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Redes invisibles

Volver a la libertad. La historia del joven que se transformó en la cárcel

Micaela Urdinez
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8 de septiembre de 2019  • 00:24

Otra vez había pasado las fiestas encerrado, lejos de su familia. El 4 de enero de 2018 un guardia se acercó a la celda de Juan Candia en el Penal de Olmos y le dijo las palabras con la que venía soñando despierto hacía cinco años: "te dieron la libertad". Se le aflojaron las piernas de la emoción. "Al fin", pensó mientras tanta ilusión contenida desataba una explosión de adrenalina en sus entrañas. Se cambió en cámara rápida, agarró la foto de su familia y el tarjetero con los números de teléfono de sus contactos. Lo llamó a Gonzalo Macchi, una especie de segundo padre, para avisarle que lo fuera a buscar y se pasó las siguientes cinco horas de trámites interminables dando saltitos hasta que se abrió el primer portón.

Sabía que en esos muros dejaba atrás al pibe de 19 años que había entrado enojado con la vida y que se hacía el "picante", transformado gracias al rugby en un hombre de 24 convencido de que nunca más iba a volver a caer en la droga ni en el delito. Hoy trabaja como referente con jóvenes con problemas de adicciones para evitar que caigan, como él, en la delincuencia y puedan armar su proyecto de vida.

"A mí la cárcel me cambió la vida. Yo no estuve preso, fue mi familia la que estuvo privada de su libertad. Ellos son los que estaban gastando lo que no tenían para llevarme comida o ropa. Como yo veía su esfuerzo sentí que tenía que salir mejor de lo que entré", dice Juan hoy en su casa en el Barrio Itatí, en la zona sur del conurbano bonaerense.

Gracias al rugby se transformó en un hombre convencido de que nunca más iba a volver a caer en la droga ni en el delito
Gracias al rugby se transformó en un hombre convencido de que nunca más iba a volver a caer en la droga ni en el delito

Afuera lo esperaba una red de personas integrada por Gonzalo y Juan Manuel "Pote" Filgueira - un amigo de la vida - pero también su familia, la Fundación Deportistas por la Paz y referentes de la Parroquia Don Bosco del barrio Itatí que siempre estuvieron presentes y lo acompañaron en su reinserción social.

La historia de Juan forma parte de la quinta entrega de Redes Invisibles, un proyecto que busca mostrar la importancia de que personas e instituciones superen los prejuicios y sirvan de apoyo para que los jóvenes de menos recursos puedan salir adelante.

Juan, como el resto de los jóvenes que se crían en contextos de pobreza, tuvo que luchar contra una sociedad que por su lugar de residencia o por como van vestidos, los etiqueta de "pibes chorros", de villeros, de vagos.

Una mala decisión lo llevo a dar un cambio radical en su vida

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Esa estigmatización limita sus oportunidades y refuerza su situación de pobreza. Según el estudio de la consultora Voices! elaborado en exclusiva para este proyecto, el 58% de los argentinos cree que "la mayoría de los jóvenes pobres consumen drogas y alcohol en exceso y son violentos".

La realidad es otra. Las cifras del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA indican que del total de jóvenes del estrato trabajador marginal solo el 9% tiene un consumo problemático de sustancias y el 6,6% reside en hogares en los que algún integrante está o estuvo privado de su libertad. A pesar de haber estado atravesado por estas dos realidades, Juan pudo cambiar.

"Yo pelee por mi libertad. Pagué lo que tenía que pagar. Tuve más diplomas en la cárcel que estando afuera. Ahí hice muchos cursos como alfabetización jurídica, durlock y desarrollo humano", cuenta este joven que hoy vive con su novia y quiere retomar la secundaria.

Juan nació en 1994 en un contexto de profunda vulnerabilidad social. Toda la familia vivía en una pieza en la casa de sus tíos, sus papás salían con el carro a cirujear para poder sobrevivir y los hijos ayudaban como podían. "Yo de chiquito tuve que salir a buscar el pan, empecé en el semáforo, me pegué con la realidad. Pedía monedas, limpiaba vidrios, me sumaba en lo que sea. Volvía a las 2 de la madrugada a mi casa porque me quedaba callejeando", agrega Juan, al que todos llaman "Pela" en el barrio.

