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Educación

Ser docente en la villa 21-24: enseñar con cortes de luz y poca conexión

Fernando Maldonado
(0)
3 de septiembre de 2020  • 10:15

Son las 10:30 de la mañana de un invierno que parece más crudo por la pandemia. Se nota en las calles de la villa 21-24 y en el silencio de sus colegios. La escuela infantil Cura Brochero quedó detenida en el tiempo: las actividades del último día, sin terminar; camperas, toallas y bolsitas olvidadas en las salas de 1 a 5 años. Esa imagen angustia a María Soledad Maldonado (24), maestra de los más chicos, mientras toma un mate e intenta conectarse a Internet para una reunión con las otras docentes de la institución. Hay poca señal en su casa, pero lo logra. "Algo es mejor que nada", dice sonriendo.

La casa tiene una habitación, una cocina-comedor que ahora también es aula y un baño. "Hacemos malabares", resume María Soledad, que vive con su novia y dos perros. Por videollamada charlan sobre cómo seguir, quién va a entregar cuadernillos, armar y editar videos, y repartir los bolsones de alimentos. El coronavirus hizo que los desafíos de los docentes se multipliquen y en contextos vulnerables se hizo más evidente. Ya no cuentan las horas de trabajo. Ella, como muchas otras colegas, vive en la misma villa, compartiendo la realidad de sus estudiantes. Además de hacer todo lo posible para lograr algún tipo de continuidad pedagógica, son quienes junto a las organizaciones sociales, son el sostén de las familias. Conocen de cerca cómo impactó a sus vecinos la crisis sanitaria por la pandemia. "La comunidad cuenta con nosotras", enfatiza la docente y explica que los 90 chicos que asistían al colegio hasta marzo, recibían el desayuno, el almuerzo y la merienda.

María Soledad Maldonado es maestra de jardín de infantes; cada 15 días se conecta por Zoom con los niños y las niñas, cuando la conexión y la luz no fallan.
María Soledad Maldonado es maestra de jardín de infantes; cada 15 días se conecta por Zoom con los niños y las niñas, cuando la conexión y la luz no fallan. Crédito: Santiago Filipuzzi

Acompañar a la distancia a niños y niñas tan pequeños es difícil. Más aún cuando sus padres tienen pocas posibilidades por falta de recursos. "Grabamos videos con las actividades y los subimos al Facebook institucional o los mandamos por WhatsApp", cuenta María Soledad. De esa forma, cuando tienen Intenet, suelen hacer las actividades. Explica que la comunicación funcionó muy bien al principio de la cuarentena, pero después las familias empezaron a quedarse sin trabajo, sin datos en los teléfonos. "La mayoría de los habitantes trabajan de forma precaria y en negro", explica. Por eso, cada 15 días realizan entregas de mercaderías y pañales. También, hay 10 familias que no tienen teléfono móvil y a ellas se les entrega un cuadernillo con las actividades para los alumnos y las alumnas.

En una esquina de la cocina-comedor de su casa está el escritorio. Tiene una computadora con el teclado maltratado por los dedos. Al lado, fotocopias, libros, lapiceras, cajas de cartón, crayones, papeles de colores. Es el material que se usa para armar actividades para los encuentros virtuales que suceden cada una o dos semanas, en los que charlan con las familias y un rato con los chicos. "Preguntamos cómo les fue en las actividades y sobre todo vemos un ratito al niño o a la niña", explica.

Sin embargo, las familias no son las únicas que se enfrentan a la falta de recursos o la brecha digital. "Preparar, grabar, editar, subir las actividades al Facebook, o enviarlo al WhatsApp, lleva su tiempo y esfuerzo", suspira María Soledad. "Con los cortes de luz que hay en el barrio se hace difícil. Me perdí los últimos encuentros con las familias y con el equipo del jardín", dice mientras sigue cortando, pegando y armando unas actividades con cartón, diarios y revistas. "Todo lo hacemos con material reciclado -aclara- porque no tenemos plata para comprar".

Afuera: paredes sin revocar, ladridos de perros, música a todo volumen, humedad, frío, humedad. La villa 21-24 está en el sur de la ciudad de Buenos Aires, a 20 minutos del microcentro, y en ella viven casi 100.000 habitantes. Recorrer sus 66 hectáreas, surcadas por laberínticos pasillos con calles de tierra salpicadas por pozos ciegos, o pasear por la nauseabunda orilla del Riachuelo esquivando montones de basura, dejan a la vista una de las mayores problemáticas: la sanitaria. Abundan las telarañas de cables colgados por todos lados, un riesgo eléctrico latente.

La no virtualidad

En la casa de Ángela Rosa Espinola Sánchez (33) no hay escritorio, la docente se sienta directo en la mesa de la cocina-living-comedor. Sobre el mantel rojo apoya el cuaderno gastado, el celular, que cada tanto se queda sin memoria, y la computadora también tiene sus achaques. "No le funciona bien la batería", se queja Ángela. Al igual que en la casa de María Soledad, hay altibajos de la conexión de Internet. Dos habitaciones, un baño y cuatro personas conviviendo. En el pasillo, música a todo volumen.

