Albert Schweitzer, uno de esos inmortales
Músico, teólogo, médico y filósofo, obtuvo el Nobel de la Paz en 1952 y advirtió sobre el empobrecimiento tanto de la libertad como de la capacidad de pensamiento del hombre contemporáneo; su legado se vuelve cada vez más actual
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El próximo 14 de enero Albert Schweitzer habría cumplido 141 años. Nació en 1875 en Alsacia, entonces territorio prusiano. Ningún humano llega esa edad, pero algunos, como él, siguen vivos en legados trascendentes. Desconocido para generaciones recientes, Schweitzer fue músico, teólogo, médico y filósofo. Hijo de un pastor protestante, fue ante todo un profundo humanista. Tuvo éxitos tempranos como pianista y organista, escribió uno de los más completos estudios sobre Bach, convertido en pastor desde muy joven sus prédicas eran movilizadoras, reveladoras y transcurrían por caminos ajenos a la ortodoxia religiosa.
Schweitzer era un luminoso pensador y lo reflejó en los variados libros que escribió, que incluyeron una revisión de la vida de Jesús, miradas filosóficas sobre la civilización y los problemas para alcanzar la paz entre otros temas
A los 30 años sintió que la medicina le permitiría ayudar a los sufrientes y emprendió los estudios que lo convertirían en médico y lo llevarían en 1913 a Lambarené, en Gabón, donde transcurriría la mayor parte de su vida junto a su esposa, Helene Breslau. Consideraba que África encarnaba la dolorosa síntesis del padecimiento humano, y hacer lo posible para paliarlo fue su propósito existencial. En 1952 obtuvo el premio Nobel de la Paz (esa vez bien otorgado) y valiéndose del reconocimiento universal se dedicó a difundir las condiciones de vida patéticas del continente que adoptó como hogar. Incluso dio algunos conciertos con los que recaudaba fondos para el legendario hospital que construyó en Lambarené.

Schweitzer era un luminoso pensador y lo reflejó en los variados libros que escribió, que incluyeron una revisión de la vida de Jesús, miradas filosóficas sobre la civilización y los problemas para alcanzar la paz entre otros temas. Murió el 4 de septiembre de 1965, oponiéndose hasta el final al armamento nuclear y recordando que ningún ser viviente, miembro de cualquier especie, merece sufrir ni ser martirizado por los humanos. En 1958 la revista Sur (ese poderoso faro cultural creado por Victoria Ocampo) publicó su libro El camino a ti mismo, traducido por J. R. Wilcock, que refleja la estatura moral de Schweitzer. “Vivimos bajo el signo de la decadencia de nuestra cultura”, advertía en esas páginas. Alertaba sobre el estado del mundo con palabras actuales: “La capacidad que posee una persona de comprender la cultura y obrar para ella, depende de su capacidad de ser al mismo tiempo un pensador y un ser libre. La libertad material y espiritual se encuentran íntimamente unidas. La cultura presupone libertad. Solamente puede ser concebida y realizada por una mente libre. Pero el hombre moderno ha perdido tanto la libertad como la capacidad de pensamiento”. Ya entonces el médico de Lambarené sostenía que en el mundo moderno las personas dejaron de buscar un sentido a su existencia para dedicarse, en cambio, a “las preocupaciones materiales, que han ha traído como consecuencia un empobrecimiento de su espíritu”. Según describe en el libro, observaba que las conversaciones ya no significan verdaderos intercambios de ideas, sino simples simulacros llenos de generalidades. Y veía que “la monstruosa expansión y el constante crecimiento de la ciencia y de la técnica”, crean cada vez más especializaciones, que en lugar de ampliar los horizontes del verdadero conocimiento los estrechan.

Lamentaba Schweitzer “que se haya empezado a hablar con ligereza cada vez mayor de guerra y de depredaciones, como si se tratara de sencillas combinaciones sobre un tablero de ajedrez”, y señalaba que eso ocurre “cuando desaparece la convicción y la conciencia de que toda persona nos importa por el hecho mismo de ser una persona y la cultura y la ética empiezan a vacilar”. En un tiempo en el que la violencia reemplaza al diálogo, la prepotencia a la razón y la intolerancia a la aceptación, en un mundo donde leyes y derechos parecen ser obstáculos por saltar de cualquier manera, el rescate de hombres como Albert Schweitzer es un homenaje a quienes, como él, mantienen orientadoras fogatas encendidas en bosques oscuros.
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