Juan y Gonzalo Macchi, una especie de segundo padre
Juan y Gonzalo Macchi, una especie de segundo padre

Cuando tenía 7 años su papá cayó preso en Olmos y su mamá tuvo que hacerse cargo de alimentar diez bocas sola. Lo que más recuerda Juan de las visitas a la cárcel para ver a su papá es el frío de las colas interminables que tenían que hacer para exprimir al máximo esas cuatro horas de charlas. "Íbamos un día antes a la noche. Nos quedábamos en un barcito y mi mamá le gritaba por la ventana para poder hablar. Al otro día, entrábamos a verlo", dice Juan.

Doce años más tardes se invertirían los papeles: sus papás eran los que iban a verlo a él, todos los sábados, al mismo penal. En 2001 su papá salió de la cárcel y se unió a una cooperativa de cartoneros la que todavía trabaja. Esa estabilidad laboral les permitió a la familia mejorar su casa y salir de la indigencia.

Juan jugaba al fútbol y la mayor parte del tiempo la pasaba en las actividades de la parroquia. Cuando tenía 15 años perdió a un hermano menor a manos de una leucemia. La manera de atravesar ese dolor fue anestesiarse con marihuana y cocaína.

"Me subía en cada bondi que había, quizás por dentro sabía que no me hacía bien. Después cuando volvía a casa, me sentaba en la cama y decía por dentro "zafé". Decís ´Yo soy chorro, yo soy piola, yo tengo un fierro´. Vos pensás que hablando así te van a respetar", reflexiona Juan.

En Olmos Juan conoció el amor por el rugby
En Olmos Juan conoció el amor por el rugby

Durante la semana trabajaba en el emprendimiento de jardinería de la parroquia e iba a una escuela nocturna para terminar el secundario y los fines de semana se entregaba a los vicios de la calle. "Agarré un poco más la joda, el barrilete, el salir, hacer esquina. Uno a veces se confunde y se carga mochilas de otro. Yo hice lo que hice porque creía que podía con la calle", dice Juan.

Marcos Ezequiel Paredes Moreira, uno de sus compañeros de andanzas, terminó en silla de ruedas cuando en una persecución policial le dieron un tiro en la espalda. "Hacíamos las cosas mal pero no éramos malas personas. Nosotros sabíamos que podíamos terminar presos o terminar muertos pero no creíamos que nos iba a pasar a nosotros", explica Marcos.

Cuando tenía 19 años, en febrero de 2013, Juan cayó detenido por una entradera en la que hubo lesiones graves. Le dieron seis años que terminaron siendo cinco. Los primeros dos los hizo en la Unidad 40 de Lomas de Zamora y los últimos tres y medio, en Olmos. "Metió la pata, tomó una mala decisión producto de la junta. Juan cuando estaba detenido me decía "acá soy libre de decidir y estando afuera no podía". Cuando uno está muy metido en el mambo del consumo y de la esquina, no se anima a decir que no a muchas propuestas. Son chicos que no están bien parados, se dejan llevar y terminan cometiendo algún delito", agrega Macchi, operador socio terapéutico del Hogar de Cristo, que conoce bien de cerca las heridas de estos chicos.

Miedo, mucho miedo. Eso es lo que Juan sintió cuando entró al mundo "tumbero". El primer tiempo siguió enganchado con lo "malo" pero al ver el sufrimiento en los ojos de su mamá cada semana, sintió que tenía que cambiar.

Juan estuvo preso 5 años y aprendió los valores del rugby
Juan estuvo preso 5 años y aprendió los valores del rugby

"Cuando lo iba a visitar le decía: "Yo estoy presa con vos. Tengo que amanecer afuera. Estar delante de los policías. Verte y dejarte acá. Estoy dejando un pedacito acá. Y dejo muchos sueños de tus hermanitos para que a vos no te falte nada", dice Claudia Chávez, su mamá, con la voz entrecortada. Gonzalo y "Pote" también iban regularmente a verlo. "Todos ellos eran mis brazos, mis piernas. El motor para seguir adelante", dice Juan.

Aprendió las reglas de la cárcel, se acostumbró a las duchas de agua fría y evitó todo lo que pudo el "rancho", una especie de polenta que sirven en las comidas.

