Tomás Olivieri Acosta: “La muerte es lo que verdaderamente nos conecta con la vida”
Cómo hablar de un tema que suele esquivarse y que ahora emerge cotidianamente con conteos de muertes diarias por coronavirus; los consejos de un referente en el tema, que desde hace 20 años acompaña a personas en el final de su vida
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En el último año y medio, la pandemia hizo que un tema considerado aún tabú se convirtiera en motivo de conversación cotidiano: la muerte. Desde el conteo de fallecidos que seguimos en los medios cada noche, hasta la pérdida de personas que amamos o, incluso, el haber vivido en carne propia su proximidad, volvieron imposible esquivar la temática del final de la vida. En ese contexto, para Tomás Olivieri Acosta y pese al inmenso dolor que provoca, el coronavirus nos trajo una oportunidad única: la posibilidad de reflexionar sobre el sentido profundo de nuestra existencia, de ponerlos al día con nuestros vínculos y de entender que “la muerte es lo que verdaderamente nos conecta con la vida”.
Emprendedor social, fellow de Ashoka y quien desde hace casi dos décadas se dedica a estudiar la muerte y acompañar de forma voluntaria a personas que atraviesan sus últimos días o semanas, Olivieri Acosta reflexiona: “Tenemos dos certezas en la vida: la primera es que nos vamos a morir y la otra es que no sabemos ni cómo ni cuándo va a ser. La invitación que hago siempre es a preguntarnos: ¿estoy al día con lo importante? ¿tengo algo pendiente por decirle a la gente que realmente quiero? Porque nadie me garantiza que mañana vaya a estar”.
¿Qué balance hace de los aprendizajes que nos está dejando la pandemia?
En nuestra cultura occidental, en general, de la muerte no se habla. Sigue siendo un tema tabú y estamos muy poco conectados con el hecho de que nos vamos a morir. La pandemia, en primer lugar, nos puso de frente no solo a la muerte propia, sino también a la de nuestros seres queridos. Creo que impulsó una mayor toma de conciencia de que todos estamos de paso, disparando preguntas vinculadas al para qué estamos vivos y subrayando la importancia de estar al día con lo importante. Y cuando digo lo importante hablo de los vínculos, esas cosas que por lo general solemos valorar cuando ya no las tenemos y que muchas veces posponemos con frases como: “Bueno, lo dejo para más adelante”, “queda para la semana que viene”, o lo que fuere. El covid nos vino a enseñar que hoy estamos y que mañana no sabemos, y esa es una manera de conectarnos con la vida, el propósito y la transitoriedad. Desde ahí la muerte cobra, más allá del enorme dolor que genera una pérdida, un lugar que para mí es preponderante: es lo que le da sentido a la vida.
Es una invitación a hacernos preguntas que nos incomodan y que muchas veces esquivamos...
Totalmente. Creo que el barbijo, que nos dificulta un poco el hablar, nos invita también a estar un poco más en silencio, a mirar para adentro, a escuchar más, que es un ejercicio que como sociedad todavía nos falta mucho practicar, y también a conectarnos con nuestra propia vulnerabilidad. Creo que la mayoría nos evadimos de la muerte todos los días, porque nos causa terror. Por eso tanto barullo, tanta distracción, tanto miedo al silencio y a mirar para adentro.
Uno de los grandes dramas que vinieron de la mano del coronavirus, sobre todo al principio, fue el de las personas que murieron en soledad. ¿Morir acompañados es un derecho fundamental?
Uno de los mayores miedos que tiene la gente cuando puede proyectar su muerte, no es tanto la muerte per se, sino el morir en soledad. La pandemia trajo eso: mucha gente murió sola y nadie merece eso. Yo trabajo en el ámbito de la salud, con profesionales que se dedican a estar con las personas que mueren por covid, y ellos hicieron mucho para que esto se empiece a modificar y para ser un poquito más flexibles en cuanto a las normas. Porque si vos te guías exclusivamente por los protocolos, esto te puede llevar a deshumanizar uno de los momentos más humanos que tiene que tener una persona, que es su muerte. El derecho a morir acompañados es fundamental. Y no digo acompañado por una sola persona o por seis, sino por las que realmente se necesite, tomando por supuesto las medidas de seguridad que correspondan.
