Prejuicio. El 58% de los argentinos cree que la mayoría de los jóvenes pobres se drogan y son violentos

Fuente: Archivo
Micaela Urdinez
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8 de septiembre de 2019  • 00:26

Desde los 10 años Brian no tiene contacto con su familia. Vivió en hogares de protección, conoció la calle y cayó preso. Ahora tiene 19 años y recién está aprendiendo a leer y a escribir en el Complejo Federal de Jóvenes Adultos en Marcos Paz. En seis meses recupera su libertad pero no tiene familia a donde ir ni redes de apoyo.

Son los hijos más golpeados de la crisis del 2001. En su mayoría están atravesados por el hambre, por contextos de pobreza, por el abandono del Estado, por un recorrido escolar errático, por la marginalidad y por eventos tra´gicos como muertes, familiares detenidos, enfermedades y adicciones. Muchos ya son padres y no tienen DNI. Este es el perfil de gran parte de los jóvenes que hoy terminan privados de su libertad en la Argentina.

"De total de chicos, son muy pocos los que terminan en la cárcel. Y siempre son chicos, adolescentes y jóvenes que tuvieron la mayoría de sus derechos vulnerados. A los que el Estado y la sociedad debería haberle dado más y mejores oportunidades", afirma Gabriela González, coordinadora de programas de la Fundación Deportistas por la Paz.

Más allá de haber tenido infancias marcadas por deudas estructurales, la mochila más pesada que cargan es la estigmatización de una sociedad que cree que "la mayoría de los jóvenes pobres consumen drogas y alcohol en exceso y son violentos". Esto es lo que piensa el 58% de los argentinos según el estudio de la consultora Voices! elaborado en exclusiva para el proyecto Redes Invisibles.

"El prejuicio hacia todos los que nos criamos en la villa es el de condenación. Creen que esa persona se droga porque quiere, que roba porque quiere y que no cambia más. Yo creo que esas personas que juzgan al villero nunca se sentaron con él y le preguntaron: ¿qué te pasó que sos así?¿Por qué robás?¿Por qué te drogas?". Lo feo es que ese chico se cree todas esas acusaciones y eso lo condiciona. Porque se convence de que es así y de que no puede ser de otra manera", explica Juan Manuel Filgueira, un joven que vive en Villa Itatí, en Quilmes.

Esta condena social no solo limita sus oportunidades sino que también refuerza su situación de pobreza. Las cifras del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA muestran que este prejuicio es infundado: del total de jóvenes del estrato trabajador marginal solo el 9% tiene un consumo problemático de sustancias y el 6,6% reside en hogares en los que algún integrante está o estuvo privado de su libertad. La gran mayoría estudia con mucho esfuerzo, tiene un trabajo informal y quiere salir adelante.

"El estereotipo es que estás preso porque eres malo, o porque no te gusta trabajar, o porque eres drogadicto, asesino o chorro, o que no sabes hacer nada más. Y en realidad estás ahí y no sabes leer ni escribir, no tienes DNI, tienes 12 hermanos, conociste las armas a los 11 años, naciste cuando tus padres estaban presos y no tuviste a ningún adulto referente que te guíe", agrega González.

Es interesante analizar qué incidencia cuantitativa tiene en la sociedad el delito juvenil, para intentar derribar los prejuicios. "En Argentina hay alrededor de 3.5 millones de adolescentes de entre 15 y 19 años, de los cuales aproximadamente 7000 están en el sistema penal juvenil con distintos tipos de medidas. Podemos decir que el 0,2% de los jóvenes de esas edades tiene problemas con la ley por haber cometido algún delito. La incidencia es realmente baja. A los ojos de la sociedad el problema aparece más grande de lo que realmente es. ¿Por qué?", se pregunta Matías Bruno, sociólogo e investigador del Centro de Estudios de Población.

Los especialistas coinciden en que los jóvenes no son el grueso del problema y que son en los que hay que poner el foco para intentar modificar sus trayectorias. "Cuando desde el prejuicio se repite "es el hijo de", "va a ser un delincuente", "es cuestión de tiempo", no hay una escapatoria a eso porque se le van cerrando puertas sistemáticamente. El prejuicio es muy fundante y es lo que genera que los chicos terminen en ese lugar. En la medida que la sociedad no pueda darle a este chico la oportunidad de ser quien realmente tiene el potencial de ser, no van a poder cambiar", reflexiona Fiorella Canoni, directora nacional de Readaptación Social del Ministerio de Justicia de la Nación.

