El médico que miraba con los ojos del paciente
Cumplió 75 años Henry Marsh, un humanista en medio de una disciplina donde los avances tecnológicos suelen desplazar a las emociones
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Henry Marsh cumplió en marzo 75 años y desde hace cuatro sabe, o cree saber, de qué va a morir. En abril de 2021 le diagnosticaron un cáncer de próstata avanzado y dice que lo peor no es la muerte, sino saber que te vas a morir, aunque acepta que es algo que nos ocurrirá a todos. Mientras tanto, aunque retirado, sigue dando clases y aconsejando a discípulos que no dejan de consultarlo como a un oráculo. En sus cuarenta años de práctica activa, hasta 2015, el médico inglés Henry Marsh operó a más de 15 mil pacientes y sigue siendo considerado una eminencia mundial de la neurocirugía. Una voz necesaria, sensata, sensible y empática en un tiempo en el que, como otras disciplinas centradas en el ser humano, la medicina parece enfocarse antes en los adelantos tecnológicos que en las necesidades emocionales de las personas.

“Nunca dejo de recordarles a mis alumnos y discípulos que tratamos a pacientes, no a radiografías”, reflexiona. “Es que las nuevas generaciones de médicos se han vuelto más técnicos y mecánicos”. Si supiera que en un país llamado Argentina se vendían resultados de exámenes para residencias médicas vería confirmadas sus dolorosas certezas sobre la deshumanización de la profesión que él encaró con notable vocación por el alivio del dolor y el sufrimiento.
Una voz necesaria, sensata, sensible y empática en un tiempo en el que, como otras disciplinas centradas en el ser humano, la medicina parece enfocarse antes en los adelantos tecnológicos que en las necesidades emocionales de las personas
Esto se refleja en Ante todo no hagas daño, Confesiones y Al final, asuntos de vida o muerte, tres libros apasionantes y apasionados en los que relata su cosecha y su aprendizaje profesional y existencial. Para fortuna de quienes fueron sus pacientes, discípulos e integrantes de sus equipos, Henry Marsh mantuvo siempre una sólida coherencia entre palabras y actos. “Lo más difícil fue aceptar que yo estaba hecho de la misma carne y sangre que mis pacientes. Al comienzo sentía una ingenua excitación. Sabía que hacía algo muy riesgoso y peligroso, pero ignoraba que no sólo lo era para los pacientes, sino también para mí. Es terrible cuando cometes un error y un paciente resulta afectado. Cuando una operación sale bien hiciste un buen trabajo y pasas a otra cosa. Pero cuando sale mal, te deja una herida”.

Además de ser un notable narrador, Marsh se considera un hombre emotivo. Se diría que es un humanista de la medicina. Quizás sea fruto de su profundo interés por la filosofía. Ha leído y estudiado tanto, dice en sus confesiones, que a veces le cuesta distinguir cuáles son sus pensadores favoritos. Sus libros transmiten con precisión y sensibilidad los sentimientos de alguien dedicado a incursionar en el órgano más misterioso del ser humano. “Entendemos muy poco del cerebro. Mientras más sabemos, menos lo entendemos. Mientras más lo estudiamos, más en claro queda lo complicado que es. No se parece para nada a una computadora. Obedece a leyes de la física que, sin embargo, no explican cómo la materia de la que está hecho produce sufrimiento, ansiedad e ideas. Es una tontería pensar que la inteligencia artificial puede llegar a reemplazar todo eso”.

Marsh trabajó y enseñó también en Ucrania desde mucho antes del comienzo de la guerra. Hoy hace campaña en favor del país en el que, a su vez, tanto aprendió. Pero no es un activista político. Su tema central es siempre la persona y su sufrimiento. “Cuando me convertí en paciente entendí la enorme distancia que hay entre médicos y enfermos. Como doctor sólo ves una parte muy pequeña de lo que vive el paciente. Creo que de alguna manera lo sabía, y me gusta pensar que fui un médico amable y considerado”. Lo saben sus pacientes y los familiares de ellos, a quienes siempre llamó y escuchó y por quienes siempre se interesó hasta mucho después de las operaciones. Hoy hace campaña por la muerte asistida. “Cortemos con la idea de que hay que sufrir al morir para ganarse el cielo” afirma. Henry Marsh, el médico que, como pacientes, nos gustaría tener. El que honra la consigna de Hipócrates: ante todo, no dañar.
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