
¿Las pirámides son de cartón pintado?
Quizás la única manera de conocer un lugar sea conociendo otro: ser un viajero en busca aquello que se le oculta al turista (lo verdadero)
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Pasear se convirtió en un derecho humano. Por lo menos, en esta época: el turismo, la “industria sin chimeneas” codiciada por algunas ciudades y repudiada por otras (“tourists go home”, se lee en los grafitis de las calles de Barcelona) es un atributo inalienable que redefine la teoría del viaje. Si moverse a otra ciudad u otro país antes perseguía un afán de exploración o conquista, el viaje moderno puede ser una experiencia vacía o engañosa. Cientos, ¡miles!, de kilómetros para confirmar aquello que ya se sabe: el turista perezoso opina que París es igualita a nuestra avenida Alvear; de un paisaje natural hermoso dirá que “parece una foto”.

“Hay algunos intelectuales que han detestado con vehemencia la afición por los viajes”, escribe el antropólogo mexicano Roger Bartra en El oficio de ser extranjero, su ensayo con “reflexiones sobre el viajar” recién publicado acá: “Cuando leo a Fernando Pessoa diciendo que ‘la idea de viajar me da náuseas’, me entra un gran desasosiego”. El escritor portugués no era el único. Según Chesterton, “viajar estrecha la mente” y Ralph Waldo Emerson decía que viajar era el paraíso de los tontos porque buscar respuestas afuera del hogar era huir de uno mismo. Es que la industria ofrece lo imposible: “¡Quince ciudades europeas en siete días!”. A los turistas, el paseo puede parecerles pintoresco pero en algún momento se manifiesta la inquietud: ¿experimentaron algo original? El escritor estadounidense Walker Percy decía que la gente perdió la capacidad de apreciar por sí misma lo que ve en un viaje: necesita un especialista o una referencia y esa ausencia de lo auténtico es una pérdida de soberanía. A Bartra y a Josefina, su esposa, llegar a la isla de Capri y toparse con una multitud inmensa de turistas les provocó un ataque de ansiedad y tuvieron que refugiarse del gentío en la Villa San Michele, donde no había casi nadie: “La paradoja es que habíamos huido de esa clase de gente que hacía exactamente lo que nosotros estábamos haciendo: turismo”.
A los turistas, el paseo puede parecerles pintoresco pero en algún momento se manifiesta la inquietud: ¿experimentaron algo original?
Hace cien años, pongámosle, se viajaba por razones trascendentales: un gran acontecimiento familiar, un exilio, una guerra. Muy pocos iban lejos “para conocer”. Hoy, las migraciones están en el ojo del debate público porque las fronteras no siguen abiertas como un siglo atrás. El viaje es un fenómeno complejo. Hay más facilidades que nunca, pero más restricciones también. Así, fuera del tour o la excursión, viajar implica procesos de pérdida, autoconocimiento y transformación. Según Bartra, ser catalán en México o mexicano en Barcelona le sirvió para observar el ambiente sin el astigmatismo de lo cotidiano: “El oficio de ser extranjero consiste en usar como instrumento esa distancia aumentada entre el yo y el entorno”. Es evidente: desde cerca no se ve.
Puede que la única manera de conocer un lugar sea conociendo otro. “Me parece que vale la pena ser extranjero”, concluye Bartra. La extranjería es un oficio que se aprende viajando, un tipo de experiencia que algunos aman y otros detestan, y siempre hay una pretensión de superioridad moral en el viajero que rechaza al turista. ¿Las pirámides son de cartón pintado? El viajero busca aquello que se le oculta al turista (lo verdadero) y cuando lo encuentra, siente que llegó a destino.
ABC
A.
Nacido en Ciudad de México en 1942, el antropólogo Roger Bartra es hijo de dos escritores catalanes exiliados tras la guerra civil española.
B.
Vivió en los Estados Unidos, Venezuela, Londres y París, donde se doctoró en la Sorbona; después volvió a México, donde vive ahora.
C.
El ensayo El oficio de ser extranjero analiza la oposición entre turismo y viaje y defiende las cualidades positivas, aunque difíciles, de la extranjería.



