
Voluntarios sin fronteras: dejan todo para ayudar en las zonas más críticas
Son cientos de profesionales que hacen tareas durante un tiempo determinado; otros lo eligen como trabajo estable; lo que más valoran es conocer realidades extremas y ser útiles donde más los necesitan
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María Green vivió en casas de adobe en pueblitos en el medio de la nada, en carpa en el desierto, en hoteles o en casas lindísimas en alguna capital. Es enfermera y hace siete años participa de misiones con Médicos Sin Fronteras (MSF) para llevar salud a las zonas del mundo más necesitadas. Hace dos meses que está evacuada en Saná, la capital de Yemén, producto de un bombardeo a uno de los hospitales de esta entidad. "Estoy acá stand by esperando a que se tomen nuevas decisiones. Todavía no pude trabajar en ningún hospital ni ir al terreno", explica esta joven de 34 años.
Ella es uno de los tantos profesionales argentinos que deciden hacer la valija y llevar su vocación a las peores catástrofes humanitarias o las regiones más vulnerables del mundo.
Algunos lo hacen por unos meses y otros le dedican su vida. Algunos son médicos y otros tienen otras profesiones. Si bien Médicos Sin Fronteras es la entiendad que tiene el mayor número de voluntarios de nuestro país dedicados a estas tareas, también existen otras como Médicos del Mundo o la Cruz Roja Argentina que realizan un aporte muy valioso, con menor número de argentinos.
Zonas más necesitadas
Nunca saben con qué se van a encontrar. Campamentos improvisados, civiles y militares armados, las devastadores consecuencias de huracanes y terremotos, estar en el corazón de una guerra civil o tener que lidiar con un aislamiento casi absoluto, entre tantos desafíos. Y en el medio, intentar mejorar la mayor cantidad de vidas.
"El grueso de nuestras misiones son en África, seguido por Medio Oriente y Asia porque son las zonas de mayor necesidad e índices más bajos de acceso a la salud. Dentro del perfil santiario hay médicos, pero también enfermeros, obstetras, bioquímicos, psicólogos y farmaceúticos. Además, existen los perfiles de administrador o de recursos humanos y el logístico. Estos últimos se encargan desde la flota de vehículos hasta la electricidad o que se cumpla la cadena de frío de una vacuna", explica María Eugenia Barbón, Recruiter and Proximity Manager de MSF en la Argentina, quien realiza el proceso de selección y persona de referencia de los cerca de 100 profesionales de América del sur de habla hispana contratados para trabajar en proyectos internacionales. De estos, el 80% son argentinos.
Si bien en general se cree que hay que ser joven y aventurero para poder postularse para estos puestos, no es así: no existe una edad tope. "Mientras vos físicamente sientas que podes hacer frente a las condiciones de vida, como climas extremos, podés participar. Tenemos casos de personas que después de jubilarse deciden dedicar unos años a hacer este tipo de trabajos. Te diría que la mayoría tienen en promedio entre treinta y cuarenta y pico. Según los últimos números que manejamos, después de la primera misión, solo el 50% repite la experiencia. Hay algunas personas que eligen hacer una carrera humanitaria pero no son muchos", dice Barbón.
En el caso de la Cruz Roja, existe la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja que consiste una red global de sistemas de emergencia que une a 190 sociedades nacionales. La Argentina trabaja con la Unidad Panamericana de Respuesta de Desastre que lanza mensajes de alerta cuando sucede alguna catástrofe y las entidades de cada país ponen a disposición sus recursos humanos.
"Generalmente son voluntarios que tienen una amplia formación nacional e internacional en el manejo de desastres. Actualmente son diez los argentinos que forman parte del Equipo Regional de Intervención (RIT) que en su vida cotidiana son voluntarios en la Cruz Roja Argentina y que cuando hace falta, salen en misiones de uno a cinco meses al exterior" explica Cristian Bolado, director de Respuesta a Emergencias y Desastres de Cruz Roja Argentina.
Enfermera. Testigo de la injusticia y también del amor

