¿Qué significa para un chico y su familia vivir en la pobreza?

Sebastián Waisgrais
Sebastián Waisgrais PARA LA NACION
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23 de diciembre de 2018  • 21:28

Las cifras nos hablan de una deuda estructural que nos interpela como sociedad. En la Argentina, son millones los niños que tienen, al menos, un derecho vulnerado. Pero ¿que implica para estos chicos vivir en la pobreza?

Para un gran porcentaje de estas niñas y niños significa vivir en hogares donde uno de sus padres está desocupado o tiene un empleo informal o precario, con ingresos que no son suficientes para afrontar las necesidades básicas diarias.

La gran mayoría de estos millones de chicos terminaron la escuela primaria, pero cientos de miles abandonaron la secundaria, algunos por factores socioeconómicos, otros porque necesitaron trabajar para aportar algún ingreso al hogar. Esto también es vivir en pobreza.

Muchas de las adolescentes también abandonan prematuramente la escuela porque, ante la falta de un sistema público de cuidado, tienen que dedicarse a cuidar algún miembro de su familia.

Vivir en la pobreza significa que la alimentación, para una gran parte de los niños, esté basada en carbohidratos y azúcares, que algunos niños vean suprimidas alguna de sus comidas o que el consumo de carne y lácteos sea algo esporádico en sus vidas.

Una parte importante de las niñas y niños en situación de pobreza residen en un hogar cuyo baño no es adecuado o lo comparten entre diferentes hogares o directamente solo tienen una letrina. Otros niños no tienen agua en su vivienda o beben de fuentes inseguras con las consecuencias que ello implica para su salud. Un porcentaje significativo de niñas y niños reside en una casa que se inunda frecuentemente o posiblemente tengan un basural a pocas cuadras.

Vínculo con la violencia

Las carencias materiales y monetarias producen que muchos hogares tengan mayores dificultades para hacer frente a enfermedades o para darle continuidad a tratamientos, por ejemplo, debido a los aumentos en medicamentos. La pobreza también se manifiesta en la niñez a través de problemas de conducta, ansiedad o alteraciones del estado de ánimo. Incluso la evidencia es contundente en vincular la pobreza con una mayor violencia en los hogares, así como cuadros de alcoholismo y depresión en la adolescencia.

Y este listado podría continuar. Una gran parte de estas vulneraciones de derechos fueron relevadas y contadas a través del proyecto Hambre del Futuro.

Hace décadas que la pobreza infantil es una deuda pendiente, sin embargo y más allá de la gravedad de las vulneraciones, los datos muestran una naturalización persistente en el tiempo. Tenemos la información y tenemos el conocimiento. Sabemos qué funciona y qué no para reducir la pobreza y erradicar la indigencia.

Es hora de pasar a la acción, estableciendo metas precisas de reducción y procesos reales de rendición de cuentas frente a la sociedad.

El autor es especialista en Inclusión Social de Unicef

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