El valor de los libros no leídos
Lecturas y autores nos esperan, a salvo de la culpa por la acumulación y protegidos por la promesa de futuro
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Los ojos acuosos de Borges me miran desde la mesita de luz. Cada noche me recuerdan que tengo pendientes sus conversaciones en universidades de los Estados Unidos: esa materia la debo. Aun en su gesto de desconcierto, Borges hace equilibrio sobre las entrevistas de Fassbinder, los perfiles de escritores del Paris Review y una colección de cuentos góticos, todos ladrillos impresos en inminente situación de jenga: su presencia ominosa indica que todavía no los leí y que en cualquier momento se vienen en banda. Uno que sí leí es Tsundoku, de un colectivo anónimo llamado Taiki Raito Pym, un ensayo recién publicado acá sobre “el arte japonés de acumular libros”. Dice que “una biblioteca desbordada puede ser un refugio, un mapa, un consuelo” y la idea me alivia: puestos a discutir japonerías, está en las antípodas del mandato de orden de Marie Kondo, que indicaba conservar solo tres libros (¡el horror!) y absuelve al acumulador que vive entre columnas de papel.
Alguien me dijo una vez que al comprar un libro uno en realidad está comprando las horas que dedicará a leerlo
La pregunta maldita (“¿los leíste todos?”) nos desvía de la única duda que de verdad nos interesa: ¿cuántos libros son muchos libros? En la Edad Media, se denostaba a los árabes por su costumbre de coleccionar volúmenes y en la Ilustración algunos intelectuales consideraban que acumular más libros de los que uno pudiera leer era una vanidad superficial. Creadores del feng shui y el ikigai, el arte de encontrar una razón de ser en lo cotidiano, entre otro millón de cosas, los japoneses también bautizaron tsundoku al fenómeno muy actual de acumular libros sin leer. La palabrita del argot nipón nació durante la era Meiji (1868-1912) y se imprimió por primera vez en 1879, muchos años antes de que el italiano Umberto Eco se jactara de todos los libros que no había leído y que el libanés Nassim Nicholas Taleb, el autor de El cisne negro, dijera: “Los libros leídos son mucho menos valiosos que los no leídos”.
Si Borges imaginó la Biblioteca de Babel como la suma algebraica del saber universal, su alegoría nos enseña que es posible guardar todos los libros del mundo, aquellos que ya se escribieron y los que todavía no, pero que la vastedad del conocimiento es inalcanzable para un mortal
Es que un libro sin leer es una promesa de futuro. Alguien me dijo una vez que al comprar un libro uno en realidad está comprando las horas que dedicará a leerlo. Y esa es una manera simbólica de alargar la vida, un modo inversamente proporcional a las horas que pierde con cada cigarrillo fumado o semana sedentaria. “Los libros no leídos son mucho más valiosos”, coinciden los autores de Tsundoku y así aligeran la culpa del que sigue comprando textos incluso cuando la promesa vital ya lo ponga a competir con Matusalén: necesitaría diez vidas para leer lo que tiene pendiente. Hago cuentas. Solamente para escribir esta columna semanal leo más de cincuenta libros al año porque me rebelo ante el brulote de Oscar Wilde: “Jamás leo los libros que debo reseñar, no quiero que influyan en mi opinión”. Los leo. Y también leo otros, solo por placer. Pero siempre son más los intocados.

Ya llegará su hora. Si Borges imaginó la Biblioteca de Babel como la suma algebraica del saber universal, su alegoría nos enseña que es posible guardar todos los libros del mundo, aquellos que ya se escribieron y los que todavía no, pero que la vastedad del conocimiento es inalcanzable para un mortal. Que Borges me siga esperando. Es un consuelo pensar antes de dormir que todavía hay muchísimo por saber. La “antibiblioteca”, como le dice Taleb al rejunte de libros no leídos, al final es infinita como el universo: nos recuerda lo que aún desconocemos.
ABC
A.
La bibliofilia es el amor por los libros y todo lo que se relacione: bibliotecas, librerías, archivos y ediciones raras, valiosas o difíciles de conseguir.
B.
En cambio, la bibliomanía se define como un trastorno obsesivo-compulsivo de acumulación en el que no es posible parar de comprar o juntar.
C.
La palabra japonesa tsundoku caracteriza a las personas que encuentran calma o placer en libros que no leyeron pero que piensen leer en el futuro.
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