"Nos mandan a la guerra con tenedores y cuchillos. No tenemos las herramientas necesarias para afrontar las clases virtuales pero nos las ingeniamos", cuenta Ángela. Son las 8 de la mañana y toma mates con Rosa, su madre. Entre galletitas y mermeladas, revisa los trabajos prácticos. Ella es profesora de Matemáticas en el instituto parroquial Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé.

Intenta desbloquear el celular, el táctil reacciona a paso de tortuga. Entra al grupo de WhatsApp: 30 alumnos mandando mensajes. Hace un gesto de agarrarse la cabeza. "Nos manejamos con textos o por audio. Ellos me hacen las preguntas de los temas o ejercicios que no entendieron y despejamos las dudas", explica.

La cocina-living-comedor de la casa de Ángeles, ahora también es aula; da clases de Matemáticas y tiene 30 alumnos por curso; la mayoría de las consultas llegan por WhatsApp.
La cocina-living-comedor de la casa de Ángeles, ahora también es aula; da clases de Matemáticas y tiene 30 alumnos por curso; la mayoría de las consultas llegan por WhatsApp. Crédito: Santiago Filipuzzi

Según el último informe del Observatorio Argentinos por la Educación, el 92,2% de las primarias estatales urbanas utiliza WhatsApp para proponer tareas durante la cuarentena. El estudio también destaca que seis de cada 10 escuelas recurren a libros de texto (62,6%) o a cuadernillos y fotocopias (61,3%).

"Es cierto que muchos no se pueden conectar, pero la otra realidad es que muchos chicos van y hacen cola en los comedores en el horario de clase. Entonces, tiene otro grado de dificultad. Así y todo, por ahora, mantenemos a la totalidad", agrega la profesora, con un tono de orgullo.

A medida que habla, Ángela se va poniendo más seria. Se acomoda el pelo, se coloca los lentes, se sienta con la espalda recta: "Todos tuvimos que amigarnos con la tecnología que tenemos a mano. Muchos alumnos no sabían cómo mandar correos electrónicos", dice. Sus dispositivos electrónicos son viejos y funcionan mal. De 11 a 12 con 1°A. De 12 a 13 con 1°B. De 14 a 15 con 2°B. Todos estos son los horarios exclusivos de Matemáticas. No hay memoria que aguante tantas imágenes y mensajes de audios. Afuera, cortes de luz en varias manzanas.

Se acomoda la silla, se encorva un poco la espalda, apoya los codos en la mesa. Va contestando los WhatsApp según el caso: texto, audios o un video explicativo. Alrededor, el barullo de sus hijos que juegan la interrumpe. Tiene mellizos de 11 años, Leandro y Azul, que corretean como pueden alrededor de la mesa-aula. "Uno trata de trabajar en el momento que los hijos no hagan ruido, cuando duermen, pero ¡es imposible!", dice Ángela. Se suman los sonidos de afuera, más el de sus perros que ladran a cualquier cosa que pasa. Concentrarse parece ser otro de los desafíos. Un arpa, dos guitarras, un piano gastado por el paso del tiempo, sillas apiladas en una esquina, son algunos adornos distribuidos en el ambiente. Su idea de terminar con todo antes de los mates de la tarde no podrá cumplirse: se corta la luz. Prende velas porque adentro está oscuro.

"Las familias de los alumnos que cobran el IFE no están pensando en comprarse un celular para que puedan conectarse a la clase. Están pensando en comprar garrafas de gas, en comer", concluye Ángela y con ella coinciden los docentes del barrio. Se cierra WhatsApp, se apaga la computadora.

Villa 21- 24. El aire está fresco, la humedad abunda. Tapabocas, alcohol en gel, lavandina. Distancia. Docentes que pelean para que la educación no quede detenida como las escuelas.

La luz del atardecer anaranjado se pierde a lo lejos y deja ver las siluetas de postes y cables, de tanques de agua, de casas sin revocar. Hace frío, se siente en los pasillos, se siente en las casillas sin luz. Ya es de noche pero todo sigue igual: cortes de luz, falta de agua, no hay Internet. Pero hay ganas de educar.

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  • Premio Fundación La Nación a la Educación: Organizado por Fundación La Nación junto a Banco Galicia y Osde, lanzó su 14º edición con el apoyo de Cimientos, Proyecto Educar 2050, VIACOM-CBS, Fundación Varkey y la Universidad de San Andrés. Este año, se busca destacar la incesante labor de los docentes que durante la pandemia desarrollan estrategias pedagógicas innovadoras para asegurar la continuidad educativa de sus alumnos en contextos vulnerables. La postulación se encuentra abierta hasta el 2 de octubre de 2020 y solo se podrán presentar las iniciativas que se hayan desarrollado en el contexto de la pandemia. Entre las escuelas participantes se seleccionarán tres ganadoras que recibirán 300.000 pesos cada una y, también, se otorgarán tres menciones especiales que recibirán 100.000 pesos cada una para invertir en la capacitación de los docentes involucrados y el equipamiento de la escuela para facilitar el acceso a las tecnologías de la comunicación. Más información: escribir a premiocomunidad@lanacion.org.ar o llamar al celular: 11-4915-9533. Bases y condiciones.

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