
¡Viva el chinela-core! (o por qué las francesas adoran el calzado anti-moda)
Chinelas ortopédicas de señora mayor: la respuesta al tórrido verano europeo que las divinas que pasean por Saint-Germain-des-Prés convirtieron en la novedad cool de la temporada
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PARÍS.- En Europa muere más gente por las olas de calor que estadounidenses por heridas de bala —la comparación es discutida, las metodologías varían, pero el orden de magnitud alcanza para inquietar a cualquiera—. ¿Cómo hacen las francesas, entonces, para seguir viéndose impecables cuando el asfalto se derrite bajo sus pies y el termómetro no deja de batir récords?

La respuesta, posiblemente inesperada, son unas chinelas ortopédicas de señora mayor. Taco de corcho liviano que no conduce el bochorno del pavimento, dedos al aire, agujeritos, y ese espacio generoso que agradecen los pies cuando se hinchan por la retención de líquidos que parece aumentar con la humedad de estas semanas. Y si encima se tiene juanetes o artritis mejor todavía. Porque sí, hasta las divinas que pasean por Saint-Germain-des-Prés —o por el Marais, o por las arcadas de Palais-Royal, o por el Passy más burgués— pueden sufrir estas plagas.

¿Suena irresistible? La lista de devotas hace que sí. Lily-Rose Depp —la hija de Johnny Depp y Vanessa Paradis, musa de Chanel desde los tiempos de Karl Lagerfeld— las llevó puestas todo un verano. Del otro lado del charco, las eternas chicas cool como Maggie Gyllenhaal y Michelle Williams en Brooklyn las hicieron suyas ya hace tiempo. Se habla de Wörishofer, una sandalia tipo chancla con hebilla, como un fenómeno: la marca alemana que París hizo suya, al punto de que una revista de culto la bautizó hace años como “el epítome chic de chica francesa” —y que este verano está pisando muy fuerte.
La Crocs, por su parte, hizo carrera en la vereda de lo deliberadamente feo, casi infantil, con sus charms y sus colores de plastilina, una fealdad tan exagerada que termina funcionando como guiño irónico. Ambas son fealdad que ya sabe que es moda
Pero conviene distinguir a la Wörishofer de sus primas en la familia del feísmo en el calzado. La Birkenstock conquistó el mundo por la vía de lo unisex y lo neutro: sandalia que sirve tanto para festivales como para cocinas de restaurante alemán, y que en su salto a la pasarela —Celine y Dior mediante— se volvió más andrógina que nunca. La Crocs, por su parte, hizo carrera en la vereda de lo deliberadamente feo, casi infantil, con sus charms y sus colores de plastilina, una fealdad tan exagerada que termina funcionando como guiño irónico. Ambas son fealdad que ya sabe que es moda.
En este espacio, además, ya se habló de las Hoka. Nacieron en los Alpes franceses con la suela sobredimensionada para correr cuesta abajo en las carreras de senderos. Sin embargo, en seguida se volvieron las favoritas de los colegios de podólogos para el descanso y la protección contra caídas, sobre todo de la gente mayor. De hecho, fueron sensación mediática cuando las adoptó el entonces presidente Joe Biden, cuyo entorno las eligió porque estaba tropezándose a menudo, aunque no resultó para asegurarle un nuevo turno en la presidencia. Para lo que sí, en cambio, fueron un éxito fue para los pies de la gente fashion. Se las vio primero asomando bajo un vestido de gala, con esa mezcla de vergüenza y desafío, y después ya sin culpa ninguna.
La lógica, en el fondo, es siempre la misma: lo que durante décadas fue sinónimo de resignación —“ya no me importa cómo me veo, solo quiero que no me duelan los pies”— termina resignificado como gesto de autenticidad, de antimoda, y por ende de persona muy cool.
La Wörishofer es un animal distinto. No tiene la asepsia unisex de la Birkenstock, ni el aspecto de juguete de la Crocs, ni la coartada deportiva de las Hoka: tiene algo más doméstico, más cursi, más cargado de un imaginario femenino y casero —el ama de casa con el plumero, la abuela de pueblo, la cajera de farmacia europea con guardapolvo celeste
La Wörishofer es un animal distinto. No tiene la asepsia unisex de la Birkenstock, ni el aspecto de juguete de la Crocs, ni la coartada deportiva de las Hoka: tiene algo más doméstico, más cursi, más cargado de un imaginario femenino y casero —el ama de casa con el plumero, la abuela de pueblo, la cajera de farmacia europea con guardapolvo celeste. Ni siquiera tiene las credenciales políticamente correctas de algo rural o bien obrero que se resucita en el ambiente del lujo. Es, si se quiere, feísmo con género y una clase social incorporada que rara vez está vinculada a la vanguardia o a lo auténtico. Esto la hace más chocante —y por eso mismo más interesante— que sus competidoras. Es, en una palabra, viva el chinela-core. Esta cronista ya no se las saca.
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