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Para ocupar el ánimo en algo provechoso y placentero, para no “malgastar el tiempo en conversaciones banales e insípidas” de esas que marchitan a los espíritus vivaces, Desiderio Erasmo de Rotterdam eligió emplear las horas que tuvo que ir a caballo durante su viaje de Italia a Inglaterra en la reflexión y el recuerdo. Evocando a su querido amigo Tomás Moro, la estimulante tarea intelectual que los unió y el gusto compartido por uno de los frutos más dulces de la inteligencia, el sentido del humor, concibió la que sería una de sus obras célebres: el Elogio de la Locura.


