Antes muerta que sin una Barbour
La campera que fue símbolo del campo británico hoy encarna exactamente lo contrario a la “fast fashion”
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La tradicional campera encerada, símbolo del campo británico más rancio, había tenido también su momento en un fragmento del Buenos Aires que podía comprarla en el exterior. Pero para entonces la mística que transmitía ya no parecía tener el mismo atractivo. En esos años —los tempranos 90—, la niña cantante María Isabel ganaba Eurovisión Junior con su pegadizo mantra “antes muerta que sencilla”. Esta cronista, convencida de que tener estilo implicaba ir en contra de cualquier prenda demasiado cargada de significado, adaptó la consigna: antes muerta que con una Barbour.

Momento de admitir cuán equivocada estaba. Hoy no solo la usan los pijos madrileños —jóvenes y no tan jóvenes con una estética clásica que, en su mérito, nunca la abandonaron—, sino también quienes definen lo cool global. La prueba más reciente: si se habla de una española con Barbour es de Rosalía, fotografiada en París con jeans y una de estas camperas con su inconfundible mezcla de algodón encerado, forro escocés y cuello de corderoy.
Si se habla de una española con Barbour es de Rosalía, fotografiada en París con jeans y una de estas camperas con su inconfundible mezcla de algodón encerado, forro escocés y cuello de corderoy
No es un caso aislado. En el último año, Barbour creció cerca de un 10%, sus beneficios un 14%, y supera los 350 millones de libras en ventas anuales como parte de una tendencia que no es explosiva pero sí persistente. Es noticia en los medios de la industria porque en un mercado saturado de tendencias efímeras, es justamente el tipo de crecimiento que las marcas de lujo buscan desesperadamente y rara vez logran.
Los sociólogos de la moda son rápidos en señalar que puede ser porque parece condensar muchas de las obsesiones contemporáneas. En un momento en que se oscila entre la saturación digital y la búsqueda de autenticidad, la ropa con “vida anterior” toma un nuevo atractivo. La Barbour, con su pátina gastada y su promesa de durabilidad (la reina Isabel II usó la misma durante más de 25 años, simplemente reencerándola), encarna exactamente lo contrario de la lógica del fast fashion.
Durante años, la Barbour circuló ahí, entre una Kate Moss embarrada, Lily Allen en escena, y Alexa Chung siendo Alexa Chung.
El revival también responde a la fantasía del regreso a lo rural. No el campo real —duro, incómodo—, sino su versión estetizada, que se cruza con la lógica del quiet luxury, esa que busca borrar los logos pero sugiere una cierta pertenencia.
Según la revista GQ, la clave, sin embargo, está en que la Barbour “puede ser apropiada con naturalidad por distintas subculturas”.
Ese desplazamiento comenzó con el nuevo siglo cuando el líder de Arctic Monkeys la incorporó a la estética indie, y en el festival de Glastonbury pasó a ser uniforme combinada con botas de lluvia e incluso vestidos de lentejuelas. Durante años, la Barbour circuló ahí, entre una Kate Moss embarrada, Lily Allen en escena, y Alexa Chung siendo Alexa Chung. La “it girl” encarnaba un tipo de cool británico que sigue vendiendo: un poco desaliñado, inteligente y muy consciente de la moda sin parecerlo demasiado. Una imagen muy lejana a la de la princesa Diana, que usaba su Barbour con perlas.

Cada tribu tuvo, además, su diseñador fetiche, que la reinterpretó para códigos que en teoría no deberían convivir. Y así Barbour terminó por infiltrarse en todos los registros. Sin ir más lejos, esta temporada lanzó colaboraciones con marcas tan disimiles como la ultraescandinava Ganni y la emblemática del sexy tropical Farm Rio; y se alió tanto con los neutros puritanos de Margaret Howell como con el guiño excéntrico multicolor de Paul Smith.
Hoy la campera está, literalmente, en todas partes. Hasta los hijos adolescentes de esta cronista usan Barbour para ir a su colegio ultra progre de la Gran Manzana. Quizá sea, entonces, el momento de desenterrar aquella propia que quedó olvidada tras el paso por Madrid. Antes muerta —sobre todo— que sin aprender de los errores pasados del guardarropas.
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