La lucidez no tiene edad
Estrellas, profesionales y líderes demuestran que la madurez mental y la aceptación de uno mismo llegan con el tiempo y son un valor en sí mismo
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El 66% de la población mundial, cifra que incluye a las cuatro principales economías del planeta (Estados Unidos, China, Rusia e India), tiene líderes que superan largamente los 70 años y rozan los 80, de acuerdo con un informe del diario madrileño El Confidencial. Por otra parte, Mirtha Legrand acaba de cumplir 99 lúcidos años, como Alberto Cormillot sus 82, y Graciela Fernández Meijide 95 con un pensamiento luminoso y Pacho O’Donnell sus creativos 84 años. Son apenas unos pocos ejemplos, entre muchos, de longevidad presente e influyente en el acontecer del mundo y en la vida de otros. Acaso porque estos longevos entendieron que la vejez no es una enfermedad y no procuraron curarse ni escapar de ella. “Muchas personas no cumplen los ochenta porque intentan durante demasiado tiempo quedarse en los cuarenta”, reflexionaba el genial pintor surrealista español Salvador Dalí (1904-1989). Y es fácil reconocer a esas personas en el patetismo de sus conductas y de sus figuras, tras las que procuran huir de un perseguidor implacable y siempre vencedor: el tiempo.
Estos longevos entendieron que la vejez no es una enfermedad y no procuraron curarse ni escapar de ella
El escritor e historiador mexicano Carlos Monsiváis (1938-2010), cuya filosa pluma recorrió cada entresijo de la cultura popular, señaló que la obsesión por la eterna juventud había llevado a las sociedades occidentales a firmar un pacto fáustico a partir de finales del siglo XX. “Una búsqueda gozosa y turbadora de la cirugía plástica, los gimnasios, las dietas estrictas, el maquillaje, las ropas rejuvenecedoras, la liposucción, hasta llegar a la ilusión química de la feromona humana. El sueño masivo de consumo y ansiedad por resistir al tiempo”, escribió.

Una obsesión paradójica en una época en que la demografía cambia, nacen menos niños, hay menos jóvenes, la vida se prolonga y hay cada vez más viejos. No importa de qué se disfraza o cómo intenta mentirse a sí misma y a los demás una persona. A determinada edad se es viejo. Y viejo no es sinónimo ni de inservible ni de decrépito. La vejez es una etapa en el ciclo de la vida, y no existe otra forma de vivir mucho tiempo que no sea envejeciendo. “No hay que morir joven. El que sobrevive a sus coetáneos siempre acaba por tener razón”, afirmó Bartolomé Mitre. Para el escritor y estudioso de las religiones Alejandro Martínez Gallardo, también mexicano, Mitre alude a la posibilidad de alcanzar la completa madurez mental y lograr el conocimiento de uno mismo. Es que, vivida con aceptación y consciencia, la vejez es la oportunidad que se nos da de experimentar cada paso del camino de la existencia habiéndonos reconocido en diferentes estados, tanto físicos como psíquicos, emocionales y espirituales.
Hay, por cierto, una lamentable pérdida en el hecho de sustraerse a uno mismo de esa oportunidad, pretendiendo convertirse en lo que Carl Jung, padre de la psicología analítica, llamaba un puer eterno, es decir un adolescente perpetuo. Así como la vejez no es una enfermedad, la juventud no es, en sí misma, un valor, sino solo un dato cronológico. Dato, por otra parte, pasajero. Quien lo entiende desde temprano puede vivir de tal manera que, llegado el momento, la muerte, de la que se pretende huir en vano al atrincherarse en una juventud artificial e ilusoria, lo encuentre a uno vivo. “Tengo 85 años y es aquí donde quiero estar”, escribió en una reciente columna de The New York Times el periodista y dramaturgo Roger Rosenblatt, autor de Desayuno en familia. “En mis años de juventud miraba hacia delante por lo que pudiera ocurrirme, pero ahora miro lo que tengo”, dice Rosenblatt. Acepta que hay cosas que ya no puede hacer y celebra las que sí. “Solo veo cosecha, y parece que he sido en parte responsable de crear una cosecha extraordinaria”, afirma. “No le temo al invierno ni me arrepiento de la primavera”. Es alguien que no le dio la espalda al ciclo completo de la existencia. Ciclo que se nos ofrece una única vez.
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