¿Sigue siendo difícil hablar de la muerte?
Totalmente. Un ejemplo: fijate cómo dentro del ámbito de la medicina, hay una palabra que es “cáncer”, que muchas veces ni los propios profesionales nombran. Ese no poder nombrar una enfermedad que genera tanto miedo, nos habla de lo poco incorporado que tenemos a la muerte como parte de la vida. Otra cosa que escucho mucho es “tenemos que luchar contra la muerte” o “la muerte nos venció”. Siempre subrayo que con la muerte no se lucha porque desde el día en que nacimos, nos ganó: todos nos vamos a morir. Imagínate qué diferencia habría si desde el primer momento nos educaran en la consciencia de entender que hoy estás vivo, pero también un día más cerca de morir. La vida es un viaje que nos regala la muerte para entender primero quiénes somos, después para qué estamos y cuál es el sentido de todo esto. Pero en general, las personas no vivimos: sobrevivimos. Hay que ser muy valiente para vivir. Todavía es un tema muy áspero sobre el cual nos cuesta mucho profundizar.
¿Qué pasos debemos dar como sociedad para empezar a normalizar estas conversaciones?
Creo que el desafío, más que normalizar, es humanizar. Es una cuestión de educación y concientización desde que nacemos. Me pasó muchas veces de acompañar a un adulto en el final de la vida y que él o su familia no permitiera que sus hijos chiquitos se acercaran por miedo a que se asusten o se sientan mal. Educar a los niños en la concepción de la muerte es fundamental, porque ellos además tienen un contacto con el final de la vida mucho más natural y si nos animásemos a incorporarlos en estos procesos y escuchar lo que tienen para decir, aprenderíamos muchísimo. Pero primero tenemos que trabajar en nuestros propios miedos para después poder acompañar y escuchar a los chicos. Es un cambio de paradigma, un salto cuántico. Hay que hablar, hablar y hablar, esa creo que es la manera de entender a la muerte como parte de la vida y como aquello que le da sentido.
¿Cuál es el mayor miedo que tiene la gente cuando se enfrenta a la muerte?
Hay dos instancias. Primero, hay mucho miedo a sufrir, a tener dolor físico. A lo cual yo les digo que hoy, con el avance de la medicina paliativa, nadie debería pasar por eso. Eso ayuda a bajar mucho la ansiedad. Y después está la gente que, analizando más en profundidad, no le teme tanto a morir sino a morir una vida que no fue vivida, a la cual todavía le quedan muchas cosas pendientes porque siempre se le dedicó tiempo a atender lo urgente y no lo importante. Por eso, digo que todos los días tenemos que practicar el morir, porque esa es la forma de practicar el vivir y eso es lo que nos conecta con lo trascendente. La gente que realmente vive con intensidad y con la consciencia que está de paso, no le tiene miedo a la muerte. Obviamente, pueden tener la añoranza de todo lo que sienten que se van a perder, pero en el fondo parten con una paz de sentir que pasaron por esta vida haciendo lo que tenían que hacer y dejando lo que tenían que dejar, que es su presencia en el corazón de la gente.
¿Qué lo inspiró a acompañar en el final de la vida?
Siempre me llamó la atención lo poco preparados que estamos para acompañar a otros en el final de la vida: como todavía no tenemos incorporada la muerte, es muy difícil poder acompañar a quien está transitando ese momento. Un hermano mío, Agustín, se murió a los 24 años en un viaje, cuando se cayó de una montaña. Estaba viajando solo y justo había conocido a unos chicos tres días antes. Uno de ellos, arriesgó su vida para ir a donde estaba mi hermano y cuando llegó, Agus murió en sus brazos. El saber que no murió solo, me cambió la muerte de mi hermano, porque yo no pude estar y es el día de hoy en que me gustaría poder encontrarme con este chico, darle un abrazo y agradecerle. Ahí se me despertó esta vocación.