María Green siempre va a tener grabada en su corazón la historia de Marvelleuse. Un día llegó a un centro de salud en un campo de desplazados en Bangui, la capital de la República Centroafricana, una mujer en una carretilla. Estaba inconsciente, en posición fetal y traía un bebe envuelto en unos trapos. Ambas estaban desnutridas y la madre, Patricia, tenía VIH.
“Se quedaron en nuestro centro hospitalizadas por casi dos meses. Patricia nunca se recuperó a pesar de todos los tratamientos que le dimos y murió. Marvelleuse, en cambio, empezó a engordar a pasos agigantados. Tuve la oportunidad de cuidarla con el cariño y la dedicación que cuidaría a un sobrino o a un hijo. Ojalá le queden grabados alguno de los miles de besos y caricias que recibió en algún lado de su memoria”, dice esta enfermera de 34 años que, desde hace seis, realiza misiones con Médicos Sin Fronteras (MSF).
Níger, República Centroafricana, Irak, Sierra Leona, Angola, Siria, Yemen, Etiopía y Tanzania. A todos estos países fue Green desde 2010 junto con MSF. “Conocí la organización por unas amigas de la carrera de Enfermería. Siempre quise trabajar en los países más necesitados y me parece un desafío profesional enorme alcanzar la máxima calidad de cuidado médicos en contextos donde los recursos escasean”, explica.
Conocer otras realidades y aprender de las diferencias son algunos de los aportes que rescata Green de este trabajo. “El mundo es mucho más grande de lo que yo palpaba y así como es un lugar glorioso para algunos es un infierno para otros. Cosas terribles pasan tanto en los países que están en guerra como en los que su población está a merced de las organizaciones sociales para sobrevivir. Pero a la vez vi muchísimas personas empecinadas por hacer algo por esos seres olvidados. He visto la crueldad y la injusticia en persona, y también fui testigo de la generosidad, empatía, el profesionalismo y amor a los necesitados en niveles indescriptibles”, dice Green.
Ingeniera. En cada país busca sumarse a una entidad local

Belén Amiano es una de las fundadoras de Ingeniería Sin Fronteras en la Argentina. Por motivos laborales se fue a vivir al exterior y, en donde quiera que esté, busca vincularse con alguna organización social para poder ser voluntaria. Actualmente vive en Suiza y a través de Ingenieros Sin Fronteras local colaboró para llevar adelante proyectos en diferentes países.
Su despertar solidario llegó con una construcción que hizo con Techo en 2007. “Fue una experiencia superpositiva, me abrió los ojos y me movió mucho adentro. Con algunos amigos, se nos ocurrió fundar Ingeniería Sin Fronteras en la Argentina y ahí fue cuando conocimos a otras personas con la misma idea en mente y empezamos a trabajar juntos”, dice esta joven de 28 años.
Y quiso ir por más. Cocinó y distribuyó comida a personas en situación de calle en Hungría, fue parte de una organización en Singapur que asiste a chicos con enfermedades crónicas y, desde Suiza, trabajó con Ingeniería sin Fronteras en la extensión de un jardín de infantes en Villa La Florida, provincia de Buenos Aires, y en un proyecto para viudas de la guerra en Bosnia.
También estuvo en Nepal seis meses después del sismo de 2015. Allí se encontró con mucha gente con ganas de ayudar, pero también con una gran desorganización. “Terminé en un campamento de desplazados en Katmandú haciendo actividades con los chicos y construyendo una estructura temporaria para que funcionara como escuela”, recuerda. Para Amiano lo más lindo de hacer voluntariado en el exterior es tener experiencias diferentes y conocer gente muy diversa: "Esto te pone en perspectiva lo que es importante y lo que no. Ver la destrucción física en Nepal fue fuerte. Y en Bosnia me impactaron los efectos de la guerra, ver las casas llenas de rastros de balas o que no se pudiera construir por el riesgo a las minas. Ahora estoy viendo con qué proyecto nuevo me engancho", concluye Amiano.
Psicóloga. Una ciudadana del mundo muy comprometida

Malena Kiss Rouan se siente una ciudadana del mundo. Y, como dice, eso amplía su responsabilidad. Esto hizo que construyera una trayectoria voluntaria ecléctica y muy rica. En 2013 estuvo viajando por América latina junto con Techo; en enero de este año, partió a Mozambique con Somos del Mundo y acaba de volver de República Dominicana de la mano de Médicos del Mundo.
“En lo personal me parece muy importante romper las fronteras, para reconocernos en el otro y, desde nuestro lugar, potenciar un cambio frente a lo que consideramos injusto del mundo. Hoy mi hogar es un caleidoscopio de olores, de sensaciones, de lugares, de personas, de momentos. Creo que el desafío está en animarse a construir ese hogar más allá de las fronteras de los países”, dice esta joven de 27 años, psicóloga y residente de 3er. año del Hospital Nacional en Red Laura Bonaparte.
De Médicos del Mundo, la atrajo la posición ética con la que piensan las intervenciones y su lema de trabajo, que dice: "Luchamos contra todas las enfermedades inclusive la injusticia". “Siempre había tenido ganas de hacer alguna experiencia de ese estilo y fue el momento perfecto, ya que contaba con cuatro meses dentro de la residencia que estoy haciendo en Buenos Aires, para armar una rotación propia”, explica.
Sus últimos meses los pasó en República Dominicana, en la provincia Elías Piña, colaborando en un proyecto sobre el abordaje local de la violencia contra las mujeres y la promoción de derechos sexuales y reproductivos.
“Eso me dio la posibilidad de conocer mujeres luchadoras que me enseñaron muchísimo. Recuerdo que, en una de las reuniones, Jesusita, una mujer de 60 años, me dijo que el día que se dio cuenta de que tenía los mismos derechos que su marido, su vida había cambiado. Para mí esa frase fue una cachetada porque yo nací sabiendo que como mujer tengo los mismos derechos que un hombre y ella no”, comparte Kiss Rouan.
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