Cómo frenar la carrera hacia ninguna parte
Frente a la aceleración constante, un filósofo alemán propone la resonancia: detenerse, enfocarse y abrirse al pulso de la vida
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Las sociedades modernas tienen como dogma y mantra el crecimiento sin fin y sin pausa. No importa cuánto, para qué ni a qué costo. Esa urgencia por el crecimiento trae como consecuencia una aceleración creciente y una competencia encarnizada en todos los órdenes. Según este paradigma las personas, las organizaciones o los países que se quedan atrás, pierden. La aceleración, fenómeno contemporáneo, es el tema central en la reflexión e investigación del sociólogo alemán Hartmut Rosa, autor de dos obras fundamentales al respecto: Aceleración y alienación y Remedio a la aceleración.

Heredero de la Escuela de Frankfurt, corriente de pensamiento que nació en los años 20 del siglo pasado e integraba marxismo, psicoanálisis y filosofía hegeliana en su crítica al capitalismo y al fascismo naciente, Rosa es también músico aficionado. “La música es una forma fantástica de explorar diferentes modos de estar en el mundo, de relacionarse con el mundo”, afirma. Sus trabajos proponen justamente nuevas formas, menos alienantes y alienadas, de estar en el mundo. Hoy ya no corremos y competimos para avanzar, señala, sino simplemente para permanecer, para no perder un lugar. A mayor velocidad, mayor alienación, porque el cuerpo no puede seguir la velocidad de los cambios y la mente no alcanza a comprender a comprender los procesos antes de que estos se remplacen por otros.
En la desesperación por no caer, y obligados a innovar todo el tiempo (un innovador que no innova no es nada, de modo que tiene que crear novedades incesantemente, aunque no haya necesidad ni sentido para ellas), nos disociamos, nos salimos de nosotros mismos, mente y cuerpo corren a ritmos y en direcciones diferentes. Esto es la alienación, la desintegración del ser. Y de ella, dice Rosa, nace el bornout, que no es producto del trabajo, aunque lo parezca, sino de la carrera sin sentido.
A mayor velocidad, mayor alienación, porque el cuerpo no puede seguir la velocidad de los cambios y la mente no alcanza a comprender a comprender los procesos antes de que estos se remplacen por otros
En esa carrera no hay noción de logro, se pierde la idea de propósito existencial. Las personas, apunta el pensador alemán, se convierten en náufragos de la vida, sin arraigo, con falsa autonomía. El consumismo, una falsa satisfacción, no consiste en consumir sino en comprar, acumular y seguir, sin detenerse.
Ante la alienación Rosa propone la resonancia. Hay resonancia, explica, cuando algo nos conmueve, cuando ante esa conmoción ejercemos una respuesta y cuando esa respuesta provoca una transformación, tanto interna como externa. Esto puede ocurrir ante otra persona, ante la naturaleza, ante una melodía, una imagen o una epifanía de cualquier tipo. Y tiene dos requisitos. Uno es el tiempo, detener la carrera, permanecer, contemplar, percibir, sentir. Y el otro es abrirse al pulso de la vida, porque la resonancia no se impone a través de la voluntad ni se planifica. Ocurre. Requiere presencia y atención. Es decir, el cese de la alienación. Es el encuentro con el mundo y el encuentro con el otro, la alteridad.
El mundo acelerado y alienado ofrece una paradoja que Rosa resalta. Por mucho que se corra se está siempre en el mismo lugar. Podemos viajar miles de kilómetros sólo para encontrarnos con aeropuertos, restaurantes, cines, hoteles, centros comerciales, vehículos que son exactamente iguales en todo el planeta. Son los “no lugares” que definió el antropólogo francés Marc Augé. Globalización es antítesis de diversidad, terminamos siendo hamsters que corren en la rueda sin ir a ninguna parte antes de caer agotados. En esa carrera alienante se destruye el hábitat natural mientras nadie se posa sobre nada, no hay tiempo ni atención para algo que Rosa considera esencial en la resonancia: el encuentro con un esplendor y una belleza que nos superen. En cambio, cuando nos permitimos resonar, y otros en nuestros ámbitos de vida y trabajo también lo hacen, se produce la consonancia. El más profundo y esencial de los encuentros, una forma sutil del amor. Lo opuesto a la alienación.
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