Más de siete de cada 10 jóvenes vulnerables dijeron haber sentido nervios o ansiedad al menos algunos días, mientras que más de la mitad manifestó tristeza, desgano o depresión con esa frecuencia. Son resultados de la investigación Jóvenes vulnerables en la Argentina: condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro, desarrollada por el CBC de la Universidad de Buenos Aires.
El trabajo se basó en 1002 entrevistas presenciales a jóvenes de entre 18 y 29 años. Según sus estimaciones, 4.145.458 personas de esa franja etaria, el 48,9% del total, viven en condiciones de vulnerabilidad social.
El informe también revela que los problemas de salud mental tienden a ser más frecuentes entre quienes presentan mayores niveles de vulnerabilidad.
Por otro lado, el 63% de los jóvenes encuestados por los investigadores de CBC-UBA no participa en ninguna organización social, deportiva, religiosa o comunitaria. “Si están solos, ¿con quién van a hablar? Tener red, tener un marco en el que uno pueda socializarse es clave”, advierte Vega Terra.
Y agrega: “Muchos abandonaron la escolaridad, no participan de actividades asociativas, deportivas o comunitarias, trabajan en un trabajo informal. Es muy difícil para un joven imaginarse ir a pagarle a un psicólogo en ese contexto”.
Los resultados encuentran puntos de contacto con los del Instituto Periferias, aunque ambas investigaciones abarcan poblaciones diferentes. En este último estudio, el 64% mencionó la situación económica o la falta de dinero como una de sus principales preocupaciones; el 38,5%, el trabajo o el desempleo; y el 32,6%, la incertidumbre sobre el futuro.
“La salud mental tiene que estar pensada e interpretada desde las condiciones de vida y el contexto”, explica Cárdenas. Y agrega: “Transitar un problema de salud mental y no tener la comida garantizada es una doble vulneración y la salud mental pasa a no ser una prioridad”.
Querer pedir ayuda y no encontrarla
A Celeste no le faltaban personas a su alrededor, pero había cosas que no se animaba a contarles. Durante las vacaciones de verano, sin ver todos los días a sus compañeras de la escuela, se aisló todavía más.
“Con mis amigas de la escuela no compartía tantas cosas en ese momento, sentía que no podía contarles todo por miedo a que me juzguen”, explica. Con los desconocidos del grupo de internet, en cambio, se sentía más libre para hablar.
Hoy ve a su psicóloga una vez por semana en Caballito, a media hora en colectivo de su casa. Pagar las consultas representa “un esfuerzo grande” para su familia.
Para Cárdenas, además de mejorar el acceso a la atención profesional, es fundamental fortalecer las redes de cuidado en los barrios, como clubes y organizaciones comunitarias, que pueden ofrecer a los jóvenes espacios de pertenencia, escucha y acompañamiento.
Sin embargo, advierte que estos dispositivos también enfrentan dificultades para responder a una demanda creciente. “Los espacios públicos están saturados, desfinanciados, y los comunitarios también: si bien acompañan, alojan, pueden hacer una primera escucha o derivación, están recibiendo muchas situaciones”, señala.
Celeste está terminando la secundaria y quiere estudiar Diseño Multimedial en la Universidad Nacional de las Artes. Después de aquel año en el que necesitó ayuda y no logró conseguirla, hoy reconoce cuánto cambió desde que empezó su tratamiento. “Me hizo bien. Alejé a los que me hacían daño. Empecé poco a poco a estar mejor”, cuenta.
Hablemos de Todo
Esta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.






