¿Qué se esconde detrás de una ganga?

Monique Villa
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5 de septiembre de 2015  

Sábado por la tarde en Londres. La vidriera de un local de Oxford Street exhibe un par de sandalias negras. ¿El precio? Cinco libras, o sea menos de ocho dólares. Sobre la misma calle, una marca de cosméticos de moda está lanzando su más novedoso labial, con purpurina de mica. En el supermercado de al lado, hay una oferta de excelentes tés importados de Assam, una región del noreste de la India.

¿Buenas ofertas? Sin duda que sí. ¿Pero qué pasaría si nos enteráramos de que todos esos productos son producidos por personas, a veces niños, forzados a trabajar contra su voluntad, a vivir en la miseria, y atrapados en un circuito mortal de explotación? ¿Qué pasaría si supiéramos que esos productos probablemente fueron fabricados para nosotros por esclavos?

No hace falta que crean en mi palabra. Basta con chequear la lista que confecciona el gobierno federal de Estados Unidos de productos sospechados de ser fruto del trabajo esclavo o infantil. La extensa lista de 134 productos provenientes de 73 países incluye desde cocos cosechados manualmente en Filipinas hasta diamantes de las minas de Angola. Y si a esa lista se agregan las evidencias reunidas por las ONG mundiales contra la esclavitud, el abanico de productos se amplia significativamente y abarca también cosméticos, pescado, té, y muchas otras categorías. No se salva casi nada.

La esclavitud lejos está de ser parte del pasado. Según la organización Walk Free, actualmente hay casi 36 millones de esclavos en el mundo, la cifra más alta de la historia de la humanidad, equivalente a la suma de todos los habitantes de Chile, Bolivia y Paraguay. El esclavismo es un negocio en vertiginoso crecimiento que mueve más de 150.000 millones de dólares al año, tres veces las ganancias anuales de la empresa Apple.

La mano de obra barata, la esclavitud, la servidumbre por deudas y la trata de personas están interconectadas y tienen un denominador común: la vulnerabilidad. Las víctimas no conocen sus derechos y se someten porque piensan que no pierden nada. Nadie les aclara que deberán pagar con su propia libertad, el precio definitivo.

La India, por ejemplo, es hogar de 14 millones de esclavos, casi la mitad de todos los que hay en el mundo, según cifras de Walk Free. En las colinas de Jharkhand está ubicada la mina de mica más grande del mundo. La mica es un mineral brillante cada vez más demandado por sus usos en cosméticos, teléfonos celulares y pinturas. Un informe reciente reveló que la mayor parte de la mica de las colinas de Jharkhand es extraída por niños que en algunos casos tienen 11 años. Trabajan descalzos, expuestos a víboras y escorpiones, y son candidatos firmes a contraer enfermedades respiratorias. Y cuando los túneles de las minas colapsan, muchos mueren atrapados bajo los escombros. Esos niños ganan 5 rupias, o sea 0,08 dólares, por kilo de mica extraída. Hay alrededor de 5,5 millones de niños esclavos en todo el mundo.

Existen informes recientes que resaltan las penurias de los inmigrantes birmanos en Tailandia, quienes son traficados y esclavizados para pescar los camarones que terminan en nuestras mesas. Esos birmanos viajan a Bangkok con la promesa de un buen trabajo, pero terminan siendo vendidos por menos de 200 dólares a los brutales capitanes de los "pesqueros fantasma", que los obligan a vivir en altamar y que muchas veces no los dejan tocar tierra durante más de 18 meses. Tailandia es el principal exportador mundial de camarón, con exportaciones anuales de 500.000 toneladas por un valor de 7.300 millones de dólares. En Tailandia, el esclavismo y la industria pesquera están tan imbricados que sin trabajo esclavo, las exportaciones de productos de mar de ese país probablemente se derrumbarían.

A pesar de que son actividades de naturaleza completamente distinta, el mecanismo de explotación subyacente es asombrosamente similar, y tienen las mismas raíces: la pobreza, la negligencia, y sobre todo, la corrupción. Pero la pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿quién fogonea el tráfico de esclavos de la era moderna? Todo empieza en la cadena de suministros.

Las grandes corporaciones multinacionales dependen cada vez más de extensas y complejas redes de proveedores, empleadores y subcontratistas. Esa intrincada red de relaciones comerciales es muy permeable y allí suele esconderse el esclavismo. Una economía globalizada exige estándares y regulaciones también a escala mundial. Así como existen para otras industrias, ¿por qué no para impedir que la esclavitud se cuele en la cadena de suministro?

Por supuesto que una normativa de alcance global no es la única respuesta. Si usamos las fuerzas del mercado para el bien, los cambios serían más drásticos e inmediatos. Pueden pasar años hasta que los gobiernos aprueben las leyes necesarias –para después no hacerlas cumplir nunca-, mientras que una gran corporación tiene en sus manos la posibilidad de cambiar de proveedores de un día para el otro, con gran impacto en el mercado, y transformando las vidas de millones de individuos en virtud del modo en que eligen su fuente de suministros.

Algunos dirigentes empresarios ya han dado pasos muy audaces. Una empresa británica líder en la industria de los cosméticos acaba de eliminar la mica de toda su línea de productos, tras enterarse de que mineral extraído en la India suele ser fruto del trabajo infantil y de niños esclavos. Otros han abordado el problema de manera distinta. Algunas empresas del sector alimentario están haciendo una reevaluación de su cadena de suministro, y trabajan codo a codo con las comunidades locales –como ocurre en Costa de Marfil-, para asegurarse de que los niños no abandonen la escuela, y así evitar que sean explotados en las plantaciones de cacao. Lo mismo está empezando a pasar en la región de Assam, en la India, de donde proviene una parte importante del té que se consume en el mundo.

El sistema económico globalizado actual nos da acceso a productos baratos y crea puestos de trabajo en todo el mundo, pero no está en sintonía con la agenda de los derechos humanos. Mi esperanza es que las corporaciones multinacionales se pongan a la vanguardia de la lucha contra la esclavitud.

En mi opinión, la solución es clara: la creación de un certificado de "libre de esclavitud" que les dé a los consumidores la seguridad de no estar financiando el esclavismo de la era moderna. Ese certificado debería ser de alcance mundial y obligaría a las corporaciones a examinar atentamente su cadena de suministro. Si las grandes empresas se suman, todo esto es posible y factible. Y mi compromiso es lograr que eso ocurra.

Traducción de Jaime Arrambide

La autora es CEO de Thomson Reuters Foundation, además de fundadora de TrustLaw y Trust Women, www.trustwomenconf.com

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