"Lo más difícil de estar preso es boicotearte, encerrarte en vos mismo y creer ´hasta acá llegué´ porque la sociedad ya no me va a recibir. Ahí te hundís", cuenta Juan, que tocó fondo pero gracias al acompañamiento del Programa Integral de Asistencia y Tratamiento para Jóvenes Adultos (Piatja) y del rugby - que llegó de la mano de la Fundación Deportistas por la Paz - salió a flote.

"Yo recibí a un Juan muy adolescente, casi infantil. Era como un niño frágil, temeroso y enojado. Él nos dejó acompañarlo, empezó a confiar. Ese fue el gran cambio de su proceso", explica Virginia Beltrame, psicóloga integrante de Piatja.

Marcos Ezequiel Paredes Moreira, uno de sus compañeros de andanzas, terminó en silla de ruedas cuando en una persecución policial le dieron un tiro en la espalda.
Marcos Ezequiel Paredes Moreira, uno de sus compañeros de andanzas, terminó en silla de ruedas cuando en una persecución policial le dieron un tiro en la espalda.

Juan sintió que alguien apostaba por él. Cambió su actitud, se empezó a anotar en todos los cursos que había y arrancó a escribir un diario personal en el que plasmaba sus emociones. "Descubrí que escribir es muy lindo porque es como hablar con vos mismo. Era un ida y vuelta, entre la hoja, el lápiz y yo. Adentro si no sos valiente no cambiás. Dejé entrar el miedo, las lágrimas, la tristeza, dejé los berretines. Y empecé a pensar en mí, a quererme yo como persona, a cuidarme", resume Juan.

También en Olmos conoció el amor por el rugby. Siempre había jugado al fútbol y le costó entender la lógica y los valores de este deporte nuevo. A los pocos meses de haber empezado, ya era el capitán del equipo Los Gladiadores. "Me llegó el respeto, el compromiso, el trabajar en equipo y el esfuerzo mental. Fui aprendiendo que es el único deporte que no tiene discriminación, donde yo me sentía parte y creo que ahí fue en donde hice el foco", dice Juan, quien todos esos valores los trasladó a su día a día.

Juan es una excepción a la regla. No todos los jóvenes privados de su libertad tienen los mismos apoyos, oportunidades y herramientas que él. "Vos conocés a Juan y te das cuenta de que llegamos tarde, de que él no tendría que haber llegado nunca a la cárcel. Juan hizo un proceso muy particular gracias a sus ganas, su posición, su capacidad y su red que nunca le soltó la mano", explica Gabriela González, integrante de la Fundación Deportistas por la Paz.

Lo que más rescata "Pote" del camino de Juan es que supo reconocer sus errores y aprender de ellos. "Le ayudó mucho el estar detenido. Hizo negocio en estar ahí", señala.

El penal de Olmos donde conoció el rugby
El penal de Olmos donde conoció el rugby

Juan quiso ser faro para otros. Actualmente trabaja como referente en un Centro de día para jóvenes con consumo problemático de la parroquia. Juan conoce sus fantasmas y entre mate y mate, comparten sus vivencias. "Los coordinadores que hoy son mis compañeros de trabajo, son lo que antes me daban el pan y el plato de comida cuando yo iba descalzo y con hambre. Yo hoy vuelco mi experiencia para que los nuevos chicos se alimentan de eso y vean que hay otro camino", concluye emocionado.

SUMATE A REDES INVISIBLES

Vos podés cambiar otras vidas como la de Juan. Sumate a la Fundación Deportistas por la Paz de diferentes maneras:

- Aporte económico: para que puedan sostener las actividades de acompañamiento a los jóvenes dentro de las unidades penitenciarias.

- El después de la cárcel: apoyo a los proyectos de los jóvenes cuando salen en libertad, los cuales pueden ser proyectos sociales o emprendimientos personales.

- Voluntariado: Referente afectivo / padrinazgo /mentoreo de los jóvenes cuando salen en libertad

- Club de rugby en Villa Itatí: podés apoyar a Juan Juan y su proyecto de crear un club de rugby en su barrio.

Para sumarte podés llamar a Melchor Villanueva de la Fundación Deportistas por la Paz al (+54) 911-3659-0125 o por mail a melchor.villanueva@deportistasporlapaz.org

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