¿Qué suele sugerir a quienes tienen un familiar que está transitando sus últimos días, semanas o meses?
Las personas en el final de la vida, lo que más necesitan, es alguien que pueda escucharlas; y, a veces, también hacerlo desde el silencio. El desafío es que puedan encontrar un interlocutor válido con el cual sientan que pueden abrir cualquier cosa que necesiten, con la libertad de que quien los está escuchando esté preparado para eso. Otra cosa que a veces cuesta es respetar los procesos y los momentos de quien está transitando la enfermedad. A veces, la persona también necesita estar sola o con alguien en particular y cuando en la familia son varios y no todos están incluidos, se sienten dejados de lado. Por eso, siempre les digo: “Cuiden los momentos y los espacios de quienes están transitando sus últimos días, porque lo que más necesita es silencio, paz y tranquilidad”. Me pasó de ir a habitaciones en sanatorios donde hay una persona que se está muriendo y está la televisión puesta a todo lo que da, un montón de gente alrededor de la cama hablando de cualquier cosa y la persona con un nivel de embotamiento tremendo. Hay mucha gente que está acompañada, pero que está sola. Estar acompañado es estar con un ser que sea compasivo, amoroso, que se anime a estar de verdad.
¿Y qué le diría a quien sabe que un ser querido está en esa instancia, pero no se anima a hablarle del tema?
Si la persona que está transitando la enfermedad sabe que está en la instancia final y el amigo o lo que fuera tiene la dificultad de acercarse, siempre le digo: “Andá y decile lo que te pasa: que querés preguntarle pero que no te animás, que te da miedo o vergüenza”. Quizás esa es una manera de romper el hielo y lo que termina pasando es que quien está transitando esa experiencia de final de vida lo relaja y lo ayuda. Es entendible que haya gente que le cueste, pero siempre hay que ir con la verdad. Esto se aprende sobre la marcha, porque nadie nos enseña a cómo actuar en estos casos. Estamos muy acostumbrados a las famosas “mentiras piadosas” que no llevan a ningún lado. Es más, te alejan, porque te generan desconfianza. ¿Sabés cuántas veces me dijeron: “Nadie se anima a decirme que me estoy muriendo, pero yo lo sé”? El saber la verdad es un derecho de todas las personas en el final de la vida. Lo que genera la conspiración de silencio es que la persona muera desconfiada, alejada de sus seres queridos, perdiéndose la oportunidad de tener conversaciones supersanadoras.
¿Alguna otra recomendación?
Que no se queden con nada para decir, ya que el duelo va a ser mucho más llevadero y en paz si le pueden expresar todo lo que tienen que expresar antes de que la persona se vaya. Me acuerdo que el día antes de que mi hermano Agus se fuera de viaje, con la idea de irse por un año, vino a comer a mi casa y le dije lo que lo admiraba, que lo quería, que estaba orgulloso de él por animarse a emprender esa aventura que fue muy resistida por mucha gente. Cuando murió, me dio mucha paz el recordar todo lo que le dije antes de que se fuera, porque esa fue la última vez que lo vi. Si vos me preguntás, creo que no cambiaría nada de la manera de vivir y de morir de mi hermano, porque fue un ser supervaliente que vino a vivir la vida con intensidad. Es el día de hoy, que cada vez que alguien de mi familia viaja, siempre se nos viene la posibilidad de que se pueda morir, porque ya nos pasó una vez. Agus nos recuerda lo fundamental de estar al día con lo importante entre nosotros. Hoy estamos, mañana no sabemos. No esperemos hasta mañana para decir lo que tenemos que decir.
Más información
En el final de la vida: Desde el 2004, y de manera voluntaria, Tomás Olivieri Acosta acompaña emocional y espiritualmente a personas que por enfermedades avanzadas se encuentran próximas a morir, además de a sus familiares en el proceso de duelo y preparación previa a la muerte. Se formó dentro de la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Tornú y en el ámbito profesional brinda talleres de duelo laboral dentro de las organizaciones cuando fallece un empleado. Es creador de la web En el final de la vida.