Muchos de estos jóvenes son sobrevivientes. Les falta de todo: un plato de comida, referentes afectivos, buenas escuelas y posibilidades laborales. "Casi todos vienen de familias fragmentadas, y muchos se criaron en la calle. Es muy común escuchar a chicos decir que estando presos aprendieron por primera vez a tener una familia, a trabajar, a estudiar y a tener horarios", explica Jorge Ruiz, director del Programa Integral de Asistencia y Tratamiento para Jóvenes Adultos del Servicio Penitenciario Bonaerense a través del cual les dan herramientas para que puedan armar su proyecto de vida.

Al no tener adultos ni instituciones que los contengan, los jóvenes dejan de ir a la escuela y entregan sus días a la apatía, a la calle y a la "esquina". "Tienen mucho tiempo desperdiciado y se vuelan. Y caen en situaciones de consumo y salen a delinquir. No tienen motivos para salir adelante ni para transformar su vida", señala Gonzalo Macchi, operador socio terapéutico del Hogar de Cristo de Villa Itatí.

Juan Candia nació en villa Itatí, en el conurbano bonaerense. Su papá estuvo preso en Olmos y él, a los 19 años, repitió su historia y durmió por primera vez en una celda. "Vos acá hacés un paso y tenés lo malo. Es un segundo que te deslizás a través de un enojo, un mal carácter, una tristeza familiar y en un segundo volvés a la cárcel, o te matan", explica este joven que hace un año y medio está en libertad y se convirtió en un líder positivo del barrio.

Para González lo importante en cada caso es ver la historia de vida de cada chico, analizar su entorno y cuáles son las instancias que se desperdiciaron para poder llegar a tiempo. "En todos estos casos es increíble que nadie haya intervenido antes. Yo me pregunto, ¿qué pasó a los 5 años, a los 7, a los 9 y a los 15? Cómo nadie hizo nada era casi inevitable que el chico terminara preso. Cuando uno está en la cárcel se da cuenta de todo lo que no funciona afuera. ¿En qué estamos fallando? Sientes que llegaste tarde", resume.

Que ellos sientan que valen, ese el principal desafío. Que alguien los mire, confíe en ellos, que los valoren. Que sepan que no son presos sino que estuvieron presos. Y que eso no los define. "Les cuesta mucho soñar. Para poder soportar el estar encerrado tienes que estar viviendo el presente. Son chicos a los que les cuesta mucho recordar. Sobrevivir es estar en el aquí y ahora. La ropa, el libro, un mate. Valoran cualquier detalle, la visita".

En lo único que piensan es en recuperar la libertad, en el beneficio que les pueden dar para salir antes y poder volver con sus familias, en el caso de que las tengan y los estén esperando. Pero volver al mismo entorno que los llevó a la droga y al delito, también los asusta. Y no todos pueden enfrentarse a una sociedad que los discrimina por haber estado presos.

"Otra creencia es que el preso sale y sigue haciendo lo mismo. Como que queda marcado y te hacen a un costado. Yo pensé que cuando saliera no iba a poder conseguir un trabajo, que me iban a seguir tratando de chorro, pero hay que romper con eso. No es bueno dar ese mensaje. Acá hay pibes trabajando y que apuestan al cambio", señala Juan.

González agrega que los jóvenes que están en contextos de encierro idealizan mucho la libertad y que creen que a partir de que son libres van a ser felices para siempre. "Entonces en el primer tropezón, se caen. Y el contexto no los ayuda. Porque no es lo mismo frustrarte cuando ya tienes todas las necesidades básicas satisfechas que cuando en la esquina conseguís un arma o droga", dice.

Juan está convencido de que para que un chico cambie hay que mostrarle algo nuevo. En su caso, fue el rugby. "Yo tuve que pasar por la calle y por la cárcel para poder recuperar la vida que yo quise siempre. Saber decir que no, eso fue importantísimo en el cambio. Lo que yo veo es que la gente tira la toalla con los chicos. Yo necesitaba alguien que confiara en mí, que me mostrara un camino, que me ayudara a hacer algo bueno", agrega Juan.

Todos los especialistas sostienen que lo que más necesitan estos chicos son referentes afectivos que los sostengan y que les hagan un seguimiento cuerpo a cuerpo. "Lo que hay que hacer es meterse en los barrios, traer herramientas de trabajo para sacarlos de la esquina y de la calle. Muchos dicen que vivir en una villa es feo y yo creo que en la villa hay muchos valientes, muchas familias trabajadoras y gente que apuesta a lo bueno", concluye Juan.

Los prejuicios que hay en relación a los jóvenes que viven en una villa

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